
← Voltar à lista de fanfics
0 curtida
Obsesión
Fandom: Tn x Leon kenedy
Criado: 12/05/2026
Tags
RomanceDramaPsicológicoSombrioCiúmesHorror de SobrevivênciaCenário CanônicoSuspense
Bajo el radar de su obsesión
La lluvia golpeaba con una fuerza implacable contra los cristales de la oficina de la DSO, creando una cortina de agua que aislaba a Leon Kennedy del resto del mundo. Sin embargo, él no necesitaba el mundo exterior; todo lo que le importaba estaba contenido en la carpeta de cuero negro sobre su escritorio y en la figura que se movía, ajena a su mirada, en el edificio de enfrente.
Leon se reclinó en su silla, dejando que la luz tenue de la lámpara de escritorio resaltara las líneas marcadas de su rostro y la amplitud de sus hombros. Sus dedos, callosos por años de apretar gatillos y sobrevivir al infierno, acariciaron el borde de una fotografía robada. En ella, Tn sonreía mientras tomaba un café en una plaza cualquiera. No era una foto oficial. No era parte de ningún expediente. Era suya.
Él sabía que lo que sentía no era normal. Había pasado de la protección a la vigilancia, y de la vigilancia a una posesividad que le quemaba las venas cada vez que veía a otro hombre acercarse a ella. Tn era el único rastro de pureza en una vida teñida de sangre y virus mutantes. Y él no iba a permitir que nada, ni nadie, la tocara.
—Deberías haberte ido a casa hace horas, Leon.
La voz de Hunnigan sonó a través del comunicador, pero él ni siquiera se inmutó. Sus ojos azules, gélidos y fijos, no se apartaron de la ventana.
—Tengo trabajo pendiente —respondió él con una voz ronca, una vibración baja que denotaba su cansancio y su obstinación.
—Ese "trabajo" parece tener nombre propio —insinuó Hunnigan con un suspiro—. Te estás excediendo. Ella está a salvo.
Leon cerró la carpeta de golpe, el sonido resonando como un disparo en la habitación vacía.
—Nadie está a salvo —sentenció él—. No mientras yo no esté allí para asegurarme.
Se puso en pie, su figura alta y musculosa proyectando una sombra imponente contra la pared. Se colocó la chaqueta de cuero, sintiendo el peso familiar de su arma reglamentaria en la funda de su hombro. No era solo el deber lo que lo movía; era una necesidad física, un hambre de presencia. Necesitaba oler su perfume, confirmar que el aire que ella respiraba era el mismo que él protegía.
Caminó por los pasillos vacíos de la agencia con la determinación de un depredador. Al llegar a la calle, el frío de la noche no hizo nada por enfriar el ardor de su pecho. Conducir hasta el apartamento de Tn fue un acto mecánico; conocía cada bache del camino, cada semáforo, cada posible ruta de escape.
Cuando llegó, vio la luz encendida en el tercer piso. Ella estaba allí.
Subió las escaleras en silencio, sus botas apenas haciendo ruido sobre la alfombra del pasillo. Se detuvo frente a la puerta de Tn y cerró los ojos un segundo, escuchando. Podía oír el televisor de fondo y el suave tarareo de ella. Un impulso posesivo lo invadió: quería entrar, cerrar la puerta con llave y tirar la llave para que ella nunca tuviera que enfrentarse al horror del mundo exterior.
Sacó su copia de la llave —una que ella no sabía que él tenía— y entró con la confianza de quien es dueño del lugar.
Tn estaba en la cocina, de espaldas a la entrada, sirviéndose una copa de vino. Al escuchar el clic de la puerta, se sobresaltó y se giró rápidamente, soltando un pequeño grito que se ahogó al ver quién era.
—¡Leon! Dios mío, me asustaste —dijo ella, llevando una mano a su pecho para calmar los latidos de su corazón—. ¿Qué haces aquí? Es casi medianoche.
Leon no respondió de inmediato. Se limitó a observarla, dejando que su mirada recorriera cada centímetro de su rostro, bajando por su cuello hasta sus manos. Estaba a salvo. Estaba allí.
—Pasaba por aquí —mintió él, su voz era una caricia peligrosa—. Quería asegurarme de que habías cerrado bien.
Tn frunció el ceño, dejando la copa sobre la encimera.
—Leon, hablamos de esto. Estoy bien. Pusiste cámaras en el pasillo y sensores en las ventanas. A veces siento que vivo en una fortaleza, no en un hogar.
Él acortó la distancia entre ambos con pasos lentos y pesados. Su tamaño parecía empequeñecer la cocina, rodeándola con su mera presencia. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Tn pudo oler el cuero de su chaqueta y el aroma metálico de la lluvia.
—El mundo es un lugar asqueroso, Tn —dijo él, extendiendo una mano para apartar un mechón de cabello de la frente de ella. Sus dedos rozaron su piel con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada—. No entiendes lo fácil que es perder algo valioso.
—No soy un objeto, Leon —replicó ella, aunque su voz tembló un poco. No era miedo, era la abrumadora sensación de ser el centro total de la atención de un hombre como él—. No puedes vigilarme las veinticuatro horas. Tienes misiones, tienes una vida.
Leon soltó una risa seca, sin humor, y se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la encimera a ambos lados de su cuerpo, atrapándola.
—Tú eres mi vida —susurró él, su rostro a centímetros del suyo—. Cada misión que acepto es para limpiar el camino para ti. Cada vez que aprieto el gatillo, pienso en que es un peligro menos que podría alcanzarte.
Tn tragó saliva, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo musculoso de Leon.
—Estás obsesionado —murmuró ella, buscando sus ojos.
—Estoy dedicado —corrigió él, y su mirada se volvió más oscura, más posesiva—. ¿Quién era el hombre con el que hablabas hoy en la cafetería?
Tn parpadeó, sorprendida.
—¿Me estabas siguiendo? Era solo un compañero de trabajo, Leon. Solo me estaba devolviendo unos apuntes.
Leon apretó los dientes, y Tn pudo ver cómo el músculo de su mandíbula se tensaba. La mención de otro hombre, por inocente que fuera, encendía una furia fría en su interior.
—No me gusta cómo te miraba —dijo él, su voz bajando una octava—. No me gusta que nadie te toque, ni siquiera por accidente. Eres mía, Tn. ¿Lo entiendes?
—Leon, no soy de nadie... —empezó ella, pero él la interrumpió presionando su cuerpo contra el suyo.
—Eres mía —repitió él con una finalidad absoluta—. Yo soy el que te cuida. Yo soy el que arriesga su vida para que puedas dormir tranquila. Nadie más tiene derecho a estar cerca de ti. Nadie más te conoce como yo.
La intensidad en sus ojos era casi insoportable. Había una mezcla de amor desesperado y una oscuridad controlada que la fascinaba y la aterraba al mismo tiempo. Leon Kennedy, el héroe de la nación, el hombre que había sobrevivido a Raccoon City, estaba de rodillas emocionalmente ante ella, pero exigía un control total a cambio.
—Me asustas cuando te pones así —confesó ella en un susurro.
Leon suavizó un poco su expresión, pero no se alejó. Tomó su rostro entre sus manos grandes y ásperas, obligándola a mirarlo.
—No tienes que tenerme miedo a mí —dijo él con una suavidad que dolía—. Nunca te haría daño. Pero protegeré lo que es mío de cualquiera que intente arrebatármelo. Incluso de ti misma, si decides ser imprudente.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó ella, desafiándolo ligeramente—. ¿Vas a encerrarme?
Leon guardó silencio por un momento, y por un segundo, Tn creyó ver una chispa de verdadera locura en sus ojos azules.
—Si eso es lo que hace falta para mantenerte viva y a mi lado, lo haría sin dudar —respondió él con una sinceridad aterradora.
Se produjo un silencio denso en la cocina, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando el cristal. Tn podía sentir los latidos del corazón de Leon contra su propio pecho, un ritmo constante y poderoso.
—Estás loco —dijo ella, aunque sus manos subieron instintivamente a los antebrazos de él, sintiendo los músculos tensos bajo la tela.
—Por ti, siempre —respondió él.
Leon se inclinó y la besó con una urgencia posesiva. No era un beso tierno; era un reclamo. Sus labios se movían contra los de ella con un hambre que parecía no tener fin, como si quisiera marcarla, dejar su rastro en ella para que el resto del mundo supiera a quién pertenecía. Tn respondió, arrastrada por la marea de su intensidad, sabiendo que se estaba hundiendo en un terreno peligroso.
Cuando se separaron, Leon apoyó su frente contra la de ella, respirando con dificultad.
—No vuelvas a dejar que ese hombre se te acerque —ordenó él, su voz volviendo a ser firme—. Mañana te llevaré al trabajo y te recogeré.
—Leon, tengo mi propio coche...
—He dicho que yo te llevaré —la cortó él, y no hubo espacio para la discusión—. No quiero que estés sola en la calle con lo que está pasando.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, confundida.
—Nada de lo que tengas que preocuparte —dijo él, dándole un beso corto en la frente—. Yo me encargo de todo. Tú solo tienes que estar aquí para mí cuando regrese.
Leon se alejó un poco, pero solo para empezar a revisar las cerraduras de las ventanas de la cocina, moviéndose con una eficiencia letal. Tn lo observó, dándose cuenta de que su libertad se estaba estrechando, pero al mismo tiempo, sintiendo una seguridad embriagadora. Leon era su escudo, pero también su jaula.
—¿Te quedarás esta noche? —preguntó ella, sabiendo de antemano la respuesta.
Leon se giró, su silueta recortada contra la luz de la calle que entraba por la ventana. Su mirada la recorrió de arriba abajo, llena de un deseo que rozaba la obsesión.
—No voy a dejarte sola ni un segundo —afirmó él—. Nunca más.
Caminó hacia ella de nuevo y la tomó en brazos, levantándola como si no pesara nada. Tn rodeó su cuello con los brazos, ocultando su rostro en el hueco de su hombro. Sabía que Leon Kennedy era un hombre peligroso, un hombre que había visto demasiado y que ahora se aferraba a ella como a su única salvación.
Mientras la llevaba hacia el dormitorio, Leon se aseguró de apagar todas las luces. En la oscuridad, él era el único que podía verla. En la oscuridad, ella era solo suya. Y mientras la depositaba en la cama y se deshacía de su equipo, sus ojos no se apartaron de ella ni un instante, vigilando, protegiendo, poseyendo.
—Duerme —susurró él, acostándose a su lado y rodeándola con sus brazos fuertes, bloqueando cualquier salida—. Yo vigilo.
Tn cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo musculoso envolviéndola. Sabía que afuera el mundo seguía siendo peligroso, pero dentro de esos brazos, el peligro tenía otro nombre. Y ese nombre era Leon.
Él permaneció despierto mucho después de que ella se durmiera, escuchando su respiración rítmica. En su mente, ya estaba trazando planes, revisando rutas y eliminando posibles amenazas. No permitiría que nadie le arrebatara su luz. Si tenía que quemar el mundo para mantenerla a salvo en su pequeña celda de cristal, lo haría. Porque Leon Kennedy no solo la amaba; estaba consumido por ella. Y una vez que Leon Kennedy fijaba un objetivo, nunca lo dejaba ir.
Leon se reclinó en su silla, dejando que la luz tenue de la lámpara de escritorio resaltara las líneas marcadas de su rostro y la amplitud de sus hombros. Sus dedos, callosos por años de apretar gatillos y sobrevivir al infierno, acariciaron el borde de una fotografía robada. En ella, Tn sonreía mientras tomaba un café en una plaza cualquiera. No era una foto oficial. No era parte de ningún expediente. Era suya.
Él sabía que lo que sentía no era normal. Había pasado de la protección a la vigilancia, y de la vigilancia a una posesividad que le quemaba las venas cada vez que veía a otro hombre acercarse a ella. Tn era el único rastro de pureza en una vida teñida de sangre y virus mutantes. Y él no iba a permitir que nada, ni nadie, la tocara.
—Deberías haberte ido a casa hace horas, Leon.
La voz de Hunnigan sonó a través del comunicador, pero él ni siquiera se inmutó. Sus ojos azules, gélidos y fijos, no se apartaron de la ventana.
—Tengo trabajo pendiente —respondió él con una voz ronca, una vibración baja que denotaba su cansancio y su obstinación.
—Ese "trabajo" parece tener nombre propio —insinuó Hunnigan con un suspiro—. Te estás excediendo. Ella está a salvo.
Leon cerró la carpeta de golpe, el sonido resonando como un disparo en la habitación vacía.
—Nadie está a salvo —sentenció él—. No mientras yo no esté allí para asegurarme.
Se puso en pie, su figura alta y musculosa proyectando una sombra imponente contra la pared. Se colocó la chaqueta de cuero, sintiendo el peso familiar de su arma reglamentaria en la funda de su hombro. No era solo el deber lo que lo movía; era una necesidad física, un hambre de presencia. Necesitaba oler su perfume, confirmar que el aire que ella respiraba era el mismo que él protegía.
Caminó por los pasillos vacíos de la agencia con la determinación de un depredador. Al llegar a la calle, el frío de la noche no hizo nada por enfriar el ardor de su pecho. Conducir hasta el apartamento de Tn fue un acto mecánico; conocía cada bache del camino, cada semáforo, cada posible ruta de escape.
Cuando llegó, vio la luz encendida en el tercer piso. Ella estaba allí.
Subió las escaleras en silencio, sus botas apenas haciendo ruido sobre la alfombra del pasillo. Se detuvo frente a la puerta de Tn y cerró los ojos un segundo, escuchando. Podía oír el televisor de fondo y el suave tarareo de ella. Un impulso posesivo lo invadió: quería entrar, cerrar la puerta con llave y tirar la llave para que ella nunca tuviera que enfrentarse al horror del mundo exterior.
Sacó su copia de la llave —una que ella no sabía que él tenía— y entró con la confianza de quien es dueño del lugar.
Tn estaba en la cocina, de espaldas a la entrada, sirviéndose una copa de vino. Al escuchar el clic de la puerta, se sobresaltó y se giró rápidamente, soltando un pequeño grito que se ahogó al ver quién era.
—¡Leon! Dios mío, me asustaste —dijo ella, llevando una mano a su pecho para calmar los latidos de su corazón—. ¿Qué haces aquí? Es casi medianoche.
Leon no respondió de inmediato. Se limitó a observarla, dejando que su mirada recorriera cada centímetro de su rostro, bajando por su cuello hasta sus manos. Estaba a salvo. Estaba allí.
—Pasaba por aquí —mintió él, su voz era una caricia peligrosa—. Quería asegurarme de que habías cerrado bien.
Tn frunció el ceño, dejando la copa sobre la encimera.
—Leon, hablamos de esto. Estoy bien. Pusiste cámaras en el pasillo y sensores en las ventanas. A veces siento que vivo en una fortaleza, no en un hogar.
Él acortó la distancia entre ambos con pasos lentos y pesados. Su tamaño parecía empequeñecer la cocina, rodeándola con su mera presencia. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Tn pudo oler el cuero de su chaqueta y el aroma metálico de la lluvia.
—El mundo es un lugar asqueroso, Tn —dijo él, extendiendo una mano para apartar un mechón de cabello de la frente de ella. Sus dedos rozaron su piel con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada—. No entiendes lo fácil que es perder algo valioso.
—No soy un objeto, Leon —replicó ella, aunque su voz tembló un poco. No era miedo, era la abrumadora sensación de ser el centro total de la atención de un hombre como él—. No puedes vigilarme las veinticuatro horas. Tienes misiones, tienes una vida.
Leon soltó una risa seca, sin humor, y se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la encimera a ambos lados de su cuerpo, atrapándola.
—Tú eres mi vida —susurró él, su rostro a centímetros del suyo—. Cada misión que acepto es para limpiar el camino para ti. Cada vez que aprieto el gatillo, pienso en que es un peligro menos que podría alcanzarte.
Tn tragó saliva, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo musculoso de Leon.
—Estás obsesionado —murmuró ella, buscando sus ojos.
—Estoy dedicado —corrigió él, y su mirada se volvió más oscura, más posesiva—. ¿Quién era el hombre con el que hablabas hoy en la cafetería?
Tn parpadeó, sorprendida.
—¿Me estabas siguiendo? Era solo un compañero de trabajo, Leon. Solo me estaba devolviendo unos apuntes.
Leon apretó los dientes, y Tn pudo ver cómo el músculo de su mandíbula se tensaba. La mención de otro hombre, por inocente que fuera, encendía una furia fría en su interior.
—No me gusta cómo te miraba —dijo él, su voz bajando una octava—. No me gusta que nadie te toque, ni siquiera por accidente. Eres mía, Tn. ¿Lo entiendes?
—Leon, no soy de nadie... —empezó ella, pero él la interrumpió presionando su cuerpo contra el suyo.
—Eres mía —repitió él con una finalidad absoluta—. Yo soy el que te cuida. Yo soy el que arriesga su vida para que puedas dormir tranquila. Nadie más tiene derecho a estar cerca de ti. Nadie más te conoce como yo.
La intensidad en sus ojos era casi insoportable. Había una mezcla de amor desesperado y una oscuridad controlada que la fascinaba y la aterraba al mismo tiempo. Leon Kennedy, el héroe de la nación, el hombre que había sobrevivido a Raccoon City, estaba de rodillas emocionalmente ante ella, pero exigía un control total a cambio.
—Me asustas cuando te pones así —confesó ella en un susurro.
Leon suavizó un poco su expresión, pero no se alejó. Tomó su rostro entre sus manos grandes y ásperas, obligándola a mirarlo.
—No tienes que tenerme miedo a mí —dijo él con una suavidad que dolía—. Nunca te haría daño. Pero protegeré lo que es mío de cualquiera que intente arrebatármelo. Incluso de ti misma, si decides ser imprudente.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó ella, desafiándolo ligeramente—. ¿Vas a encerrarme?
Leon guardó silencio por un momento, y por un segundo, Tn creyó ver una chispa de verdadera locura en sus ojos azules.
—Si eso es lo que hace falta para mantenerte viva y a mi lado, lo haría sin dudar —respondió él con una sinceridad aterradora.
Se produjo un silencio denso en la cocina, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando el cristal. Tn podía sentir los latidos del corazón de Leon contra su propio pecho, un ritmo constante y poderoso.
—Estás loco —dijo ella, aunque sus manos subieron instintivamente a los antebrazos de él, sintiendo los músculos tensos bajo la tela.
—Por ti, siempre —respondió él.
Leon se inclinó y la besó con una urgencia posesiva. No era un beso tierno; era un reclamo. Sus labios se movían contra los de ella con un hambre que parecía no tener fin, como si quisiera marcarla, dejar su rastro en ella para que el resto del mundo supiera a quién pertenecía. Tn respondió, arrastrada por la marea de su intensidad, sabiendo que se estaba hundiendo en un terreno peligroso.
Cuando se separaron, Leon apoyó su frente contra la de ella, respirando con dificultad.
—No vuelvas a dejar que ese hombre se te acerque —ordenó él, su voz volviendo a ser firme—. Mañana te llevaré al trabajo y te recogeré.
—Leon, tengo mi propio coche...
—He dicho que yo te llevaré —la cortó él, y no hubo espacio para la discusión—. No quiero que estés sola en la calle con lo que está pasando.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella, confundida.
—Nada de lo que tengas que preocuparte —dijo él, dándole un beso corto en la frente—. Yo me encargo de todo. Tú solo tienes que estar aquí para mí cuando regrese.
Leon se alejó un poco, pero solo para empezar a revisar las cerraduras de las ventanas de la cocina, moviéndose con una eficiencia letal. Tn lo observó, dándose cuenta de que su libertad se estaba estrechando, pero al mismo tiempo, sintiendo una seguridad embriagadora. Leon era su escudo, pero también su jaula.
—¿Te quedarás esta noche? —preguntó ella, sabiendo de antemano la respuesta.
Leon se giró, su silueta recortada contra la luz de la calle que entraba por la ventana. Su mirada la recorrió de arriba abajo, llena de un deseo que rozaba la obsesión.
—No voy a dejarte sola ni un segundo —afirmó él—. Nunca más.
Caminó hacia ella de nuevo y la tomó en brazos, levantándola como si no pesara nada. Tn rodeó su cuello con los brazos, ocultando su rostro en el hueco de su hombro. Sabía que Leon Kennedy era un hombre peligroso, un hombre que había visto demasiado y que ahora se aferraba a ella como a su única salvación.
Mientras la llevaba hacia el dormitorio, Leon se aseguró de apagar todas las luces. En la oscuridad, él era el único que podía verla. En la oscuridad, ella era solo suya. Y mientras la depositaba en la cama y se deshacía de su equipo, sus ojos no se apartaron de ella ni un instante, vigilando, protegiendo, poseyendo.
—Duerme —susurró él, acostándose a su lado y rodeándola con sus brazos fuertes, bloqueando cualquier salida—. Yo vigilo.
Tn cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo musculoso envolviéndola. Sabía que afuera el mundo seguía siendo peligroso, pero dentro de esos brazos, el peligro tenía otro nombre. Y ese nombre era Leon.
Él permaneció despierto mucho después de que ella se durmiera, escuchando su respiración rítmica. En su mente, ya estaba trazando planes, revisando rutas y eliminando posibles amenazas. No permitiría que nadie le arrebatara su luz. Si tenía que quemar el mundo para mantenerla a salvo en su pequeña celda de cristal, lo haría. Porque Leon Kennedy no solo la amaba; estaba consumido por ella. Y una vez que Leon Kennedy fijaba un objetivo, nunca lo dejaba ir.
