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0 curtida
In another life
Fandom: BTS
Criado: 13/05/2026
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OmegaversoDramaPsicológicoSombrioSuspenseCrimeDetetiveAçãoAngústiaUA (Universo Alternativo)Almas GêmeasHistóricoEstudo de PersonagemTragédia
El Eco de la Traición bajo la Lluvia de Loto
El aire en el Reino Loto siempre había tenido una densidad particular, una mezcla de humedad floral y el rancio aroma del poder absoluto. Para Kim Taehyung, acostumbrado a los vientos gélidos y purificadores de las montañas europeas donde su linaje se había asentado por siglos, este clima era una asfixia constante. Sin embargo, su porte no flaqueaba. Caminaba por los pasillos de mármol negro del palacio con la elegancia de quien sabe que su sola presencia es un acto de rebeldía.
A sus veinte años, Taehyung no solo era un omega de linaje puro; era una mente brillante que había diseccionado la psique humana antes de que sus contemporáneos aprendieran a manejar una empresa. Su título en psicología y analítica forense no era un adorno, sino un arma. Una que, en ese momento, necesitaba usar contra el hombre que el destino —o una cruel broma de los ancestros— le había impuesto como compañero.
— El príncipe Jeon lo espera en el jardín de invierno —anunció un criado, bajando la cabeza tanto que Taehyung temió que se rompiera el cuello.
— Gracias. Puedes retirarte —respondió Taehyung. Su voz era suave, pero poseía una autoridad que no necesitaba gritar para ser obedecida.
Al llegar al jardín, el aroma lo golpeó antes que la imagen. Tierra mojada y chocolate amargo. Era una fragancia que en cualquier otro contexto resultaría reconfortante, evocando una tarde de tormenta frente a una chimenea. Pero en Jeon Jungkook, ese olor era una advertencia. Era el aroma de la emboscada.
Jungkook estaba de pie frente a un estanque de lotos plateados, con la espalda recta y los hombros anchos que delataban su herencia de alfa dominante. Al escuchar los pasos de Taehyung, no se giró de inmediato. Disfrutaba del silencio, o quizás, de la tensión que su presencia generaba.
— Has tardado más de lo habitual, Taehyung —dijo Jungkook finalmente, dándose la vuelta con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos—. Empezaba a creer que tus libros de análisis criminal te habían enseñado finalmente a huir de los depredadores.
Taehyung se detuvo a una distancia prudencial, cruzando los brazos sobre su pecho. Su traje entallado, de un azul tan oscuro que parecía negro, contrastaba con la palidez de su piel.
— Un analista no huye, Jungkook. Observa, comprende y, cuando es necesario, desmantela —respondió con calma—. Y tú eres un caso de estudio fascinante, aunque algo predecible.
Jungkook soltó una carcajada seca, acercándose con pasos lentos y calculados.
— ¿Predecible? —Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo el espacio personal de Taehyung con una confianza depredadora—. Muchos han muerto intentando predecir mi siguiente movimiento. Mi padre, los consejeros... incluso los reinos vecinos. Todos creen que saben lo que el heredero de Loto desea.
— Lo que deseas es simple —intervino Taehyung, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Deseas el control absoluto. No por el bien del reino, sino por el placer de saber que nada se mueve sin tu consentimiento. Eres un manipulador por naturaleza, Jungkook. Usas tu aroma, tu posición y esa fachada de heredero perfecto para ocultar que, por dentro, solo hay un vacío que intentas llenar con conquistas.
La mandíbula de Jungkook se tensó. Por un breve segundo, la máscara de arrogancia flaqueó, dejando ver una chispa de algo oscuro y peligroso.
— ¿Y qué hay de ti, mi dulce prometido? —Jungkook extendió una mano, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de Taehyung. El omega no se apartó, aunque su instinto rugía—. El prodigio de la psicología, el orgullo de los Kim. Juraste nunca ser como los de tu clase, esos aristócratas que desprecian al pueblo. Pero aquí estás, vendiéndote a un matrimonio arreglado para mantener el estatus de tu familia.
— No me estoy vendiendo —siseó Taehyung, y por primera vez, su aroma a lavanda y vainilla se volvió agrio por la indignación—. Estoy aquí porque alguien tiene que vigilarte. Alguien tiene que asegurarse de que tu ambición no termine por incinerar todo lo que nos rodea. Si para salvar el legado de mi familia y la estabilidad de mi casta debo estar cerca de ti, lo haré. Es un sacrificio analítico, no emocional.
Jungkook se inclinó hacia su oído, su aliento caliente rozando la piel sensible.
— Mientes tan bien que casi te creo. Pero ambos sabemos que el lazo de predestinados no se puede analizar en un laboratorio. Tu lobo me reconoce. Tu sangre me reclama. ¿Qué estarías dispuesto a perder, Taehyung? ¿Tu moral? ¿Tu intelecto? ¿O quizás esa pureza de la que tanto te jactas?
Taehyung dio un paso atrás, rompiendo el contacto. Sus ojos brillaban con una determinación gélida.
— He perdido muchas cosas para llegar a donde estoy, Jungkook. He perdido horas de sueño, amistades y la calidez de una vida normal por estudiar la oscuridad de la mente humana. Si crees que voy a perder mi integridad por un alfa que confunde el amor con la posesión, es que no has entendido nada.
— El amor es una debilidad —sentenció Jungkook, recuperando su postura altiva—. El poder es la única constante. Y tú, Taehyung, eres la pieza que me falta para completar el tablero. No me importa si me odias, siempre y cuando estés a mi lado cuando la corona se pose sobre mi cabeza.
— La corona pesa más de lo que crees —advirtió Taehyung—. Y los cimientos de este reino están construidos sobre mentiras que tú mismo has alimentado. ¿Qué pasará cuando la verdad salga a la luz? ¿Qué pasará cuando tus traiciones ya no puedan ocultarse tras tu apellido?
Jungkook caminó hacia la salida del jardín, pero se detuvo un momento antes de desaparecer por el umbral.
— Para entonces, ya seré tan grande que la verdad no se atreverá a mirarme a los ojos. Prepárate para la cena de gala de esta noche, Taehyung. Quiero que luzcas perfecto. Después de todo, el mundo necesita ver lo que el destino me ha entregado.
Taehyung se quedó solo en el jardín. El sonido del agua del estanque parecía ahora un lamento. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos erráticos de su corazón. Odiaba a Jungkook. Odiaba su arrogancia, su capacidad para retorcer la realidad y, sobre todo, odiaba la forma en que su propio cuerpo traicionaba su lógica cada vez que el alfa estaba cerca.
— No seré tu trofeo —susurró para sí mismo—. Seré tu ruina.
Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, un grabador oculto que había estado activo durante toda la conversación. En su mente, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Jungkook creía que estaba jugando una partida de ajedrez donde él era el rey, pero Taehyung siempre había preferido el papel de observador externo, aquel que ve las grietas en el tablero antes de que el primer movimiento se realice.
La etapa de la inocencia había terminado hacía mucho tiempo. Ahora, en la penumbra del Reino Loto, comenzaba una nueva fase: la de la supervivencia del más astuto. Taehyung sabía que para derrotar a un monstruo, a veces hay que entrar en su cueva, pero él no entraría con las manos vacías. Entraría con la precisión de un escalpelo, dispuesto a diseccionar la mentira que era el reinado de Jeon Jungkook, sin importar cuánto le costara a su propio corazón.
Minutos después, Taehyung regresó a sus aposentos. Allí, sobre la cama de seda, descansaba un traje de gala de un blanco inmaculado, enviado por el propio Jungkook. Era una declaración de intenciones: la pureza del omega entregada al poder del alfa.
Taehyung tocó la tela, sintiendo el frío de la seda.
— ¿Qué estaría dispuesto a perder? —se preguntó en voz alta, recordando las palabras de Jungkook.
Se miró al espejo, viendo no solo al joven elegante y de sangre pura, sino al analista que no temía mirar al abismo.
— Todo —respondió su reflejo—. Estoy dispuesto a perderlo todo, con tal de que tú no ganes nada.
La noche cayó sobre el reino, y con ella, las sombras se alargaron. En el gran salón, la música empezaba a sonar, ocultando los susurros de traición que corrían por los pasillos. El juego apenas comenzaba, y aunque Jungkook creía tener todas las cartas, Taehyung sabía que en la psicología del poder, el que más muestra es el que más tiene que ocultar.
— Que empiece la función —dijo Taehyung, terminando de abotonar su chaqueta blanca.
Al salir de su habitación, el aroma a chocolate amargo inundó el pasillo. Jungkook lo esperaba al final del corredor, apoyado contra la pared con una expresión de triunfo.
— Estás radiante —dijo el alfa, ofreciéndole el brazo—. Casi pareces un ángel.
— Y tú —respondió Taehyung, aceptando el brazo pero manteniendo su mirada gélida— pareces el diablo que intenta comprar uno.
Jungkook sonrió, una expresión llena de dientes y malas intenciones.
— El diablo no compra, Taehyung. El diablo reclama lo que es suyo por derecho.
Caminaron juntos hacia el salón, una pareja perfecta a los ojos del mundo, pero una guerra declarada en la intimidad de sus respiraciones. El Reino Loto brillaba bajo las luces de cristal, ignorante de que sus dos figuras más importantes estaban a punto de iniciar una danza que solo terminaría cuando uno de los dos quedara reducido a cenizas.
En la vida hay etapas bellas y horribles. Para Taehyung, esta era la más peligrosa de todas: la etapa donde el predestinado se convierte en el enemigo, y el amor es solo una herramienta de análisis forense.
A sus veinte años, Taehyung no solo era un omega de linaje puro; era una mente brillante que había diseccionado la psique humana antes de que sus contemporáneos aprendieran a manejar una empresa. Su título en psicología y analítica forense no era un adorno, sino un arma. Una que, en ese momento, necesitaba usar contra el hombre que el destino —o una cruel broma de los ancestros— le había impuesto como compañero.
— El príncipe Jeon lo espera en el jardín de invierno —anunció un criado, bajando la cabeza tanto que Taehyung temió que se rompiera el cuello.
— Gracias. Puedes retirarte —respondió Taehyung. Su voz era suave, pero poseía una autoridad que no necesitaba gritar para ser obedecida.
Al llegar al jardín, el aroma lo golpeó antes que la imagen. Tierra mojada y chocolate amargo. Era una fragancia que en cualquier otro contexto resultaría reconfortante, evocando una tarde de tormenta frente a una chimenea. Pero en Jeon Jungkook, ese olor era una advertencia. Era el aroma de la emboscada.
Jungkook estaba de pie frente a un estanque de lotos plateados, con la espalda recta y los hombros anchos que delataban su herencia de alfa dominante. Al escuchar los pasos de Taehyung, no se giró de inmediato. Disfrutaba del silencio, o quizás, de la tensión que su presencia generaba.
— Has tardado más de lo habitual, Taehyung —dijo Jungkook finalmente, dándose la vuelta con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos—. Empezaba a creer que tus libros de análisis criminal te habían enseñado finalmente a huir de los depredadores.
Taehyung se detuvo a una distancia prudencial, cruzando los brazos sobre su pecho. Su traje entallado, de un azul tan oscuro que parecía negro, contrastaba con la palidez de su piel.
— Un analista no huye, Jungkook. Observa, comprende y, cuando es necesario, desmantela —respondió con calma—. Y tú eres un caso de estudio fascinante, aunque algo predecible.
Jungkook soltó una carcajada seca, acercándose con pasos lentos y calculados.
— ¿Predecible? —Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo el espacio personal de Taehyung con una confianza depredadora—. Muchos han muerto intentando predecir mi siguiente movimiento. Mi padre, los consejeros... incluso los reinos vecinos. Todos creen que saben lo que el heredero de Loto desea.
— Lo que deseas es simple —intervino Taehyung, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Deseas el control absoluto. No por el bien del reino, sino por el placer de saber que nada se mueve sin tu consentimiento. Eres un manipulador por naturaleza, Jungkook. Usas tu aroma, tu posición y esa fachada de heredero perfecto para ocultar que, por dentro, solo hay un vacío que intentas llenar con conquistas.
La mandíbula de Jungkook se tensó. Por un breve segundo, la máscara de arrogancia flaqueó, dejando ver una chispa de algo oscuro y peligroso.
— ¿Y qué hay de ti, mi dulce prometido? —Jungkook extendió una mano, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de Taehyung. El omega no se apartó, aunque su instinto rugía—. El prodigio de la psicología, el orgullo de los Kim. Juraste nunca ser como los de tu clase, esos aristócratas que desprecian al pueblo. Pero aquí estás, vendiéndote a un matrimonio arreglado para mantener el estatus de tu familia.
— No me estoy vendiendo —siseó Taehyung, y por primera vez, su aroma a lavanda y vainilla se volvió agrio por la indignación—. Estoy aquí porque alguien tiene que vigilarte. Alguien tiene que asegurarse de que tu ambición no termine por incinerar todo lo que nos rodea. Si para salvar el legado de mi familia y la estabilidad de mi casta debo estar cerca de ti, lo haré. Es un sacrificio analítico, no emocional.
Jungkook se inclinó hacia su oído, su aliento caliente rozando la piel sensible.
— Mientes tan bien que casi te creo. Pero ambos sabemos que el lazo de predestinados no se puede analizar en un laboratorio. Tu lobo me reconoce. Tu sangre me reclama. ¿Qué estarías dispuesto a perder, Taehyung? ¿Tu moral? ¿Tu intelecto? ¿O quizás esa pureza de la que tanto te jactas?
Taehyung dio un paso atrás, rompiendo el contacto. Sus ojos brillaban con una determinación gélida.
— He perdido muchas cosas para llegar a donde estoy, Jungkook. He perdido horas de sueño, amistades y la calidez de una vida normal por estudiar la oscuridad de la mente humana. Si crees que voy a perder mi integridad por un alfa que confunde el amor con la posesión, es que no has entendido nada.
— El amor es una debilidad —sentenció Jungkook, recuperando su postura altiva—. El poder es la única constante. Y tú, Taehyung, eres la pieza que me falta para completar el tablero. No me importa si me odias, siempre y cuando estés a mi lado cuando la corona se pose sobre mi cabeza.
— La corona pesa más de lo que crees —advirtió Taehyung—. Y los cimientos de este reino están construidos sobre mentiras que tú mismo has alimentado. ¿Qué pasará cuando la verdad salga a la luz? ¿Qué pasará cuando tus traiciones ya no puedan ocultarse tras tu apellido?
Jungkook caminó hacia la salida del jardín, pero se detuvo un momento antes de desaparecer por el umbral.
— Para entonces, ya seré tan grande que la verdad no se atreverá a mirarme a los ojos. Prepárate para la cena de gala de esta noche, Taehyung. Quiero que luzcas perfecto. Después de todo, el mundo necesita ver lo que el destino me ha entregado.
Taehyung se quedó solo en el jardín. El sonido del agua del estanque parecía ahora un lamento. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos erráticos de su corazón. Odiaba a Jungkook. Odiaba su arrogancia, su capacidad para retorcer la realidad y, sobre todo, odiaba la forma en que su propio cuerpo traicionaba su lógica cada vez que el alfa estaba cerca.
— No seré tu trofeo —susurró para sí mismo—. Seré tu ruina.
Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, un grabador oculto que había estado activo durante toda la conversación. En su mente, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Jungkook creía que estaba jugando una partida de ajedrez donde él era el rey, pero Taehyung siempre había preferido el papel de observador externo, aquel que ve las grietas en el tablero antes de que el primer movimiento se realice.
La etapa de la inocencia había terminado hacía mucho tiempo. Ahora, en la penumbra del Reino Loto, comenzaba una nueva fase: la de la supervivencia del más astuto. Taehyung sabía que para derrotar a un monstruo, a veces hay que entrar en su cueva, pero él no entraría con las manos vacías. Entraría con la precisión de un escalpelo, dispuesto a diseccionar la mentira que era el reinado de Jeon Jungkook, sin importar cuánto le costara a su propio corazón.
Minutos después, Taehyung regresó a sus aposentos. Allí, sobre la cama de seda, descansaba un traje de gala de un blanco inmaculado, enviado por el propio Jungkook. Era una declaración de intenciones: la pureza del omega entregada al poder del alfa.
Taehyung tocó la tela, sintiendo el frío de la seda.
— ¿Qué estaría dispuesto a perder? —se preguntó en voz alta, recordando las palabras de Jungkook.
Se miró al espejo, viendo no solo al joven elegante y de sangre pura, sino al analista que no temía mirar al abismo.
— Todo —respondió su reflejo—. Estoy dispuesto a perderlo todo, con tal de que tú no ganes nada.
La noche cayó sobre el reino, y con ella, las sombras se alargaron. En el gran salón, la música empezaba a sonar, ocultando los susurros de traición que corrían por los pasillos. El juego apenas comenzaba, y aunque Jungkook creía tener todas las cartas, Taehyung sabía que en la psicología del poder, el que más muestra es el que más tiene que ocultar.
— Que empiece la función —dijo Taehyung, terminando de abotonar su chaqueta blanca.
Al salir de su habitación, el aroma a chocolate amargo inundó el pasillo. Jungkook lo esperaba al final del corredor, apoyado contra la pared con una expresión de triunfo.
— Estás radiante —dijo el alfa, ofreciéndole el brazo—. Casi pareces un ángel.
— Y tú —respondió Taehyung, aceptando el brazo pero manteniendo su mirada gélida— pareces el diablo que intenta comprar uno.
Jungkook sonrió, una expresión llena de dientes y malas intenciones.
— El diablo no compra, Taehyung. El diablo reclama lo que es suyo por derecho.
Caminaron juntos hacia el salón, una pareja perfecta a los ojos del mundo, pero una guerra declarada en la intimidad de sus respiraciones. El Reino Loto brillaba bajo las luces de cristal, ignorante de que sus dos figuras más importantes estaban a punto de iniciar una danza que solo terminaría cuando uno de los dos quedara reducido a cenizas.
En la vida hay etapas bellas y horribles. Para Taehyung, esta era la más peligrosa de todas: la etapa donde el predestinado se convierte en el enemigo, y el amor es solo una herramienta de análisis forense.
