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Goku Batman

Fandom: Dragon ball

Criado: 13/05/2026

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La Sombra sobre la Montaña Paoz

La lluvia golpeaba con una furia implacable contra el suelo de la Capital del Oeste, lavando la sangre de los adoquines pero no el pecado de sus calles. En lo alto de una gárgola de piedra, una figura observaba el caos con ojos que no reflejaban la calidez del sol, sino el frío vacío del cosmos. No vestía un dogi naranja brillante; su atuendo era una armadura de polímero oscuro, diseñada no solo para resistir impactos, sino para fundirse con las tinieblas. La capa, pesada y de un negro azulado, ondeaba como las alas de un murciélago gigante.

Son Goku, o lo que quedaba del hombre que alguna vez sonrió, ajustó los sensores de su máscara. El radar de energía en su antebrazo parpadeó. Tres firmas de combate detectadas. Nivel de amenaza: Alto.

—Están aquí —susurró Goku. Su voz era una grava áspera, despojada de cualquier rastro de ingenuidad—. Creen que esta ciudad es su patio de juegos. No saben que ahora es mi celda.

Abajo, en un callejón iluminado por luces de neón parpadeantes, tres desertores del ejército de Freezer acorralaban a una joven. Reían con una crueldad que Goku conocía bien. No buscaban las esferas del dragón, ni un desafío justo; buscaban el miedo.

Goku no descendió gritando un desafío. No pidió una pelea justa. Simplemente desapareció de la gárgola.

—¡Danos todo lo que tengas, terrícola! —rugió uno de los alienígenas, alzando una mano cargada de energía violácea—. O te convertiré en cenizas antes de que parpadees.

—No lo hará —dijo una voz desde las sombras, tan profunda que pareció vibrar en los huesos de los criminales.

Los tres se giraron, disparando ráfagas de energía al azar hacia la oscuridad. El humo se disipó, pero no había nadie. De repente, un cable de acero reforzado se disparó desde lo alto, atrapando el brazo del líder y tirando de él hacia la arquitectura de hierro de un edificio cercano. El alienígena gritó mientras era izado y dejado colgando boca abajo.

Goku aterrizó en el centro del callejón, en silencio absoluto. Su estilo de pelea no era el fluido y artístico Kung Fu de su abuelo Gohan. Era brutal, eficiente, diseñado para incapacitar en el menor tiempo posible.

—¿Quién diablos eres? —gritó el segundo soldado, lanzando un puñetazo cargado de ki.

Goku no bloqueó con fuerza bruta. Se deslizó por debajo del ataque, utilizando el impulso del enemigo. Con un movimiento rápido, golpeó los puntos de presión en el cuello y el plexo solar. El soldado cayó de rodillas, sin aire, antes de que un rodillazo en la mandíbula lo dejara inconsciente.

—Soy la consecuencia —respondió Goku, volviéndose hacia el último hombre.

El tercer criminal estaba aterrorizado. Había visto a guerreros Z pelear antes, pero esto era diferente. Este hombre no quería probar sus habilidades; quería quebrarlo. Goku lanzó un pequeño dispositivo que explotó en una nube de gas nervioso y luces estroboscópicas. Mientras el alienígena se frotaba los ojos, Goku apareció frente a él, rompiéndole el brazo con un movimiento seco.

—¡Aaah! ¡Maldito seas! —aulló el delincuente—. ¡Se supone que eres un héroe! ¡Los de tu clase no pelean así!

Goku lo tomó por el cuello, levantándolo con una sola mano. A pesar de su inmenso poder saiyajin, no usaba el Super Saiyajin. No necesitaba la luz dorada para ganar. Prefería que lo último que vieran sus enemigos fuera la oscuridad de su máscara.

—Los héroes creen en la redención —dijo Goku, acercando su rostro al del criminal—. Yo creo en la preparación. Dile a los demás: la Capital del Oeste está bajo mi protección. Y yo no tengo piedad.

Lanzó al hombre contra una pila de contenedores de basura y desapareció antes de que la policía llegara.

Minutos después, en una base subterránea oculta bajo las ruinas de lo que alguna vez fue la casa de su abuelo, Goku se quitó la máscara. Su rostro estaba marcado por cicatrices que no habían sido curadas con semillas del ermitaño. Se negaba a usarlas si no era una emergencia médica; el dolor le recordaba sus fracasos.

—Llegas tarde, Goku —dijo una voz fría desde las sombras de la cueva.

Vegeta salió de entre los monitores. Al igual que Goku, vestía un traje táctico, aunque el suyo conservaba las hombreras de la armadura saiyajin, ahora pintadas de un gris mate. No había rivalidad amistosa aquí. Había una alianza de necesidad.

—Había tres más de los que el radar detectó —respondió Goku, sentándose frente a una enorme computadora que procesaba datos de todo el planeta—. Están moviendo cargamento de tecnología de la Corporación Cápsula en el mercado negro. Alguien les está dando acceso a los códigos de seguridad.

Vegeta se cruzó de brazos, observando las pantallas que mostraban gráficos de niveles de poder y mapas de calor.

—Es Bulma —dijo Vegeta con amargura—. O lo que queda de su empresa bajo el control del sindicato de Pilaf. Deberíamos haberlos eliminado cuando tuvimos la oportunidad. Tu código de "no matar" es una debilidad, Kakarotto.

Goku clavó su mirada en el príncipe de los saiyajin. No era la mirada de un rival, sino la de un juez.

—Si empezamos a cruzar esa línea, no somos mejores que los que cazamos —sentenció Goku—. Usamos el miedo como herramienta, Vegeta. Pero si nos convertimos en verdugos, perderemos el propósito. Mi mente es mi arma más letal, no mi fuerza. He analizado cada técnica de combate en este cuadrante de la galaxia. Sé cómo derrotar a cualquiera en esta sala en menos de diez segundos. Incluyéndote.

Vegeta gruñó, pero no atacó. Sabía que Goku no mentía. Este nuevo Kakarotto no entrenaba para superar sus límites por diversión; entrenaba para tener una contingencia contra cada ser vivo en el universo. Tenía archivos sobre las debilidades de Piccolo, los puntos ciegos de Krillin y, lo más inquietante, una caja con fragmentos de un mineral extraño que anulaba el flujo de ki en los saiyajin.

—Raditz ha sido visto en el sector norte —dijo Vegeta, cambiando de tema—. No viene solo. Trae a Nappa. Creen que este planeta es una fruta madura lista para ser cosechada.

Goku se puso de pie, colocándose de nuevo la máscara. La transformación de su personalidad era completa. El guerrero que buscaba la alegría del combate había muerto el día que entendió que el poder sin control y sin vigilancia solo traía caos.

—Que vengan —dijo Goku, ajustando sus guanteletes reforzados—. He preparado el terreno. No pelearemos en un campo abierto donde puedan usar su poder destructivo. Los atraeré a la zona industrial abandonada.

—¿Y si usan sus transformaciones de Ozaru? —preguntó Vegeta con una ceja levantada.

Goku caminó hacia una de las naves de transporte negras, una maravilla de la ingeniería que combinaba la tecnología de Briefs con la ciencia alienígena.

—Ya he hackeado el satélite meteorológico —respondió Goku con una frialdad técnica—. Esta noche no habrá luna llena. Y si intentan crear una luna artificial, mis drones la neutralizarán antes de que el primer fotón toque sus ojos. No voy a pelear con ellos, Vegeta. Voy a desmantelarlos.

—A veces me asustas, Kakarotto —admitió Vegeta en voz baja—. Tienes el corazón de un guerrero, pero la mente de un carcelero.

Goku se detuvo antes de entrar en la nave.

—El mundo no necesita un salvador que sonría mientras la gente muere —dijo sin mirar atrás—. Necesita un guardián que esté dispuesto a hacer lo que nadie más hará. La justicia no es un torneo, Vegeta. Es una guerra de desgaste.

La nave despegó en silencio, utilizando un motor de supresión de sonido. Goku volaba sobre las nubes, mirando la curvatura de la Tierra. En su mente, repasaba mil escenarios posibles. Había estudiado la psicología de su hermano Raditz a través de las transmisiones interceptadas. Sabía que era arrogante y dependiente de su rastreador.

—Paso uno: Eliminar la comunicación —murmuró Goku para sí mismo—. Paso dos: Aislar al objetivo. Paso tres: Infundir terror.

Cuando llegó a la zona de aterrizaje de las vainas saiyajin, el cráter aún humeaba. Dos figuras altas y musculosas salieron de las naves, riendo y comentando lo débil que era el nivel de poder del planeta.

—¿Este es el lugar? —preguntó Nappa, estirando sus enormes músculos—. Raditz, dijiste que tu hermano era un guerrero. Mi rastreador no detecta nada más que insectos.

—Kakarotto siempre fue una basura —escupió Raditz—. Estará escondido en algún agujero, temblando.

De repente, una explosión de pulso electromagnético recorrió el área. Los rastreadores en las orejas de los saiyajin estallaron en chispas, quemándoles la piel.

—¡Maldita sea! —gritó Raditz, arrancándose el aparato destrozado—. ¿Qué ha sido eso?

—Un error de cálculo —dijo una voz que parecía venir de todas partes gracias a los amplificadores ocultos en las ruinas—. Bienvenidos a la Tierra. Lamento informarles que su visita ha sido cancelada.

—¡Muéstrate! —rugió Nappa, lanzando una ráfaga de energía que destruyó un edificio vacío—. ¡Pelea como un hombre!

Goku observaba desde las sombras, usando sus lentes de visión térmica y nocturna. No iba a bajar a intercambiar golpes de inmediato. Primero, lanzó una serie de granadas de humo que contenían partículas de plomo y gas somnífero de alta concentración.

—No soy un hombre —la voz de Goku resonó de nuevo, ahora detrás de ellos—. Soy tu peor pesadilla.

Raditz se giró y lanzó un golpe, pero solo encontró aire. Un cable se enredó en su pierna y una corriente eléctrica de millones de voltios, alimentada por un núcleo de energía experimental, recorrió su cuerpo. El guerrero saiyajin cayó al suelo, convulsionando.

Nappa intentó ayudarlo, pero una serie de pequeños drones rodearon al gigante, disparando proyectiles de punta de diamante diseñados para penetrar la piel saiyajin. No eran letales, pero estaban impregnados con un paralizante nervioso potente.

—¿Qué... qué clase de truco es este? —jadeó Nappa, sintiendo que sus piernas fallaban—. ¡Usa tu ki! ¡Pelea de verdad!

Goku emergió de la niebla, caminando lentamente. La capa negra lo hacía parecer un demonio surgido del infierno. Se detuvo a pocos metros de Nappa, quien luchaba por mantenerse en pie.

—El ki es predecible —dijo Goku con calma—. La tecnología y la estrategia no. Han pasado su vida dependiendo de la fuerza bruta. Nunca se prepararon para alguien que piensa antes de golpear.

Nappa intentó reunir energía en su boca para un último ataque, pero Goku fue más rápido. Disparó un dispositivo desde su guantelete que se adhirió a la garganta del gigante, sellando su mandíbula con un polímero instantáneo y ultra resistente.

—Se acabó —sentenció Goku.

Raditz, recuperándose apenas de la descarga, miró a su hermano con puro odio y miedo.

—Kakarotto... ¿por qué haces esto? Somos tu sangre... podríamos gobernar este universo...

Goku se acercó a Raditz y lo tomó por el cabello, obligándolo a mirarlo a los ojos. Raditz no vio el brillo de la compasión, ni el deseo de una revancha. Solo vio un abismo técnico y frío.

—No tengo hermanos —dijo Goku—. Solo tengo una misión. Y ustedes son una variable que debe ser eliminada de la ecuación.

—¿Vas a matarnos? —preguntó Raditz con un hilo de voz.

Goku guardó silencio por un momento. La lluvia comenzó a caer de nuevo, resonando contra su armadura.

—No —respondió Goku—. Tengo una instalación especial para gente como ustedes. Un lugar donde su poder no significa nada. Aprenderán lo que es vivir en la oscuridad.

Goku activó un comunicador en su muñeca.

—Vegeta, trae la unidad de contención. Los objetivos han sido neutralizados. El protocolo "Caballero de la Noche" ha sido un éxito.

Mientras las naves de transporte descendían para llevarse a los prisioneros, Goku se alejó hacia las sombras. Sabía que esto era solo el principio. Había amenazas más grandes en el universo: tiranos espaciales, bio-androides, dioses de la destrucción. Pero no importaba quién viniera. Son Goku estaría listo. Tendría un plan. Tendría una debilidad para cada uno de ellos.

Porque él no era solo un saiyajin. No era solo un guerrero.

Era el protector silencioso. El vigilante de las sombras. El Batman de un mundo de dioses.
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