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Amor entre canciones

Fandom: Eurovision 2026

Criado: 14/05/2026

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RomanceDramaAngústiaRealismoEstudo de PersonagemCenário Canônico
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Entre Luces de Neón y Sombras de Chisináu

El aire de Madrid en primavera siempre tenía un aroma especial, una mezcla de azahar y asfalto caliente, pero para Ariadna, ese día solo olía a laca de uñas y café frío. Estaba sentada en el camerino de la PrePartyES, rodeada de maquilladores que intentaban perfeccionar ese delineado que se convertiría en su sello personal como representante de España. Con veintiséis años, Ari sentía que el círculo se cerraba. Había ganado el Junior Eurovision para Moldavia cuando apenas era una niña de doce años, antes de que su familia se viera obligada a cruzar Europa buscando un nuevo comienzo en Barcelona. Ahora, catorce años después, volvía al festival, pero bajo la bandera rojigualda.

—Ariadna, cinco minutos. Los representantes de Moldavia y Letonia están terminando su sesión de fotos en el photocall. Sales después —anunció un coordinador con un pinganillo.

El corazón de Ari dio un vuelco que no tenía nada que ver con el pánico escénico. Moldavia. Sabía que él estaba ahí.

Satoshi.

Se habían conocido el verano pasado en una fiesta privada en una terraza de Chisináu, durante una de las escasas visitas de Ari a su tierra natal para ver a sus abuelos. No hubo cámaras, no hubo prensa, solo dos músicos conectando a través de ritmos electrónicos y confesiones a media voz bajo la luna moldava. Fue breve, intenso y, según habían acordado al despedirse en el aeropuerto, algo que se quedaría en ese verano. El destino, sin embargo, tenía un sentido del humor retorcido: él había ganado la selección nacional moldava con un tema de hip-hop alternativo que estaba arrasando en las apuestas.

Ari se levantó, ajustándose el vestido de cuero rojo, y salió al pasillo. El bullicio de la prensa extranjera y los fans se oía al fondo. Al doblar la esquina, lo vio.

Satoshi estaba de espaldas, hablando con su delegación. Llevaba una chaqueta oversize negra y su altura siempre lograba imponer, incluso en una habitación llena de gente. Cuando él se giró, sus ojos se encontraron. No hubo una sonrisa exagerada, ni un saludo efusivo. Solo un breve asentimiento de cabeza, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera observando con lupa.

—Vaya, la ganadora ha vuelto —dijo Satoshi cuando ella se acercó lo suficiente, hablando en un rumano perfecto que sonaba como música prohibida en los oídos de Ari.

—Solo soy una candidata más, Satoshi —respondió ella en el mismo idioma, manteniendo la voz baja—. Y técnicamente, ahora juego para el otro equipo.

—España te sienta bien —comentó él, recorriéndola con la mirada antes de que un fotógrafo interrumpiera—. Pero Moldavia no olvida a su pequeña prodigio.

—Tienen que hacernos la foto de grupo —intervino la jefa de prensa de España, empujando suavemente a Ari hacia el panel publicitario—. Ariadna, Satoshi, poneos juntos. Queremos el ángulo de "la conexión moldava".

Ari sintió el calor del cuerpo de Satoshi cuando él dio un paso hacia ella y le pasó un brazo por la cintura, de manera profesional, casi gélida. Pero sus dedos presionaron ligeramente su costado, un recordatorio silencioso de la noche en que bailaron hasta que salió el sol en una playa fluvial del Dniéster.

—Sonreíd —susurró Satoshi entre dientes, sin dejar de mirar a la cámara—. Mañana los blogs dirán que somos mejores amigos. Nadie tiene por qué saber que conoces el sabor de mi cocina a las tres de la mañana.

—Cállate —murmuró ella con una sonrisa perfecta para la foto—. Esto es trabajo.

La gira promocional los llevó por Londres, Ámsterdam y Tel Aviv. En cada ciudad, el juego se volvía más peligroso. Delante de las cámaras, eran los "colegas de profesión" que compartían un pasado común. Ari hablaba en las entrevistas sobre su orgullo de haber representado a Moldavia de niña y Satoshi siempre añadía algún comentario galante sobre el talento de su "competidora". Pero en los ensayos, cuando las luces de los estadios estaban apagadas y solo quedaban los técnicos recogiendo cables, la tensión era un cable de alta tensión a punto de romperse.

En Ámsterdam, durante la "Eurovision in Concert", se encontraron en la escalera de incendios del hotel, huyendo del ruido de la fiesta posterior.

—¿Hasta cuándo vamos a seguir así? —preguntó Ari, encendiendo un cigarrillo que rara vez fumaba, solo por tener algo que hacer con las manos.

—Hasta que termine la final en mayo —respondió Satoshi, apoyado en la barandilla de hierro—. No podemos permitirnos un escándalo de "romance secreto". Tú eres la favorita de la prensa española y yo soy el chico rebelde de Moldavia. Si se enteran de lo del verano pasado, dirán que tu voto está comprado, o que yo solo busco fama a tu costa.

—Es ridículo —suspiró ella, exhalando el humo—. Te eché de menos cuando volví a Barcelona.

Satoshi se acercó, acortando la distancia hasta que Ari pudo oler su perfume, una mezcla de sándalo y lluvia.

—Yo también —admitió él, su voz volviéndose áspera—. Por eso duele tanto tener que saludarte como si fueras una desconocida cada mañana en el desayuno del hotel.

Él alargó la mano y le acarició la mejilla, un gesto tan tierno que contrastaba con su imagen de rapero duro. Ari cerró los ojos, inclinándose hacia su toque, pero el sonido de una puerta abriéndose los hizo separarse de golpe.

—¡Ari! ¡La delegación te busca para el TikTok con los suizos! —gritó un asistente.

Ella se alisó el pelo, recuperando la máscara de representante de España en un segundo.

—Nos vemos en los ensayos de Turín —dijo, sin mirar atrás.

Llegó mayo y la burbuja de Eurovisión estalló con toda su fuerza. Turín estaba empapelada con sus caras. La presión era asfixiante. Ari no solo cargaba con las expectativas de España, sino con el escrutinio de los moldavos que aún la veían como una "traidora" por no haber vuelto a competir por ellos.

La alfombra turquesa fue el punto álgido del teatro. Ariadna lucía un diseño espectacular que recordaba a las raíces folclóricas moldavas pero con un corte vanguardista español. Satoshi, por su parte, desfilaba con una elegancia cruda.

—¿Es cierto que Ariadna te ha dado consejos sobre cómo manejar la presión del escenario grande? —le preguntó un periodista de la televisión internacional a Satoshi.

—Ariadna es una maestra —respondió él, mirando a Ari que estaba a unos metros de distancia, terminando otra entrevista—. Pero creo que ambos tenemos trucos bajo la manga que el mundo aún no ha visto.

Ella le lanzó una mirada de advertencia. Satoshi estaba jugando con fuego. El contenido que creaban para las redes sociales del festival siempre los mostraba cerca: un reto de baile por aquí, un juego de adivinar palabras en rumano por allá. Los fans ya habían empezado a crear "edits" de ellos dos en redes sociales, bautizándolos con nombres de pareja.

La noche antes de la primera semifinal, el cansancio y la adrenalina ganaron la batalla. Ari estaba en su habitación de hotel repasando la coreografía cuando oyó tres golpes rítmicos en la puerta. Sabía quién era antes de abrir.

Satoshi entró sin decir palabra y cerró la puerta con pestillo. Se veía agotado, con las ojeras marcadas por las noches sin dormir y el estrés de los ensayos técnicos.

—No debería estar aquí —dijo ella, aunque se echó a sus brazos de inmediato.

—Solo cinco minutos —suplicó él, escondiendo la cara en el cuello de Ari—. Solo necesito recordar quién soy fuera de este circo. Fuera de Moldavia, fuera de los puntos, fuera de las cámaras.

—Eres Satoshi —susurró ella, abrazándolo con fuerza—. El chico que me llevó a ver las estrellas desde un tejado en Chisináu.

—Y tú eres Ari —respondió él, separándose un poco para mirarla a los ojos—. No la ganadora del Junior, no la representante de España. Solo Ari.

Se besaron con una urgencia que sabía a meses de contención. Fue un beso desesperado, lleno de la frustración de las miradas robadas y las palabras no dichas frente a los micrófonos. En esa habitación de hotel en Turín, el mapa de Europa se borraba. No había fronteras, solo dos personas que se habían encontrado en el momento más inoportuno del mundo.

—Si ganamos... o si perdemos... —comenzó Ari, recuperando el aliento.

—No importa el resultado —la interrumpió él—. Cuando esto acabe, no habrá más cámaras. No habrá más fingir. Me da igual si tengo que volar a Barcelona cada fin de semana.

—Promételo.

—Lo prometo por mi música —dijo él con una seriedad solemne.

Al día siguiente, durante la sesión de fotos oficial de los finalistas, se encontraron de nuevo. Ariadna estaba radiante, su energía desbordaba la sala. Satoshi mantenía su aire distante, pero cuando pasó por su lado para ir al set de fotografía, le rozó la mano con el dedo meñique.

Fue un gesto mínimo, invisible para los fotógrafos, para los jefes de delegación y para los millones de espectadores que seguían cada uno de sus movimientos. Pero para ellos, fue un contrato firmado.

—¡España, a posición! —gritó el fotógrafo.

—¡Moldavia, prepárate!

Ari se colocó frente al foco, deslumbrante y segura. Sabía que esa noche, cuando saliera al escenario a cantar sobre el desamor y la fuerza, en realidad estaría cantando para el chico de la chaqueta negra que la observaba desde las sombras del backstage. El mundo vería una competencia entre naciones; ellos dos, sin embargo, estaban jugando un juego mucho más antiguo y profundo. Un juego que, por primera vez en la historia de Eurovisión, no dependía de los doce puntos de ningún jurado.
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