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Fandom: Jujutsu Kaisen
Criado: 15/05/2026
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OmegaversoDor/ConfortoDramaDistopiaHistóricoAngústiaDiscriminaçãoExperimentação HumanaSobrevivência
El susurro de la seda y el aroma a incienso
El frío no era algo nuevo para Megumi, pero el frío de la libertad se sentía distinto al de los muros de piedra del Conservatorio. Aquel lugar, diseñado para moldear voluntades y silenciar instintos, le había enseñado que el mundo era una habitación blanca, una serie de pastillas amargas que nublaban el pensamiento y el tacto constante de manos enguantadas que revisaban su anatomía como si fuera un objeto de estudio.
A sus quince años, Megumi Fushiguro no sabía qué era un mapa. No sabía qué tan grande era el océano, ni por qué las otras omegas lloraban por las noches antes de que el plan de huida se pusiera en marcha. Solo sabía que debía correr cuando las luces se apagaran.
Los gritos aún resonaban en sus oídos. El sonido de las botas de los guardias contra el pavimento, el crujido de las telas desgarrándose y esos alaridos de agonía que se cortaban de golpe. Él no había mirado atrás. Simplemente se había arrastrado por el lodo y se había colado en el vientre metálico de un barco, guiado por un instinto animal que sus maestros no habían logrado extirpar del todo.
Ahora, Megumi estaba acurrucado en el rincón más oscuro de un camarote de carga. Sus dedos, pálidos y delgados, apretaban una pequeña bolsa de cuero donde guardaba lo poco que poseía: una cinta de pelo, un trozo de pan endurecido y un pequeño frasco vacío de los supresores que solían obligarle a tomar.
No sabía leer los carteles que colgaban de las paredes del puerto cuando el barco finalmente atracó. No sabía qué decían los hombres que gritaban órdenes mientras descargaban cajas. Para él, las letras eran solo garabatos sin sentido, dibujos caprichosos que se burlaban de su ignorancia. En el Conservatorio, les decían que los omegas no necesitaban leer; que sus ojos estaban hechos para admirar la belleza y sus manos para servir, no para sostener una pluma.
Al bajar del barco, oculto entre la multitud, el mundo lo golpeó con una violencia sensorial insoportable.
Era una ciudad de contrastes. El aire olía a carbón, a salitre y al perfume caro de los alfas que caminaban con arrogancia. Carruajes tirados por caballos compartían las calles con los primeros automóviles ruidosos. Megumi caminaba pegado a las paredes, con la cabeza gacha, sintiéndose una mancha de suciedad en medio de tanta opulencia. Su ropa, el uniforme blanco y simple del Conservatorio, estaba manchada de hollín y humedad.
Se detuvo en una esquina, temblando. El idioma que escuchaba era una amalgama de sonidos guturales y rápidos que no lograba descifrar. El pánico empezó a ascender por su garganta como una marea negra. Estaba solo. No tenía nombre en este lugar. No tenía propósito.
—Oye, ¿te encuentras bien? Estás muy pálido.
Megumi dio un salto, pegando la espalda contra el ladrillo frío de un edificio. Frente a él, un joven de cabello rosado y contextura atlética lo observaba con genuina preocupación. El extraño vestía un uniforme universitario impecable, pero su aroma era lo que más desconcertaba a Megumi: era un alfa, pero su olor a sándalo y sol de tarde no era agresivo ni dominante. Era… cálido.
El chico repitió la pregunta, pero Megumi solo pudo negar con la cabeza, apretando su bolsa de cuero contra el pecho. Sus labios temblaron, pero no salió ningún sonido.
—Lo siento, no entiendo… —murmuró Megumi en su lengua materna, un dialecto antiguo y suave que solo se hablaba en las regiones aisladas donde se ubicaban los conservatorios más estrictos.
Los ojos del alfa se abrieron de par en par. Una chispa de reconocimiento cruzó su mirada.
—¿Hablas el idioma de las tierras del norte? —preguntó el muchacho, cambiando su acento de forma fluida—. Vaya, hace años que no escuchaba a nadie hablarlo. Mi abuelo me enseñó desde que era niño.
Megumi sintió que el suelo dejaba de temblar bajo sus pies. Alguien lo entendía. Alguien hablaba su silencio.
—Yo… yo no sé dónde estoy —logró decir Megumi, con la voz quebrada.
—Estás en la capital, lejos de casa, por lo que veo —el joven dio un paso adelante, pero se detuvo al ver el miedo en los ojos verdes del omega—. Tranquilo, no voy a hacerte nada. Me llamo Yuji Itadori. Soy estudiante aquí cerca.
Yuji examinó al chico frente a él. Era delgado, casi enfermizamente, con una piel que parecía porcelana a punto de romperse. Sus ojos eran grandes, llenos de una inteligencia latente que chocaba con la confusión de su rostro. Pero lo que más le llamó la atención fue la marca de propiedad, o más bien, la falta de ella, y ese aura de desamparo que solo tenían los que venían de "esos" lugares.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Yuji con suavidad.
—Megumi —respondió tras un largo silencio—. Solo Megumi.
—Bueno, Megumi, no puedes quedarte aquí en medio de la calle. Los oficiales de control de omegas pasan por aquí cada hora y… —Yuji se interrumpió al ver la expresión de terror puro que cruzó el rostro de Megumi al mencionar a los oficiales—. Vale, vale, no diremos nada de oficiales. ¿Tienes hambre?
Megumi no respondió, pero su estómago lo hizo por él con un rugido sonoro. Se sonrojó violentamente, bajando la mirada.
—Tómalo como un sí —rio Yuji, una risa vibrante que hizo que el pecho de Megumi se sintiera extrañamente ligero—. Trabajo en un restaurante aquí cerca, como mesero. Es un lugar elegante, pero puedo conseguirte algo de la cocina. Ven conmigo.
Megumi dudó. En el Conservatorio le habían enseñado que los alfas eran dueños, que su palabra era ley y su voluntad era el destino de un omega. Pero Yuji no lo miraba como si fuera un mueble o un trofeo. Lo miraba como si fuera… una persona.
Caminaron por calles empedradas hasta llegar a un edificio de grandes ventanales y cortinas de terciopelo. Yuji lo guio por la entrada de servicio, un callejón más discreto.
—Quédate aquí un momento, traeré algo de pan y sopa caliente —dijo Yuji, quitándose la chaqueta de la universidad y poniéndola sobre los hombros de Megumi—. Tu ropa es muy fina, te vas a resfriar.
El peso de la chaqueta y el aroma intenso de Yuji envolvieron a Megumi. Era una sensación abrumadora, casi intoxicante. Nunca había estado tan cerca de la esencia de un alfa sin que hubiera dolor o sumisión de por medio.
Mientras esperaba, Megumi observó un cartel pegado en la puerta de servicio. Había letras grandes y doradas. Trató de descifrarlas, pasando sus dedos por el papel, pero era inútil. La frustración le escocía en los ojos. Sabía que esas formas significaban algo, pero para él eran muros infranqueables.
Yuji regresó unos minutos después con un cuenco humeante y un trozo de pan blanco que parecía una nube.
—Aquí tienes. Come despacio, o te sentará mal.
Megumi comió con una desesperación contenida, tratando de mantener la compostura que le habían inculcado a base de golpes. Yuji lo observaba en silencio, apoyado contra la pared, con una expresión que Megumi no lograba identificar.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Megumi, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Soy un omega… no sé leer, no sé hacer nada útil. En mi escuela decían que si salíamos, moriríamos porque no servimos para el mundo.
Yuji frunció el ceño, y por un momento, un destello de rabia pura cruzó sus ojos, aunque Megumi supo que no era contra él.
—En esa escuela te mintieron, Megumi —dijo Yuji con firmeza—. El mundo es difícil, sí, pero no porque no sirvas. Es difícil porque hay gente que quiere hacerte creer eso para controlarte.
De repente, el sonido de unos tacones rápidos y rítmicos resonó en el callejón. Una mujer joven, de cabello castaño y ojos afilados, apareció con una expresión de pocos amigos. Su aroma a flores dulces estaba cargado de una irritación punzante.
—¡Yuji Itadori! ¡Llevas diez minutos de retraso para tu turno! —exclamó la mujer, deteniéndose en seco al ver a Megumi—. ¿Y quién es este? ¿Otro de tus proyectos de caridad?
Yuji se tensó visiblemente, rascándose la nuca con nerviosismo.
—Ozawa, hola… No es lo que parece, él solo necesitaba ayuda.
—Yuji, tienes una novia que se pone histérica si te ve hablando con el repartidor de leche —dijo la chica, suavizando un poco el tono pero manteniendo la urgencia—. Si te ve con un omega desconocido, y encima uno tan… —miró a Megumi de arriba abajo— …tan bonito, va a incendiar el restaurante.
Megumi se encogió bajo la chaqueta de Yuji. La palabra "novia" no la conocía, pero entendió el tono. Estaba causando problemas.
—Tengo que irme —susurró Megumi, dejando el cuenco vacío en el suelo y tratando de quitarse la chaqueta.
—¡No! —Yuji lo detuvo, poniendo una mano sobre su hombro. El contacto eléctrico hizo que ambos se estremecieran—. No tienes a dónde ir. Escucha, Megumi. Mi turno termina en cuatro horas. Quédate en el callejón de atrás, donde están las cajas de mantas. Te llevaré a un lugar seguro después.
—Pero tu omega… —balbuceó Megumi.
—Ella no tiene por qué saberlo ahora mismo —respondió Yuji, aunque había una nota de cansancio en su voz al mencionar a su pareja—. Solo… confía en mí, ¿puedes hacer eso?
Megumi miró a los ojos de Yuji. Eran del color de la miel tibia, honestos y brillantes. Por primera vez en su vida, Megumi decidió no seguir una regla, sino una corazonada.
—Sí —susurró.
Yuji le dedicó una última sonrisa antes de ser arrastrado hacia el interior del restaurante por su compañera. Megumi se quedó solo en la penumbra del callejón, abrazándose a la chaqueta que aún conservaba el calor del alfa.
Las horas pasaron lentas. Megumi observaba el movimiento de la ciudad desde su escondite. Veía a la gente pasar, escuchaba fragmentos de conversaciones que no entendía y se maravillaba con las luces que empezaban a encenderse al caer la noche. Para él, todo era una magia inalcanzable.
Intentó dibujar en el suelo con una piedra, imitando las letras que había visto en el cartel. Hizo un círculo, una línea cruzada. Se sintió estúpido. Sus manos, que según sus maestros solo debían saber acariciar, se sentían torpes.
De repente, la puerta de servicio se abrió de golpe. No era Yuji.
Una mujer joven, vestida con un traje de seda costoso y un aroma a perfume sintético tan fuerte que hacía estornudar, salió al callejón. Sus ojos recorrieron el lugar hasta dar con la figura de Megumi.
—Así que aquí estás —dijo ella, con una voz cargada de veneno.
Megumi se puso de pie, temblando. Reconoció el aroma de una omega, pero era un aroma dominante, posesivo, podrido por los celos.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella, acercándose peligrosamente—. ¿Qué haces con la chaqueta de mi alfa?
Megumi retrocedió hasta chocar con una pila de cajas. No sabía qué decir. No sabía cómo defenderse en un idioma que no era el suyo.
—Yo… Yuji… —fue lo único que pudo articular.
—¡No te atrevas a pronunciar su nombre con esa boca de callejera! —la mujer levantó la mano, lista para golpear.
—¡Detente!
La voz de Yuji resonó con una autoridad que hizo que incluso Megumi se estremeciera. El alfa salió corriendo del restaurante, interponiéndose entre la mujer y Megumi.
—¿Qué estás haciendo aquí, Hana? —preguntó Yuji, con la voz baja y peligrosa.
—¡Eso te pregunto yo! —gritó ella—. ¡Estás escondiendo a un omega desaliñado en tu trabajo! ¿Es esto lo que haces mientras yo te espero?
—Él es un refugiado, Hana. No tiene nada que ver con nosotros —Yuji suspiró, pasando una mano por su cabello rosado—. Vete a casa. Hablaremos de esto luego.
—¡No me voy a ninguna parte hasta que este… este animal se vaya!
Megumi sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. "Animal". Esa palabra sí la conocía. Se la habían dicho muchas veces en el Conservatorio cuando no aprendía a sonreír correctamente o cuando se negaba a comer.
Sin pensarlo, Megumi dio media vuelta y echó a correr.
—¡Megumi, espera! —gritó Yuji.
Pero Megumi era rápido. Había aprendido a huir en la oscuridad. Cruzó calles, esquivó carruajes y se internó en un parque cercano, donde los árboles ofrecían sombras más densas. Se detuvo jadeando cerca de una fuente, dejándose caer al suelo.
El mundo era demasiado grande. Demasiado ruidoso. Demasiado cruel.
Se quedó allí, llorando en silencio, odiando su propia debilidad, odiando no poder entender lo que las estatuas decían en sus placas de bronce o lo que los periódicos abandonados en los bancos gritaban al viento.
—Te dije que no corrieras.
Megumi levantó la vista. Yuji estaba allí, jadeando, con el sudor perlando su frente. Estaba solo.
—Vete —dijo Megumi en su idioma—. Tu omega se enfadará.
Yuji se acercó lentamente y se sentó en el suelo, a una distancia respetuosa.
—Ella no es mi dueña, Megumi. Y yo no soy el tipo de alfa que deja a alguien solo cuando las cosas se ponen difíciles.
El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el sonido del agua de la fuente.
—No sé leer —confesó Megumi de repente, con la voz llena de vergüenza—. No sé qué dicen esos papeles. No sé qué dicen las señales. Soy… soy nada.
Yuji lo miró con una ternura que hizo que el corazón de Megumi diera un vuelco.
—Entonces te enseñaré —dijo Yuji con sencillez—. Empezaremos mañana. O ahora mismo, si quieres.
Yuji tomó una rama del suelo y dibujó una letra en la tierra húmeda del parque.
—Esta es la 'A' —dijo, señalando el trazo—. Es el principio de muchas cosas.
Megumi miró la letra. No era un garabato sin sentido. Era una llave. Miró a Yuji, y por primera vez en quince años, el omega sintió que el futuro no era una habitación blanca y fría, sino un camino que, aunque difícil, podía empezar a caminar.
—A —repitió Megumi, trazando la letra en el aire con su dedo delgado.
Yuji sonrió, y en ese momento, el aroma a sándalo y sol pareció borrar todo el rastro de miedo en el aire.
—Exacto. Mañana seguiremos con la 'B'. Pero ahora, vamos a buscar un lugar donde puedas dormir sin que nadie intente morderte.
Megumi se levantó, siguiendo al alfa de cabello rosado. No sabía qué pasaría con la novia celosa, ni cómo sobreviviría en esa ciudad inmensa, pero mientras Yuji hablara su idioma, Megumi sentía que, tal vez, ya no estaba perdido.
A sus quince años, Megumi Fushiguro no sabía qué era un mapa. No sabía qué tan grande era el océano, ni por qué las otras omegas lloraban por las noches antes de que el plan de huida se pusiera en marcha. Solo sabía que debía correr cuando las luces se apagaran.
Los gritos aún resonaban en sus oídos. El sonido de las botas de los guardias contra el pavimento, el crujido de las telas desgarrándose y esos alaridos de agonía que se cortaban de golpe. Él no había mirado atrás. Simplemente se había arrastrado por el lodo y se había colado en el vientre metálico de un barco, guiado por un instinto animal que sus maestros no habían logrado extirpar del todo.
Ahora, Megumi estaba acurrucado en el rincón más oscuro de un camarote de carga. Sus dedos, pálidos y delgados, apretaban una pequeña bolsa de cuero donde guardaba lo poco que poseía: una cinta de pelo, un trozo de pan endurecido y un pequeño frasco vacío de los supresores que solían obligarle a tomar.
No sabía leer los carteles que colgaban de las paredes del puerto cuando el barco finalmente atracó. No sabía qué decían los hombres que gritaban órdenes mientras descargaban cajas. Para él, las letras eran solo garabatos sin sentido, dibujos caprichosos que se burlaban de su ignorancia. En el Conservatorio, les decían que los omegas no necesitaban leer; que sus ojos estaban hechos para admirar la belleza y sus manos para servir, no para sostener una pluma.
Al bajar del barco, oculto entre la multitud, el mundo lo golpeó con una violencia sensorial insoportable.
Era una ciudad de contrastes. El aire olía a carbón, a salitre y al perfume caro de los alfas que caminaban con arrogancia. Carruajes tirados por caballos compartían las calles con los primeros automóviles ruidosos. Megumi caminaba pegado a las paredes, con la cabeza gacha, sintiéndose una mancha de suciedad en medio de tanta opulencia. Su ropa, el uniforme blanco y simple del Conservatorio, estaba manchada de hollín y humedad.
Se detuvo en una esquina, temblando. El idioma que escuchaba era una amalgama de sonidos guturales y rápidos que no lograba descifrar. El pánico empezó a ascender por su garganta como una marea negra. Estaba solo. No tenía nombre en este lugar. No tenía propósito.
—Oye, ¿te encuentras bien? Estás muy pálido.
Megumi dio un salto, pegando la espalda contra el ladrillo frío de un edificio. Frente a él, un joven de cabello rosado y contextura atlética lo observaba con genuina preocupación. El extraño vestía un uniforme universitario impecable, pero su aroma era lo que más desconcertaba a Megumi: era un alfa, pero su olor a sándalo y sol de tarde no era agresivo ni dominante. Era… cálido.
El chico repitió la pregunta, pero Megumi solo pudo negar con la cabeza, apretando su bolsa de cuero contra el pecho. Sus labios temblaron, pero no salió ningún sonido.
—Lo siento, no entiendo… —murmuró Megumi en su lengua materna, un dialecto antiguo y suave que solo se hablaba en las regiones aisladas donde se ubicaban los conservatorios más estrictos.
Los ojos del alfa se abrieron de par en par. Una chispa de reconocimiento cruzó su mirada.
—¿Hablas el idioma de las tierras del norte? —preguntó el muchacho, cambiando su acento de forma fluida—. Vaya, hace años que no escuchaba a nadie hablarlo. Mi abuelo me enseñó desde que era niño.
Megumi sintió que el suelo dejaba de temblar bajo sus pies. Alguien lo entendía. Alguien hablaba su silencio.
—Yo… yo no sé dónde estoy —logró decir Megumi, con la voz quebrada.
—Estás en la capital, lejos de casa, por lo que veo —el joven dio un paso adelante, pero se detuvo al ver el miedo en los ojos verdes del omega—. Tranquilo, no voy a hacerte nada. Me llamo Yuji Itadori. Soy estudiante aquí cerca.
Yuji examinó al chico frente a él. Era delgado, casi enfermizamente, con una piel que parecía porcelana a punto de romperse. Sus ojos eran grandes, llenos de una inteligencia latente que chocaba con la confusión de su rostro. Pero lo que más le llamó la atención fue la marca de propiedad, o más bien, la falta de ella, y ese aura de desamparo que solo tenían los que venían de "esos" lugares.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Yuji con suavidad.
—Megumi —respondió tras un largo silencio—. Solo Megumi.
—Bueno, Megumi, no puedes quedarte aquí en medio de la calle. Los oficiales de control de omegas pasan por aquí cada hora y… —Yuji se interrumpió al ver la expresión de terror puro que cruzó el rostro de Megumi al mencionar a los oficiales—. Vale, vale, no diremos nada de oficiales. ¿Tienes hambre?
Megumi no respondió, pero su estómago lo hizo por él con un rugido sonoro. Se sonrojó violentamente, bajando la mirada.
—Tómalo como un sí —rio Yuji, una risa vibrante que hizo que el pecho de Megumi se sintiera extrañamente ligero—. Trabajo en un restaurante aquí cerca, como mesero. Es un lugar elegante, pero puedo conseguirte algo de la cocina. Ven conmigo.
Megumi dudó. En el Conservatorio le habían enseñado que los alfas eran dueños, que su palabra era ley y su voluntad era el destino de un omega. Pero Yuji no lo miraba como si fuera un mueble o un trofeo. Lo miraba como si fuera… una persona.
Caminaron por calles empedradas hasta llegar a un edificio de grandes ventanales y cortinas de terciopelo. Yuji lo guio por la entrada de servicio, un callejón más discreto.
—Quédate aquí un momento, traeré algo de pan y sopa caliente —dijo Yuji, quitándose la chaqueta de la universidad y poniéndola sobre los hombros de Megumi—. Tu ropa es muy fina, te vas a resfriar.
El peso de la chaqueta y el aroma intenso de Yuji envolvieron a Megumi. Era una sensación abrumadora, casi intoxicante. Nunca había estado tan cerca de la esencia de un alfa sin que hubiera dolor o sumisión de por medio.
Mientras esperaba, Megumi observó un cartel pegado en la puerta de servicio. Había letras grandes y doradas. Trató de descifrarlas, pasando sus dedos por el papel, pero era inútil. La frustración le escocía en los ojos. Sabía que esas formas significaban algo, pero para él eran muros infranqueables.
Yuji regresó unos minutos después con un cuenco humeante y un trozo de pan blanco que parecía una nube.
—Aquí tienes. Come despacio, o te sentará mal.
Megumi comió con una desesperación contenida, tratando de mantener la compostura que le habían inculcado a base de golpes. Yuji lo observaba en silencio, apoyado contra la pared, con una expresión que Megumi no lograba identificar.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Megumi, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Soy un omega… no sé leer, no sé hacer nada útil. En mi escuela decían que si salíamos, moriríamos porque no servimos para el mundo.
Yuji frunció el ceño, y por un momento, un destello de rabia pura cruzó sus ojos, aunque Megumi supo que no era contra él.
—En esa escuela te mintieron, Megumi —dijo Yuji con firmeza—. El mundo es difícil, sí, pero no porque no sirvas. Es difícil porque hay gente que quiere hacerte creer eso para controlarte.
De repente, el sonido de unos tacones rápidos y rítmicos resonó en el callejón. Una mujer joven, de cabello castaño y ojos afilados, apareció con una expresión de pocos amigos. Su aroma a flores dulces estaba cargado de una irritación punzante.
—¡Yuji Itadori! ¡Llevas diez minutos de retraso para tu turno! —exclamó la mujer, deteniéndose en seco al ver a Megumi—. ¿Y quién es este? ¿Otro de tus proyectos de caridad?
Yuji se tensó visiblemente, rascándose la nuca con nerviosismo.
—Ozawa, hola… No es lo que parece, él solo necesitaba ayuda.
—Yuji, tienes una novia que se pone histérica si te ve hablando con el repartidor de leche —dijo la chica, suavizando un poco el tono pero manteniendo la urgencia—. Si te ve con un omega desconocido, y encima uno tan… —miró a Megumi de arriba abajo— …tan bonito, va a incendiar el restaurante.
Megumi se encogió bajo la chaqueta de Yuji. La palabra "novia" no la conocía, pero entendió el tono. Estaba causando problemas.
—Tengo que irme —susurró Megumi, dejando el cuenco vacío en el suelo y tratando de quitarse la chaqueta.
—¡No! —Yuji lo detuvo, poniendo una mano sobre su hombro. El contacto eléctrico hizo que ambos se estremecieran—. No tienes a dónde ir. Escucha, Megumi. Mi turno termina en cuatro horas. Quédate en el callejón de atrás, donde están las cajas de mantas. Te llevaré a un lugar seguro después.
—Pero tu omega… —balbuceó Megumi.
—Ella no tiene por qué saberlo ahora mismo —respondió Yuji, aunque había una nota de cansancio en su voz al mencionar a su pareja—. Solo… confía en mí, ¿puedes hacer eso?
Megumi miró a los ojos de Yuji. Eran del color de la miel tibia, honestos y brillantes. Por primera vez en su vida, Megumi decidió no seguir una regla, sino una corazonada.
—Sí —susurró.
Yuji le dedicó una última sonrisa antes de ser arrastrado hacia el interior del restaurante por su compañera. Megumi se quedó solo en la penumbra del callejón, abrazándose a la chaqueta que aún conservaba el calor del alfa.
Las horas pasaron lentas. Megumi observaba el movimiento de la ciudad desde su escondite. Veía a la gente pasar, escuchaba fragmentos de conversaciones que no entendía y se maravillaba con las luces que empezaban a encenderse al caer la noche. Para él, todo era una magia inalcanzable.
Intentó dibujar en el suelo con una piedra, imitando las letras que había visto en el cartel. Hizo un círculo, una línea cruzada. Se sintió estúpido. Sus manos, que según sus maestros solo debían saber acariciar, se sentían torpes.
De repente, la puerta de servicio se abrió de golpe. No era Yuji.
Una mujer joven, vestida con un traje de seda costoso y un aroma a perfume sintético tan fuerte que hacía estornudar, salió al callejón. Sus ojos recorrieron el lugar hasta dar con la figura de Megumi.
—Así que aquí estás —dijo ella, con una voz cargada de veneno.
Megumi se puso de pie, temblando. Reconoció el aroma de una omega, pero era un aroma dominante, posesivo, podrido por los celos.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella, acercándose peligrosamente—. ¿Qué haces con la chaqueta de mi alfa?
Megumi retrocedió hasta chocar con una pila de cajas. No sabía qué decir. No sabía cómo defenderse en un idioma que no era el suyo.
—Yo… Yuji… —fue lo único que pudo articular.
—¡No te atrevas a pronunciar su nombre con esa boca de callejera! —la mujer levantó la mano, lista para golpear.
—¡Detente!
La voz de Yuji resonó con una autoridad que hizo que incluso Megumi se estremeciera. El alfa salió corriendo del restaurante, interponiéndose entre la mujer y Megumi.
—¿Qué estás haciendo aquí, Hana? —preguntó Yuji, con la voz baja y peligrosa.
—¡Eso te pregunto yo! —gritó ella—. ¡Estás escondiendo a un omega desaliñado en tu trabajo! ¿Es esto lo que haces mientras yo te espero?
—Él es un refugiado, Hana. No tiene nada que ver con nosotros —Yuji suspiró, pasando una mano por su cabello rosado—. Vete a casa. Hablaremos de esto luego.
—¡No me voy a ninguna parte hasta que este… este animal se vaya!
Megumi sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. "Animal". Esa palabra sí la conocía. Se la habían dicho muchas veces en el Conservatorio cuando no aprendía a sonreír correctamente o cuando se negaba a comer.
Sin pensarlo, Megumi dio media vuelta y echó a correr.
—¡Megumi, espera! —gritó Yuji.
Pero Megumi era rápido. Había aprendido a huir en la oscuridad. Cruzó calles, esquivó carruajes y se internó en un parque cercano, donde los árboles ofrecían sombras más densas. Se detuvo jadeando cerca de una fuente, dejándose caer al suelo.
El mundo era demasiado grande. Demasiado ruidoso. Demasiado cruel.
Se quedó allí, llorando en silencio, odiando su propia debilidad, odiando no poder entender lo que las estatuas decían en sus placas de bronce o lo que los periódicos abandonados en los bancos gritaban al viento.
—Te dije que no corrieras.
Megumi levantó la vista. Yuji estaba allí, jadeando, con el sudor perlando su frente. Estaba solo.
—Vete —dijo Megumi en su idioma—. Tu omega se enfadará.
Yuji se acercó lentamente y se sentó en el suelo, a una distancia respetuosa.
—Ella no es mi dueña, Megumi. Y yo no soy el tipo de alfa que deja a alguien solo cuando las cosas se ponen difíciles.
El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el sonido del agua de la fuente.
—No sé leer —confesó Megumi de repente, con la voz llena de vergüenza—. No sé qué dicen esos papeles. No sé qué dicen las señales. Soy… soy nada.
Yuji lo miró con una ternura que hizo que el corazón de Megumi diera un vuelco.
—Entonces te enseñaré —dijo Yuji con sencillez—. Empezaremos mañana. O ahora mismo, si quieres.
Yuji tomó una rama del suelo y dibujó una letra en la tierra húmeda del parque.
—Esta es la 'A' —dijo, señalando el trazo—. Es el principio de muchas cosas.
Megumi miró la letra. No era un garabato sin sentido. Era una llave. Miró a Yuji, y por primera vez en quince años, el omega sintió que el futuro no era una habitación blanca y fría, sino un camino que, aunque difícil, podía empezar a caminar.
—A —repitió Megumi, trazando la letra en el aire con su dedo delgado.
Yuji sonrió, y en ese momento, el aroma a sándalo y sol pareció borrar todo el rastro de miedo en el aire.
—Exacto. Mañana seguiremos con la 'B'. Pero ahora, vamos a buscar un lugar donde puedas dormir sin que nadie intente morderte.
Megumi se levantó, siguiendo al alfa de cabello rosado. No sabía qué pasaría con la novia celosa, ni cómo sobreviviría en esa ciudad inmensa, pero mientras Yuji hablara su idioma, Megumi sentía que, tal vez, ya no estaba perdido.
