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Video de la pasion
Fandom: Kengan ashura
Criado: 16/05/2026
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UA (Universo Alternativo)SombrioPWP (Enredo? Que enredo?)Linguagem ExplícitaViolência GráficaEstudo de PersonagemPsicológicoRomanceDrama
Bajo el Foco de la Lujuria: El Contrato de Sangre y Carne
El set de grabación estaba cargado con una tensión eléctrica que nada tenía que ver con la iluminación artificial. Yamashita Kazuo se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo tembloroso, mientras Kaede y Tomoko revisaban los monitores con expresiones que oscilaban entre la fascinación y el pudor. Shion, sentada en una silla de director, cruzaba las piernas con elegancia, observando a los dos hombres que estaban en el centro del escenario.
—Recuerden —dijo Shion, su voz resonando en el silencio del estudio—, queremos realismo. Ohma, eres el marido dominante. Setsuna, eres su sumiso. Y no olviden el detalle de los pectorales. La producción fue muy clara con eso.
Ohma Tokita, con el torso desnudo y la mirada gélida, observó a su compañero. Kiryu Setsuna estaba de pie frente a él, vistiendo apenas lo mínimo. Lo que más llamaba la atención era el cambio físico de Setsuna. Para cumplir con los caprichos de los patrocinadores, el "Bello Bestia" se había sometido a un entrenamiento de hipertrofia extrema en el gimnasio durante meses. Sus pectorales eran ahora colosales, redondeados y tan firmes que parecían desafiar la anatomía masculina, asemejándose en volumen a los pechos de una mujer, pero con la dureza del acero.
Ohma no pudo evitar que su mirada se fijara en esa carne prominente. Las venas se marcaban en la superficie de la piel de Setsuna, y sus pezones, endurecidos por el aire acondicionado, sobresalían como dos puntos oscuros y tentadores sobre los grandes músculos.
—Luces ridículo —gruñó Ohma, aunque su voz sonaba más ronca de lo habitual.
—Es lo que el público quiere, Ohma —respondió Setsuna con una sonrisa lánguida, sus ojos brillando con esa locura devota que siempre le profesaba a su "Dios"—. ¿No te gusta? Son solo para ti.
—¡Acción! —gritó un miembro de la producción.
El ambiente cambió al instante. Ohma caminó hacia Setsuna con paso pesado, encarnando al hombre casado que buscaba un desahogo violento para sus frustraciones. Se detuvo a escasos centímetros de él, dominándolo con su estatura y su aura de depredador.
—He tenido un día largo —dijo Ohma, su voz goteando autoridad—. Y voy a hacer contigo lo que quiera. Me da igual si quieres o no. Hoy eres mío.
Setsuna, siguiendo el guion pero con una chispa de placer genuino en su mirada, retrocedió un paso, fingiendo temor.
—Ohma... no podemos, no así —balbuceó Setsuna, llevando una mano a su pecho masivo—. Por favor...
La respuesta de Ohma fue un movimiento rápido. Su mano impactó en la mejilla de Setsuna con una bofetada sonora que hizo que la cabeza del otro hombre girara bruscamente. El silencio en el set fue absoluto; incluso Yamashita contuvo el aliento.
—No te he pedido permiso —sentenció Ohma. Sacó un delantal de encaje que estaba sobre una mesa cercana y se lo arrojó a la cara—. Póntelo. Ahora.
Setsuna, con la mejilla roja y una respiración agitada que hacía que sus enormes pectorales subieran y bajaran de forma hipnótica, se puso la prenda. El delantal apenas cubría su torso, acentuando la curvatura de sus pechos masculinos, que parecían querer desbordarse por los lados.
—De rodillas —ordenó Ohma, deshaciendo el cierre de su pantalón.
Setsuna obedeció, sus ojos fijos en el miembro de Ohma que ya reclamaba libertad. Sin esperar más, Ohma lo obligó a tomarlo, sujetándolo del cabello con fuerza mientras lo guiaba en una felación agresiva. El sonido de la succión y los jadeos de Setsuna llenaban el estudio. Ohma no tenía piedad; buscaba el fondo de su garganta, ignorando las arcadas leves del otro hombre.
De repente, Ohma lo puso de pie y lo lanzó contra una mesa de madera que formaba parte del decorado. Sin mediar palabra, apartó el delantal y lo penetró de una sola estocada violenta y profunda.
—¡Ah! ¡Duele! —gritó Setsuna, sus uñas enterrándose en la madera. Sus enormes pectorales vibraron con el impacto—. ¡Ohma, para, es demasiado rápido!
—Cállate —gruñó Ohma, golpeando su cuerpo contra el de Setsuna. El contacto de su pecho plano contra los pectorales sobredesarrollados de Setsuna creaba un roce húmedo y ruidoso—. Gimes como una ramera en celo. Es lo que eres, ¿verdad? Una perra que solo sirve para esto.
Ohma comenzó a moverse con una furia animal. Cada embestida era más profunda que la anterior, ignorando las súplicas de Setsuna, que se debatía entre el dolor real y el placer masoquista que siempre le provocaba el contacto con Ohma. La cámara se centró en los pechos de Setsuna, que rebotaban salvajemente con cada golpe de cadera.
Ohma cambió de posición, girando a Setsuna para que quedara de espaldas a la mesa, con las piernas en alto. En este ángulo, el pecho de Setsuna quedó totalmente expuesto. Ohma no pudo resistirse más. Mientras seguía embistiendo con violencia, sus manos se cerraron sobre los pectorales de Setsuna, apretándolos como si quisiera moldear la carne.
—Mírate —dijo Ohma, su voz quebrada por el esfuerzo—. Pareces una mujer con estos pechos.
Empezó a jugar con los pezones de Setsuna, retorciéndolos y tirando de ellos con crueldad. Setsuna arqueó la espalda, soltando un grito agudo que resonó en todo el edificio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero su cuerpo respondía con una erección dolorosa y plena.
—¡Más! ¡Ohma, más! —rogaba Setsuna, olvidando el guion, perdiéndose en la dominación de su Dios.
Ohma no se detuvo. Cada movimiento era una descarga de adrenalina y desahogo. El sudor cubría ambos cuerpos, mezclándose en el calor del set. Finalmente, con un gruñido gutural, Ohma se corrió profundamente dentro de Setsuna, sujetándolo con tanta fuerza que seguramente dejaría marcas de sus dedos en esos pectorales gigantescos.
Setsuna se desplomó sobre el pecho de Ohma, respirando con dificultad, su piel ardiendo.
—¡Corten! —gritó Shion, levantándose y aplaudiendo suavemente—. Excelente. Ha sido... intenso.
La gente de producción comenzó a moverse, el hechizo se rompió. Kaede evitó mirar a los actores, su rostro completamente rojo, mientras Tomoko tomaba notas frenéticamente.
Setsuna se separó de Ohma con torpeza, sus piernas temblando. Sin decir una palabra, se cubrió con una bata y caminó hacia los camerinos para limpiarse. Ohma se quedó allí, de pie, observando cómo se alejaba. Su respiración aún no se había normalizado y su mirada seguía oscurecida por un deseo que la cámara no había logrado agotar.
Yamashita se acercó a él con cautela.
—Buen trabajo, Ohma-san. Ha sido muy... convincente.
—Sí —respondió Ohma secamente—. Voy a ducharme.
Caminó por el pasillo frío, ignorando los saludos del personal. Al llegar a la zona de las duchas privadas, escuchó el sonido del agua corriendo. No se detuvo en su propio cubículo. Fue directo al de Setsuna y abrió la puerta sin llamar.
Setsuna estaba bajo el chorro de agua, restregándose la piel roja por el roce. Al ver a Ohma, se detuvo, su expresión de sorpresa transformándose rápidamente en una de sumisión absoluta. El vapor llenaba el espacio, y el agua resbalaba por sus enormes pectorales, haciéndolos brillar bajo la luz amarillenta.
—Ohma... pensé que habías terminado —susurró Setsuna.
—La cámara ha terminado —dijo Ohma, cerrando la puerta con pestillo tras de sí—. Yo no.
Se acercó a Setsuna, acortando el espacio hasta que sus cuerpos volvieron a tocarse. Ohma puso una mano sobre el pecho izquierdo de Setsuna, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la masa muscular.
—Esos tipos de la producción querían un espectáculo —continuó Ohma, su voz baja y peligrosa—. Pero a mí no me gusta dejar las cosas a medias. Me hiciste enfadar con ese estúpido entrenamiento para agrandarte el pecho.
Setsuna jadeó cuando Ohma apretó su pezón con una fuerza que rozaba el sadismo.
—Lo hice... lo hice para que me miraras —admitió Setsuna, inclinando la cabeza hacia atrás—. Para que no pudieras apartar los ojos de mí.
—Pues lo has conseguido —dijo Ohma, empujándolo contra los azulejos húmedos de la ducha—. Ahora vas a aprender lo que pasa cuando me provocas fuera del guion.
Ohma lo tomó por la nuca y lo obligó a arrodillarse sobre el suelo mojado. Esta vez no había cámaras, no había guionistas, ni un Yamashita preocupado observando desde la distancia. Solo estaban ellos dos, en un espacio donde la violencia y el deseo eran la misma moneda.
—Chúpala —ordenó Ohma—. Y esta vez, no te detengas hasta que yo lo diga.
Setsuna obedeció con una devoción casi religiosa. El agua caía sobre ellos, pero el calor que emanaba de sus cuerpos era suficiente para calentar el ambiente. Ohma observaba desde arriba cómo los pectorales de Setsuna se movían con cada movimiento de su cabeza, una visión grotesca y hermosa a la vez.
Después de unos minutos, Ohma lo levantó bruscamente y lo giró, obligándolo a apoyar las manos contra la pared de la ducha. Sin lubricación más allá del agua y los restos del acto anterior, Ohma entró de nuevo en él. Setsuna soltó un grito que fue ahogado por el sonido del agua golpeando el suelo.
—Esto es real, Setsuna —gruñó Ohma en su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Aquí no hay cortes.
El ritmo era frenético, casi doloroso. Ohma usaba el cuerpo de Setsuna como un saco de boxeo de carne y hueso, desquitándose de toda la tensión acumulada durante las semanas de rodaje. Sus manos volvieron a esos pechos prominentes, apretándolos, golpeándolos rítmicamente mientras se movía dentro de él. Los pezones de Setsuna estaban hinchados y sensibles, y cada vez que Ohma los rozaba, un escalofrío recorría la columna del "Bello Bestia".
—¡Ohma! ¡Dios mío! —gritaba Setsuna, su voz quebrándose—. ¡Rómpeme! ¡Hazme lo que quieras!
—Eso es lo que estoy haciendo —respondió Ohma, acelerando aún más.
El orgasmo llegó como una explosión de rabia y placer. Ohma se aferró a los hombros de Setsuna, hincando sus dedos en la carne, mientras se vaciaba en él con una fuerza que hizo que ambos temblaran. Se quedaron así durante largos minutos, unidos bajo el agua fría que ahora empezaba a refrescar sus pieles ardientes.
Finalmente, Ohma se retiró. Setsuna se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentado en el suelo de la ducha, con la mirada perdida y una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro. Sus pectorales subían y bajaban con pesadez, marcados por las huellas de las manos de Ohma.
Ohma se pasó una mano por el pelo empapado y miró a Setsuna una última vez.
—Límpiate bien —dijo con frialdad, aunque había un brillo de respeto en sus ojos—. Mañana tenemos más escenas que grabar.
—Estaré listo, Ohma —respondió Setsuna, su voz apenas un susurro—. Siempre estaré listo para ti.
Ohma salió de la ducha, dejando a Setsuna solo en el vapor. Sabía que la producción estaría encantada con el material de hoy, pero también sabía que lo que acababa de ocurrir tras las puertas cerradas era algo que ninguna cámara podría captar jamás: el verdadero lenguaje de dos hombres que solo conocían la lucha, el dolor y una forma retorcida de pertenencia.
—Recuerden —dijo Shion, su voz resonando en el silencio del estudio—, queremos realismo. Ohma, eres el marido dominante. Setsuna, eres su sumiso. Y no olviden el detalle de los pectorales. La producción fue muy clara con eso.
Ohma Tokita, con el torso desnudo y la mirada gélida, observó a su compañero. Kiryu Setsuna estaba de pie frente a él, vistiendo apenas lo mínimo. Lo que más llamaba la atención era el cambio físico de Setsuna. Para cumplir con los caprichos de los patrocinadores, el "Bello Bestia" se había sometido a un entrenamiento de hipertrofia extrema en el gimnasio durante meses. Sus pectorales eran ahora colosales, redondeados y tan firmes que parecían desafiar la anatomía masculina, asemejándose en volumen a los pechos de una mujer, pero con la dureza del acero.
Ohma no pudo evitar que su mirada se fijara en esa carne prominente. Las venas se marcaban en la superficie de la piel de Setsuna, y sus pezones, endurecidos por el aire acondicionado, sobresalían como dos puntos oscuros y tentadores sobre los grandes músculos.
—Luces ridículo —gruñó Ohma, aunque su voz sonaba más ronca de lo habitual.
—Es lo que el público quiere, Ohma —respondió Setsuna con una sonrisa lánguida, sus ojos brillando con esa locura devota que siempre le profesaba a su "Dios"—. ¿No te gusta? Son solo para ti.
—¡Acción! —gritó un miembro de la producción.
El ambiente cambió al instante. Ohma caminó hacia Setsuna con paso pesado, encarnando al hombre casado que buscaba un desahogo violento para sus frustraciones. Se detuvo a escasos centímetros de él, dominándolo con su estatura y su aura de depredador.
—He tenido un día largo —dijo Ohma, su voz goteando autoridad—. Y voy a hacer contigo lo que quiera. Me da igual si quieres o no. Hoy eres mío.
Setsuna, siguiendo el guion pero con una chispa de placer genuino en su mirada, retrocedió un paso, fingiendo temor.
—Ohma... no podemos, no así —balbuceó Setsuna, llevando una mano a su pecho masivo—. Por favor...
La respuesta de Ohma fue un movimiento rápido. Su mano impactó en la mejilla de Setsuna con una bofetada sonora que hizo que la cabeza del otro hombre girara bruscamente. El silencio en el set fue absoluto; incluso Yamashita contuvo el aliento.
—No te he pedido permiso —sentenció Ohma. Sacó un delantal de encaje que estaba sobre una mesa cercana y se lo arrojó a la cara—. Póntelo. Ahora.
Setsuna, con la mejilla roja y una respiración agitada que hacía que sus enormes pectorales subieran y bajaran de forma hipnótica, se puso la prenda. El delantal apenas cubría su torso, acentuando la curvatura de sus pechos masculinos, que parecían querer desbordarse por los lados.
—De rodillas —ordenó Ohma, deshaciendo el cierre de su pantalón.
Setsuna obedeció, sus ojos fijos en el miembro de Ohma que ya reclamaba libertad. Sin esperar más, Ohma lo obligó a tomarlo, sujetándolo del cabello con fuerza mientras lo guiaba en una felación agresiva. El sonido de la succión y los jadeos de Setsuna llenaban el estudio. Ohma no tenía piedad; buscaba el fondo de su garganta, ignorando las arcadas leves del otro hombre.
De repente, Ohma lo puso de pie y lo lanzó contra una mesa de madera que formaba parte del decorado. Sin mediar palabra, apartó el delantal y lo penetró de una sola estocada violenta y profunda.
—¡Ah! ¡Duele! —gritó Setsuna, sus uñas enterrándose en la madera. Sus enormes pectorales vibraron con el impacto—. ¡Ohma, para, es demasiado rápido!
—Cállate —gruñó Ohma, golpeando su cuerpo contra el de Setsuna. El contacto de su pecho plano contra los pectorales sobredesarrollados de Setsuna creaba un roce húmedo y ruidoso—. Gimes como una ramera en celo. Es lo que eres, ¿verdad? Una perra que solo sirve para esto.
Ohma comenzó a moverse con una furia animal. Cada embestida era más profunda que la anterior, ignorando las súplicas de Setsuna, que se debatía entre el dolor real y el placer masoquista que siempre le provocaba el contacto con Ohma. La cámara se centró en los pechos de Setsuna, que rebotaban salvajemente con cada golpe de cadera.
Ohma cambió de posición, girando a Setsuna para que quedara de espaldas a la mesa, con las piernas en alto. En este ángulo, el pecho de Setsuna quedó totalmente expuesto. Ohma no pudo resistirse más. Mientras seguía embistiendo con violencia, sus manos se cerraron sobre los pectorales de Setsuna, apretándolos como si quisiera moldear la carne.
—Mírate —dijo Ohma, su voz quebrada por el esfuerzo—. Pareces una mujer con estos pechos.
Empezó a jugar con los pezones de Setsuna, retorciéndolos y tirando de ellos con crueldad. Setsuna arqueó la espalda, soltando un grito agudo que resonó en todo el edificio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero su cuerpo respondía con una erección dolorosa y plena.
—¡Más! ¡Ohma, más! —rogaba Setsuna, olvidando el guion, perdiéndose en la dominación de su Dios.
Ohma no se detuvo. Cada movimiento era una descarga de adrenalina y desahogo. El sudor cubría ambos cuerpos, mezclándose en el calor del set. Finalmente, con un gruñido gutural, Ohma se corrió profundamente dentro de Setsuna, sujetándolo con tanta fuerza que seguramente dejaría marcas de sus dedos en esos pectorales gigantescos.
Setsuna se desplomó sobre el pecho de Ohma, respirando con dificultad, su piel ardiendo.
—¡Corten! —gritó Shion, levantándose y aplaudiendo suavemente—. Excelente. Ha sido... intenso.
La gente de producción comenzó a moverse, el hechizo se rompió. Kaede evitó mirar a los actores, su rostro completamente rojo, mientras Tomoko tomaba notas frenéticamente.
Setsuna se separó de Ohma con torpeza, sus piernas temblando. Sin decir una palabra, se cubrió con una bata y caminó hacia los camerinos para limpiarse. Ohma se quedó allí, de pie, observando cómo se alejaba. Su respiración aún no se había normalizado y su mirada seguía oscurecida por un deseo que la cámara no había logrado agotar.
Yamashita se acercó a él con cautela.
—Buen trabajo, Ohma-san. Ha sido muy... convincente.
—Sí —respondió Ohma secamente—. Voy a ducharme.
Caminó por el pasillo frío, ignorando los saludos del personal. Al llegar a la zona de las duchas privadas, escuchó el sonido del agua corriendo. No se detuvo en su propio cubículo. Fue directo al de Setsuna y abrió la puerta sin llamar.
Setsuna estaba bajo el chorro de agua, restregándose la piel roja por el roce. Al ver a Ohma, se detuvo, su expresión de sorpresa transformándose rápidamente en una de sumisión absoluta. El vapor llenaba el espacio, y el agua resbalaba por sus enormes pectorales, haciéndolos brillar bajo la luz amarillenta.
—Ohma... pensé que habías terminado —susurró Setsuna.
—La cámara ha terminado —dijo Ohma, cerrando la puerta con pestillo tras de sí—. Yo no.
Se acercó a Setsuna, acortando el espacio hasta que sus cuerpos volvieron a tocarse. Ohma puso una mano sobre el pecho izquierdo de Setsuna, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la masa muscular.
—Esos tipos de la producción querían un espectáculo —continuó Ohma, su voz baja y peligrosa—. Pero a mí no me gusta dejar las cosas a medias. Me hiciste enfadar con ese estúpido entrenamiento para agrandarte el pecho.
Setsuna jadeó cuando Ohma apretó su pezón con una fuerza que rozaba el sadismo.
—Lo hice... lo hice para que me miraras —admitió Setsuna, inclinando la cabeza hacia atrás—. Para que no pudieras apartar los ojos de mí.
—Pues lo has conseguido —dijo Ohma, empujándolo contra los azulejos húmedos de la ducha—. Ahora vas a aprender lo que pasa cuando me provocas fuera del guion.
Ohma lo tomó por la nuca y lo obligó a arrodillarse sobre el suelo mojado. Esta vez no había cámaras, no había guionistas, ni un Yamashita preocupado observando desde la distancia. Solo estaban ellos dos, en un espacio donde la violencia y el deseo eran la misma moneda.
—Chúpala —ordenó Ohma—. Y esta vez, no te detengas hasta que yo lo diga.
Setsuna obedeció con una devoción casi religiosa. El agua caía sobre ellos, pero el calor que emanaba de sus cuerpos era suficiente para calentar el ambiente. Ohma observaba desde arriba cómo los pectorales de Setsuna se movían con cada movimiento de su cabeza, una visión grotesca y hermosa a la vez.
Después de unos minutos, Ohma lo levantó bruscamente y lo giró, obligándolo a apoyar las manos contra la pared de la ducha. Sin lubricación más allá del agua y los restos del acto anterior, Ohma entró de nuevo en él. Setsuna soltó un grito que fue ahogado por el sonido del agua golpeando el suelo.
—Esto es real, Setsuna —gruñó Ohma en su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Aquí no hay cortes.
El ritmo era frenético, casi doloroso. Ohma usaba el cuerpo de Setsuna como un saco de boxeo de carne y hueso, desquitándose de toda la tensión acumulada durante las semanas de rodaje. Sus manos volvieron a esos pechos prominentes, apretándolos, golpeándolos rítmicamente mientras se movía dentro de él. Los pezones de Setsuna estaban hinchados y sensibles, y cada vez que Ohma los rozaba, un escalofrío recorría la columna del "Bello Bestia".
—¡Ohma! ¡Dios mío! —gritaba Setsuna, su voz quebrándose—. ¡Rómpeme! ¡Hazme lo que quieras!
—Eso es lo que estoy haciendo —respondió Ohma, acelerando aún más.
El orgasmo llegó como una explosión de rabia y placer. Ohma se aferró a los hombros de Setsuna, hincando sus dedos en la carne, mientras se vaciaba en él con una fuerza que hizo que ambos temblaran. Se quedaron así durante largos minutos, unidos bajo el agua fría que ahora empezaba a refrescar sus pieles ardientes.
Finalmente, Ohma se retiró. Setsuna se dejó deslizar por la pared hasta quedar sentado en el suelo de la ducha, con la mirada perdida y una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro. Sus pectorales subían y bajaban con pesadez, marcados por las huellas de las manos de Ohma.
Ohma se pasó una mano por el pelo empapado y miró a Setsuna una última vez.
—Límpiate bien —dijo con frialdad, aunque había un brillo de respeto en sus ojos—. Mañana tenemos más escenas que grabar.
—Estaré listo, Ohma —respondió Setsuna, su voz apenas un susurro—. Siempre estaré listo para ti.
Ohma salió de la ducha, dejando a Setsuna solo en el vapor. Sabía que la producción estaría encantada con el material de hoy, pero también sabía que lo que acababa de ocurrir tras las puertas cerradas era algo que ninguna cámara podría captar jamás: el verdadero lenguaje de dos hombres que solo conocían la lucha, el dolor y una forma retorcida de pertenencia.
