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My angel

Fandom: ATEEZ

Criado: 18/05/2026

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El Beso de la Divinidad y el Latido de la Tierra

Desde las alturas del Reino Celestial, donde el tiempo es un río estancado de paz infinita, Kang Yeosang observaba. Sus ojos, del color de un cielo de verano sin nubes, se posaban con frecuencia en el velo que separaba su mundo del plano terrenal. Para otros ángeles, los humanos eran seres fugaces, chispas que se encendían y se apagaban en un parpadeo cósmico. Pero para Yeosang, eran el misterio más fascinante de la creación.

Se preguntaba por qué sus pechos subían y bajaban con tanta fuerza cuando estaban asustados, o por qué una simple melodía podía hacer que sus ojos se desbordaran en lágrimas. ¿Cómo era posible que algo tan pequeño como una flor marchita causara tristeza, o que un roce de manos provocara un incendio en sus mejillas?

—¿Por qué aman con tanta desesperación, Padre? —susurró una tarde, mientras observaba a una pareja despedirse en una estación de tren—. Saben que su tiempo es corto, y aun así, se entregan como si fueran eternos.

Dios, cuya presencia era un calor envolvente y una voz que vibraba en el alma, escuchó su duda. No hubo juicio, solo una compasión infinita.

—La única forma de entender el latido, Yeosang, es teniendo un corazón que pueda romperse —respondió la voz divina—. ¿Deseas conocer el peso de la existencia?

Yeosang asintió sin dudar. El Creador se acercó y depositó un beso suave, cargado de una luz dorada, justo en su sien izquierda. Fue una bendición, una promesa de que, aunque olvidara su origen, su alma conservaría el sello de lo sagrado.

En un parpadeo, el cielo desapareció.

Yeosang nació bajo el sol de una tarde tibia. Al crecer, su belleza seguía siendo de otro mundo, aunque sus ojos celestes se habían transformado en un marrón claro, cálido como la miel bajo la luz. Su piel era de una porcelana delicada, y justo donde el beso de Dios se había posado, cerca de su ojo izquierdo, floreció una marca de nacimiento en forma de corazón. Era su "beso de Dios", el único vestigio de su pasado celestial.

Fue un niño que se maravillaba con el rocío sobre la hierba y un adolescente que encontraba música en el sonido de la lluvia sobre el zinc. Pero no fue hasta que entró en la universidad que comprendió realmente por qué había descendido a la tierra.

El campus estaba lleno de gente, un caos de risas, libros y prisa. Yeosang caminaba con su libreta de dibujo bajo el brazo, sintiéndose un poco fuera de lugar, hasta que lo vio.

Sentado en un banco de piedra, bajo la sombra de un gran roble, estaba un joven de hombros anchos y expresión severa. Choi Jongho tenía una mandíbula fuerte y brazos musculosos que delataban su disciplina física, pero sus ojos... sus ojos eran otra historia. Estaba solo, concentrado en un libro, con una barrera invisible que parecía gritar "no se acerquen". Para Yeosang, sin embargo, no parecía alguien peligroso. Parecía un osito asustadizo que se ocultaba tras una armadura de seriedad para que nadie descubriera lo blando de su interior.

Yeosang, impulsado por una curiosidad que no conocía el miedo, se acercó.

—Esa rama va a caerse sobre tu libro si no te mueves un poco a la izquierda —dijo Yeosang con una voz suave, que sonaba como campanas de cristal.

Jongho levantó la vista, preparado para soltar una respuesta cortante que alejara al intruso, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Frente a él estaba el chico más hermoso que había visto jamás. Su piel parecía brillar y esa pequeña marca de corazón cerca de su ojo era hipnótica.

—¿Qué? —logró decir Jongho, su voz era profunda y un poco ronca.

—La rama —insistió Yeosang, señalando hacia arriba con una sonrisa radiante—. El viento la está empujando.

Jongho miró hacia arriba y, efectivamente, una rama seca crujió. Se movió justo a tiempo antes de que cayera sobre el banco. Sorprendido, volvió a mirar al joven desconocido.

—Gracias —murmuró Jongho, cerrando su libro—. Tienes buena vista.

—Supongo que me gusta observar los detalles —respondió Yeosang, sentándose a una distancia prudente pero cercana—. Soy Yeosang.

—Jongho —dijo el más alto, sintiendo un extraño calor en el pecho que nunca antes había experimentado—. ¿Eres nuevo? No te había visto por aquí.

—Algo así —sonrió Yeosang, y por un momento, Jongho juró que el mundo a su alrededor se volvió más brillante—. Todavía estoy aprendiendo cómo funciona todo esto.

Desde ese día, una extraña e inquebrantable conexión se formó entre ellos. Jongho, que siempre había sido alguien solitario y enfocado en sus estudios y el gimnasio, se encontró buscando la figura delgada y etérea de Yeosang en cada rincón de la facultad.

Para Jongho, Yeosang era algo que debía ser protegido. Había una pureza en la forma en que Yeosang miraba el mundo que le aterraba y le fascinaba a la vez. Temía que la dureza de la vida real terminara por apagar esa luz.

Unas semanas después, mientras compartían un café en la cafetería del campus, Jongho no pudo evitar preguntar algo que le rondaba la cabeza.

—¿Por qué siempre sonríes cuando ves cosas tan comunes? —preguntó Jongho, observando cómo Yeosang miraba fascinado el vapor que salía de su taza—. Es solo café, Yeosang.

—No es solo café —respondió Yeosang, levantando la mirada—. Es el calor que desprende, el aroma que llena el aire, el hecho de que alguien lo preparó y ahora estamos aquí compartiéndolo. Los humanos hacen cosas maravillosas sin darse cuenta.

Jongho frunció el ceño, confundido por el término "los humanos", pero lo dejó pasar.

—A veces hablas como si no fueras de por aquí —comentó Jongho en tono de broma, aunque una parte de él lo decía en serio—. Eres... diferente.

—¿Diferente es malo? —preguntó Yeosang, ladeando la cabeza.

—No —dijo Jongho con rapidez, sintiendo sus orejas calentarse—. Es bueno. Muy bueno. A veces pienso que eres un ángel que se cayó por accidente en este lugar tan gris.

Yeosang sintió un vuelco en el corazón. ¿Era posible que Jongho pudiera ver a través de su forma humana?

—Si fuera un ángel, ¿qué harías? —inquirió Yeosang en un susurro.

Jongho dejó su taza y lo miró fijamente. A pesar de su apariencia ruda y su actitud seria, sus ojos desbordaban una ternura que solo Yeosang lograba invocar.

—Cuidarte —respondió Jongho con sinceridad aplastante—. Me aseguraría de que nunca quisieras volver al cielo.

El tiempo pasó y la amistad se transformó en algo mucho más profundo, algo que Yeosang no podía explicar con las palabras que había aprendido. Era un anhelo constante, una necesidad de estar cerca de Jongho, de escuchar su risa rara vez compartida, de sentir la seguridad de su presencia.

Una tarde de otoño, mientras caminaban por un parque cubierto de hojas doradas, la lluvia los sorprendió. No era una tormenta, sino una caricia de agua fría que los obligó a refugiarse bajo el techo de un pequeño quiosco de madera.

Yeosang estaba temblando un poco. Su cuerpo humano era sensible al frío, algo a lo que todavía no se acostumbraba del todo. Sin decir una palabra, Jongho se quitó su chaqueta y la puso sobre los hombros de Yeosang. Sus manos, grandes y fuertes, se quedaron un momento allí, sujetando la tela.

—Siempre tan descuidado —regañó Jongho en voz baja, aunque sus ojos estaban llenos de preocupación—. Vas a enfermarte.

—Valdría la pena —dijo Yeosang, mirando a Jongho a los ojos—. Estar aquí, viendo cómo cambia el color del cielo contigo... es mejor que cualquier eternidad que pueda imaginar.

Jongho sintió que su corazón latía con una fuerza que le dolía. Se acercó un poco más, acortando el espacio entre ambos. Sus dedos rozaron con delicadeza la marca de nacimiento en forma de corazón cerca del ojo de Yeosang.

—Esta marca... —susurró Jongho—. Siempre he pensado que es el lugar donde alguien te amó antes de que llegaras aquí.

Yeosang cerró los ojos, disfrutando del contacto.

—Fue una bendición —confesó Yeosang—. Pero la verdadera bendición fue encontrarte a ti, Jongho.

Jongho, incapaz de contenerse más, acunó el rostro de Yeosang con ambas manos. Su seriedad habitual se desmoronó, dejando ver al hombre cariñoso y vulnerable que habitaba tras los músculos y el silencio.

—No sé de dónde vienes, Yeosang —dijo Jongho, su frente apoyada contra la del otro—. Pero te prometo que, mientras yo esté aquí, nunca estarás solo. Te quiero. Con todo lo que soy.

—Yo también te quiero —respondió Yeosang, y por primera vez, entendió por qué los humanos lloraban de felicidad. Sus ojos se humedecieron mientras sonreía—. Ahora entiendo por qué se enamoran. Es porque el mundo es demasiado grande para recorrerlo solo, y demasiado hermoso para no compartirlo con alguien como tú.

Jongho se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, cargado de todas las palabras que no habían dicho y de todas las promesas que estaban por cumplir. Para Yeosang, no se sintió como algo terrenal; fue como si el cielo y la tierra finalmente se hubieran unido en un solo latido.

En ese momento, Yeosang supo que su curiosidad había sido satisfecha. Ya no necesitaba preguntar por qué los humanos se emocionaban con cosas pequeñas. Lo entendía perfectamente porque, en los brazos de Jongho, él mismo se sentía humano. Y no había nada más divino que eso.

—¿Te quedarás? —preguntó Jongho al separarse apenas unos milímetros, su aliento cálido contra los labios de Yeosang.

—Hasta que el tiempo se detenga —prometió el antiguo ángel, aferrándose a la chaqueta que aún olía a Jongho.

La lluvia continuó cayendo, pero para ellos, el mundo estaba en perfecta calma. Yeosang, el niño curioso que una vez miró hacia abajo desde las nubes, finalmente había encontrado su hogar, no en un reino de luz infinita, sino en el corazón de un humano que lo amaba con la fuerza de mil soles.

Y mientras caminaban de regreso, tomados de la mano bajo el cielo gris, la marca en forma de corazón en el rostro de Yeosang pareció brillar un poco más, como un recordatorio de que, a veces, para encontrar el paraíso, uno solo tiene que aprender a caminar sobre la tierra.
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