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"Pequeños ciervos"

Fandom: Countryhumans

Criado: 18/05/2026

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Cenizas, Mentiras y una Silla de Ruedas

La sede del Pacto de Varsovia olía a una mezcla embriagadora de tabaco barato, vodka de contrabando y el perfume floral de Bulgaria que intentaba, sin éxito, ocultar el hedor a humedad de las paredes. En el centro del salón, Klaus —oficialmente conocido como Alemania Oriental— maniobraba su silla de ruedas con una destreza envidiable, esquivando una mancha de vómito que probablemente pertenecía a Polonia.

—¡Quítate de en medio, pedazo de imbécil! —gritó Klaus, su voz de niño de once años contrastando violentamente con su léxico—. ¡Tadzio, te estoy hablando a ti! ¡Mueve tus nalgas eslavas antes de que te pase por encima!

Polonia, que estaba apoyado contra la pared contando unos billetes arrugados que le debía a un casino en Minsk, ni siquiera se inmutó. Tenía un cigarrillo colgando de la comisura de los labios y la mirada perdida en la Cruz que colgaba de su cuello.

—Cierra el pico, enano —respondió Polonia con voz ronca, sin mirarlo—. Deberías agradecer que hoy no tengo puntería, o te daría en la otra pierna para que el carrito estuviera equilibrado.

Klaus le mostró el dedo corazón con una sonrisa angelical. El niño amaba su vida, o al menos la versión de la vida que la URSS le había vendido. En su mente, él era el heredero del glorioso Third Reich, su "padre", y aunque todos en la sala parecían odiarlo, él lo atribuía a la envidia. No sabía que su verdadero padre, el sensible Weimar, seguía siendo un fantasma en la memoria de los presentes, ni que su hermano Occidental estaba vivo, respirando el aire del capitalismo al otro lado de un muro que empezaba a doler.

—No le hables así al niño, Tadzio —intervino Sofía, Bulgaria, entrando al salón con una bandeja de té. Se veía radiante, como siempre, con esa lealtad ciega hacia la Unión Soviética brillando en sus ojos—. Es solo un pequeño que necesita dirección.

—Lo que necesita es un exorcismo y que alguien le lave la boca con jabón —masculló Hungría desde un rincón oscuro.

Lazlo, Hungría, estaba en su estado habitual: profundamente deprimido y envuelto en una manta. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por las drogas —aunque todos lo sospecharan—, sino por las noches en vela pensando en su hermano Austria. Austria tenía dinero, tenía a Suiza, tenía una familia funcional y, sobre todo, había tenido el amor de su madre, Austria-Hungría. Lazlo solo tenía un gato imaginario y el resentimiento quemándole las entrañas.

—Cállate, Lazlo —le espetó Klaus, girando su silla hacia él—. Tú solo estás celoso porque mi padre mató a medio mundo y el tuyo solo sabía tocar el piano y dejarse humillar. ¡Eres un perdedor!

Hungría suspiró, demasiado cansado para explicarle al niño que Third Reich no era su padre, sino su hermano, lo que convertía a Klaus en su sobrino. Pero en este bloque de hielo y secretos, la verdad era un lujo que nadie podía permitirse. Si la URSS se enteraba de que alguien estaba "educando" al niño fuera del guion, las consecuencias serían... siberianas.

—Hablando de perdedores —dijo Rumanía, Vlad, entrando por la ventana transformado en un murciélago antes de recuperar su forma humana frente a Bulgaria—. ¿Alguien ha visto a mi hermano Moldavia? El "tío" URSS me dijo que estaba estudiando, pero tengo un presentimiento que me muerde más fuerte que mi propia sed de sangre.

Vlad intentó abrazar a Bulgaria por la cintura, pero ella lo apartó con una sonrisa nerviosa, mirando de reojo hacia la puerta de la oficina principal, donde la sombra del gigante soviético siempre parecía acechar.

—Está bien, Vlad —susurró Sofía—. El camarada URSS cuida de él. No seas paranoico.

—No es paranoia si realmente quieren comerte, Sofía —intervino Elvana, Albania, que estaba sentada en una mesa afilando una pala con una piedra de amolar—. Yo he visto caer imperios desde dentro de sus harenes. La URSS solo nos quiere como piezas de ajedrez. O como juguetes.

Albania lanzó una mirada significativa a Bulgaria. Todos sabían que la URSS miraba a la bella Sofía con un deseo que no tenía nada de "camaradería", pero nadie se atrevía a decir nada. El miedo era el pegamento que mantenía unido el Pacto de Varsovia.

—¡Ay, miren al vampiro romántico! —se burló Klaus, haciendo círculos con su silla alrededor de Vlad—. ¿Vas a llorar por tu hermanito? ¡Qué tierno! Mi padre habría convertido a Moldavia en un jabón de lujo. ¡Eres un flojo, Vlad!

Rumanía apretó los puños, sus colmillos asomando levemente. Odiaba al niño, pero sabía que Klaus era el protegido de la URSS. Tocarle un pelo al pequeño nazi sobre ruedas era una sentencia de muerte, o algo peor: ver cómo abusaban de Moldavia antes de enviarlo a morir de frío.

—Al menos yo tengo un hermano que recordar —respondió Vlad con veneno—. Tú ni siquiera sabes quién te cambió los pañales, Klaus.

—¡Me los cambió la gloria aria! —gritó el niño, riendo histéricamente.

En ese momento, Checoslovaquia entró en la habitación. Tomasć caminaba con una lentitud espectral. Olía, como bien decía Bulgaria, a algo que llevaba muerto tres días bajo el sol. Sus ojos estaban hundidos y abrazaba con fuerza a una muñeca de tela vieja y sucia.

—Eslovaquia dice que hoy va a llover —susurró Tomasć, mirando al techo con una sonrisa vacía.

Polonia dejó de contar billetes y soltó un suspiro pesado. Se acercó a Checoslovaquia y le puso una mano en el hombro. Solo Tadzio entendía el dolor de estar habitado por un fantasma. Él mismo sentía el vacío de Lituania cada vez que la URSS lo amenazaba con matarla de hambre si no cumplía con las cuotas de producción.

—No va a llover, Tomasć —dijo Polonia suavemente—. Es solo el aire acondicionado que gotea.

—No, no... ella siente el frío —insistió Checoslovaquia, apretando la muñeca contra su pecho—. El jardín está muy profundo hoy. La pala de Elvana me recuerda que todavía tengo tierra bajo las uñas.

Albania levantó la pala y la miró con una mezcla de cariño y horror. Era la misma pala con la que Checoslovaquia se había enterrado vivo años atrás, la misma pala que había sellado el destino de una unión forzada por la tragedia.

—Esta pala tiene más historia que todos ustedes juntos —dijo Albania, volviendo a su tarea de afilar—. Y si alguien vuelve a mencionar a Yugoslavia y su propuesta de matrimonio, juro que la usaré para cavar un agujero lo suficientemente grande para todo el bloque del este.

—¡Uy, qué miedo! —Klaus soltó una carcajada estridente—. La mujer de la pala tiene miedito. ¿Por qué no te vas a rezar con el drogadicto de Polonia? ¡Son todos una panda de maricas!

—Klaus, el vocabulario —advirtió Bulgaria, aunque sin mucha convicción.

—¡Me importa un carajo el vocabulario, Sofía! —gritó el niño, impulsándose hacia la mesa de los aperitivos—. ¡Quiero chocolate! ¡Y quiero que Rumanía deje de mirarte como si fuera a morderte las tetas, es asqueroso!

El silencio que siguió fue sepulcral. Vlad se tensó, Bulgaria se puso roja como su bandera y Hungría, desde su rincón, soltó una risita seca que terminó en una tos convulsiva.

—El niño tiene razón en algo —dijo Hungría, asomando la cabeza por debajo de su manta—. Este lugar es un circo. Y el dueño del circo está a punto de entrar.

Como si sus palabras fueran una profecía maldita, la puerta pesada del fondo se abrió. Los pasos pesados y rítmicos de la URSS resonaron en el pasillo. Al instante, la atmósfera cambió. Polonia escondió los billetes, Rumanía se alejó de Bulgaria, y Checoslovaquia dejó de hablarle a su muñeca.

Klaus, sin embargo, cambió su expresión de camionero malhablado por una de absoluta adoración infantil.

—¡Tío URSS! —exclamó, moviendo su silla hacia la puerta con entusiasmo—. ¡Tío, Polonia me ha vuelto a decir cosas feas y Hungría está oliendo pegamento otra vez!

La figura imponente de la Unión Soviética entró en la sala. Su mirada recorrió a sus "aliados" con un desprecio apenas disimulado. Cuando sus ojos se posaron en Bulgaria, se detuvieron un segundo de más, una fracción de tiempo que hizo que Rumanía clavara sus uñas en las palmas de sus manos.

—Klaus, mi pequeño guerrero —dijo la URSS con una voz profunda que parecía vibrar en los huesos de todos los presentes—. Ven aquí. Ignora a estos restos de imperios caídos. Ellos no entienden lo que significa el futuro.

La URSS puso una mano sobre el hombro del niño. Klaus lo miraba con ojos brillantes, creyendo sinceramente que este hombre era su salvador, el que lo protegía del odio del mundo que su "padre" había provocado. No veía la red de mentiras que lo rodeaba, no sabía que su identidad estaba siendo borrada centímetro a centímetro, reemplazada por una lealtad ciega a quien mantenía a su familia real en las sombras.

—¿Has estado practicando tu ruso, Klaus? —preguntó la URSS, ignorando olímpicamente al resto.

—¡Claro que sí, carajo! —respondió el niño con orgullo—. ¡Soy el mejor de la clase!

La URSS frunció levemente el ceño ante la grosería, pero luego soltó una carcajada seca.

—Tuviste un mal ejemplo en tu padre, pero al menos heredaste su fuego.

Polonia, al escuchar aquello, tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada histérica. ¿Mal ejemplo en su padre? Si la URSS y el Third Reich habían sido amantes mientras Polonia limpiaba la sangre de los suelos de la mansión. Si el mundo supiera que la mitad de las guerras de ese siglo habían empezado por despecho amoroso entre psicópatas, quizás las ideologías dejarían de tener sentido.

—Tadzio —dijo la URSS, girándose hacia el polaco—. Lituania me preguntó por ti ayer. Dijo que tiene mucha hambre. Espero que los informes de producción de este mes sean mejores que los del anterior.

Polonia palideció. El cigarrillo se le cayó de la boca.

—Estarán listos, jefe. Lo prometo.

—Más te vale. No querríamos que tu hermana se convirtiera en un recuerdo, ¿verdad?

Rumanía sintió un escalofrío. Miró a Bulgaria, que mantenía la cabeza baja, y luego pensó en Moldavia. Estaba atrapado. Todos lo estaban. Eran una familia disfuncional unida por el trauma, el abuso y una serie de secretos genealógicos que harían que cualquier árbol familiar se prendiera fuego por pura vergüenza.

—Bueno —dijo Klaus, rompiendo la tensión con su habitual falta de tacto—, ya que el jefe está aquí, ¿podemos comer ya? ¡Me muero de hambre y este vampiro de pacotilla se ha bebido todo el jugo de tomate!

Hungría volvió a esconderse bajo su manta, murmurando algo sobre cómo Austria probablemente estaba comiendo Sacher en una terraza de Viena mientras él tenía que aguantar a un niño nazi en silla de ruedas y a un dictador con complejo de Dios.

—Sí —asintió la URSS, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Comamos. Celebremos la unidad de nuestro gran Pacto.

Mientras se dirigían al comedor, Checoslovaquia se quedó atrás un momento, susurrándole al oído a su muñeca.

—¿Ves, Eslovaquia? —murmuró—. Todos están muertos, pero solo nosotros tenemos la decencia de oler como tales.

Afuera, la nieve empezaba a caer sobre Berlín Oriental, cubriendo las cicatrices de una ciudad dividida, mientras dentro, en el corazón del bloque soviético, la comedia negra de sus vidas seguía representándose, un día más, sobre un escenario construido con cenizas y mentiras. Klaus lideraba la procesión en su silla de ruedas, gritando insultos a cualquiera que se cruzara en su camino, sin saber que cada vuelta de sus ruedas lo alejaba más de la verdad y lo hundía más en el abrazo helado de su "tío".

—¡Muevan el culo, perras! —gritó el niño—. ¡El último en llegar a la mesa es un capitalista asqueroso!

Y así, entre risas forzadas y amenazas veladas, el Pacto de Varsovia se sentó a cenar.
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