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0 curtida
Mas allá de los goles
Fandom: Blue Lock
Criado: 19/05/2026
Tags
RomanceDramaDor/ConfortoFofuraHumorEstudo de PersonagemCenário CanônicoFatias de Vida
El Latido tras el Monitor
La oscuridad de la sala de control de Blue Lock solo era interrumpida por el resplandor azulado y parpadeante de las decenas de pantallas que rodeaban a Jinpachi Ego. El hombre parecía una extensión más del hardware; sus dedos largos y pálidos se movían sobre el teclado con una cadencia mecánica, mientras sus ojos, ocultos tras los cristales de sus gafas, devoraban datos, estadísticas y grabaciones de los mejores clubes de Europa. La Liga Neo Egoísta no era solo un torneo; era su obra maestra, el crisol donde los diamantes en bruto finalmente se convertirían en joyas inalcanzables.
Para Ego, el tiempo había dejado de existir. No había mañana ni noche, solo el flujo incesante de información. El mundo exterior se había reducido a píxeles y códigos de rendimiento.
Anri Teieri, por el contrario, vivía cada segundo con una intensidad agotadora. Durante los últimos ocho días, ella había sido la sombra que mantenía el cuerpo de Ego funcionando. Entraba en la sala con bandejas de comida que solían enfriarse antes de que él las tocara, o con café recién hecho cuyo aroma ni siquiera lograba que el hombre desviara la mirada del monitor.
—Ego-san, he traído algo de ramen instantáneo de esa marca que te gusta —dijo Anri el tercer día, forzando una sonrisa amable.
Silencio. Solo el clic-clic del ratón.
—Ego-san, deberías dormir al menos un par de horas. Tu ritmo cardíaco está subiendo según los sensores de la sala —mencionó el quinto día, con un tono teñido de preocupación genuina.
Nada. Ni un parpadeo. Ego ni siquiera emitió ese gruñido sarcástico que solía usar para indicar que la había escuchado pero que no le importaba. Para él, en ese momento, Anri era tan relevante como el aire acondicionado de la habitación: una utilidad necesaria, pero invisible.
Al octavo día, algo se rompió dentro de ella. Anri entró con una botella de agua y un sándwich, pero se detuvo a medio camino. Observó la espalda encorvada de Ego, su cabello negro despeinado y esa aura de aislamiento absoluto. Se sintió como una intrusa en su propio sueño. Ella había apostado su carrera, su reputación y su futuro por Blue Lock, y lo había hecho porque creía en la visión de este hombre. Pero ser tratada como un mueble, como un fantasma que deambulaba por los pasillos de su propia creación, fue demasiado.
Dejó la bandeja en una mesa lateral y salió sin decir una palabra. No volvió al noveno día. Ni al décimo.
Ego no lo notó al principio. Su cerebro estaba ocupado procesando la compatibilidad química entre el estilo de juego del Bastard München y la explosividad de Isagi Yoichi. Sin embargo, al undécimo día, un vacío sensorial empezó a filtrarse en su concentración. No era el hambre, ni la sed; era la ausencia de ese suave sonido de pasos y el perfume sutil, casi imperceptible, que Anri siempre traía consigo.
Se detuvo. Sus dedos quedaron suspendidos sobre las teclas. Miró hacia un lado y vio tres bandejas de comida seca y polvorienta acumuladas en la mesa auxiliar. Un extraño malestar, una especie de error lógico en su sistema, le recorrió la columna.
—¿Anri? —llamó con voz ronca, su garganta seca por la falta de uso.
Nadie respondió. El silencio de la sala de control, que antes le parecía productivo, ahora se sentía pesado y estéril.
Ego se levantó con movimientos rígidos, sus articulaciones crujiendo por la falta de movimiento. Caminó hacia la oficina principal de administración, arrastrando sus Crocs por el suelo metálico. El lugar estaba en penumbra. Allí, sentada frente a un monitor apagado que solo reflejaba la luz tenue del pasillo, estaba ella.
Anri tenía la cabeza gacha. Sus hombros temblaban levemente. El sonido de un sollozo ahogado rompió la quietud del lugar.
Ego se quedó paralizado a unos metros. Ver a Anri Teieri, la mujer que se enfrentaba a los dinosaurios de la Asociación Japonesa de Fútbol con la cabeza en alto, llorando en la oscuridad, era una anomalía que no sabía cómo procesar.
—Teieri —dijo él, tratando de sonar neutral, pero su voz salió más suave de lo habitual.
Anri se sobresaltó violentamente. Se giró con rapidez, tratando de limpiarse las lágrimas con las mangas de su chaqueta de secretaria, pero sus ojos chocolate estaban enrojecidos y su nariz delataba su estado.
—¡Ego-san! —exclamó ella, con la voz quebrada—. ¿Qué... qué haces aquí? Deberías estar revisando los contratos de los Master Strikers.
Ego no respondió de inmediato. Se acercó lentamente, observando las ojeras bajo los ojos de la mujer. Se dio cuenta de que mientras él se hundía en su egoísmo creativo, ella había estado cargando con todo el peso logístico y emocional de Blue Lock sola.
—El monitor está apagado —señaló Ego, señalando la pantalla negra frente a ella—. No puedes trabajar así, a menos que hayas desarrollado visión de rayos X.
Anri apretó los puños sobre sus muslos, la frustración finalmente superando su timidez.
—¡Ya lo sé! —gritó, y más lágrimas rodaron por sus mejillas—. Sé que está apagado. Sé que no estoy haciendo nada útil ahora mismo. Pero es que... no puedo más, Ego. Me siento invisible. Me esfuerzo tanto por este proyecto, por ti... y ni siquiera eres capaz de decirme "hola". Me tratas como si fuera una pieza de repuesto que solo sirve para traerte café.
Ego parpadeó, sorprendido por el estallido. Su naturaleza le dictaba decir algo hiriente, algo como que los sentimientos eran innecesarios para el fútbol mundial. Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Miró a Anri y vio a la persona que, hace años, fue la única en no reírse de sus ideas radicales. Sin ella, Blue Lock no sería más que un archivo PDF olvidado en una computadora vieja.
—No eres una pieza de repuesto —dijo Ego, acortando la distancia hasta quedar frente a ella—. Eres la única persona que entiende que este no es solo mi proyecto. Es el nuestro.
Anri lo miró con incredulidad, con la respiración entrecortada.
—¿Entonces por qué me ignoras? —susurró ella—. Me duele, Ego. Me duele mucho que me desplaces así.
Ego suspiró, una exhalación larga que parecía soltar toda la tensión de los últimos días. Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Anri se quedó inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Soy un egoísta, Anri. Un maníaco que solo ve el objetivo final —comenzó él, su rostro a pocos centímetros del de ella—. Pero incluso yo necesito un ancla. Blue Lock es mi mundo, pero tú eres la que hace que ese mundo sea real.
Sin previo aviso, Ego acortó la distancia final. No fue un movimiento elegante ni calculado. Fue un beso torpe, un poco brusco, marcado por la falta de experiencia en tales lides. Sus labios chocaron con los de ella de una manera que delataba su propia sorpresa ante su acción.
Anri abrió los ojos de par en par, su piel se encendió en un rubor carmesí que llegaba hasta sus orejas. Sin embargo, tras el impacto inicial, sintió una calidez que no venía de las pantallas. Era una calidez humana, real. Cerró los ojos y, tímidamente, correspondió el beso, llevando sus manos a los hombros delgados y huesudos del hombre.
Se separaron después de unos segundos que parecieron eternos. Ego se aclaró la garganta, ajustándose las gafas con una mano que temblaba apenas un milímetro.
—No eres una "random", Anri —sentenció él, recuperando parte de su tono autoritario, aunque sus mejillas tenían un leve tinte rosado—. Eres mi compañera. En todo esto. No volveré a dejarte en el vacío.
Anri sonrió débilmente, todavía procesando lo ocurrido.
—¿Lo prometes, Ego-san? Porque si vuelves a ignorarme por ocho días, juro que venderé toda tu colección de Crocs en internet.
Ego estuvo a punto de responder con una de sus típicas amenazas de expulsión, pero un ruido metálico proveniente del pasillo lo detuvo.
*¡Clang!*
Ambos giraron la cabeza hacia la puerta entreabierta de la oficina. Allí, amontonados uno encima de otro en una torre humana digna de un circo, estaban Isagi Yoichi, Bachira Meguru, Chigiri Hyoma y Nagi Seishiro.
—¡Se los dije! —susurró Bachira con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡El egoísta también tiene corazón!
—¡Shhh! —siseó Isagi, intentando mantener el equilibrio—. ¡Nos van a ver!
—Demasiado tarde, pedazos de basura —la voz de Ego cortó el aire como un cuchillo frío. Su semblante cambió instantáneamente, volviendo a ser el dictador implacable de Blue Lock—. ¿Qué hacen fuera de sus habitaciones a estas horas? ¿Acaso creen que el entrenamiento de mañana será opcional?
Los jugadores se congelaron. Nagi, que estaba en la base de la torre, simplemente suspiró.
—Esto es demasiado problemático... —murmuró.
—¡Si en tres segundos no están corriendo hacia el bloque de dormitorios, los expulsaré a todos y borraré sus nombres de la historia del fútbol japonés! —rugió Ego, dando un paso hacia ellos—. ¡Uno...!
No necesitó llegar al dos. Los "diamantes en bruto" salieron disparados por el pasillo, sus pasos resonando mientras huían despavoridos.
Anri no pudo evitarlo. Empezó con una pequeña risita que pronto se convirtió en una carcajada limpia y sonora. La tensión acumulada de los días anteriores se evaporó por completo.
—Vaya forma de arruinar el momento, Ego-san —dijo ella, secándose una última lágrima, esta vez de risa.
Ego se cruzó de brazos, aunque la comisura de sus labios se curvó apenas un milímetro hacia arriba.
—Esos mocosos necesitan disciplina. Y yo necesito energía —miró su reloj plateado—. Son las dos de la mañana. Supongo que la Liga Neo Egoísta puede esperar un par de horas más.
Anri se levantó y se alisó la falda, sintiéndose más ligera que nunca.
—¿Eso significa que vamos a cenar algo que no sea instantáneo?
—Significa que vamos a comer y que me contarás todo lo que esos idiotas de la Asociación han estado planeando a mis espaldas —respondió Ego, caminando hacia la salida—. Y después... tal vez podamos hablar de otras cosas.
Caminaron juntos por los pasillos de Blue Lock. En ese edificio diseñado para crear al delantero más egoísta del mundo, dos personas habían encontrado, al menos por esa noche, que compartir el sueño era mucho más poderoso que perseguirlo en soledad.
Para Ego, el tiempo había dejado de existir. No había mañana ni noche, solo el flujo incesante de información. El mundo exterior se había reducido a píxeles y códigos de rendimiento.
Anri Teieri, por el contrario, vivía cada segundo con una intensidad agotadora. Durante los últimos ocho días, ella había sido la sombra que mantenía el cuerpo de Ego funcionando. Entraba en la sala con bandejas de comida que solían enfriarse antes de que él las tocara, o con café recién hecho cuyo aroma ni siquiera lograba que el hombre desviara la mirada del monitor.
—Ego-san, he traído algo de ramen instantáneo de esa marca que te gusta —dijo Anri el tercer día, forzando una sonrisa amable.
Silencio. Solo el clic-clic del ratón.
—Ego-san, deberías dormir al menos un par de horas. Tu ritmo cardíaco está subiendo según los sensores de la sala —mencionó el quinto día, con un tono teñido de preocupación genuina.
Nada. Ni un parpadeo. Ego ni siquiera emitió ese gruñido sarcástico que solía usar para indicar que la había escuchado pero que no le importaba. Para él, en ese momento, Anri era tan relevante como el aire acondicionado de la habitación: una utilidad necesaria, pero invisible.
Al octavo día, algo se rompió dentro de ella. Anri entró con una botella de agua y un sándwich, pero se detuvo a medio camino. Observó la espalda encorvada de Ego, su cabello negro despeinado y esa aura de aislamiento absoluto. Se sintió como una intrusa en su propio sueño. Ella había apostado su carrera, su reputación y su futuro por Blue Lock, y lo había hecho porque creía en la visión de este hombre. Pero ser tratada como un mueble, como un fantasma que deambulaba por los pasillos de su propia creación, fue demasiado.
Dejó la bandeja en una mesa lateral y salió sin decir una palabra. No volvió al noveno día. Ni al décimo.
Ego no lo notó al principio. Su cerebro estaba ocupado procesando la compatibilidad química entre el estilo de juego del Bastard München y la explosividad de Isagi Yoichi. Sin embargo, al undécimo día, un vacío sensorial empezó a filtrarse en su concentración. No era el hambre, ni la sed; era la ausencia de ese suave sonido de pasos y el perfume sutil, casi imperceptible, que Anri siempre traía consigo.
Se detuvo. Sus dedos quedaron suspendidos sobre las teclas. Miró hacia un lado y vio tres bandejas de comida seca y polvorienta acumuladas en la mesa auxiliar. Un extraño malestar, una especie de error lógico en su sistema, le recorrió la columna.
—¿Anri? —llamó con voz ronca, su garganta seca por la falta de uso.
Nadie respondió. El silencio de la sala de control, que antes le parecía productivo, ahora se sentía pesado y estéril.
Ego se levantó con movimientos rígidos, sus articulaciones crujiendo por la falta de movimiento. Caminó hacia la oficina principal de administración, arrastrando sus Crocs por el suelo metálico. El lugar estaba en penumbra. Allí, sentada frente a un monitor apagado que solo reflejaba la luz tenue del pasillo, estaba ella.
Anri tenía la cabeza gacha. Sus hombros temblaban levemente. El sonido de un sollozo ahogado rompió la quietud del lugar.
Ego se quedó paralizado a unos metros. Ver a Anri Teieri, la mujer que se enfrentaba a los dinosaurios de la Asociación Japonesa de Fútbol con la cabeza en alto, llorando en la oscuridad, era una anomalía que no sabía cómo procesar.
—Teieri —dijo él, tratando de sonar neutral, pero su voz salió más suave de lo habitual.
Anri se sobresaltó violentamente. Se giró con rapidez, tratando de limpiarse las lágrimas con las mangas de su chaqueta de secretaria, pero sus ojos chocolate estaban enrojecidos y su nariz delataba su estado.
—¡Ego-san! —exclamó ella, con la voz quebrada—. ¿Qué... qué haces aquí? Deberías estar revisando los contratos de los Master Strikers.
Ego no respondió de inmediato. Se acercó lentamente, observando las ojeras bajo los ojos de la mujer. Se dio cuenta de que mientras él se hundía en su egoísmo creativo, ella había estado cargando con todo el peso logístico y emocional de Blue Lock sola.
—El monitor está apagado —señaló Ego, señalando la pantalla negra frente a ella—. No puedes trabajar así, a menos que hayas desarrollado visión de rayos X.
Anri apretó los puños sobre sus muslos, la frustración finalmente superando su timidez.
—¡Ya lo sé! —gritó, y más lágrimas rodaron por sus mejillas—. Sé que está apagado. Sé que no estoy haciendo nada útil ahora mismo. Pero es que... no puedo más, Ego. Me siento invisible. Me esfuerzo tanto por este proyecto, por ti... y ni siquiera eres capaz de decirme "hola". Me tratas como si fuera una pieza de repuesto que solo sirve para traerte café.
Ego parpadeó, sorprendido por el estallido. Su naturaleza le dictaba decir algo hiriente, algo como que los sentimientos eran innecesarios para el fútbol mundial. Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Miró a Anri y vio a la persona que, hace años, fue la única en no reírse de sus ideas radicales. Sin ella, Blue Lock no sería más que un archivo PDF olvidado en una computadora vieja.
—No eres una pieza de repuesto —dijo Ego, acortando la distancia hasta quedar frente a ella—. Eres la única persona que entiende que este no es solo mi proyecto. Es el nuestro.
Anri lo miró con incredulidad, con la respiración entrecortada.
—¿Entonces por qué me ignoras? —susurró ella—. Me duele, Ego. Me duele mucho que me desplaces así.
Ego suspiró, una exhalación larga que parecía soltar toda la tensión de los últimos días. Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Anri se quedó inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Soy un egoísta, Anri. Un maníaco que solo ve el objetivo final —comenzó él, su rostro a pocos centímetros del de ella—. Pero incluso yo necesito un ancla. Blue Lock es mi mundo, pero tú eres la que hace que ese mundo sea real.
Sin previo aviso, Ego acortó la distancia final. No fue un movimiento elegante ni calculado. Fue un beso torpe, un poco brusco, marcado por la falta de experiencia en tales lides. Sus labios chocaron con los de ella de una manera que delataba su propia sorpresa ante su acción.
Anri abrió los ojos de par en par, su piel se encendió en un rubor carmesí que llegaba hasta sus orejas. Sin embargo, tras el impacto inicial, sintió una calidez que no venía de las pantallas. Era una calidez humana, real. Cerró los ojos y, tímidamente, correspondió el beso, llevando sus manos a los hombros delgados y huesudos del hombre.
Se separaron después de unos segundos que parecieron eternos. Ego se aclaró la garganta, ajustándose las gafas con una mano que temblaba apenas un milímetro.
—No eres una "random", Anri —sentenció él, recuperando parte de su tono autoritario, aunque sus mejillas tenían un leve tinte rosado—. Eres mi compañera. En todo esto. No volveré a dejarte en el vacío.
Anri sonrió débilmente, todavía procesando lo ocurrido.
—¿Lo prometes, Ego-san? Porque si vuelves a ignorarme por ocho días, juro que venderé toda tu colección de Crocs en internet.
Ego estuvo a punto de responder con una de sus típicas amenazas de expulsión, pero un ruido metálico proveniente del pasillo lo detuvo.
*¡Clang!*
Ambos giraron la cabeza hacia la puerta entreabierta de la oficina. Allí, amontonados uno encima de otro en una torre humana digna de un circo, estaban Isagi Yoichi, Bachira Meguru, Chigiri Hyoma y Nagi Seishiro.
—¡Se los dije! —susurró Bachira con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡El egoísta también tiene corazón!
—¡Shhh! —siseó Isagi, intentando mantener el equilibrio—. ¡Nos van a ver!
—Demasiado tarde, pedazos de basura —la voz de Ego cortó el aire como un cuchillo frío. Su semblante cambió instantáneamente, volviendo a ser el dictador implacable de Blue Lock—. ¿Qué hacen fuera de sus habitaciones a estas horas? ¿Acaso creen que el entrenamiento de mañana será opcional?
Los jugadores se congelaron. Nagi, que estaba en la base de la torre, simplemente suspiró.
—Esto es demasiado problemático... —murmuró.
—¡Si en tres segundos no están corriendo hacia el bloque de dormitorios, los expulsaré a todos y borraré sus nombres de la historia del fútbol japonés! —rugió Ego, dando un paso hacia ellos—. ¡Uno...!
No necesitó llegar al dos. Los "diamantes en bruto" salieron disparados por el pasillo, sus pasos resonando mientras huían despavoridos.
Anri no pudo evitarlo. Empezó con una pequeña risita que pronto se convirtió en una carcajada limpia y sonora. La tensión acumulada de los días anteriores se evaporó por completo.
—Vaya forma de arruinar el momento, Ego-san —dijo ella, secándose una última lágrima, esta vez de risa.
Ego se cruzó de brazos, aunque la comisura de sus labios se curvó apenas un milímetro hacia arriba.
—Esos mocosos necesitan disciplina. Y yo necesito energía —miró su reloj plateado—. Son las dos de la mañana. Supongo que la Liga Neo Egoísta puede esperar un par de horas más.
Anri se levantó y se alisó la falda, sintiéndose más ligera que nunca.
—¿Eso significa que vamos a cenar algo que no sea instantáneo?
—Significa que vamos a comer y que me contarás todo lo que esos idiotas de la Asociación han estado planeando a mis espaldas —respondió Ego, caminando hacia la salida—. Y después... tal vez podamos hablar de otras cosas.
Caminaron juntos por los pasillos de Blue Lock. En ese edificio diseñado para crear al delantero más egoísta del mundo, dos personas habían encontrado, al menos por esa noche, que compartir el sueño era mucho más poderoso que perseguirlo en soledad.
