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Ratón de Ciudad

Fandom: CHAINSAW MAN

Criado: 19/05/2026

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RomanceDramaAngústiaDor/ConfortoHistória DomésticaConsertoDivergênciaAção
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Pólvora, Sangre y un Nuevo Amanecer

El apartamento de Denji estaba sumido en un silencio que pesaba más que el concreto. Tras la caída de Makima, el mundo parecía haber perdido su color vibrante para volverse de un gris cenizo. Denji, con su uniforme de Seguridad Pública arrugado y las mangas subidas hasta los codos, estaba sentado en el borde de su cama. Sus ojos pardos, rodeados de ojeras profundas, miraban fijamente un punto inexistente en la pared. Aki se había ido. Power se había ido. Solo quedaba él, el Gran Chainsaw Man, que en realidad no era más que un chico de diecisiete años con el corazón hecho pedazos.

De repente, un sonido rompió el vacío: el pomo de la puerta giró.

Denji no se movió de inmediato. Pensó que quizás era Nayuta, o algún agente de Seguridad Pública viniendo a darle órdenes que no quería cumplir. Pero cuando la puerta se abrió por completo, el aire de la habitación cambió. No era el olor metálico de la sangre, ni el aroma sofocante a flores de Makima. Era un aroma sutil, casi olvidado: café y pólvora.

—¿Denji?

Él levantó la cabeza lentamente. Ahí estaba ella.

Reze se veía exactamente como en sus recuerdos, aunque con una expresión que Denji nunca antes había visto en su rostro. Llevaba su pelo corto y oscuro con reflejos morados algo despeinado, su gargantilla con el alfiler de granada brillando bajo la luz mortecina del pasillo. Sus mejillas estaban encendidas, un sonrojo natural que contrastaba con la seriedad del mundo exterior.

Denji abrió la boca para decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. No hubo tiempo para un "hola", ni para preguntar cómo seguía viva tras lo ocurrido en aquel callejón. Reze soltó una risa genuina, cristalina, un sonido que parecía fuera de lugar en medio de tanto dolor. Antes de que él pudiera ponerse en pie, ella se abalanzó sobre él.

No hubo violencia, solo una urgencia desesperada. Reze lo rodeó con sus brazos y lo besó.

Fue un beso real. Sin trucos, sin misiones, sin la intención de arrancarle la lengua para robar su corazón de demonio. Era el beso que se debían desde aquella noche en el festival. Denji se quedó rígido por un segundo, el shock recorriendo su espina dorsal como una descarga eléctrica, pero luego sus manos encontraron la cintura de ella y respondió con la misma intensidad.

Era ella. Estaba viva. Después de perderlo todo, el destino le devolvía la única chispa de esperanza que creía extinguida.

Cuando finalmente se separaron para tomar aire, Reze apoyó su frente contra la de él. Sus ojos brillaban con una mezcla de alivio y determinación.

—Te dije que iríamos juntos a la escuela, ¿no? —susurró ella, su voz temblorosa—. Siento haber tardado tanto, Denji.

—Tú... estás aquí —logró decir él, su voz rasposa—. Makima... ella dijo que...

—Makima ya no está —lo interrumpió Reze, acariciando su mejilla con suavidad—. Ya no tengo que esconderme de ella. Pero tampoco puedo volver atrás.

Denji la observó con detenimiento. Reze llevaba su atuendo de combate: la cinta negra al cuello, las botas altas y ese delantal con textura de munición que recordaba su origen como soldado de la Unión Soviética. Era una traidora para su país y una criminal para Japón. Y él, el héroe de la ciudad, era en realidad un joven que solo quería comer tostadas con mermelada y dormir sin pesadillas.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Denji, aferrándose a sus hombros como si temiera que fuera a desvanecerse—. Si te ven, te matarán. Y si me ven contigo, me meteré en problemas... aunque a estas alturas ya me da igual.

Reze se separó un poco, mirando alrededor del pequeño y desordenado apartamento.

—No quiero huir más, Denji. No quiero un campo de entrenamiento, ni misiones, ni ser un arma. Quiero lo que tú querías. Una vida normal.

—Una vida normal con una chica bomba y un chico motosierra —Denji soltó una risa seca, pero sus ojos recuperaron un poco de brillo—. Suena a que vamos a volar todo por los aires en una semana.

—Tal vez —asintió ella, sentándose a su lado en la cama—. Pero lo haremos juntos. He estado pensando... la Unión Soviética no dejará de buscarme. Me crearon para ser su soldado perfecto. Si saben que sigo viva y que estoy contigo, enviarán a otros. No podemos simplemente sentarnos a esperar que nos maten.

Denji apretó los puños. Había pasado toda su vida siendo el perro de alguien. Primero de la Yakuza, luego de Makima. Estaba harto de seguir guiones escritos por otros.

—Entonces los eliminaremos —dijo Denji con una convicción que lo sorprendió incluso a él—. No solo a los que vengan. Si esa gente es la que te hizo sufrir, si son los que no nos dejan estar tranquilos... buscaremos la forma de acabar con ellos. En secreto. Mientras vivimos aquí.

Reze lo miró con sorpresa. Sabía que Denji era impulsivo, pero había algo nuevo en su mirada: una madurez forjada en la tragedia.

—Es una guerra, Denji. Una guerra contra un imperio.

—He peleado contra el Demonio de las Armas y contra la mujer más aterradora del mundo —replicó él, esbozando una sonrisa angular y afilada—. Unos cuantos tipos con trajes y banderas no me dan miedo. Si eso significa que puedo despertar cada mañana y verte aquí... entonces que vengan.

Reze volvió a sonrojarse, esta vez por la sinceridad del chico. Se inclinó y le dio un pequeño beso en la nariz.

—Está bien. Viviremos juntos. Aprenderemos a ser personas normales durante el día, y cazadores de sombras por la noche. Yo te enseñaré a leer mejor, y tú... bueno, tú me enseñarás cómo se vive en este caos que llamas hogar.

Denji miró el apartamento. Estaba sucio, había ropa tirada y el recuerdo de Aki y Power aún flotaba en las esquinas, doliendo como una herida abierta. Pero al ver a Reze allí, sentada en su cama, sintió que el vacío empezaba a llenarse.

—Tendrás que ayudarme con la limpieza —dijo Denji, tratando de aligerar el ambiente—. Y Nayuta... hay una niña que tengo que cuidar. Es una larga historia.

—Tengo tiempo —respondió Reze, entrelazando sus dedos con los de él—. Tenemos todo el tiempo del mundo ahora.

—¿De verdad no te vas a ir? —preguntó él, su voz volviéndose pequeña por un instante, revelando al niño asustado que aún vivía en su interior.

Reze lo atrajo hacia un abrazo firme, escondiendo su rostro en el cuello de Denji. Podía oler el aroma a perro y a jabón barato que siempre lo acompañaba. Para ella, ese era el olor de la libertad.

—No me iré a ninguna parte, Denji. Eres mi hogar. Y nadie, ni en este país ni en el mío, volverá a separarnos.

Se quedaron así durante mucho tiempo, mientras el sol comenzaba a ponerse tras los edificios de Tokio, tiñendo la habitación de un naranja intenso. Sabían que el camino por delante sería sangriento. Sabían que Seguridad Pública sospecharía y que los asesinos soviéticos no tardarían en cruzar la frontera. Pero por primera vez, Denji no sentía que estaba luchando por la aprobación de alguien más.

—Oye, Reze —dijo él, rompiendo el silencio.

—¿Dime?

—Mañana... ¿podemos ir a desayunar ese café que tanto te gusta? Sin misiones, sin explosiones. Solo nosotros.

Reze sonrió contra su hombro, cerrando los ojos con paz.

—Me encantaría, Denji. Me encantaría.

En la penumbra del cuarto, el chico motosierra y la chica bomba sellaron un pacto que no estaba escrito en ningún contrato demoníaco. Era una promesa humana, frágil pero inquebrantable. El mundo seguía siendo un lugar podrido y peligroso, pero mientras estuvieran juntos, el riesgo valía la pena. La guerra contra el pasado acababa de empezar, pero por esa noche, solo existían ellos dos y el latido rítmico de sus corazones, latiendo al unísono en la calma antes de la tormenta.
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