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Silence

Fandom: Jujutsu Kaisen

Criado: 19/05/2026

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OmegaversoDramaRomanceDor/ConfortoFatias de VidaHistóricoEstudo de PersonagemAngústiaDiscriminaçãoFofuraHistória DomésticaUA (Universo Alternativo)Aventura
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El murmullo de las espigas y el aroma a margaritas

La luz del amanecer en el pequeño pueblo de Sugisawa siempre parecía tener un matiz distinto cuando caía sobre la casa de los Fushiguro. No era un secreto para nadie que ese hogar albergaba el tesoro más preciado de la región. En una época donde la tierra se había vuelto estéril y los vientres de las mujeres permanecían en un silencio doloroso, el nacimiento de Megumi, quince años atrás, había sido interpretado como un milagro divino. Un Omega de belleza andrógina, con ojos que recordaban a las profundidades del bosque y una piel que parecía tallada en el mármol más fino.

Megumi se observó en el espejo de su habitación, suspirando mientras se ajustaba el sombrero de ala ancha. Como cada mañana, el ritual de vestirse era una batalla silenciosa contra el mundo exterior. Pantalones de tela gruesa que ocultaban sus piernas, una camisa de mangas largas abotonada hasta el cuello y guantes de seda que protegían sus manos. Toji, su padre, decía que el sol era cruel con las pieles delicadas, pero Megumi sabía que el sol no era el problema. El problema eran las miradas.

—¿Ya estás listo? —La voz ronca de Toji resonó desde el pasillo.

El hombre entró en la habitación, llenando el espacio con su imponente presencia de Alfa. Toji Fushiguro era un hombre marcado por el duelo y la desconfianza. Tras la muerte de su esposa cuando Megumi apenas tenía cinco años, su única misión en la vida se había vuelto proteger a su hijo de cualquier peligro, real o imaginario.

—Sí, padre —respondió Megumi, bajando la vista para que la sombra del sombrero cumpliera su función.

—No te quites los guantes en el mercado. Y mantente cerca de la señora Shoko si vas por las medicinas. No quiero que ningún impertinente se te acerque más de la cuenta.

Megumi apretó los puños bajo la tela. Hace apenas unas semanas, en su decimoquinto cumpleaños, le había suplicado a su padre que le permitiera usar ropas más ligeras, quizás una túnica de verano o pantalones cortos que le permitieran sentir la brisa en las pantorrillas. La respuesta de Toji había sido un "no" rotundo y cargado de una advertencia que Megumi ya conocía de memoria: el mundo no era un lugar seguro para alguien como él.

—Lo sé —murmuró el joven—. Siempre es lo mismo.

A pesar de la sobreprotección, Megumi no era un santo. En los campos de trigo, lejos de los ojos vigilantes de su padre, había aprendido a saborear la libertad en pequeñas dosis. Había tenido pretendientes que le dejaban margaritas en el alféizar de su ventana y jóvenes que, con el corazón latiendo con fuerza, le habían robado paseos secretos bajo la luz de la luna. Eran romances fugaces, dulces y prohibidos, que Megumi atesoraba como el único rastro de rebeldía en su vida monótona.

Esa mañana, el pueblo de Sugisawa bullía con una novedad. El viejo Wasuke Itadori, el sabio más respetado de la zona, estaba en sus últimos días. Pero no era la muerte inminente lo que causaba el revuelo, sino la llegada de su nieto desde la ciudad para cuidarlo.

Megumi caminaba por la calle principal, ignorando los susurros de los vecinos que se detenían a admirar su porte elegante. "Es una bendición", decían unos. "Parece un ángel caído del cielo", comentaban otros. Para Megumi, esos halagos eran cadenas invisibles.

—¡Fushiguro! —Una voz familiar lo sacó de sus pensamientos.

Era Gojo Satoru, el boticario del pueblo y un viejo amigo de su padre, aunque mucho más excéntrico.

—Buenos días, señor Gojo —respondió Megumi con cortesía.

—Vienes por el tónico de Toji, supongo —dijo Gojo, ajustándose sus gafas oscuras—. Ten cuidado hoy, hay mucha gente nueva en la plaza. Por cierto, ¿viste al chico que llegó a casa de Wasuke? Es un Alfa robusto, aunque parece un poco... despistado.

Megumi no mostró interés. Los Alfas solían ser todos iguales ante sus ojos: posesivos, ruidosos o demasiado obvios en sus intenciones.

—No lo he visto. Y no creo que sea de mi incumbencia.

—Oh, vamos, Megumi. Tienes quince años, deberías tener un poco más de curiosidad por el mundo —rio Gojo, entregándole el paquete de medicinas.

Megumi se despidió y emprendió el camino de regreso. Decidió tomar el atajo por el campo de girasoles, un lugar donde el sol solía calentar la tierra con una intensidad que lo invitaba a desobedecer. Una vez que estuvo seguro de que nadie lo veía, se quitó el sombrero y los guantes, dejando que el viento despeinara sus cabellos azabache.

Fue entonces cuando lo vio.

Cerca de la vieja cabaña de los Itadori, un joven de cabello rosado y complexión atlética estaba hachando leña con una energía envidiable. No llevaba camisa, y el sudor hacía que su piel brillara bajo el sol de la mañana. Tenía unos dieciocho años, una edad que para Megumi representaba la madurez absoluta.

Itadori Yuji se detuvo, limpiándose la frente con el antebrazo. Sus ojos dorados se encontraron con los de Megumi. El joven Omega se quedó paralizado, esperando la reacción habitual: la mirada de asombro, el halago inmediato o el intento de acercamiento.

Sin embargo, Yuji solo le dedicó un asentimiento de cabeza distante.

—Buenos días —dijo Yuji, volviendo a levantar el hacha—. Ten cuidado por aquí, hay muchas raíces sueltas y podrías tropezar con esos pantalones tan largos.

Megumi parpadeó, desconcertado. ¿Eso era todo? ¿Ni una palabra sobre su belleza? ¿Ni un intento de saber su nombre?

—Soy Megumi Fushiguro —dijo, casi por instinto, sintiendo una punzada de orgullo herido.

Yuji dejó caer el hacha sobre el tronco, partiendo la madera con un golpe seco. Miró a Megumi de arriba abajo, pero no con lujuria, sino con una curiosidad casi fraternal.

—Ah, tú eres el chico del que todos hablan —dijo Yuji con una sonrisa pequeña pero honesta—. El "milagro" del pueblo. Eres muy joven, ¿verdad? Pareces un niño con toda esa ropa encima.

—Tengo quince años —replicó Megumi, frunciendo el ceño—. No soy un niño.

—Para mí lo eres —se encogió de hombros Yuji—. Tengo dieciocho. A tu edad, yo todavía estaba trepando árboles y rompiéndome las rodillas. Deberías estar jugando, no andando por ahí con aire de tragedia. Mi abuelo está muy enfermo, así que no tengo mucho tiempo para charlas. Que tengas un buen día, Fushiguro.

Yuji retomó su labor sin mirar atrás. Megumi se quedó allí, de pie en medio del campo, sintiendo un calor extraño en las mejillas que no tenía nada que ver con el sol. Por primera vez en su vida, alguien no lo veía como una joya preciosa o una bendición divina, sino como un niño que sobraba en su panorama.

—Es un grosero —masculló Megumi, poniéndose el sombrero con brusquedad.

Pero, a pesar de sus palabras, no pudo evitar mirar de reojo una última vez antes de seguir su camino. Había algo en la indiferencia de ese Alfa que le resultaba más intrigante que todas las margaritas que le habían regalado en su vida.

Al llegar a casa, Toji lo esperaba en el porche, con los brazos cruzados y la mirada severa.

—Llegas tarde —dijo el Alfa, detectando un cambio en el aroma de su hijo—. Tu olor es... diferente. ¿Estuviste con alguien?

—Solo fui a la botica, padre —mintió Megumi, pasando a su lado—. Y me encontré con el nieto del señor Wasuke. Es un tipo maleducado que no sabe tratar a la gente.

Toji entrecerró los ojos, olfateando el aire.

—¿El chico Itadori? He oído que es un Alfa fuerte. Mantente alejado de él, Megumi. No quiero que un forastero llene tu cabeza con ideas de la ciudad.

—No te preocupes —respondió Megumi desde la entrada—, él no tiene el más mínimo interés en mí. Dice que soy demasiado joven.

Toji pareció relajarse un poco ante esa declaración, pero Megumi, en la soledad de su cuarto, se quitó los guantes y miró sus manos. La indiferencia de Yuji Itadori se había quedado grabada en su mente como un desafío. En un pueblo donde todos lo adoraban, aquel Alfa que lo trataba como a un niño resultaba ser la única persona que, irónicamente, lo hacía sentir real.

Los días siguientes fueron una tortura de rutina. Megumi intentó convencerse de que no le importaba el nuevo habitante, pero sus pies parecían llevarlo siempre por el camino que pasaba cerca de la casa de los Itadori.

Una tarde, mientras recolectaba algunas flores silvestres para decorar la tumba de su madre, se encontró de nuevo con Yuji en el arroyo. El Alfa estaba lavando unas mantas, con el rostro marcado por el cansancio.

—¿Tu abuelo está peor? —preguntó Megumi, acercándose con cautela.

Yuji levantó la vista y suspiró.

—Está estable, pero el médico dice que es cuestión de tiempo. Es difícil verlo así. Era un hombre muy fuerte.

Megumi se sentó en una piedra cercana, olvidando por un momento las advertencias de su padre sobre ensuciar su ropa.

—Lo siento mucho. El señor Wasuke siempre fue amable conmigo cuando era pequeño. Me regalaba dulces de miel.

Yuji sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminando su rostro de una manera que hizo que el corazón de Megumi diera un vuelco.

—Sí, él siempre tuvo debilidad por los niños. Supongo que por eso te tiene tanto cariño.

—¡Que no soy un niño! —insistió Megumi, esta vez con menos irritación y más deseo de ser tomado en serio.

—Está bien, está bien —rio Yuji, dejando las mantas a un lado—. Eres un Omega muy serio y muy... —Se detuvo, observando el rostro de Megumi sin la sombra del sombrero—. Eres realmente hermoso, Fushiguro. Ahora entiendo por qué tu padre te esconde como si fueras oro.

Megumi sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El cumplido, dicho con tanta naturalidad y sin la pesadez de la pretensión, fue mucho más potente que cualquier poema que hubiera escuchado antes.

—Mi padre es un exagerado —logró decir Megumi, bajando la mirada—. Solo quiero ser normal. Poder correr por el campo sin preocuparme por si alguien me mira o si mi ropa es la adecuada.

Yuji lo observó en silencio durante un momento.

—La normalidad es algo que uno mismo se construye, Megumi. Si esperas a que el mundo te la dé, te quedarás esperando siempre. Pero escucha, eres muy joven para cargar con el peso de ser un "milagro". Vive un poco, aunque sea a escondidas.

—¿Cómo puedes decir eso? Tú tienes dieciocho, ya eres un adulto ante la ley.

—Y aun así, daría cualquier cosa por tener quince otra vez y no tener que preocuparme por la muerte de mi único pariente —respondió Yuji con una sombra de tristeza—. Disfruta tu juventud, Fushiguro. No intentes crecer tan rápido para impresionar a nadie.

Megumi se sintió pequeño, pero no de la forma en que su padre lo hacía sentir. Era una pequeñez que venía de la falta de experiencia, de la comprensión de que el mundo era mucho más vasto y doloroso de lo que su burbuja en Sugisawa le permitía ver.

—¿Puedo ayudarte con las mantas? —preguntó Megumi en un susurro.

Yuji negó con la cabeza.

—Tu padre me mataría si viera que el "tesoro del pueblo" está lavando ropa en el arroyo. Además, arruinarías esos guantes tan caros. Vete a casa, Megumi. Mañana será otro día.

Megumi se levantó, sintiendo una extraña mezcla de admiración y frustración. Mientras caminaba de regreso, se dio cuenta de que Yuji Itadori era la primera persona que no quería nada de él. No quería su belleza, no quería su estatus de milagro, ni siquiera parecía querer su compañía de manera desesperada. Y eso, para Megumi, era lo más fascinante que había encontrado jamás.

Esa noche, mientras el pueblo dormía, Megumi se asomó a su ventana. El aroma de las margaritas del jardín subía con la brisa, pero sus pensamientos estaban en la cabaña al final del camino, donde un Alfa de cabello rosado velaba el sueño de un anciano.

Toji entró en la habitación sin llamar, como era su costumbre.

—Mañana iremos a la ciudad —anunció—. Hay un festival y quiero que compremos telas nuevas para tus trajes de invierno.

—¿Puedo elegir yo esta vez? —preguntó Megumi, sin mirarlo.

—Mientras sea recatado, no tengo problema.

Megumi asintió, pero en su mente ya estaba trazando un plan. Si Yuji decía que la normalidad se construía uno mismo, él empezaría a construir la suya. No por rebeldía contra su padre, sino por la necesidad de ser alguien que Yuji Itadori no viera simplemente como un niño protegido.

El destino, sin embargo, tenía otros planes. La salud de Wasuke decayó drásticamente esa misma madrugada, y el grito de agonía de un Alfa que pierde a su guía resonó en el silencio del valle.

Megumi se despertó sobresaltado, sintiendo una punzada de dolor en el pecho que no le pertenecía. Era el vínculo empático que los Omegas del pueblo compartían con la tierra y sus habitantes. Algo se había roto en Sugisawa.

—Padre —llamó Megumi, saliendo al pasillo.

Toji ya estaba vestido, con su arma al cinto por puro hábito.

—Es el viejo Itadori. Ha fallecido.

Megumi sintió un nudo en la garganta. No pensó en el anciano, sino en Yuji. En el joven que le había dicho que disfrutara su juventud mientras él cargaba con el peso del mundo.

—Tengo que ir —dijo Megumi, con una determinación que sorprendió a Toji.

—Es demasiado temprano, y habrá mucha gente...

—¡No me importa! —exclamó Megumi—. Él está solo. No tiene a nadie más aquí.

Toji guardó silencio, viendo en los ojos de su hijo una chispa que nunca antes había visto. No era la mirada de un niño caprichoso, sino la de un Omega que empezaba a reclamar su lugar en el mundo.

—Ve —dijo Toji finalmente—, pero yo iré contigo.

Caminaron en silencio bajo el cielo gris del alba. Cuando llegaron a la cabaña, un pequeño grupo de vecinos ya se había congregado fuera, hablando en voz baja. Megumi se abrió paso entre ellos, ignorando los murmullos de sorpresa al verlo salir tan temprano y con el rostro descubierto, pues en su prisa había olvidado el sombrero.

En el porche, Yuji estaba sentado con la cabeza entre las manos. Parecía más pequeño de lo que Megumi recordaba, como si la muerte de su abuelo le hubiera arrebatado parte de esa vitalidad desbordante.

Megumi se acercó lentamente. Los presentes contuvieron el aliento, esperando ver qué haría el "milagro" del pueblo ante la tragedia.

Sin decir una palabra, Megumi se quitó los guantes de seda y los dejó caer al suelo. Se arrodilló frente a Yuji y tomó sus manos ásperas y manchadas de tierra entre las suyas.

Yuji levantó la vista, con los ojos enrojecidos por un llanto que se negaba a soltar del todo.

—Fushiguro... —susurró—. Te dije que no deberías estar aquí. Es un lugar triste ahora.

—No soy un niño, Yuji —dijo Megumi con voz firme y dulce—. Y no soy un milagro. Soy solo Megumi. Y estoy aquí porque quiero estarlo.

Yuji apretó las manos de Megumi, y por un instante, el mundo exterior desapareció. No importaba la sobreprotección de Toji, ni las expectativas del pueblo, ni la diferencia de edad que Yuji tanto mencionaba. En ese rincón del mundo, entre el dolor de la pérdida y el despertar de un sentimiento nuevo, Megumi Fushiguro dejó de ser una bendición para convertirse, simplemente, en el consuelo de un Alfa que lo necesitaba.

Toji, observando desde la distancia, apretó la mandíbula pero no intervino. Sabía, con la sabiduría que solo da el tiempo, que el escudo que había construido alrededor de su hijo acababa de agrietarse para siempre. Porque no había protección suficiente contra el aroma de la sinceridad y el roce de dos almas que, a pesar de las sombras del siglo XX, habían decidido encontrarse a plena luz del día.
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