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0 curtida
El hijo perdido
Fandom: Lookism
Criado: 19/05/2026
Tags
Isekai / Fantasia PortalAçãoUA (Universo Alternativo)ConsertoDivergênciaDramaDor/ConfortoDiscriminaçãoCenário Canônico
El Despertar del Segundo Milagro
El dolor fue lo primero que registró sus sentidos. No era un dolor agudo, sino una presión sorda, como si su alma estuviera siendo forzada a entrar en un traje dos tallas más pequeño. Park Jhons abrió los ojos y lo que vio no fue el techo de su oficina mediocre ni la pantalla de su computadora. Lo que vio fue un techo descascarado, manchado por la humedad, en una habitación que olía a rancio y a pobreza extrema.
Se incorporó de golpe, sintiendo un mareo violento. Sus manos, antes callosas por el teclado, ahora eran pequeñas y regordetas. Su estómago... Dios, su estómago era una esfera suave que colgaba sobre sus muslos.
—No puede ser —susurró. Su voz era aguda, temblorosa—. ¿Estoy... en Lookism?
El recuerdo de su vida anterior se sentía como un sueño borroso. Recordaba haber leído el webtoon, recordaba la envidia que sentía por los personajes que podían cambiar su destino. Pero sobre todo, recordaba el nombre del protagonista: Daniel Park.
—¿Jhons? ¿Estás despierto, hijo?
La puerta se abrió con un chirrido lastimero. Una mujer pequeña, con la espalda encorvada por años de trabajo pesado y una expresión de infinita bondad, asomó la cabeza. Era la madre de Daniel. Su madre, ahora.
—Sí, mamá —respondió Jhons, sintiendo un nudo extraño en la garganta.
—Tu hermano Daniel ya se fue a la escuela —dijo ella, acercándose para dejar un pequeño cuenco con arroz y un poco de kimchi—. Date prisa, no querrás llegar tarde otra vez. Sabes que los profesores son estrictos.
Jhons asintió mecánicamente. Mientras ella salía, él se arrastró hacia un espejo roto que colgaba de la pared. Lo que vio lo dejó sin aliento. Era el gemelo casi idéntico del Daniel Park original: bajo, con sobrepeso, anteojos empañados y una mirada de derrota absoluta. En la historia original, Daniel Park no tenía un hermano. Su presencia aquí era la anomalía, el error en la matriz.
"Si he trasmigrado", pensó Jhons, apretando los puños de grasa, "debe haber una razón. No voy a ser un saco de boxeo. No voy a permitir que humillen a mi familia".
En ese instante, una sensación eléctrica recorrió su columna vertebral. No fue un cambio gradual. Fue un estallido.
Sus músculos se contrajeron y se expandieron con una fuerza violenta. Sintió cómo la grasa de su cuerpo se consumía en una combustión interna invisible, reemplazada por fibras densas y poderosas. Su estatura aumentó, sus huesos crujieron ganando densidad. El mundo, que antes veía borroso, se volvió nítido, casi hiperrealista.
Jadeando, volvió a mirar el espejo.
El chico gordo había desaparecido. En su lugar, un joven de hombros anchos, mandíbula cincelada y ojos tan profundos como el abismo lo devolvía la mirada. No era simplemente "atractivo"; emanaba un aura de peligro y autoridad que incluso el Daniel "perfecto" tardaría meses en desarrollar.
—¿Qué es esto? —se preguntó, extendiendo una mano. Sus movimientos eran fluidos, perfectos—. Siento... como si supiera pelear. No, como si mi cuerpo recordara mil batallas que nunca libré.
Cerró el puño y lanzó un golpe al aire. El sonido fue como un latigazo, una explosión de aire que hizo vibrar las cortinas.
Había obtenido el "milagro" instantáneamente. No necesitaba un segundo cuerpo. Él era el arma.
***
El camino a la escuela fue una experiencia surrealista. Jhons se había puesto la ropa más grande que encontró (que ahora le quedaba ajustada en los lugares correctos), cubriéndose con una sudadera con capucha para no llamar la atención de su madre. No sabía cómo explicarle que su hijo menor había mutado en un modelo de pasarela en cinco minutos.
Al llegar a las cercanías del instituto, el ambiente cambió. El olor a cigarrillos baratos y el sonido de risas burlonas llenaban el callejón trasero.
—¡Oye, cerdito! ¿Dónde está tu hermano? —La voz era áspera, cargada de malicia.
Jhons se detuvo. Tres chicos con el uniforme desalineado estaban rodeando a un Daniel Park que temblaba, con el rostro manchado de suciedad. Eran los matones de siempre, aquellos que disfrutaban despedazando la poca dignidad que les quedaba a los débiles.
—Déjalo en paz, Logan —murmuró Daniel, aunque sus rodillas fallaban.
—¿Qué has dicho? —Logan Lee, el gigante de cabello oxigenado, lo agarró por el cuello de la camisa—. Creo que necesitas una lección de modales, Daniel. Y después iré a buscar a tu hermanito gordo para que nos sirva de taburete.
Jhons sintió una chispa de ira pura encenderse en su pecho. Caminó hacia ellos con pasos lentos y pesados, cada pisada resonando contra el pavimento.
—Suéltalo —dijo Jhons. Su voz no era la de un niño. Era un barítono frío que cortó el aire como un cuchillo.
Los matones se giraron. Logan soltó a Daniel, quien cayó al suelo tosiendo. El gigante entrecerró los ojos, evaluando al extraño que acababa de aparecer.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Logan con una sonrisa ladeada—. No pareces de por aquí. ¿Quieres jugar al héroe?
Jhons se bajó la capucha. La luz del sol iluminó sus rasgos afilados. Daniel, desde el suelo, abrió los ojos de par en par, incapaz de reconocer al hombre que tenía delante, pero sintiendo una extraña familiaridad.
—¿Jhons? —susurró Daniel, incrédulo.
—Vete a clase, Daniel —ordenó Jhons sin apartar la vista de Logan—. Yo me encargo de la basura.
Logan soltó una carcajada estridente, aunque en el fondo de sus instintos, una alarma empezó a sonar.
—¿Jhons? ¿Ese cerdo? No me hagas reír. No sé quién eres, pero te voy a romper los dientes por usar su nombre.
Logan se lanzó hacia adelante con un golpe de derecha masivo, un ataque que normalmente habría mandado a cualquiera al hospital. Para Jhons, el movimiento fue lento, casi cómico.
—Demasiado lento —dijo Jhons.
En un parpadeo, Jhons se deslizó hacia el interior de la guardia de Logan. No usó una técnica compleja; simplemente lanzó un golpe corto al plexo solar del gigante.
El impacto sonó como un mazo golpeando un bloque de carne. Logan se detuvo en seco. Sus ojos se desorbitaron y el aire abandonó sus pulmones en un silbido agónico. Se desplomó sobre sus rodillas, agarrándose el estómago, con el rostro volviéndose azulado.
Los otros dos matones se quedaron paralizados.
—¿Qué... qué demonios ha pasado? —tartamudeó uno de ellos, retrocediendo.
Jhons los miró. No había odio en sus ojos, solo una indiferencia aterradora.
—Si vuelven a tocar a mi hermano, o a cualquier otro estudiante en mi presencia —dijo Jhons, dando un paso hacia ellos—, me aseguraré de que no vuelvan a caminar.
Los dos chicos recogieron a un Logan que aún intentaba recuperar el aliento y huyeron como si el mismo diablo los persiguiera.
Jhons suspiró y se volvió hacia Daniel. Se agachó y le tendió la mano.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
Daniel lo miró, todavía en shock. Tomó la mano de su hermano y sintió la fuerza abrumadora en ese agarre.
—¿Jhons? ¿De verdad eres tú? ¿Cómo... cómo es posible? —preguntó Daniel, escaneando el cuerpo atlético y el rostro perfecto de su hermano menor.
Jhons sonrió de lado, una expresión que irradiaba una confianza que el viejo Jhons nunca habría soñado poseer.
—Digamos que anoche tuve un sueño muy revelador, Daniel. Y he decidido que ya no vamos a ser las víctimas de nadie.
Daniel se limpió el polvo de los pantalones, todavía procesando la situación.
—Pero mamá... ella se va a asustar. Y los demás en la escuela...
—Deja que se asusten —respondió Jhons, empezando a caminar hacia la entrada principal del instituto—. El mundo de Lookism se rige por la apariencia y la fuerza. Ahora tenemos ambas. Es hora de cambiar las reglas del juego.
Mientras cruzaban el umbral de la escuela, todas las miradas se centraron en ellos. Los susurros empezaron de inmediato. ¿Quién era ese chico nuevo? ¿Por qué caminaba al lado del "cerdo" Daniel?
Jhons caminaba con la cabeza alta. Sabía que este era solo el comienzo. Gun, Goo, los Cuatro Grandes Equipos... todos ellos cruzarían su camino tarde o temprano. En su vida anterior, él era un don nadie. En esta, él sería el pico de la montaña.
—Oye, Jhons —dijo Daniel, tratando de seguirle el ritmo—. ¿A dónde vamos primero?
Jhons se detuvo frente a la oficina del director, viendo su reflejo en el cristal de la puerta. Un reflejo que prometía tormentas y revoluciones.
—A inscribirme oficialmente —respondió Jhons—. Y después, vamos a buscar a un tal Zack Lee. He oído que necesita que alguien le baje los humos.
Daniel tragó saliva, pero por primera vez en años, no sintió miedo. Al mirar la espalda de su hermano, sintió algo que casi había olvidado: esperanza.
El milagro de Daniel Park acababa de comenzar, pero el de Park Jhons ya había alcanzado su cenit. Y el mundo del hampa coreano no tenía idea de lo que se le venía encima.
—¿Estás listo, hermano? —preguntó Jhons, mirándolo por encima del hombro.
—Sí —asintió Daniel, enderezando la espalda—. Estoy listo.
Jhons abrió la puerta de una patada suave pero firme. El juego había comenzado, y él tenía todas las cartas ganadoras. No era solo fuerza física; era el conocimiento de lo que vendría y la voluntad inquebrantable de proteger lo que amaba.
En ese instante, Park Jhons dejó de ser un trasmigrado asustado para convertirse en la leyenda que Lookism nunca esperó.
Se incorporó de golpe, sintiendo un mareo violento. Sus manos, antes callosas por el teclado, ahora eran pequeñas y regordetas. Su estómago... Dios, su estómago era una esfera suave que colgaba sobre sus muslos.
—No puede ser —susurró. Su voz era aguda, temblorosa—. ¿Estoy... en Lookism?
El recuerdo de su vida anterior se sentía como un sueño borroso. Recordaba haber leído el webtoon, recordaba la envidia que sentía por los personajes que podían cambiar su destino. Pero sobre todo, recordaba el nombre del protagonista: Daniel Park.
—¿Jhons? ¿Estás despierto, hijo?
La puerta se abrió con un chirrido lastimero. Una mujer pequeña, con la espalda encorvada por años de trabajo pesado y una expresión de infinita bondad, asomó la cabeza. Era la madre de Daniel. Su madre, ahora.
—Sí, mamá —respondió Jhons, sintiendo un nudo extraño en la garganta.
—Tu hermano Daniel ya se fue a la escuela —dijo ella, acercándose para dejar un pequeño cuenco con arroz y un poco de kimchi—. Date prisa, no querrás llegar tarde otra vez. Sabes que los profesores son estrictos.
Jhons asintió mecánicamente. Mientras ella salía, él se arrastró hacia un espejo roto que colgaba de la pared. Lo que vio lo dejó sin aliento. Era el gemelo casi idéntico del Daniel Park original: bajo, con sobrepeso, anteojos empañados y una mirada de derrota absoluta. En la historia original, Daniel Park no tenía un hermano. Su presencia aquí era la anomalía, el error en la matriz.
"Si he trasmigrado", pensó Jhons, apretando los puños de grasa, "debe haber una razón. No voy a ser un saco de boxeo. No voy a permitir que humillen a mi familia".
En ese instante, una sensación eléctrica recorrió su columna vertebral. No fue un cambio gradual. Fue un estallido.
Sus músculos se contrajeron y se expandieron con una fuerza violenta. Sintió cómo la grasa de su cuerpo se consumía en una combustión interna invisible, reemplazada por fibras densas y poderosas. Su estatura aumentó, sus huesos crujieron ganando densidad. El mundo, que antes veía borroso, se volvió nítido, casi hiperrealista.
Jadeando, volvió a mirar el espejo.
El chico gordo había desaparecido. En su lugar, un joven de hombros anchos, mandíbula cincelada y ojos tan profundos como el abismo lo devolvía la mirada. No era simplemente "atractivo"; emanaba un aura de peligro y autoridad que incluso el Daniel "perfecto" tardaría meses en desarrollar.
—¿Qué es esto? —se preguntó, extendiendo una mano. Sus movimientos eran fluidos, perfectos—. Siento... como si supiera pelear. No, como si mi cuerpo recordara mil batallas que nunca libré.
Cerró el puño y lanzó un golpe al aire. El sonido fue como un latigazo, una explosión de aire que hizo vibrar las cortinas.
Había obtenido el "milagro" instantáneamente. No necesitaba un segundo cuerpo. Él era el arma.
***
El camino a la escuela fue una experiencia surrealista. Jhons se había puesto la ropa más grande que encontró (que ahora le quedaba ajustada en los lugares correctos), cubriéndose con una sudadera con capucha para no llamar la atención de su madre. No sabía cómo explicarle que su hijo menor había mutado en un modelo de pasarela en cinco minutos.
Al llegar a las cercanías del instituto, el ambiente cambió. El olor a cigarrillos baratos y el sonido de risas burlonas llenaban el callejón trasero.
—¡Oye, cerdito! ¿Dónde está tu hermano? —La voz era áspera, cargada de malicia.
Jhons se detuvo. Tres chicos con el uniforme desalineado estaban rodeando a un Daniel Park que temblaba, con el rostro manchado de suciedad. Eran los matones de siempre, aquellos que disfrutaban despedazando la poca dignidad que les quedaba a los débiles.
—Déjalo en paz, Logan —murmuró Daniel, aunque sus rodillas fallaban.
—¿Qué has dicho? —Logan Lee, el gigante de cabello oxigenado, lo agarró por el cuello de la camisa—. Creo que necesitas una lección de modales, Daniel. Y después iré a buscar a tu hermanito gordo para que nos sirva de taburete.
Jhons sintió una chispa de ira pura encenderse en su pecho. Caminó hacia ellos con pasos lentos y pesados, cada pisada resonando contra el pavimento.
—Suéltalo —dijo Jhons. Su voz no era la de un niño. Era un barítono frío que cortó el aire como un cuchillo.
Los matones se giraron. Logan soltó a Daniel, quien cayó al suelo tosiendo. El gigante entrecerró los ojos, evaluando al extraño que acababa de aparecer.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Logan con una sonrisa ladeada—. No pareces de por aquí. ¿Quieres jugar al héroe?
Jhons se bajó la capucha. La luz del sol iluminó sus rasgos afilados. Daniel, desde el suelo, abrió los ojos de par en par, incapaz de reconocer al hombre que tenía delante, pero sintiendo una extraña familiaridad.
—¿Jhons? —susurró Daniel, incrédulo.
—Vete a clase, Daniel —ordenó Jhons sin apartar la vista de Logan—. Yo me encargo de la basura.
Logan soltó una carcajada estridente, aunque en el fondo de sus instintos, una alarma empezó a sonar.
—¿Jhons? ¿Ese cerdo? No me hagas reír. No sé quién eres, pero te voy a romper los dientes por usar su nombre.
Logan se lanzó hacia adelante con un golpe de derecha masivo, un ataque que normalmente habría mandado a cualquiera al hospital. Para Jhons, el movimiento fue lento, casi cómico.
—Demasiado lento —dijo Jhons.
En un parpadeo, Jhons se deslizó hacia el interior de la guardia de Logan. No usó una técnica compleja; simplemente lanzó un golpe corto al plexo solar del gigante.
El impacto sonó como un mazo golpeando un bloque de carne. Logan se detuvo en seco. Sus ojos se desorbitaron y el aire abandonó sus pulmones en un silbido agónico. Se desplomó sobre sus rodillas, agarrándose el estómago, con el rostro volviéndose azulado.
Los otros dos matones se quedaron paralizados.
—¿Qué... qué demonios ha pasado? —tartamudeó uno de ellos, retrocediendo.
Jhons los miró. No había odio en sus ojos, solo una indiferencia aterradora.
—Si vuelven a tocar a mi hermano, o a cualquier otro estudiante en mi presencia —dijo Jhons, dando un paso hacia ellos—, me aseguraré de que no vuelvan a caminar.
Los dos chicos recogieron a un Logan que aún intentaba recuperar el aliento y huyeron como si el mismo diablo los persiguiera.
Jhons suspiró y se volvió hacia Daniel. Se agachó y le tendió la mano.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
Daniel lo miró, todavía en shock. Tomó la mano de su hermano y sintió la fuerza abrumadora en ese agarre.
—¿Jhons? ¿De verdad eres tú? ¿Cómo... cómo es posible? —preguntó Daniel, escaneando el cuerpo atlético y el rostro perfecto de su hermano menor.
Jhons sonrió de lado, una expresión que irradiaba una confianza que el viejo Jhons nunca habría soñado poseer.
—Digamos que anoche tuve un sueño muy revelador, Daniel. Y he decidido que ya no vamos a ser las víctimas de nadie.
Daniel se limpió el polvo de los pantalones, todavía procesando la situación.
—Pero mamá... ella se va a asustar. Y los demás en la escuela...
—Deja que se asusten —respondió Jhons, empezando a caminar hacia la entrada principal del instituto—. El mundo de Lookism se rige por la apariencia y la fuerza. Ahora tenemos ambas. Es hora de cambiar las reglas del juego.
Mientras cruzaban el umbral de la escuela, todas las miradas se centraron en ellos. Los susurros empezaron de inmediato. ¿Quién era ese chico nuevo? ¿Por qué caminaba al lado del "cerdo" Daniel?
Jhons caminaba con la cabeza alta. Sabía que este era solo el comienzo. Gun, Goo, los Cuatro Grandes Equipos... todos ellos cruzarían su camino tarde o temprano. En su vida anterior, él era un don nadie. En esta, él sería el pico de la montaña.
—Oye, Jhons —dijo Daniel, tratando de seguirle el ritmo—. ¿A dónde vamos primero?
Jhons se detuvo frente a la oficina del director, viendo su reflejo en el cristal de la puerta. Un reflejo que prometía tormentas y revoluciones.
—A inscribirme oficialmente —respondió Jhons—. Y después, vamos a buscar a un tal Zack Lee. He oído que necesita que alguien le baje los humos.
Daniel tragó saliva, pero por primera vez en años, no sintió miedo. Al mirar la espalda de su hermano, sintió algo que casi había olvidado: esperanza.
El milagro de Daniel Park acababa de comenzar, pero el de Park Jhons ya había alcanzado su cenit. Y el mundo del hampa coreano no tenía idea de lo que se le venía encima.
—¿Estás listo, hermano? —preguntó Jhons, mirándolo por encima del hombro.
—Sí —asintió Daniel, enderezando la espalda—. Estoy listo.
Jhons abrió la puerta de una patada suave pero firme. El juego había comenzado, y él tenía todas las cartas ganadoras. No era solo fuerza física; era el conocimiento de lo que vendría y la voluntad inquebrantable de proteger lo que amaba.
En ese instante, Park Jhons dejó de ser un trasmigrado asustado para convertirse en la leyenda que Lookism nunca esperó.
