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Mamá
Fandom: Chainsaw Man
Criado: 21/05/2026
Tags
Fatias de VidaFofuraDor/ConfortoHistória DomésticaConsertoEstudo de PersonagemCenário Canônico
Pólvora, Pan y un Pedazo de Cielo
El sol de la tarde se filtraba por la ventana del pequeño departamento, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. No era un palacio, ni mucho menos. Había ropa amontonada en una esquina, el olor a tostadas quemadas aún persistía desde el desayuno y los perros de Denji ocupaban más espacio del que les correspondía en el suelo. Sin embargo, para Reze, aquel lugar se sentía más seguro que cualquier búnker de la Unión Soviética en el que hubiera dormido jamás.
Reze estaba sentada en el sofá, observando a Nayuta. La pequeña, con sus ojos amarillos de anillos concéntricos fijos en un cuaderno de dibujos, garabateaba con una concentración casi aterradora. El cabello oscuro de la niña caía sobre su rostro, ocultando parcialmente el lunar bajo su ojo derecho. Era difícil de creer que esa pequeña criatura fuera la reencarnación del demonio que casi destruye el mundo, la misma mujer que había manipulado a Reze y a Denji como si fueran simples piezas de un tablero de ajedrez.
Pero Makima se había ido. Definitivamente. Y en su lugar, quedaba Nayuta: caprichosa, inteligente y, sorprendentemente, necesitada de afecto.
— Reze —llamó la niña sin levantar la vista de su dibujo.
— ¿Dime, Nayuta? —respondió Reze, acomodándose su gargantilla de granada, un hábito que aún conservaba por puro instinto.
La niña dejó el crayón rojo sobre la mesa y giró la cabeza. Sus ojos se clavaron en los de Reze con una intensidad que siempre le recordaba quién era realmente la pequeña, pero la expresión en su rostro era de pura inocencia infantil.
— ¿Vas a estar aquí mañana también? ¿Y el día después de ese? —preguntó Nayuta.
Reze sintió un pequeño vuelco en el pecho. Sus mejillas, siempre propensas a encenderse, adquirieron un suave tono carmesí.
— Claro que sí. ¿Por qué lo preguntas?
Nayuta se encogió de hombros, volviendo a su dibujo de lo que parecía ser un perro con alas.
— Porque Denji es tonto y a veces se olvida de comprar pan, pero tú siempre te acuerdas de todo. Tú cuidas de nosotros. Eres como... mi mamá.
El silencio que siguió a esa declaración fue tan denso que Reze juraría que podía tocarlo. El corazón de la chica bomba, aquel órgano mecánico y frío que solía latir solo para la destrucción, pareció saltarse un latido antes de desbocarse. Sus manos empezaron a temblar ligeramente sobre sus rodillas.
— ¿Qué... qué acabas de decir? —susurró Reze, con la voz quebrada por una emoción que no sabía que poseía.
Nayuta suspiró con la impaciencia propia de una niña de cinco años, como si estuviera explicando que dos más dos son cuatro.
— Que eres mi mamá —repitió Nayuta, esta vez mirándola directamente—. Denji es el hermano mayor que no sabe limpiar, pero tú eres la mamá. ¿Es raro?
— ¡No! ¡No es raro en absoluto! —exclamó Reze, lanzándose hacia adelante para rodear a la niña en un abrazo casi asfixiante.
— ¡Reze, me aplastas! —se quejó Nayuta, aunque no hizo ningún intento por soltarse. Al contrario, hundió su rostro en el hombro de la joven.
— ¡Dilo otra vez! —suplicó Reze, con lágrimas asomando en sus ojos morados—. ¡Por favor, vuelve a llamarme así! ¡Solo una vez más!
Nayuta soltó una risita traviesa, disfrutando de la reacción exagerada de su cuidadora.
— No seas tonta, mamá. Ya te lo dije. Eres mi mamá porque vives aquí y nos quieres. No tienes que ponerte así de rara.
Reze la apretó más fuerte, ocultando su rostro en el cabello oscuro de la pequeña. Durante años, su propósito había sido ser un arma. Había sido entrenada para seducir, matar y morir por una patria que solo la veía como una herramienta. Nunca hubo espacio para el amor, mucho menos para la idea de una familia. Y ahora, en este departamento desordenado, rodeada de perros y del olor a café barato, una niña le acababa de dar el título más noble que jamás podría ostentar.
— ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué tanto griterío?
Denji apareció por la puerta del pasillo, rascándose la cabeza desaliñada. Llevaba su uniforme de cazador de demonios habitual, pero con la camisa tan arrugada que parecía haber peleado contra un tornado, y sus ojeras habituales le daban ese aire de cansancio perpetuo. Se detuvo en seco al ver a Reze llorando mientras abrazaba a Nayuta.
— ¿Eh? ¿Reze? ¿Nayuta te mordió otra vez? ¡Oye, enana, te dije que no usaras tus poderes con ella! —reprendió Denji, señalando a la niña con un dedo.
— ¡Yo no hice nada! —protestó Nayuta, zafándose del abrazo de Reze—. ¡Ella es la que se puso a llorar porque le dije la verdad!
Denji parpadeó confundido, mirando a Reze, quien se estaba limpiando las lágrimas con la manga de su camisa blanca, aunque no podía borrar la sonrisa radiante de su rostro.
— Ella me llamó... me llamó mamá, Denji —dijo Reze, con la voz todavía temblorosa.
Denji se quedó petrificado un momento. Sus ojos pardos se abrieron de par en par y una sonrisa lenta y algo torpe empezó a dibujarse en su rostro, mostrando sus dientes afilados y angulares.
— Ah, ¿eso? —Denji se frotó la nuca, un poco avergonzado—. Bueno, era cuestión de tiempo, ¿no? Quiero decir... eres la que hace que este lugar parezca una casa de verdad.
Reze no pudo contenerse más. Se levantó del sofá con una energía explosiva y se abalanzó sobre Denji, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo casi por completo contra la pared.
— ¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias! —exclamó ella, cubriendo su rostro de besos rápidos y sonoros, haciendo que Denji se pusiera tan rojo como un tomate.
— ¡Oye! ¡Para, que me haces cosquillas! —reía Denji, aunque sus manos se posaron con ternura en la cintura de Reze, sosteniéndola con firmeza—. ¡Reze, vas a hacer que explote algo!
— Que explote todo si quiere —dijo ella, deteniéndose un momento para mirarlo a los ojos, con el rostro a escasos centímetros del suyo—. Denji, me has dado lo que siempre quise. Me diste una razón para no ser solo un arma. Me diste... una familia.
Denji suavizó su expresión. Por un momento, el chico ruidoso y hambriento desapareció, dejando paso a alguien que entendía perfectamente el peso de esas palabras. Él también había estado solo. Él también había sido usado. Y ahora, ambos estaban allí, construyendo algo hermoso sobre las cenizas de su pasado.
— Bueno —dijo Denji, aclarándose la garganta para ocultar su propia emoción—, supongo que eso significa que ahora somos los "padres" de esta pequeña tirana.
— ¡Los escuché! —gritó Nayuta desde el sofá, volviendo a sus dibujos—. ¡Y quiero helado de postre porque soy una buena hija!
Reze soltó una carcajada, una de esas risas puras que nunca le habían permitido tener en su antigua vida. Se separó un poco de Denji, pero mantuvo sus manos entrelazadas con las de él.
— Iré a comprar el helado —dijo Reze, todavía sonrojada—. Y compraré algo especial para la cena. Hoy tenemos que celebrar.
— ¿Celebrar qué? —preguntó Denji, ladeando la cabeza.
— Que hoy es el primer día del resto de nuestras vidas —respondió ella con convicción.
Reze se puso su delantal largo, aquel que tenía esa extraña textura que recordaba a la munición, pero que ahora solo usaba para cocinar. Se calzó sus botas negras y, antes de salir, se acercó a Nayuta y le dio un beso en la frente.
— Vuelvo pronto, cariño —le dijo.
Nayuta ni siquiera levantó la vista, pero su pequeña mano buscó la de Reze por un segundo y la apretó con fuerza.
— Trae de vainilla, mamá.
Reze sintió que su corazón se derretía una vez más. Salió del departamento con el paso ligero, sintiendo que el aire de la ciudad era más dulce que nunca. Ya no era la "Bomba", ya no era una espía, ya no era una pieza de sacrificio. Era Reze, y tenía un hogar al cual volver.
Mientras bajaba las escaleras, recordó los días en que pensaba que su único destino era la soledad o la muerte. Recordó el café donde conoció a Denji, las flores que él le regaló y la lluvia bajo la cual pelearon. Todo eso parecía una vida distinta, una película que alguien más había protagonizado.
Al llegar a la tienda de la esquina, el tendero la saludó con un gesto amable.
— Buenos días, señorita. ¿Lo de siempre?
— Hoy no —respondió Reze con una sonrisa que iluminó todo el local—. Hoy llevaré el helado más grande que tenga. Y carne. Mucha carne. Mi familia tiene mucha hambre.
De regreso al departamento, Reze se detuvo un momento frente a la puerta cerrada. Escuchó el sonido de los perros ladrando, la risa escandalosa de Denji y los gritos de Nayuta quejándose de que Denji le había robado un crayón. Era un caos. Era ruidoso. Era imperfecto.
Era exactamente lo que ella necesitaba.
Entró y fue recibida por el impacto de un Denji que corría perseguido por Nayuta. En medio del desorden, Reze dejó las bolsas en la mesa y se unió a la persecución, riendo mientras atrapaba a Nayuta en el aire.
— ¡A cenar! —anunció, sintiendo que, por primera vez en su existencia, no tenía que huir de nada.
Esa noche, mientras Denji roncaba suavemente en el sofá y Nayuta dormía abrazada a uno de los perros, Reze se quedó mirando el techo. No había misiones, no había órdenes, no había miedo. Solo estaba el calor de una casa llena de vida.
— Gracias, Denji —susurró hacia la oscuridad, sabiendo que él no la escuchaba, pero necesitando decirlo de todas formas—. Gracias por enseñarme que incluso alguien como yo puede ser llamada "mamá".
Se acomodó en su lugar, cerrando los ojos con una paz que nunca creyó posible. La guerra había terminado para ella, y la victoria no consistía en territorios conquistados ni en enemigos derrotados, sino en el simple y maravilloso hecho de tener a alguien que la esperara al final del día.
En el rincón, el dibujo de Nayuta seguía sobre la mesa. No era un perro con alas. Era un dibujo de tres personas tomadas de la mano, y debajo, con una caligrafía infantil pero firme, decía una sola palabra: "Familia".
Reze estaba sentada en el sofá, observando a Nayuta. La pequeña, con sus ojos amarillos de anillos concéntricos fijos en un cuaderno de dibujos, garabateaba con una concentración casi aterradora. El cabello oscuro de la niña caía sobre su rostro, ocultando parcialmente el lunar bajo su ojo derecho. Era difícil de creer que esa pequeña criatura fuera la reencarnación del demonio que casi destruye el mundo, la misma mujer que había manipulado a Reze y a Denji como si fueran simples piezas de un tablero de ajedrez.
Pero Makima se había ido. Definitivamente. Y en su lugar, quedaba Nayuta: caprichosa, inteligente y, sorprendentemente, necesitada de afecto.
— Reze —llamó la niña sin levantar la vista de su dibujo.
— ¿Dime, Nayuta? —respondió Reze, acomodándose su gargantilla de granada, un hábito que aún conservaba por puro instinto.
La niña dejó el crayón rojo sobre la mesa y giró la cabeza. Sus ojos se clavaron en los de Reze con una intensidad que siempre le recordaba quién era realmente la pequeña, pero la expresión en su rostro era de pura inocencia infantil.
— ¿Vas a estar aquí mañana también? ¿Y el día después de ese? —preguntó Nayuta.
Reze sintió un pequeño vuelco en el pecho. Sus mejillas, siempre propensas a encenderse, adquirieron un suave tono carmesí.
— Claro que sí. ¿Por qué lo preguntas?
Nayuta se encogió de hombros, volviendo a su dibujo de lo que parecía ser un perro con alas.
— Porque Denji es tonto y a veces se olvida de comprar pan, pero tú siempre te acuerdas de todo. Tú cuidas de nosotros. Eres como... mi mamá.
El silencio que siguió a esa declaración fue tan denso que Reze juraría que podía tocarlo. El corazón de la chica bomba, aquel órgano mecánico y frío que solía latir solo para la destrucción, pareció saltarse un latido antes de desbocarse. Sus manos empezaron a temblar ligeramente sobre sus rodillas.
— ¿Qué... qué acabas de decir? —susurró Reze, con la voz quebrada por una emoción que no sabía que poseía.
Nayuta suspiró con la impaciencia propia de una niña de cinco años, como si estuviera explicando que dos más dos son cuatro.
— Que eres mi mamá —repitió Nayuta, esta vez mirándola directamente—. Denji es el hermano mayor que no sabe limpiar, pero tú eres la mamá. ¿Es raro?
— ¡No! ¡No es raro en absoluto! —exclamó Reze, lanzándose hacia adelante para rodear a la niña en un abrazo casi asfixiante.
— ¡Reze, me aplastas! —se quejó Nayuta, aunque no hizo ningún intento por soltarse. Al contrario, hundió su rostro en el hombro de la joven.
— ¡Dilo otra vez! —suplicó Reze, con lágrimas asomando en sus ojos morados—. ¡Por favor, vuelve a llamarme así! ¡Solo una vez más!
Nayuta soltó una risita traviesa, disfrutando de la reacción exagerada de su cuidadora.
— No seas tonta, mamá. Ya te lo dije. Eres mi mamá porque vives aquí y nos quieres. No tienes que ponerte así de rara.
Reze la apretó más fuerte, ocultando su rostro en el cabello oscuro de la pequeña. Durante años, su propósito había sido ser un arma. Había sido entrenada para seducir, matar y morir por una patria que solo la veía como una herramienta. Nunca hubo espacio para el amor, mucho menos para la idea de una familia. Y ahora, en este departamento desordenado, rodeada de perros y del olor a café barato, una niña le acababa de dar el título más noble que jamás podría ostentar.
— ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué tanto griterío?
Denji apareció por la puerta del pasillo, rascándose la cabeza desaliñada. Llevaba su uniforme de cazador de demonios habitual, pero con la camisa tan arrugada que parecía haber peleado contra un tornado, y sus ojeras habituales le daban ese aire de cansancio perpetuo. Se detuvo en seco al ver a Reze llorando mientras abrazaba a Nayuta.
— ¿Eh? ¿Reze? ¿Nayuta te mordió otra vez? ¡Oye, enana, te dije que no usaras tus poderes con ella! —reprendió Denji, señalando a la niña con un dedo.
— ¡Yo no hice nada! —protestó Nayuta, zafándose del abrazo de Reze—. ¡Ella es la que se puso a llorar porque le dije la verdad!
Denji parpadeó confundido, mirando a Reze, quien se estaba limpiando las lágrimas con la manga de su camisa blanca, aunque no podía borrar la sonrisa radiante de su rostro.
— Ella me llamó... me llamó mamá, Denji —dijo Reze, con la voz todavía temblorosa.
Denji se quedó petrificado un momento. Sus ojos pardos se abrieron de par en par y una sonrisa lenta y algo torpe empezó a dibujarse en su rostro, mostrando sus dientes afilados y angulares.
— Ah, ¿eso? —Denji se frotó la nuca, un poco avergonzado—. Bueno, era cuestión de tiempo, ¿no? Quiero decir... eres la que hace que este lugar parezca una casa de verdad.
Reze no pudo contenerse más. Se levantó del sofá con una energía explosiva y se abalanzó sobre Denji, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo casi por completo contra la pared.
— ¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias! —exclamó ella, cubriendo su rostro de besos rápidos y sonoros, haciendo que Denji se pusiera tan rojo como un tomate.
— ¡Oye! ¡Para, que me haces cosquillas! —reía Denji, aunque sus manos se posaron con ternura en la cintura de Reze, sosteniéndola con firmeza—. ¡Reze, vas a hacer que explote algo!
— Que explote todo si quiere —dijo ella, deteniéndose un momento para mirarlo a los ojos, con el rostro a escasos centímetros del suyo—. Denji, me has dado lo que siempre quise. Me diste una razón para no ser solo un arma. Me diste... una familia.
Denji suavizó su expresión. Por un momento, el chico ruidoso y hambriento desapareció, dejando paso a alguien que entendía perfectamente el peso de esas palabras. Él también había estado solo. Él también había sido usado. Y ahora, ambos estaban allí, construyendo algo hermoso sobre las cenizas de su pasado.
— Bueno —dijo Denji, aclarándose la garganta para ocultar su propia emoción—, supongo que eso significa que ahora somos los "padres" de esta pequeña tirana.
— ¡Los escuché! —gritó Nayuta desde el sofá, volviendo a sus dibujos—. ¡Y quiero helado de postre porque soy una buena hija!
Reze soltó una carcajada, una de esas risas puras que nunca le habían permitido tener en su antigua vida. Se separó un poco de Denji, pero mantuvo sus manos entrelazadas con las de él.
— Iré a comprar el helado —dijo Reze, todavía sonrojada—. Y compraré algo especial para la cena. Hoy tenemos que celebrar.
— ¿Celebrar qué? —preguntó Denji, ladeando la cabeza.
— Que hoy es el primer día del resto de nuestras vidas —respondió ella con convicción.
Reze se puso su delantal largo, aquel que tenía esa extraña textura que recordaba a la munición, pero que ahora solo usaba para cocinar. Se calzó sus botas negras y, antes de salir, se acercó a Nayuta y le dio un beso en la frente.
— Vuelvo pronto, cariño —le dijo.
Nayuta ni siquiera levantó la vista, pero su pequeña mano buscó la de Reze por un segundo y la apretó con fuerza.
— Trae de vainilla, mamá.
Reze sintió que su corazón se derretía una vez más. Salió del departamento con el paso ligero, sintiendo que el aire de la ciudad era más dulce que nunca. Ya no era la "Bomba", ya no era una espía, ya no era una pieza de sacrificio. Era Reze, y tenía un hogar al cual volver.
Mientras bajaba las escaleras, recordó los días en que pensaba que su único destino era la soledad o la muerte. Recordó el café donde conoció a Denji, las flores que él le regaló y la lluvia bajo la cual pelearon. Todo eso parecía una vida distinta, una película que alguien más había protagonizado.
Al llegar a la tienda de la esquina, el tendero la saludó con un gesto amable.
— Buenos días, señorita. ¿Lo de siempre?
— Hoy no —respondió Reze con una sonrisa que iluminó todo el local—. Hoy llevaré el helado más grande que tenga. Y carne. Mucha carne. Mi familia tiene mucha hambre.
De regreso al departamento, Reze se detuvo un momento frente a la puerta cerrada. Escuchó el sonido de los perros ladrando, la risa escandalosa de Denji y los gritos de Nayuta quejándose de que Denji le había robado un crayón. Era un caos. Era ruidoso. Era imperfecto.
Era exactamente lo que ella necesitaba.
Entró y fue recibida por el impacto de un Denji que corría perseguido por Nayuta. En medio del desorden, Reze dejó las bolsas en la mesa y se unió a la persecución, riendo mientras atrapaba a Nayuta en el aire.
— ¡A cenar! —anunció, sintiendo que, por primera vez en su existencia, no tenía que huir de nada.
Esa noche, mientras Denji roncaba suavemente en el sofá y Nayuta dormía abrazada a uno de los perros, Reze se quedó mirando el techo. No había misiones, no había órdenes, no había miedo. Solo estaba el calor de una casa llena de vida.
— Gracias, Denji —susurró hacia la oscuridad, sabiendo que él no la escuchaba, pero necesitando decirlo de todas formas—. Gracias por enseñarme que incluso alguien como yo puede ser llamada "mamá".
Se acomodó en su lugar, cerrando los ojos con una paz que nunca creyó posible. La guerra había terminado para ella, y la victoria no consistía en territorios conquistados ni en enemigos derrotados, sino en el simple y maravilloso hecho de tener a alguien que la esperara al final del día.
En el rincón, el dibujo de Nayuta seguía sobre la mesa. No era un perro con alas. Era un dibujo de tres personas tomadas de la mano, y debajo, con una caligrafía infantil pero firme, decía una sola palabra: "Familia".
