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0 curtida
Sethos hat guy
Fandom: Genshin impact
Criado: 21/05/2026
Tags
RomanceDramaDor/ConfortoFofuraHistória DomésticaEstudo de PersonagemCenário CanônicoLinguagem Explícita
Tormentas de arena y vientos de seda
La Academia de Sumeru solía ser el lugar más silencioso de Teyvat, o al menos eso era lo que Wanderer recordaba antes de que aquel joven de ojos verdes y sonrisa perpetua decidiera que eran "mejores amigos". Para alguien que había vivido siglos de traiciones, divinidad fallida y un borrado existencial, la presencia de Sethos era, por decir lo menos, un enigma irritante que no lograba descifrar.
—¡Oye, "Sombreritos"! —La voz de Sethos resonó por el pasillo de la Casa de la Daena, rompiendo la sagrada atmósfera de estudio—. Te traje algo. Es un dátil confitado de la aldea Aaru. El vendedor dijo que eran tan dulces como mi última conquista, pero creo que exageró; nada es tan dulce como tú cuando te enojas.
Wanderer ni siquiera levantó la vista de su pergamino. Sus dedos, largos y pálidos, apretaron el borde del escritorio.
—Vete, Sethos —respondió con una frialdad cortante—. Y no me llames así. Es degradante.
Sethos, lejos de amedrentarse, se sentó en el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal con esa confianza despreocupada que lo caracterizaba. Su ropa, aunque sencilla y funcional para el desierto, estaba meticulosamente ajustada para resaltar sus hombros anchos y su figura atlética. Olía a sol, a especias y a algo peligrosamente acogedor.
—Vamos, no seas así. He pasado toda la mañana ayudando a unos comerciantes y solo podía pensar en que mi amargado favorito necesitaba un poco de azúcar —dijo Sethos, inclinándose hacia delante hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.
Wanderer finalmente lo miró. Los ojos verdes de Sethos brillaban con una picardía genuina. El moreno extendió la mano y, antes de que el antiguo heraldo pudiera reaccionar, le apartó un mechón de cabello azul oscuro de la frente. El contacto fue breve, pero dejó una estela de calor que Wanderer odió admitir que sintió.
—No toques —siseó Wanderer, aunque no se apartó—. Eres un estorbo. El mundo entero podría estar cayéndose a pedazos y tú estarías coqueteando con el fin del mundo.
—Probablemente —rio Sethos, mostrando sus dientes blancos—. Pero si el mundo se acaba, preferiría que mi última vista fuera tu cara de pocos amigos. Por cierto, hay un festival en el Gran Bazar esta noche. Vamos.
—No.
—No era una pregunta. Te recogeré al atardecer.
***
Tres horas después, Wanderer se encontraba siendo arrastrado por la multitud del Gran Bazar, con Sethos sujetando firmemente su muñeca. Era ridículo. Él era un ser capaz de controlar los elementos, un guerrero experimentado, y sin embargo, se dejaba llevar por un joven aventurero que no dejaba de saludar a cada persona que se cruzaba en su camino.
Sethos era magnético. Las mujeres le sonreían, los hombres le daban palmadas en la espalda y él repartía encanto como si fuera moneda sin valor. Pero, curiosamente, cada vez que terminaba una breve charla, su atención volvía inmediatamente a Wanderer, como si él fuera el centro de gravedad de su órbita.
—Mira esto —dijo Sethos, deteniéndose ante un puesto de joyería—. Combinaría con tus ojos.
Era un pequeño broche de lapislázuli. Antes de que Wanderer pudiera protestar sobre lo innecesario del gasto, Sethos ya lo había pagado y se lo estaba colocando en la solapa de su túnica oscura.
—Déjame en paz —murmuró Wanderer, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual. Su mirada se perdió en el cuello de Sethos, donde la piel bronceada desaparecía bajo el cuello de su camisa.
—Me encanta cuando dices eso —susurró Sethos al oído de Wanderer, su aliento cálido provocándole un escalofrío—. Porque tus ojos dicen que quieres que me quede.
El festival fue una amalgama de luces y música, pero para Wanderer, todo se reducía a la presión de la mano de Sethos en su espalda baja, guiándolo entre la gente. Era un toque posesivo, pero extrañamente protector.
Cuando la noche empezó a refrescar, Sethos no lo dejó en su dormitorio de la Academia. En su lugar, lo condujo hacia las afueras, hacia una pequeña casa de estilo desértico que Sethos mantenía en la ciudad.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Wanderer, cruzándose de brazos mientras observaba el interior ordenado y cálido de la vivienda.
—Estás cansado de la gente, lo sé —respondió Sethos, cerrando la puerta tras de ellos—. Aquí no hay sabios aburridos ni mercaderes ruidosos. Solo nosotros.
Wanderer se sentó en un diván bajo, sintiéndose repentinamente vulnerable. Su cinismo era su armadura, pero Sethos la estaba desmantelando pieza por pieza con una amabilidad implacable. Sethos se acercó y, sin pedir permiso, se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaban.
—Eres un idiota, Sethos —dijo Wanderer, mirando hacia otro lado—. No sé qué pretendes con todo esto. No soy alguien que pueda darte lo que buscas.
—¿Y qué crees que busco? —Sethos alargó la mano y tomó la barbilla de Wanderer, obligándolo a mirarlo.
—Diversión. Un desafío. Alguien a quien "arreglar" —escupió Wanderer con amargura.
Sethos negó con la cabeza, su expresión volviéndose inusualmente seria. La madurez que a veces ocultaba tras su fachada juguetona salió a la luz.
—Busco a la persona que se oculta detrás de todos esos muros. Busco al hombre que mira las estrellas con tanta nostalgia que me rompe el corazón. Te busco a ti, Scara.
El uso de ese nombre, o más bien, de ese fragmento de identidad, hizo que Wanderer se tensara. Pero antes de que pudiera replicar, los labios de Sethos estaban sobre los suyos.
Fue un beso lento, exploratorio, que sabía a los dátiles dulces de la tarde y a una promesa de algo más profundo. Wanderer se quedó helado un segundo, con el corazón (o lo que ocupaba su lugar) latiendo con una fuerza desconocida, antes de ceder y devolver el beso con una desesperación contenida. Sus manos subieron al cabello largo y oscuro de Sethos, enredándose en las hebras rebeldes.
Sethos soltó un gemido bajo de satisfacción y lo empujó suavemente hacia atrás, quedando sobre él en el diván. Sus manos comenzaron a vagar, delineando la figura delgada de Wanderer con una reverencia que rozaba lo religioso.
—Eres perfecto —susurró Sethos contra su cuello, dejando besos húmedos que hacían que Wanderer arqueara la espalda—. Tan frío por fuera, pero ardes por dentro.
—Cállate... solo cállate —jadeó Wanderer, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.
Sethos comenzó a despojarlo de sus prendas oscuras con una lentitud tortuosa. Cada centímetro de piel expuesta era recibido con caricias y susurros de adoración. Cuando la túnica de Wanderer cayó al suelo, Sethos se detuvo a observar el torso pálido y delicado, casi como una obra de arte de porcelana.
—Déjame... —empezó Wanderer, pero las palabras se perdieron cuando Sethos bajó la cabeza hacia su pecho.
Sethos comenzó a lamer y succionar uno de sus pezones, usando su lengua con una destreza que hizo que Wanderer soltara un grito ahogado, tapándose la boca con el dorso de la mano. La sensación era abrumadora; el contraste entre la humedad cálida de la boca de Sethos y el aire fresco de la habitación lo estaba volviendo loco.
—Sethos... ah... basta —suplicó, aunque sus piernas se envolvieron instintivamente alrededor de la cintura del aventurero, atrayéndolo más hacia él.
—No voy a parar —murmuró Sethos, cambiando al otro pezón, mordisqueando con suavidad antes de volver a rodearlo con los labios—. Quiero conocer cada parte de ti. Quiero que sepas que este cuerpo es tuyo, y que es hermoso.
Wanderer se sintió expuesto, no solo físicamente, sino emocionalmente. Sethos lo estaba tratando como algo sagrado, algo digno de ser adorado, y esa honestidad era más embriagadora que cualquier vino de Mondstadt.
Las manos de Sethos bajaron, acariciando sus caderas, sus muslos, deteniéndose para admirar la suavidad de su piel.
—Mírame —pidió Sethos, alzando la vista. Sus ojos verdes estaban oscurecidos por el deseo, pero llenos de una ternura que Wanderer no podía procesar.
—Te odio —susurró Wanderer, con los ojos empañados y los labios entreabiertos.
—Lo sé —sonrió Sethos, antes de volver a besarlo—. Y yo te quiero por eso.
Sethos se deshizo de su propia ropa con movimientos ágiles, revelando un cuerpo tonificado por años de viajes y trabajo duro. Cuando volvió a unir sus cuerpos, el contacto piel con piel fue eléctrico. Wanderer se sintió pequeño bajo él, pero por primera vez en su existencia, esa pequeñez no se sentía como debilidad, sino como pertenencia.
Sethos comenzó a moverse contra él, un roce lento y rítmico que buscaba encender cada nervio. Sus manos nunca dejaban de tocar; acariciaba el rostro de Wanderer, sus costillas, sus hombros, como si estuviera memorizando su geografía.
—Eres tan hermoso, Scara —susurró Sethos, su voz vibrando contra el pecho de Wanderer—. Mi pequeño misterio.
—No soy... pequeño —protestó Wanderer débilmente, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras al estremecerse bajo los dedos de Sethos, que ahora jugaban de nuevo con su pecho, pellizcando suavemente mientras su otra mano bajaba para guiar la entrada.
La primera vez fue un baile torpe de sensaciones nuevas y emociones antiguas. Hubo dolor, sí, pero fue rápidamente eclipsado por una plenitud que Wanderer nunca creyó posible para alguien como él. Sethos fue paciente, llenando cada espacio con palabras dulces y besos castos, transformando el acto carnal en algo que se sentía como una redención.
—¿Estás bien? —preguntó Sethos un rato después, mientras ambos yacían entrelazados bajo las sábanas finas, con la respiración aún agitada.
Wanderer apoyó la cabeza en el pecho de Sethos, escuchando el latido rítmico de su corazón. Era un sonido tan humano, tan real.
—Te dije que me dejaras en paz —respondió Wanderer en un susurro, cerrando los ojos.
Sethos soltó una carcajada suave y le besó la coronilla, abrazándolo con más fuerza.
—Mañana hay un mercado de especias al que quiero ir. Y luego, tal vez podamos ir a ver las estrellas al desierto.
Wanderer soltó un suspiro largo, una mezcla de resignación y una felicidad que aún le asustaba.
—Eres un estorbo, Sethos. Un estorbo ruidoso, arrogante y molesto.
—¿Eso es un sí?
—... Sí.
Sethos sonrió en la oscuridad, sabiendo que, aunque Wanderer nunca lo admitiera en voz alta, el aventurero finalmente había encontrado el tesoro más valioso de toda Sumeru. Y Wanderer, por su parte, se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, la paz que tanto buscaba no estaba en el silencio de los libros, sino en el caos cálido de un hombre que se negaba a dejarlo solo.
—¡Oye, "Sombreritos"! —La voz de Sethos resonó por el pasillo de la Casa de la Daena, rompiendo la sagrada atmósfera de estudio—. Te traje algo. Es un dátil confitado de la aldea Aaru. El vendedor dijo que eran tan dulces como mi última conquista, pero creo que exageró; nada es tan dulce como tú cuando te enojas.
Wanderer ni siquiera levantó la vista de su pergamino. Sus dedos, largos y pálidos, apretaron el borde del escritorio.
—Vete, Sethos —respondió con una frialdad cortante—. Y no me llames así. Es degradante.
Sethos, lejos de amedrentarse, se sentó en el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal con esa confianza despreocupada que lo caracterizaba. Su ropa, aunque sencilla y funcional para el desierto, estaba meticulosamente ajustada para resaltar sus hombros anchos y su figura atlética. Olía a sol, a especias y a algo peligrosamente acogedor.
—Vamos, no seas así. He pasado toda la mañana ayudando a unos comerciantes y solo podía pensar en que mi amargado favorito necesitaba un poco de azúcar —dijo Sethos, inclinándose hacia delante hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.
Wanderer finalmente lo miró. Los ojos verdes de Sethos brillaban con una picardía genuina. El moreno extendió la mano y, antes de que el antiguo heraldo pudiera reaccionar, le apartó un mechón de cabello azul oscuro de la frente. El contacto fue breve, pero dejó una estela de calor que Wanderer odió admitir que sintió.
—No toques —siseó Wanderer, aunque no se apartó—. Eres un estorbo. El mundo entero podría estar cayéndose a pedazos y tú estarías coqueteando con el fin del mundo.
—Probablemente —rio Sethos, mostrando sus dientes blancos—. Pero si el mundo se acaba, preferiría que mi última vista fuera tu cara de pocos amigos. Por cierto, hay un festival en el Gran Bazar esta noche. Vamos.
—No.
—No era una pregunta. Te recogeré al atardecer.
***
Tres horas después, Wanderer se encontraba siendo arrastrado por la multitud del Gran Bazar, con Sethos sujetando firmemente su muñeca. Era ridículo. Él era un ser capaz de controlar los elementos, un guerrero experimentado, y sin embargo, se dejaba llevar por un joven aventurero que no dejaba de saludar a cada persona que se cruzaba en su camino.
Sethos era magnético. Las mujeres le sonreían, los hombres le daban palmadas en la espalda y él repartía encanto como si fuera moneda sin valor. Pero, curiosamente, cada vez que terminaba una breve charla, su atención volvía inmediatamente a Wanderer, como si él fuera el centro de gravedad de su órbita.
—Mira esto —dijo Sethos, deteniéndose ante un puesto de joyería—. Combinaría con tus ojos.
Era un pequeño broche de lapislázuli. Antes de que Wanderer pudiera protestar sobre lo innecesario del gasto, Sethos ya lo había pagado y se lo estaba colocando en la solapa de su túnica oscura.
—Déjame en paz —murmuró Wanderer, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual. Su mirada se perdió en el cuello de Sethos, donde la piel bronceada desaparecía bajo el cuello de su camisa.
—Me encanta cuando dices eso —susurró Sethos al oído de Wanderer, su aliento cálido provocándole un escalofrío—. Porque tus ojos dicen que quieres que me quede.
El festival fue una amalgama de luces y música, pero para Wanderer, todo se reducía a la presión de la mano de Sethos en su espalda baja, guiándolo entre la gente. Era un toque posesivo, pero extrañamente protector.
Cuando la noche empezó a refrescar, Sethos no lo dejó en su dormitorio de la Academia. En su lugar, lo condujo hacia las afueras, hacia una pequeña casa de estilo desértico que Sethos mantenía en la ciudad.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Wanderer, cruzándose de brazos mientras observaba el interior ordenado y cálido de la vivienda.
—Estás cansado de la gente, lo sé —respondió Sethos, cerrando la puerta tras de ellos—. Aquí no hay sabios aburridos ni mercaderes ruidosos. Solo nosotros.
Wanderer se sentó en un diván bajo, sintiéndose repentinamente vulnerable. Su cinismo era su armadura, pero Sethos la estaba desmantelando pieza por pieza con una amabilidad implacable. Sethos se acercó y, sin pedir permiso, se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaban.
—Eres un idiota, Sethos —dijo Wanderer, mirando hacia otro lado—. No sé qué pretendes con todo esto. No soy alguien que pueda darte lo que buscas.
—¿Y qué crees que busco? —Sethos alargó la mano y tomó la barbilla de Wanderer, obligándolo a mirarlo.
—Diversión. Un desafío. Alguien a quien "arreglar" —escupió Wanderer con amargura.
Sethos negó con la cabeza, su expresión volviéndose inusualmente seria. La madurez que a veces ocultaba tras su fachada juguetona salió a la luz.
—Busco a la persona que se oculta detrás de todos esos muros. Busco al hombre que mira las estrellas con tanta nostalgia que me rompe el corazón. Te busco a ti, Scara.
El uso de ese nombre, o más bien, de ese fragmento de identidad, hizo que Wanderer se tensara. Pero antes de que pudiera replicar, los labios de Sethos estaban sobre los suyos.
Fue un beso lento, exploratorio, que sabía a los dátiles dulces de la tarde y a una promesa de algo más profundo. Wanderer se quedó helado un segundo, con el corazón (o lo que ocupaba su lugar) latiendo con una fuerza desconocida, antes de ceder y devolver el beso con una desesperación contenida. Sus manos subieron al cabello largo y oscuro de Sethos, enredándose en las hebras rebeldes.
Sethos soltó un gemido bajo de satisfacción y lo empujó suavemente hacia atrás, quedando sobre él en el diván. Sus manos comenzaron a vagar, delineando la figura delgada de Wanderer con una reverencia que rozaba lo religioso.
—Eres perfecto —susurró Sethos contra su cuello, dejando besos húmedos que hacían que Wanderer arqueara la espalda—. Tan frío por fuera, pero ardes por dentro.
—Cállate... solo cállate —jadeó Wanderer, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.
Sethos comenzó a despojarlo de sus prendas oscuras con una lentitud tortuosa. Cada centímetro de piel expuesta era recibido con caricias y susurros de adoración. Cuando la túnica de Wanderer cayó al suelo, Sethos se detuvo a observar el torso pálido y delicado, casi como una obra de arte de porcelana.
—Déjame... —empezó Wanderer, pero las palabras se perdieron cuando Sethos bajó la cabeza hacia su pecho.
Sethos comenzó a lamer y succionar uno de sus pezones, usando su lengua con una destreza que hizo que Wanderer soltara un grito ahogado, tapándose la boca con el dorso de la mano. La sensación era abrumadora; el contraste entre la humedad cálida de la boca de Sethos y el aire fresco de la habitación lo estaba volviendo loco.
—Sethos... ah... basta —suplicó, aunque sus piernas se envolvieron instintivamente alrededor de la cintura del aventurero, atrayéndolo más hacia él.
—No voy a parar —murmuró Sethos, cambiando al otro pezón, mordisqueando con suavidad antes de volver a rodearlo con los labios—. Quiero conocer cada parte de ti. Quiero que sepas que este cuerpo es tuyo, y que es hermoso.
Wanderer se sintió expuesto, no solo físicamente, sino emocionalmente. Sethos lo estaba tratando como algo sagrado, algo digno de ser adorado, y esa honestidad era más embriagadora que cualquier vino de Mondstadt.
Las manos de Sethos bajaron, acariciando sus caderas, sus muslos, deteniéndose para admirar la suavidad de su piel.
—Mírame —pidió Sethos, alzando la vista. Sus ojos verdes estaban oscurecidos por el deseo, pero llenos de una ternura que Wanderer no podía procesar.
—Te odio —susurró Wanderer, con los ojos empañados y los labios entreabiertos.
—Lo sé —sonrió Sethos, antes de volver a besarlo—. Y yo te quiero por eso.
Sethos se deshizo de su propia ropa con movimientos ágiles, revelando un cuerpo tonificado por años de viajes y trabajo duro. Cuando volvió a unir sus cuerpos, el contacto piel con piel fue eléctrico. Wanderer se sintió pequeño bajo él, pero por primera vez en su existencia, esa pequeñez no se sentía como debilidad, sino como pertenencia.
Sethos comenzó a moverse contra él, un roce lento y rítmico que buscaba encender cada nervio. Sus manos nunca dejaban de tocar; acariciaba el rostro de Wanderer, sus costillas, sus hombros, como si estuviera memorizando su geografía.
—Eres tan hermoso, Scara —susurró Sethos, su voz vibrando contra el pecho de Wanderer—. Mi pequeño misterio.
—No soy... pequeño —protestó Wanderer débilmente, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras al estremecerse bajo los dedos de Sethos, que ahora jugaban de nuevo con su pecho, pellizcando suavemente mientras su otra mano bajaba para guiar la entrada.
La primera vez fue un baile torpe de sensaciones nuevas y emociones antiguas. Hubo dolor, sí, pero fue rápidamente eclipsado por una plenitud que Wanderer nunca creyó posible para alguien como él. Sethos fue paciente, llenando cada espacio con palabras dulces y besos castos, transformando el acto carnal en algo que se sentía como una redención.
—¿Estás bien? —preguntó Sethos un rato después, mientras ambos yacían entrelazados bajo las sábanas finas, con la respiración aún agitada.
Wanderer apoyó la cabeza en el pecho de Sethos, escuchando el latido rítmico de su corazón. Era un sonido tan humano, tan real.
—Te dije que me dejaras en paz —respondió Wanderer en un susurro, cerrando los ojos.
Sethos soltó una carcajada suave y le besó la coronilla, abrazándolo con más fuerza.
—Mañana hay un mercado de especias al que quiero ir. Y luego, tal vez podamos ir a ver las estrellas al desierto.
Wanderer soltó un suspiro largo, una mezcla de resignación y una felicidad que aún le asustaba.
—Eres un estorbo, Sethos. Un estorbo ruidoso, arrogante y molesto.
—¿Eso es un sí?
—... Sí.
Sethos sonrió en la oscuridad, sabiendo que, aunque Wanderer nunca lo admitiera en voz alta, el aventurero finalmente había encontrado el tesoro más valioso de toda Sumeru. Y Wanderer, por su parte, se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, la paz que tanto buscaba no estaba en el silencio de los libros, sino en el caos cálido de un hombre que se negaba a dejarlo solo.
