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1 curtida
Es por que me gustas
Fandom: La princesa encantadora
Criado: 19/11/2025
Tags
RomanceFantasiaFatias de VidaFofuraHumorHistória DomésticaCenário CanônicoDramaEstudo de Personagem
Un Giro Inesperado: La Biblioteca y un Corazón Descubierto
La tarde se estiraba perezosamente sobre el jardín imperial, tiñendo de oro y carmesí las copas de los árboles. Athanasia, con una sonrisa pícara, observaba a Lucas, quien, con un suspiro dramático, se desplomaba en el diván frente a ella. Habían pasado semanas desde que ella, con una franqueza que rozaba la crueldad, había declinado las insinuaciones de Ijekiel y las suyas propias, optando por una amistad inquebrantable. Y, para su sorpresa, la amistad había florecido, más fuerte y sincera de lo que cualquiera de los tres habría esperado. Sin embargo, algo había cambiado en Lucas, algo que Athanasia, con su ojo agudo para el drama y el romance, no pudo pasar por alto.
"Lucas, ¿qué demonios te pasa?" espetó Athanasia, dejando su taza de té con un tintineo. "Llevas días actuando como si te hubiera picado una abeja fantasma. Te pones rojo, tartamudeas, y ni siquiera me has insultado una vez en toda la semana. ¡Eso es inaudito!"
Lucas, que había estado jugueteando con el borde de su túnica, levantó la mirada con una expresión de pánico. "¡No es nada, Athanasia! Solo... solo estoy un poco distraído, ¿sabes? Muchos asuntos del Imperio, los estudios de magia... ¡es agotador ser tan brillante!"
Athanasia arqueó una ceja. "No intentes engañarme, Lucas. Te conozco desde hace años. Cuando estás 'distraído', sueles incendiar algo o convertir a alguien en una cabra. Esto es diferente. Esto es... sentimental."
Lucas se removió incómodo. Sabía que no podía mentirle a Athanasia por mucho tiempo. Ella era como un sabueso con un olfato para los secretos. Con un suspiro que pareció venir desde lo más profundo de su ser, se rindió.
"Está bien, está bien," murmuró, bajando la voz. "Es solo que... no sé qué me pasa últimamente. Con Ijekiel."
Athanasia se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con curiosidad. "Ah, ¿Ijekiel? ¿Qué hay de Ijekiel? ¿Te ha estado molestando? ¿Ha intentado recitarte poesía aburrida de nuevo?"
Lucas negó con la cabeza, su rostro comenzando a adquirir un leve rubor. "No, no es eso. Es... cuando lo veo, mi corazón se acelera. Me pongo nervioso. A veces, siento que no puedo respirar. Y cuando sonríe... ¡es como si el sol saliera dos veces al día!"
Athanasia lo observaba con una sonrisa que se ampliaba lentamente, una sonrisa que Lucas conocía demasiado bien: la sonrisa de alguien que está a punto de soltar una verdad incómoda.
"Oh, Lucas," dijo Athanasia, con un tono de voz que era una mezcla de burla y dulzura. "A ti te gusta Ijekiel."
La sangre se le subió a la cabeza a Lucas. Se puso tan rojo que parecía un tomate maduro. "¡¿Qué?! ¡No, no, eso es imposible! ¡Por supuesto que no! ¿Ijekiel? ¿Gustarme a mí? ¡Ni en un millón de años! Además, incluso si fuera cierto, que no lo es, ¡él nunca me correspondería! Es demasiado... demasiado Ijekiel. Demasiado tranquilo, demasiado educado, demasiado... ¡demasiado todo!"
Athanasia se rió, una risa clara y melodiosa que resonó en la sala del té. "Lucas, mi querido amigo, tu negación es casi tan entretenida como tu arrogancia habitual. Pero la verdad es que te gusta. Y no hay nada de malo en ello."
Lucas se encogió en el diván, sintiéndose expuesto y vulnerable. La idea de que le gustara Ijekiel había estado rondando en su mente como una mosca molesta, y ahora, con Athanasia diciendo en voz alta, se sentía como si un elefante le hubiera pisado el pecho. Era una sensación extraña, una mezcla de terror y una punzada de algo parecido a la emoción.
Desde ese día, la vida de Lucas se convirtió en un campo de minas emocional. Cada vez que Ijekiel estaba cerca, su corazón latía como un tambor de guerra. Intentaba evitarlo, inventando excusas ridículas para no cruzarse con él. Se excusaba de las reuniones en las que sabía que Ijekiel estaría presente, o si no podía evitarlo, se mantenía en los extremos de la habitación, intentando pasar desapercibido. Su comportamiento, de alguien tan naturalmente audaz y confiado, era completamente inusual.
Ijekiel, por su parte, no tardó en notarlo. Al principio, pensó que Lucas simplemente estaba ocupado con sus estudios o sus deberes mágicos. Pero la persistencia de la evitación de Lucas, sus miradas esquivas y las excusas cada vez más transparentes, comenzaron a preocuparlo. Lucas, el mago más poderoso del imperio, el que siempre tenía una broma o un comentario descarado, se había vuelto inusualmente callado y distante con él. La idea de que hubiera hecho algo para ofenderlo le carcomía.
Un día, después de que Lucas inventara una elaborada historia sobre tener que "inspeccionar la calidad de las nubes en el norte del imperio" para evitar cenar con Athanasia e Ijekiel, este último decidió que ya era suficiente. Necesitaba respuestas.
"Athanasia," dijo Ijekiel, acercándose a la princesa con su habitual calma, pero con una chispa de determinación en sus ojos. "Necesito tu ayuda con Lucas."
Athanasia, que había estado esperando este momento con ansias, sonrió de oreja a oreja. "¡Ah, Ijekiel! Sabía que vendrías a mí. ¿Qué pasa? ¿Descubriste que Lucas se ha estado convirtiendo en un gato por las noches?"
Ijekiel suspiró, una pequeña sonrisa se formó en sus labios. "No, no es eso. Es su comportamiento. Me está ignorando, Athanasia. Me evita. Y no entiendo por qué. Pensé que éramos amigos."
Athanasia asintió con solemnidad, aunque sus ojos brillaban con picardía. "Y lo son, Ijekiel. Pero parece que Lucas está pasando por una fase... complicada. Creo que necesita un pequeño empujón para que se dé cuenta de algunas cosas."
Así, Athanasia y Ijekiel tramaron un plan. Un plan digno de una princesa con un talento innato para la manipulación romántica. Athanasia enviaría un mensaje a Lucas, pidiéndole que se reuniera con ella en la biblioteca imperial a una hora específica, para discutir un asunto urgente y confidencial. Lucas, siempre curioso y con un sentido de la responsabilidad hacia la princesa, no dudaría en acudir. Pero, en lugar de Athanasia, quien lo esperaría sería Ijekiel.
La tarde acordada llegó. Lucas, con una ligera inquietud en el estómago, se dirigió a la biblioteca. No le gustaban los "asuntos urgentes y confidenciales" de Athanasia; solían terminar con él haciendo algo vergonzoso o peligroso. Sin embargo, su lealtad a la princesa era inquebrantable.
Al entrar en la vasta sala llena de estanterías que se alzaban hasta el techo, Lucas miró a su alrededor, esperando ver el cabello dorado de Athanasia. Pero no estaba allí. En su lugar, de pie junto a una estantería de tomos antiguos, estaba Ijekiel.
Lucas se detuvo en seco, el corazón le dio un vuelco. La sangre se le subió a la cara. ¡Maldita sea Athanasia! ¡Esto era una trampa! Su mente comenzó a buscar desesperadamente una excusa.
"¡Ijekiel!" exclamó Lucas, intentando sonar sorprendido y no completamente aterrorizado. "Ah, hola. Estaba... uh... solo de paso. Necesitaba un libro sobre... la historia de las setas venenosas. ¡Sí, muy importante para la seguridad del reino!"
Ijekiel lo observó con una expresión tranquila, pero con una intensidad en los ojos que Lucas no había visto antes. Dio un paso hacia él, luego otro. Lucas, instintivamente, retrocedió hasta que su espalda chocó contra una estantería.
Ijekiel se detuvo justo frente a él, su mano extendiéndose para apoyarse en la estantería, aprisionando a Lucas entre su brazo y la madera. La diferencia de altura, aunque no abismal, era suficiente para que Ijekiel pareciera imponente. Lucas, a pesar de ser el gran mago, se sintió pequeño y vulnerable. No sabía cómo salir de esa situación. Su magia, tan poderosa en otras circunstancias, parecía inútil ahora.
La voz de Ijekiel era baja, casi un susurro, pero resonó en el silencio de la biblioteca. "Lucas, quiero que me digas qué sucede. ¿Por qué me ignoras? ¿Acaso hice algo para molestarte? Pensé que éramos amigos."
Lucas lo escuchaba, el sonido de la voz tranquila de Ijekiel, su aliento tan cerca. Era peligroso. Muy peligroso. No podía mirarlo a los ojos. Su mente gritó el nombre de Athanasia, culpándola por esta tortura.
"¿Por qué ni siquiera me miras?" preguntó Ijekiel, su voz con un matiz de dolor. Con delicadeza, Ijekiel levantó una mano y sujetó la mandíbula de Lucas, obligándolo a levantar la cabeza y mirarlo.
Lucas se sorprendió. Sus ojos rubí se encontraron con los ojos claros de Ijekiel. Estaban demasiado cerca. Mucho más cerca de lo que jamás había estado con nadie. El nerviosismo se apoderó de él, haciéndole sentir un calor sofocante.
"Tuve que idear todo este plan con Athanasia para poder encontrarte," continuó Ijekiel, su mirada fija en la de Lucas.
En ese momento, la verdad golpeó a Lucas como un rayo. ¡Claro! Todo tenía sentido. Todo era culpa de Athanasia, de su fantasía de que Ijekiel le correspondiera sus sentimientos. La ira, mezclada con la vergüenza y la desesperación, comenzó a burbujear en su interior.
"Así que, Lucas," Ijekiel preguntó de nuevo, su voz un poco más tensa, pero aún manteniendo ese tono tranquilo que exasperaba a Lucas. "Dime. ¿Por qué me ignoras? Respóndeme."
Lucas no pudo contenerse más. La presión, la cercanía, la pregunta persistente, todo se combinó en una explosión de emociones.
"¡Porque me gustas, tonto!" exclamó Lucas, su voz temblaba. Su rostro estaba completamente rojo, y sus ojos, brillantes con lágrimas que amenazaban con desbordarse, miraron directamente a Ijekiel. "¡Me gustas y no sé qué hacer!"
Ijekiel abrió los ojos, sorprendido por la confesión inesperada y apasionada. Un silencio aturdido llenó el espacio entre ellos.
Al darse cuenta de lo que había dicho, Lucas llevó ambas manos a su boca, como si pudiera atrapar las palabras y hacerlas desaparecer. Su rostro adquirió un tono aún más intenso de rojo. Nervioso e inquieto, intentó escabullirse, pero el otro brazo de Ijekiel se movió, aprisionándolo aún más contra la estantería.
Ijekiel lo miraba fijamente. Lucas intentó cubrir su cara con sus manos, pero Ijekiel las sujetó con suavidad, apartándolas.
Ijekiel contempló la imagen que tenía delante. Un Lucas sonrojado hasta las orejas, nervioso, con algunas lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos rubí brillantes. Ese cabello azabache ligeramente revuelto, el lunar debajo de su ojo, y la luz del atardecer que se filtraba por la ventana, iluminando su rostro.
Era hermoso. Claro, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Era cierto que el rechazo de Athanasia le había dolido, pero no tanto como habría creído. Y después de un tiempo, se dio cuenta de que no la amaba realmente como al principio. Pero esta persona, Lucas, delante suyo...
Últimamente, lo seguía más con su mirada, atento a sus expresiones, a su risa, a sus gestos. Todo de Lucas le llamaba la atención. Era eso. Era porque le gustaba. Su carácter soberbio y engreído, siempre creyéndose el mejor, pero tan amable en el fondo. Todo en él era hermoso.
Lucas miró a Ijekiel, quien seguía mirándolo fijamente. Entonces, Ijekiel decidió hablar.
"Sabes, Lucas," dijo Ijekiel, su voz aún baja y gentil.
Lucas se sobresaltó al oír su nombre. "Si-sí?" preguntó, su voz baja y tartamuda. Se reprendió mentalmente por tartamudear.
Ijekiel sonrió suavemente. "Creo que también me gustas."
Lucas mentiría si dijera que no se sorprendió al oír eso. Sus ojos se abrieron de par en par.
Ijekiel se acercó aún más, sus narices casi rozándose. "Crees que podrías perdonar a este estúpido condenado por no notarlo antes y aceptar sus sentimientos?" preguntó con la cortesía que siempre lo caracterizaba, pero con un brillo travieso en sus ojos.
"E-está bi-bien," respondió Lucas, tartamudeando, con la cara ardiendo.
"Gracias," respondió Ijekiel, reduciendo la distancia aún más, inclinándose para besarle.
Pero de repente, una tercera voz interrumpió, muy alegre y ruidosa.
"¡¡¡HURRA!!! ¡¡¡QUE VIVAN LOS NOVIOS!!!" Los gritos de Athanasia para felicitar a la pareja no se hicieron esperar. Estaba detrás de una estantería de libros, y junto a ella, Jennette, quien, nerviosa, intentaba mantener a la princesa escondida y callada para no interrumpirlos, pero no lo logró.
"¡Felicidades, hermano y Lucas!" exclamó Jennette, con una sonrisa dulce.
Los mencionados se sonrojaron. Lucas, el azabache, fue el más sonrojado y avergonzado. Con un estallido de magia, desapareció de la biblioteca, dejando solo un rastro de aire vibrante.
Ijekiel, con una pequeña risa, pensó que su historia de amor acababa de comenzar.
Y en su cuarto, muy lejos de la biblioteca, un azabache se encontraba encerrado, con el corazón latiéndole a mil por hora, feliz a pesar de su vergüenza. El futuro, ahora, parecía mucho más brillante de lo que jamás había imaginado.
