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Amor entre salones
Fandom: Fanfic personal
Criado: 17/12/2025
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RomanceFatias de VidaRealismoHistória DomésticaEstudo de PersonagemDramaHumorFofuraCenário Canônico
Un Vínculo Inesperado
Marcela e Iridian habían compartido el pasillo de profesores de la Secundaria General "Benito Juárez" durante casi una década. Sus aulas estaban una frente a la otra, la de Marcela, inundada de la esencia de hierbas secas y conservas caseras de sus clases de conservación de alimentos, y la de Iridian, con el aroma más sobrio de libros viejos y el ligero dulzor del desinfectante que usaba obsesivamente. A lo largo de los años, su relación profesional había florecido en una amistad sólida, de esas que se forjan a base de cafés de máquina compartidos, quejas sobre las nuevas reformas educativas y risas genuinas sobre las ocurrencias de sus alumnos.
Marcela, con su cabello castaño recogido en una coleta usualmente desordenada y sus gafas que se posaban en la punta de su nariz cuando leía, era la imagen de la practicidad. Sus clases de conservación de alimentos eran famosas por los productos caseros que los alumnos se llevaban a casa – mermeladas, encurtidos, panes – y sus clases de inglés y biología eran igual de dinámicas, salpicadas de anécdotas personales que hacían que hasta los temas más complejos parecieran accesibles. Era una mujer de sonrisa fácil y voz calmada, que inspiraba confianza y respeto.
Iridian, por otro lado, era un torbellino de energía contenida. Su cabello negro azabache, siempre perfectamente liso, enmarcaba un rostro expresivo que podía pasar de la seriedad más absoluta al entusiasmo contagioso en cuestión de segundos. Sus lecciones de Formación Cívica y Ética eran debates apasionados sobre la justicia social, los derechos humanos y la importancia de la participación ciudadana. Era una idealista, una defensora de las causas justas, y su pasión a menudo la llevaba a involucrarse en proyectos extracurriculares en la escuela. Consideraba a Marcela su mejor amiga, la única persona a quien le confiaba sus miedos más profundos y sus sueños más ambiciosos, sabiendo que encontraría en ella una escucha atenta y un consejo sensato.
Los primeros indicios de que algo más allá de la amistad podría estar germinando entre ellas fueron tan sutiles como el cambio de estación. Comenzaron con pequeñas cosas, casi imperceptibles para cualquiera que no las conociera íntimamente. Marcela, por ejemplo, empezó a preparar un termo extra de café cada mañana, uno que sabía exactamente cómo le gustaba a Iridian: fuerte, con solo un toque de leche y sin azúcar. Y Iridian, a su vez, empezó a dejar pequeñas notas en el escritorio de Marcela, recordatorios de eventos escolares o simplemente un "¡Ánimo! Ya casi es viernes", siempre con un pequeño dibujo al final, una flor o una estrella.
Una tarde de miércoles, después de que los últimos alumnos habían abandonado el edificio, Marcela e Iridian se encontraron en el pasillo, ambas con montones de cuadernos para calificar.
"¿Cansada, Iri?" preguntó Marcela, deteniéndose junto a su puerta.
Iridian suspiró, acomodándose las gafas. "Más de lo que me gustaría admitir. Mis alumnos de tercero están en esa fase de 'rebeldía adolescente' que me agota mentalmente."
Marcela rio suavemente. "Lo sé. Los míos de biología están convencidos de que las mitocondrias son una especie de alienígenas."
Ambas compartieron una risa. El sonido resonó en el pasillo vacío.
"¿Quieres venir a mi salón? Podemos calificar juntas. Tengo un poco de té de manzanilla que preparé esta mañana, y galletas de avena caseras. Mis alumnos de conservación las hicieron hoy." Marcela ofreció, su voz suave.
Iridian no dudó. "Suena como el paraíso. Me salvas la vida, Marce."
En el salón de Marcela, el ambiente era acogedor. Las cortinas estaban corridas a medias, dejando entrar una luz suave del atardecer. El aire olía a hierbas y un sutil toque de canela. Se sentaron en sus escritorios, uno frente al otro, el silencio roto solo por el suave murmullo de las hojas al ser volteadas y el ocasional sorbo de té.
"Estas galletas son deliciosas, Marce," dijo Iridian, con la boca llena. "Deberías abrir una pastelería."
Marcela sonrió, un brillo en sus ojos. "Tal vez algún día. Por ahora, me conformo con alimentar a mis alumnos y a mi mejor amiga."
Una punzada cálida se instaló en el pecho de Iridian al escuchar la última frase. Una punzada que no era nueva, pero que se estaba volviendo más frecuente. Miró a Marcela, que estaba concentrada en un examen, su ceño ligeramente fruncido. Había algo en la forma en que el cabello de Marcela se escapaba de su coleta, en la curva de sus labios cuando sonreía, que Iridian encontraba cada vez más… atractivo.
Mientras tanto, en los pasillos de la secundaria, dos pares de ojos jóvenes y curiosos comenzaban a notar las sutilezas. Paloma y Daniela, amigas inseparables desde la primaria, eran alumnas de Marcela e Iridian, y su perspicacia juvenil a menudo superaba la de los adultos a su alrededor.
"¿No has notado algo raro con la maestra Marcela y la maestra Iridian?" le preguntó Paloma a Daniela un martes por la tarde, mientras caminaban por el pasillo después de su clase de inglés.
Daniela, que siempre llevaba una libreta de dibujos en la mano, levantó una ceja. "¿Raro cómo?"
"No sé," Paloma se encogió de hombros. "Siempre están juntas. Más de lo normal, ¿sabes? Como hoy, en el receso, la maestra Iridian fue al salón de la maestra Marcela a buscarla para ir a la cafetería. Y la maestra Marcela le tenía un té ya hecho."
Daniela consideró esto, mordisqueando la punta de su lápiz. "Bueno, son mejores amigas, ¿no? Es normal que se cuiden."
"Sí, pero… ¿no te parece que se miran diferente?" Paloma insistió. "Como… con más brillo en los ojos. Y la maestra Iridian se ríe más con la maestra Marcela que con cualquier otro profesor."
Daniela se detuvo, sus ojos fijos en un punto abstracto en la pared. "Ahora que lo dices… el otro día, después de nuestra clase de cívica, la maestra Iridian estaba explicando algo sobre los derechos de la mujer y se enredó con una palabra. La maestra Marcela, que estaba pasando por el pasillo, la corrigió en voz baja, y la maestra Iridian se puso toda roja y le dio las gracias como si le hubiera salvado la vida. Y la maestra Marcela le sonrió de una manera…"
"¿De una manera?" preguntó Paloma, intrigada.
"Como si le gustara verla sonrojarse," Daniela concluyó, su voz un susurro. "Y la maestra Marcela se quedó un momento, como si quisiera decir algo más, pero luego se fue."
Las dos amigas intercambiaron una mirada. Un nuevo tipo de emoción, una mezcla de curiosidad y excitación, comenzó a burbujear entre ellas. El chismorreo de la escuela era su deporte favorito, y este nuevo "misterio" prometía ser fascinante.
Mientras tanto, Marcela e Iridian seguían con sus rutinas, ajenas a los ojos observadores de sus alumnas. Los sentimientos, sin embargo, continuaban su lento pero inexorable avance.
Una tarde, Iridian se quedó hasta tarde terminando un informe. La escuela estaba casi desierta cuando escuchó un suave golpeteo en su puerta. Era Marcela, con su cabello ahora suelto y un suéter de lana que la hacía ver aún más acogedora.
"Pensé que ya te habías ido," dijo Iridian, sorprendida.
"No, me quedé terminando unos papeles. Vi tu luz encendida," Marcela respondió, su voz apenas un susurro. "Pensé que tal vez querrías un poco de compañía. Y te traje esto."
Marcela extendió una pequeña bolsa de papel. Dentro había un sándwich de pavo con aguacate – el favorito de Iridian, Marcela lo sabía – y una manzana.
Iridian sintió un nudo en la garganta. "Marce, no tenías por qué molestarte."
"No es molestia, Iri. Sé que a veces te olvidas de comer cuando estás concentrada." Marcela le ofreció una pequeña sonrisa. "Además, yo también tengo hambre."
Se sentaron en el pequeño sofá de la sala de profesores, compartiendo el sándwich y la manzana. La conversación fluyó fácilmente, como siempre. Hablaron de sus clases, de los desafíos que enfrentaban con ciertos alumnos, de sus planes para el fin de semana. Pero esta vez, había una corriente subyacente de algo más.
Iridian se encontró observando la forma en que la luz de la lámpara se reflejaba en el cabello de Marcela, en la delicadeza de sus manos mientras sostenía el sándwich. Quería extender la mano y tocarla, sentir la calidez de su piel. Era un impulso nuevo y aterrador.
Marcela, por su parte, sentía la presencia de Iridian de una manera que nunca antes había experimentado. La forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de un tema que le apasionaba, la forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba pensativa. Sentía un deseo creciente de protegerla, de hacerla feliz.
"¿Estás bien, Iri?" preguntó Marcela, notando el silencio de su amiga.
Iridian parpadeó, volviendo a la realidad. "Sí, sí. Solo… pensando."
"¿En qué?"
Iridian dudó por un momento. "¿Alguna vez has sentido que… que tu vida está a punto de cambiar, pero no sabes exactamente cómo?"
Marcela la miró fijamente. Había una intensidad en esa mirada que hizo que el corazón de Iridian se acelerara. "Sí, Iri. Lo he sentido."
El silencio se instaló entre ellas, un silencio cargado de significados no expresados. La tensión era casi palpable. Marcela quería decir algo, algo importante, pero las palabras se atascaban en su garganta. Iridian sentía lo mismo.
Finalmente, Marcela se levantó. "Bueno, creo que es hora de irme. Mis gatos me estarán esperando."
Iridian asintió, una punzada de decepción en su interior. "Sí, claro."
Marcela se detuvo en la puerta, se giró y miró a Iridian. "Cuídate, Iri. Y no te olvides de comer."
Y con eso, se fue, dejando a Iridian sola en la oscuridad de su salón, con el eco de las palabras de Marcela resonando en su mente y el inconfundible sabor a pavo y aguacate en sus labios.
Los días siguientes, la atmósfera en la sala de profesores se volvió un poco diferente. Los pequeños gestos continuaron, pero ahora estaban teñidos de una nueva conciencia. Las miradas duraban un poco más, los toques accidentales se sentían más eléctricos.
Un viernes por la tarde, Iridian estaba en el pasillo, regando las plantas que había colocado estratégicamente para alegrar la monótona pared. Marcela salió de su salón, con una bolsa de tela llena de libros.
"¿Planta nueva?" preguntó Marcela, señalando una pequeña suculenta.
"Sí. Es para darle un poco de vida al lugar," respondió Iridian, sonriendo. "Sabes, para que no todo sea tan… institucional."
Marcela se rio. "Me gusta. Es muy tú."
Sus ojos se encontraron, y esta vez, el brillo que Paloma había notado era innegable. Había una profundidad en la mirada de Marcela que hizo que Iridian sintiera un calor que se extendía por todo su cuerpo.
"Marce," Iridian comenzó, pero las palabras se le quedaron atoradas.
Marcela dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambas. "Iri."
El pasillo estaba desierto. El único sonido era el suave goteo del agua en la tierra de la suculenta.
"Sé que esto es… extraño," dijo Iridian, su voz apenas un susurro. "Pero… he estado sintiendo cosas."
Marcela asintió, sus ojos fijos en los de Iridian. "Yo también, Iri."
El corazón de Iridian latía con fuerza en su pecho. Se sentía como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de saltar, sin saber si caería o volaría.
"Marce, yo…"
En ese momento, la puerta del salón de Marcela se abrió de golpe y de ella salió Paloma, seguida de Daniela, ambas con sus mochilas al hombro y una expresión de sorpresa en sus rostros.
"¡Maestra Marcela! ¡Maestra Iridian!" exclamó Paloma, su voz aguda. "Disculpen, pensamos que ya no había nadie."
Las dos maestras se separaron abruptamente, como si hubieran sido pilladas en un acto prohibido. Un rubor se extendió por los rostros de ambas.
"Hola, chicas," dijo Marcela, intentando sonar casual, aunque su voz estaba un poco más tensa de lo normal. "¿Necesitan algo?"
Daniela, con su aguda observación, notó el sonrojo de las maestras y la extraña energía en el aire. Intercambió una mirada rápida con Paloma.
"No, maestra," dijo Daniela, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Solo… olvidamos un cuaderno. Ya lo encontramos."
"Sí, nos vamos," agregó Paloma, arrastrando a Daniela por el pasillo. "¡Hasta el lunes, maestras!"
Mientras las alumnas se alejaban, Marcela e Iridian se miraron, una mezcla de frustración y diversión en sus expresiones.
"Bueno," dijo Iridian, con una risa nerviosa. "Eso fue… oportuno."
Marcela negó con la cabeza, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. "Demasiado oportuno. Parece que el universo no quiere que tengamos esta conversación."
"O tal vez nos está dando más tiempo para pensar en lo que queremos decir," sugirió Iridian, con un brillo en los ojos.
Marcela se acercó de nuevo a ella, esta vez con una determinación renovada. "Tal vez. Pero quiero que sepas, Iri, que lo que sea que esté pasando entre nosotras… no es algo que quiera ignorar."
Iridian sintió un escalofrío de emoción. "Yo tampoco, Marce. Yo tampoco."
Los ojos de ambas maestras se encontraron de nuevo, y esta vez, no hubo interrupciones. El pasillo, aunque ya no estaba vacío, se sentía íntimo y lleno de posibilidades. Los sentimientos, una vez incipientes, habían florecido, y ahora, el camino hacia un futuro inesperado comenzaba a despejarse, bajo la atenta y curiosa mirada de dos de sus alumnas.
