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Oscuridad y deseo
Fandom: La familia del barrio
Criado: 29/12/2025
Tags
DramaAngústiaRealismoPsicológicoAbuso de ÁlcoolEstudo de PersonagemSombrioNoirDor/ConfortoCiúmes
Un encuentro incómodo en La Noria
El aire en La Noria siempre tenía un aroma peculiar, una mezcla de frituras rancias, clóset viejo y, ocasionalmente, el perfume barato de alguna clienta. Noruego, encaramado en el banco de la barra, sorbía su refresco con un desinterés casi artístico. Su cabello rizado, más largo de lo habitual, le caía sobre la frente, y su mirada, oculta tras unos lentes de sol de dudosa procedencia, escaneaba el local con la lentitud de un depredador aburrido. Llevaba años alejado de ese lugar, de ese barrio, de esa vida. Pero la llamada de su madre, con su tono de orden irrevocable, lo había traído de vuelta. "Tienes que venir, Noruego, tu tía Chabelita está muy mal. Y tu abuela... bueno, ya sabes cómo se pone". Y aquí estaba, en el epicentro de sus recuerdos más incómodos.
De repente, la puerta del bar se abrió con un chirrido familiar, y Noruego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado descompuesto. No levantó la vista, pero su cuerpo se tensó. Conocía ese andar, esa forma de arrastrar los pies con una confianza desmedida. El olor a loción barata y cigarrillo viejo invadió el ambiente, y Noruego cerró los ojos por un instante, deseando que el suelo se lo tragara.
—¡Noruego! ¡Mi Norueguito!
La voz, grave y estentórea, era inconfundible. Belcebú. Noruego se obligó a abrir los ojos y a girar la cabeza con una lentitud exasperante. Allí estaba, parado a unos metros, con esa sonrisa que antes le había parecido encantadora y ahora le provocaba un nudo en el estómago. La misma chamarra de mezclilla raída, el mismo peinado engominado, los mismos ojos pequeños y astutos. Apenas había cambiado. Y eso, de alguna manera, era lo peor.
—Belcebú —dijo Noruego, su voz plana, sin emoción. Era un milagro que no le temblara.
Belcebú, sin inmutarse por la falta de entusiasmo, se acercó a la barra, extendiendo los brazos como si fuera a darle un abrazo. Noruego retrocedió instintivamente, chocando con el respaldo del banco.
—¡Cuánto tiempo, mi cielo! ¡Pensé que te había tragado la tierra! ¡Estás igualito, eh! Bueno, un poquito más... ¿rellenito? ¡Pero te sienta bien!
La risa de Belcebú era un trueno en el pequeño bar. Noruego se quitó los lentes de sol, revelando unos ojos oscuros que lo miraron con una mezcla de cansancio y resentimiento.
—No estoy rellenito, Belcebú. Engordé. Y sí, pensé que la tierra me había tragado. Era lo que quería.
La sonrisa de Belcebú flaqueó un poco, pero se recuperó rápidamente. Pedir un trago al mesero con un gesto imperioso, sin quitarle los ojos de encima a Noruego.
—¡Ay, Norueguito, siempre tan dramático! Pero te entiendo. La vida es un sube y baja, ¿verdad? Pero mírame, aquí estoy. Y tú también. El destino nos quiere juntos, ¿no crees?
Noruego resopló, un sonido apenas audible.
—El destino es un chismoso, Belcebú. Y yo no creo en cuentos de hadas.
El mesero, un joven con el rostro marcado por el acné y una expresión de aburrimiento crónico, dejó el tequila frente a Belcebú. Este le guiñó un ojo y se bebió el trago de un solo golpe, como si fuera agua.
—¡Eso es lo que me gustaba de ti, Norueguito! Tu sinceridad. Tu forma de ver el mundo sin adornos. Pero te equivocabas en una cosa: lo nuestro no era un cuento de hadas. Era una epopeya. Una historia de amor que quedó inconclusa.
Noruego sintió que el calor subía por su cuello. Se ajustó los lentes de sol, a pesar de que el bar estaba en penumbra.
—Lo nuestro fue un error, Belcebú. Un error que me costó muchos años de terapia y muchos kilos de helado.
Belcebú sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—¡Exageras! Éramos jóvenes, apasionados. Cometimos errores, sí. ¿Quién no? Pero el amor... el amor verdadero, Norueguito, siempre encuentra el camino de regreso.
Noruego se levantó del banco, su baja estatura apenas le permitía mirar a Belcebú a los ojos.
—Mira, Belcebú. Me alegro de que estés bien. De verdad. Pero yo ya pasé página. Quemé el libro, de hecho. Y no tengo intenciones de reescribirlo.
Belcebú se puso de pie también, su presencia imponente llenando el espacio. Su voz bajó de tono, volviéndose más íntima, casi un susurro.
—¿Y si te dijera que yo sí? ¿Y si te dijera que estos años sin ti han sido un infierno? Que cada noche te soñaba, que cada canción me recordaba a ti. Que cada amanecer deseaba que estuvieras a mi lado.
Noruego sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. La manipulación de Belcebú era tan obvia, tan burda, que casi le daba risa. Pero el recuerdo del dolor, del daño que le había causado, era demasiado real.
—No me digas nada, Belcebú. Porque ya sé lo que vas a decir. Y no te creo. No te creo ni una palabra.
Belcebú se acercó un paso, sus ojos fijos en los de Noruego.
—Dame una oportunidad, Norueguito. Solo una. Para demostrarte que he cambiado. Que soy un hombre nuevo. Que puedo hacerte feliz.
Noruego negó con la cabeza, sus rizos rebotando.
—No. No te voy a dar ninguna oportunidad. Aprendí mi lección. Y fue dura.
El silencio se cernió sobre ellos, pesado y denso. El mesero, que había estado limpiando vasos con una lentitud exasperante, parecía haberse congelado en el tiempo.
De repente, Belcebú soltó una carcajada, una risa forzada que no tenía nada de alegría.
—¡Jajaja! ¡Siempre tan terco, mi Norueguito! Pero me gusta. Esa es una de las cosas que me encantaban de ti. Tu espíritu indomable.
Noruego suspiró, sintiéndose agotado. La confrontación, aunque breve, le había drenado la poca energía que tenía.
—Me tengo que ir, Belcebú. Mi abuela me está esperando. Y no quiero que se ponga histérica.
Belcebú le tomó del brazo, su agarre firme pero no agresivo.
—Quédate un rato más. Tomemos un trago, como en los viejos tiempos. Hablemos. Pongámonos al día.
Noruego se zafó de su agarre con un movimiento brusco.
—No hay viejos tiempos, Belcebú. Solo hay un ahora. Y en mi ahora, tú no estás.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida. Cada paso era un esfuerzo, cada respiración una lucha. Sentía la mirada de Belcebú clavada en su espalda, una presión invisible que le quemaba.
Justo cuando iba a cruzar la puerta, la voz de Belcebú lo detuvo.
—Sé que estás aquí por tu tía Chabelita. Y sé que estás preocupado por tu abuela. Pero Norueguito, no puedes huir de tus problemas para siempre. Y no puedes huir de mí. Porque yo siempre estaré aquí. Esperándote.
Noruego no se volteó. Abrió la puerta y salió a la calle, el sol de la tarde golpeándole el rostro. El aire exterior, aunque contaminado, le pareció fresco y puro. Se subió a su coche, un viejo Volkswagen oxidado que había sido su fiel compañero en su exilio autoimpuesto, y arrancó. Mientras se alejaba de La Noria, miró por el espejo retrovisor. Belcebú seguía parado en la puerta del bar, una silueta solitaria bajo el sol poniente. Noruego sintió un escalofrío. Sabía que esto no había terminado. Era solo el principio. Y la idea de tener que lidiar con Belcebú de nuevo, de tener que revivir un pasado que había intentado enterrar tan profundamente, le provocó un miedo frío que le heló la sangre. El camino a casa de su abuela se le hizo eterno, cada semáforo en rojo una tortura, cada claxonazo un recordatorio de la vida que había dejado atrás. La Noria lo había reclamado, y con ella, los fantasmas de su pasado. Y Belcebú, el fantasma más persistente de todos, había vuelto para atormentarlo.
