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Jefe

Fandom: Death note

Criado: 05/01/2026

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Un comienzo inesperado


La oficina estaba llena del zumbido constante de los ordenadores y el tecleo frenético de los teclados, un sonido familiar que se había convertido en la banda sonora de la vida de Touta Matsuda. Tenía veinticinco años, y a pesar de su entusiasmo inquebrantable, una buena dosis de torpeza lo acompañaba a todas partes. Hoy, sin embargo, la torpeza se había transformado en una maraña de nervios que le revolvía el estómago. Era su primer día como detective en la sede de la policía metropolitana de Tokio, y su nuevo jefe, Soichiro Yagami, no era precisamente conocido por su paciencia.

Matsuda se alisó la corbata por enésima vez, sintiendo el nudo apretarle la garganta. Había escuchado rumores sobre el jefe Yagami: un hombre serio, implacable, con una mirada que podía congelar el alma. La imagen que tenía en su mente era la de un robot, o quizás un samurái moderno, sin una pizca de emoción en su rostro. Cuando la puerta de la oficina de Soichiro se abrió, Matsuda casi saltó.

—Matsuda, entra —dijo una voz profunda, sorprendentemente calmada.

Soichiro Yagami estaba sentado detrás de un escritorio inmenso, cubierto de papeles y carpetas. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, y sus ojos, aunque serios, no irradiaban la frialdad que Matsuda había imaginado. De hecho, había un atisbo de cansancio en ellos, algo que humanizaba al temido jefe.

—¡Sí, señor! —exclamó Matsuda, tropezando ligeramente con el umbral de la puerta. Una pila de documentos se tambaleó peligrosamente sobre su brazo, pero milagrosamente logró sostenerlos.

Soichiro arqueó una ceja, pero no dijo nada. Se limitó a señalar la silla frente a su escritorio.

—Siéntate, Matsuda.

Matsuda obedeció, sintiendo el sudor frío recorrerle la espalda. Se sentó en el borde de la silla, como si estuviera listo para salir corriendo en cualquier momento.

—Bienvenido al departamento de investigación criminal, Matsuda —comenzó Soichiro, su voz monótona—. He revisado tu expediente. Tus notas son buenas, pero tu historial disciplinario… digamos que es… colorido.

Matsuda se sonrojó. Sí, había tenido algunos incidentes. Una vez, accidentalmente activó la alarma de incendios durante un simulacro, provocando una evacuación innecesaria. Otra vez, confundió una bolsa de pruebas con su almuerzo y se comió la evidencia. Errores de juventud, se decía a sí mismo.

—Lo lamento, señor —murmuró Matsuda.

Soichiro suspiró, un sonido casi inaudible.

—Mira, Matsuda. Aquí no hay margen para los errores. La vida de las personas depende de nuestro trabajo. ¿Entendido?

—¡Entendido, señor! ¡Lo prometo, daré lo mejor de mí!

La sinceridad en la voz de Matsuda debió de haber ablandado un poco a Soichiro, porque un leve atisbo de una sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.

—Eso espero. Eres joven, tienes energía. Eso es algo que valoro. Pero también necesito que seas… cuidadoso.

Los siguientes días fueron una mezcla de euforia y desastres menores para Matsuda. Su entusiasmo era contagioso, pero su falta de experiencia y su tendencia a la torpeza lo metían en problemas constantemente. Derramó café sobre informes importantes (afortunadamente, Soichiro ya había hecho copias de seguridad), se atascó en la fotocopiadora y una vez, mientras intentaba impresionar a Soichiro con sus habilidades de observación, señaló al sospechoso equivocado en una fila de identificación.

Soichiro, para sorpresa de Matsuda, reaccionaba a estas meteduras de pata con una paciencia estoica. Nunca le gritaba, rara vez levantaba la voz. Solo un suspiro, una mirada cansada, y a veces, un pequeño temblor en la comisura de sus labios, que Matsuda interpretaba como un intento de reprimir una sonrisa.

Un día, Soichiro lo llamó a su oficina. Matsuda se preparó para lo peor. ¿Sería este el día en que lo despedirían?

—Matsuda, ¿tienes planes para esta noche? —preguntó Soichiro, sin levantar la vista de un archivo.

—Eh… no, señor. Solo pensaba… mirar la televisión.

—Bien. Mi esposa está fuera de la ciudad, y no me apetece cenar solo. ¿Te gustaría venir a cenar a mi casa?

Matsuda se quedó boquiabierto. ¿El jefe Yagami, invitándolo a cenar a su casa? Esto era completamente inesperado. La imagen del samurái frío se desvaneció un poco más.

—¡Sí, señor! ¡Me encantaría!

Esa noche, Matsuda se encontró sentado en la sala de estar de Soichiro, sintiendo una mezcla de incomodidad y curiosidad. La casa era acogedora, con un ambiente cálido y familiar que contrastaba con la seriedad de Soichiro en el trabajo. Había fotografías de una mujer sonriente (su esposa) y dos niños pequeños (sus hijos, seguramente) en la chimenea.

Soichiro, sorprendentemente, se mostró más relajado fuera del entorno laboral. Se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata y le ofreció a Matsuda una cerveza.

—Gracias, señor —dijo Matsuda, tomando un trago.

—Llámame Soichiro cuando estemos fuera de la oficina, Matsuda.

Matsuda casi se ahoga con su cerveza. —¿Soichiro? ¿De verdad?

Soichiro asintió. —Estamos fuera del trabajo. No hay necesidad de formalidades.

Durante la cena, Soichiro preparó un estofado de ternera delicioso, algo que Matsuda nunca habría imaginado que el jefe pudiera hacer. Hablaron de todo y de nada: de la vida en Tokio, de la afición de Soichiro por los bonsáis, de los sueños de Matsuda de convertirse en un detective famoso. Soichiro incluso sonrió varias veces, una sonrisa genuina que iluminaba su rostro y lo hacía parecer mucho más joven de sus cuarenta y cuatro años.

Fue durante esa cena que Matsuda comenzó a ver a Soichiro bajo una luz completamente diferente. No era solo un jefe serio y estricto, sino un hombre amable, con un lado hogareño y un sentido del humor sutil. La imagen del samurái se desvaneció por completo, reemplazada por la de un mentor, un amigo potencial.

A medida que pasaban las semanas, Matsuda y Soichiro se hicieron más cercanos. Soichiro, a pesar de las meteduras de pata de Matsuda, lo defendía de las críticas de otros colegas. Le enseñaba pacientemente los intríngulis de la investigación, le daba consejos y lo animaba a aprender de sus errores. Matsuda, por su parte, admiraba profundamente a Soichiro. Admiraba su dedicación, su integridad y su inquebrantable sentido de la justicia.

Una tarde, estaban trabajando hasta tarde en un caso particularmente difícil. La oficina estaba en silencio, a excepción del murmullo ocasional de sus voces. Matsuda estaba revisando un montón de informes, sintiendo el cansancio en sus ojos.

—¿Cansado, Matsuda? —preguntó Soichiro, sin levantar la vista de su propio trabajo.

—Un poco, Soichiro-san. Pero estoy bien. Quiero ayudar.

Soichiro levantó la vista y lo miró. Había algo en su mirada, una calidez que Matsuda no había notado antes.

—Eres un buen muchacho, Matsuda. Tienes un corazón puro.

Matsuda se sonrojó. —Gracias, Soichiro-san. Usted… usted es el mejor jefe que he tenido.

Soichiro sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera.

Fue en ese momento, mientras el silencio se cernía entre ellos, que Matsuda sintió un extraño revoloteo en su estómago. No era el nerviosismo habitual, ni la torpeza. Era algo diferente, algo más cálido, más profundo. Miró a Soichiro, sus ojos fijos en el perfil de su jefe, en la forma en que la luz de la lámpara de escritorio se reflejaba en su cabello oscuro.

El corazón de Matsuda dio un vuelco. Se dio cuenta de que lo que sentía por Soichiro no era solo admiración o respeto. Era algo más. Era una atracción, un afecto que iba más allá de la relación profesional. Era un amor, un amor incomprendido que había crecido silenciosamente en el rincón más profundo de su corazón.

La idea lo asustó. Soichiro era su jefe, un hombre casado, mucho mayor que él. ¿Cómo podría siquiera pensar en algo así? Era ridículo, imposible.

Matsuda desvió la mirada, sintiéndose avergonzado por sus propios pensamientos. Se concentró en los papeles frente a él, intentando ahogar la creciente oleada de emociones.

Soichiro, ajeno al torbellino interno de Matsuda, se levantó de su asiento.

—Vamos a tomar un descanso, Matsuda. Te invitaré a un café.

Matsuda asintió, agradecido por la distracción. Se levantó y siguió a Soichiro fuera de la oficina, sintiendo el peso de su secreto.

Mientras caminaban por el pasillo, Matsuda se permitió una rápida mirada a la espalda de Soichiro. Era un hombre fuerte, confiable, con una presencia que lo hacía sentir seguro. La idea de que pudiera sentir algo más que admiración por él era una locura, pero al mismo tiempo, no podía negarlo.

El amor es extraño, pensó Matsuda. A veces, aparece en los lugares más inesperados, por las personas más inesperadas. Y a veces, es un amor que no se puede expresar, un amor incomprendido que se guarda en silencio, esperando el momento adecuado, o quizás, resignándose a nunca ser revelado.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. La relación entre Matsuda y Soichiro floreció. Se convirtieron en un equipo formidable en el trabajo, con Matsuda aportando su energía y su intuición, y Soichiro su experiencia y su lógica. Fuera del trabajo, su amistad se profundizó. Cenaban juntos, hablaban durante horas, y Matsuda incluso se ganó la confianza de los hijos de Soichiro, quienes lo veían como un "tío divertido".

Pero el amor incomprendido de Matsuda por Soichiro seguía siendo un secreto, guardado celosamente en su corazón. Cada vez que Soichiro le sonreía, cada vez que le ponía una mano en el hombro en señal de apoyo, el corazón de Matsuda daba un vuelco. Era una tortura dulce, una alegría mezclada con la tristeza de saber que sus sentimientos nunca podrían ser correspondidos.

Una tarde, mientras Soichiro y Matsuda estaban trabajando en un nuevo caso, una serie de extrañas muertes en las que las víctimas morían de ataques al corazón inesperados, Soichiro recibió una llamada. Su rostro se puso serio mientras escuchaba.

—¿Qué pasa, Soichiro-san? —preguntó Matsuda, notando el cambio en el semblante de su jefe.

Soichiro colgó el teléfono, su mirada perdida en la distancia.

—Es mi esposa. Está enferma. Tengo que irme.

Matsuda sintió un pinchazo de preocupación. —Oh, lo siento mucho. ¿Está bien?

—No lo sé. Iré al hospital. Por favor, encárgate del caso mientras no estoy.

—¡Por supuesto, Soichiro-san! No se preocupe por nada.

Soichiro se puso de pie, tomando su chaqueta. Antes de irse, se detuvo y miró a Matsuda.

—Gracias, Matsuda. Confío en ti.

Matsuda asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad. Mientras Soichiro salía de la oficina, Matsuda se quedó solo, una mezcla de preocupación por su jefe y la punzada familiar de su amor no correspondido.

Esa noche, Matsuda no pudo concentrarse en el caso. Su mente estaba en Soichiro, en su esposa enferma. Se sentía impotente, incapaz de hacer nada para ayudar a la persona que tanto significaba para él.

Al día siguiente, Soichiro regresó a la oficina, con ojeras bajo los ojos y una expresión aún más seria de lo habitual.

—¿Cómo está su esposa, Soichiro-san? —preguntó Matsuda, con el corazón en un puño.

Soichiro suspiró. —Está estable, pero es grave. Tendrá que quedarse en el hospital por un tiempo.

Matsuda sintió un escalofrío. —Lo lamento mucho.

—No te preocupes, Matsuda. Me encargaré.

Pero Soichiro no parecía estar "encargándose" muy bien. Estaba distraído, agotado. Matsuda lo observaba con preocupación, su amor por Soichiro creciendo con cada día que pasaba. Quería ayudarlo, quería apoyarlo, pero no sabía cómo.

Un día, Soichiro se quedó dormido en su escritorio, agotado por las noches sin dormir y la preocupación por su esposa. Matsuda lo observó, su corazón encogiéndose. Soichiro se veía tan vulnerable, tan humano.

Matsuda se acercó a su escritorio y suavemente le colocó su propia chaqueta sobre los hombros. Luego, se sentó en silencio en su propio escritorio, trabajando en el caso, pero con un oído atento a cualquier sonido de Soichiro.

Cuando Soichiro se despertó unas horas más tarde, parpadeó, desorientado. Miró la chaqueta sobre sus hombros, luego a Matsuda.

—Matsuda… ¿qué…?

—Se quedó dormido, Soichiro-san —dijo Matsuda suavemente—. No quería molestarlo.

Soichiro le dio una pequeña sonrisa, una sonrisa de agradecimiento que calentó el corazón de Matsuda.

—Gracias, Matsuda. Eres un buen amigo.

"Amigo", pensó Matsuda, la palabra resonando en su mente. Era todo lo que podía ser, y lo aceptaba. Porque ver a Soichiro sonreír, incluso si solo era por unos segundos, valía más que mil palabras.

El caso de las muertes misteriosas avanzaba lentamente. El equipo estaba bajo presión, y Soichiro, a pesar de su preocupación personal, seguía siendo el líder inquebrantable que siempre había sido. Matsuda, inspirado por la fortaleza de su jefe, se dedicó al trabajo con una intensidad renovada.

Una noche, mientras revisaban las pruebas, Matsuda tuvo una idea.

—Soichiro-san, ¿y si las víctimas no mueren de causas naturales? ¿Y si hay alguien detrás de esto?

Soichiro lo miró, sus ojos brillando con un nuevo interés. —Explícate, Matsuda.

Matsuda comenzó a exponer su teoría, una teoría que, en ese momento, parecía descabellada. Pero a medida que hablaba, Soichiro lo escuchaba atentamente, su mente analítica procesando cada palabra.

—Es una idea… audaz, Matsuda —dijo Soichiro finalmente—. Pero no la descartaremos. Investiguemos esta línea.

Gracias a la perspicacia de Matsuda, el caso dio un giro inesperado. Comenzaron a sospechar que las muertes estaban relacionadas con un ser sobrenatural o un poder desconocido. Era una idea aterradora, pero a medida que más pruebas salían a la luz, se hacía cada vez más plausible.

Matsuda y Soichiro pasaron noches enteras trabajando juntos, sus mentes entrelazadas en la búsqueda de la verdad. La cercanía forzada por el caso, combinada con la vulnerabilidad de Soichiro debido a la enfermedad de su esposa, acercó aún más a los dos hombres.

Una noche, mientras estaban tomando un descanso, Soichiro miró a Matsuda.

—Matsuda, no sé qué haría sin ti. Has sido un apoyo increíble.

El corazón de Matsuda se aceleró. —Usted también, Soichiro-san. Siempre aprendo de usted.

Soichiro sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. —Eres un buen compañero, Matsuda. Un amigo leal.

"Amigo", la palabra volvió a resonar, pero esta vez, Matsuda no sintió la punzada de tristeza. Sintió una calidez. Incluso si su amor era incomprendido, saber que era valorado por Soichiro era suficiente.

Porque a veces, el amor no se trata de ser correspondido de la manera que uno espera. A veces, se trata de estar ahí para la persona que amas, de apoyarla, de verla sonreír. Y para Matsuda, eso era suficiente. Por ahora. El futuro era incierto, pero la conexión entre ellos era innegable, un lazo que se había forjado en la adversidad y la amistad, y que, en el corazón de Matsuda, era mucho más. Era el comienzo de un amor inquebrantable, aunque incomprendido.
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