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El Despertar del Maestro de la Muerte y la Veela

Fandom: Harry Potter x Fleur

Criado: 12/01/2026

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El Eco de los Susurros y la Primera Llamada

La paz era una mentira. Harry lo sabía. La guerra había terminado, sí, pero la victoria había sido una ilusión, un velo que ocultaba una verdad más profunda y aterradora. Mientras el mundo mágico celebraba, reconstruía y sanaba, él se desmoronaba en silencio. La Varita de Saúco, la Piedra de la Resurrección y la Capa de Invisibilidad. Reliquias que, según la leyenda, conferían al portador el título de Maestro de la Muerte. Una leyenda que, para Harry, se había convertido en una condena.

No era una leyenda, era una profecía, una advertencia. Al unirlas, no había ganado un trofeo, sino una carga. La inmortalidad no era la bendición que muchos anhelaban, sino un frío aislamiento. Sus amigos, Ron y Hermione, lo veían como el héroe, el Salvador. Pero no veían los ecos, los susurros que ahora poblaban su mente. Voces que no eran suyas, que no eran de los vivos. Eran los muertos. Había abierto una puerta, y ahora no podía cerrarla.

Se había retirado a Grimmauld Place, el único lugar donde podía permitirse el lujo de la soledad y la excentricidad. Sirius, en su ausencia, había dejado la casa en un estado de abandono que Harry encontraba extrañamente reconfortante. El polvo, las sombras, el silencio. Eran un bálsamo para el estruendo de los ecos.

Hoy, sin embargo, el silencio se rompió con un golpe insistente en la puerta principal. Harry suspiró. Probablemente Ron, intentando sacarlo de su "depresión post-guerra", como la llamaba Hermione. O quizás Hermione misma, con un nuevo libro sobre la psicología del trauma de los héroes de guerra. Ninguno de ellos entendía. Nadie podía entender.

Abrió la puerta, no con la varita, sino con una mano, revelando no a sus amigos, sino a una figura esbelta, envuelta en un abrigo de viaje de seda color azul noche. Fleur Delacour.

Su belleza era tan impactante como siempre, pero había algo más. Una intensidad en sus ojos azules, un fuego que Harry nunca había notado antes, eclipsando el brillo superficial que solía proyectar. Su cabello plateado, como cascadas de luna, caía sobre sus hombros con una gracia innata.

"Potter," dijo ella, su acento francés tan seductor como siempre, pero ahora teñido de una urgencia que no le era habitual. "Necesitamos hablar. Es... urgente."

Harry la dejó pasar, cerrando la puerta detrás de ella. El aire en Grimmauld Place pareció vibrar con su presencia, como si la casa misma reconociera algo elemental en ella.

"¿Qué sucede, Fleur?" preguntó Harry, su voz más monótona de lo que pretendía. Los susurros en su mente eran más fuertes hoy, un coro de lamentaciones y advertencias.

Fleur se giró para mirarlo, sus ojos fijos en los suyos. No había el brillo de admiración que a menudo veía en los demás, sino una comprensión que lo desconcertó. "Lo sientes, ¿verdad? El... cambio."

Harry la miró, sorprendido. "¿De qué hablas?"

"De la Muerte," respondió ella, su voz apenas un susurro. "No la de los hombres, sino la primordial. El equilibrio ha sido perturbado. Y tú," señaló con un dedo elegante hacia él, "tú eres el epicentro."

Harry se sintió repentinamente expuesto. Nadie, absolutamente nadie, había hablado de la Muerte de esa manera. Como si fuera una entidad, no un concepto. "No sé de qué hablas, Fleur."

Una sonrisa amarga apareció en los labios de Fleur. "No mientas, Harry Potter. He sentido el despertar. El nacimiento de... algo. Una resonancia que no había sentido en siglos. Mi linaje lo ha sentido. Mis ancianas lo han sentido. La Muerte ha encontrado a su Maestro."

El corazón de Harry, que a menudo sentía como un órgano inerte en su pecho, latió con una punzada de pánico. "¿Cómo... cómo sabes eso?"

"Las Veelas no somos solo criaturas de belleza y encanto, Potter," dijo ella, y un destello de oro pareció cruzar sus ojos. "Somos guardianas. Guardianas de un fuego elemental, de una fuerza que purifica y juzga. Un fuego que se enciende cuando el equilibrio se rompe. Y el equilibrio se ha roto."

Se acercó a él, y Harry sintió una calidez inusual emanar de ella, una que contrastaba con su propia frialdad interna. "He venido a advertirte. Y a ofrecerte... una alianza. Hay quienes buscan este poder. El poder de la Muerte y el poder del Fuego. Y no son benevolentes."

"¿Quiénes?" preguntó Harry, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la casa. Los susurros en su mente adquirieron un tono más urgente, como si las voces de los muertos estuvieran de acuerdo con ella.

"Un culto antiguo," respondió Fleur, su voz endureciéndose. "Nigromantes que han estado esperando este momento durante milenios. Han sentido tu despertar, Maestro. Han sentido el resurgimiento de la Muerte en el mundo. Quieren usar tu poder. Y el mío."

"¿El tuyo?"

Fleur se quitó el abrigo, revelando un vestido simple pero elegante. Pero lo que llamó la atención de Harry no fue la tela, sino la piel de sus brazos. Había marcas, como tatuajes finos y dorados, que parecían moverse bajo su piel. "Mi linaje no es solo de encanto, Harry. Somos el fuego. Las Veelas más puras, las que llevan la marca, nacen con una conexión elemental con el fuego purificador. Mi abuela me contó historias. De cómo, en tiempos antiguos, las Veelas eran las sacerdotisas del juicio, las que quemaban la corrupción, no solo con fuego físico, sino con una llama espiritual."

"Quieren... ¿qué quieren hacer?"

"Quieren invocar algo. Una entidad del vacío, un poder que trasciende la vida y la muerte. Para ello, necesitan la sangre de un ser de luz pura, un Veela con el fuego elemental desatado, y la esencia del Segador, el Maestro de la Muerte. Tú, Harry. Tú eres la esencia. Y yo soy la luz que ellos buscan para encender su ritual."

Harry sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esto era más grande que Voldemort, más antiguo, más aterrador. La carga de la inmortalidad ya lo estaba aplastando, y ahora esto.

"¿Qué hacemos?" preguntó Harry, las palabras apenas saliendo de su garganta.

"Correr," dijo Fleur, sin rodeos. "Y entrenar. Despertar lo que duerme en ambos. Porque si nos encuentran antes de que estemos listos, el mundo no solo perderá a su Maestro de la Muerte, sino que se hundirá en una oscuridad que ni siquiera Voldemort podría haber imaginado."

**

Los días siguientes fueron un torbellino. Harry y Fleur se escondieron en una propiedad abandonada de los Black en el campo, un lugar tan remoto que ni siquiera los magos con aparatos podían encontrarlo fácilmente. La casa era pequeña, pero segura, oculta bajo poderosos encantos que Fleur reforzó con su propia magia elemental.

Fleur no perdía el tiempo. Su entrenamiento comenzó de inmediato. No con hechizos o duelos, sino con ejercicios de meditación y conexión.

"Los susurros," le dijo Fleur a Harry un día, mientras estaban sentados en un claro del bosque cercano, el sol filtrándose entre las hojas. "No son una maldición, Harry. Son un don. La Muerte no te ha condenado, te ha elegido. Te ha dado la capacidad de escuchar los ecos, de sentir el velo entre la vida y el más allá."

Harry cerró los ojos. Los susurros eran un coro constante ahora, un murmullo indistinto de voces. A veces, reconocía una palabra, un nombre. Cedric. Dumbledore. Sirius. Incluso Voldemort.

"¿Cómo los detengo?" preguntó Harry, su voz llena de frustración.

"No los detienes," respondió Fleur con calma. "Los escuchas. Los comprendes. La Muerte no es el final, Harry. Es un servicio. Y tú, como su Maestro, eres el guardián de ese servicio. Debes aprender a discernir. A separar el lamento del mensaje. A guiar, no a ser guiado por el dolor."

Fleur lo guio a través de ejercicios para calmar su mente, para enfocar su percepción. Al principio, era agotador. Las voces lo abrumaban, lo hacían sentir como si su cerebro fuera a estallar. Pero con la perseverancia de Fleur, y su propia desesperación por encontrar una salida, Harry comenzó a ver pequeños avances. Los susurros no desaparecían, pero se volvían menos caóticos, más distintivos. Podía empezar a sentir la intención detrás de ellos.

Mientras tanto, Harry observaba a Fleur. Ella también estaba "entrenando", aunque de una manera diferente. Ella no practicaba hechizos, sino que pasaba horas en el bosque, sus manos extendidas hacia los árboles, hacia la tierra. A veces, veía destellos de luz dorada emanar de sus dedos, o notaba cómo las flores a su alrededor florecían con una vitalidad inusual.

Un día, Harry la encontró en un claro, rodeada de un círculo de llamas danzantes. Las llamas no quemaban el suelo, sino que se elevaban y se retorcían como serpientes vivas, obedeciendo cada movimiento de sus manos. Sus ojos brillaban con un intenso color dorado, y su cabello plateado parecía resplandecer con la luz del fuego.

"Esto es el Fuego de la Veela," dijo Fleur, su voz resonando con una autoridad que Harry nunca le había escuchado. "No es el fuego de las hogueras, Potter. Es el fuego de la purificación, de la creación y de la destrucción. Las Veelas, en nuestra forma más pura, somos conductos para esta llama elemental. Mi abuela me contó que las Veelas antiguas podían quemar la corrupción de un alma, o reducir a cenizas un ejército entero con solo un pensamiento."

Harry sintió un respeto reverencial por ella. La belleza de Fleur siempre había sido un velo, una distracción. Ahora, veía la verdadera fuerza que yacía debajo. No era solo la magia Veela del encanto, sino algo mucho más primario y potente.

"Los nigromantes quieren mi sangre," explicó Fleur, mientras las llamas danzaban a su alrededor. "Quieren avivar este fuego en mí, para usarlo como una llave para su ritual. Pero no lo usarán. Lo usaré yo. Y tú."

El vínculo entre ellos comenzó a formarse, no como un romance convencional, sino como la unión de dos fuerzas elementales. Ambos eran "demasiado" para el mundo normal. Harry, el Maestro de la Muerte, cargando con el peso de los muertos. Fleur, la Veela de fuego, con una herencia que la separaba de su propia especie. En la soledad de su refugio, encontraron un entendimiento que nadie más podía ofrecer.

Una noche, mientras intentaban discernir la naturaleza de los susurros de Harry, el aire en la pequeña cabaña se enfrió drásticamente. Las velas parpadearon violentamente, y una sombra más densa que la noche se arrastró por el suelo.

"Están aquí," dijo Fleur, su voz tensa, sus ojos buscando la fuente de la perturbación.

Harry sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Los susurros se volvieron un grito, una cacofonía de terror y advertencia.

De las sombras, una figura emergió. Era alta y delgada, envuelta en túnicas oscuras, su rostro oculto bajo una capucha. Pero Harry sintió la presencia de la magia oscura, la misma que había sentido con Voldemort, pero con una cualidad más antigua, más putrefacta.

"El Maestro de la Muerte," siseó la figura, su voz como el roce de huesos secos. "Y la Llama Pura. Qué deliciosa coincidencia. El ritual está casi completo."

Fleur se puso delante de Harry, sus manos extendidas, y un aura dorada comenzó a emanar de ella. Sus ojos brillaban con un fuego intenso.

"No los tendrán," dijo Fleur, su voz firme, una llama en la oscuridad.

El nigromante se rió, una risa seca y sin humor. "El poder de la Veela es fuerte, niña. Pero no es rival para la oscuridad que servimos."

De repente, otras figuras emergieron de las sombras, rodeándolos. Eran al menos cinco, todos con túnicas oscuras y varitas alzadas.

"Harry, ahora," gritó Fleur, y al instante, una ráfaga de fuego dorado brotó de sus manos, golpeando al nigromante más cercano con la fuerza de un ariete. El aire se llenó con el olor a azufre y carne quemada.

Harry, por primera vez, no dudó. Los susurros no lo abrumaban, sino que se enfocaban, una corriente de información, de advertencias sobre los movimientos de los nigromantes. Era como si los muertos le estuvieran dando una ventaja, guiando su varita.

"¡*Stupefy*!" gritó Harry, y un rayo de luz roja salió disparado de su varita, golpeando a otro nigromante en el pecho.

Pero los nigromantes eran hábiles y numerosos. Lanzaron una andanada de maldiciones oscuras. Fleur lanzó otra ráfaga de fuego, envolviendo a dos de ellos en llamas. El Fuego de la Veela no era un simple hechizo. Era una manifestación elemental, una extensión de su propia voluntad.

Harry esquivó una maldición que se dirigía a su cabeza, sintiendo el aire frío de la magia oscura rozar su piel. Los susurros se intensificaron, no con advertencias pasivas, sino con una furia silenciosa. Los muertos no querían que estos nigromantes profanaran el equilibrio.

"¡Ellos quieren su sangre!" dijo uno de los nigromantes, señalando a Fleur. "¡Y su esencia!" señalando a Harry.

Harry sintió una oleada de ira. No una ira normal, sino una ira fría, primordial. La ira de la Muerte misma. Una sombra, más profunda que la noche, pareció emanar de él, llenando la cabaña. Los nigromantes retrocedieron un paso, sus varitas vacilando.

"No," dijo Harry, su voz baja, pero resonando con una autoridad que no era suya. Era la voz de la Muerte. "No tendrán a nadie."

Y entonces, sin siquiera pensarlo, la Varita de Saúco en su mano vibró. No lanzó un hechizo. En su lugar, el aire alrededor de los nigromantes se enfrió bruscamente, y las sombras de la cabaña parecieron alargarse y envolverlos. Los nigromantes gritaron, no de dolor físico, sino de terror. Sus cuerpos no fueron atacados por magia, sino por la esencia misma de la Muerte. Sus vidas fueron aspiradas, sus almas arrancadas de sus cuerpos, no por una maldición, sino por la voluntad del Maestro.

En cuestión de segundos, los nigromantes cayeron al suelo, sus cuerpos pálidos y sin vida, sus ojos abiertos y vacíos. No había marcas, ni heridas. Solo el frío abrazo del más allá.

Harry se quedó sin aliento, su varita temblaba en su mano. Había sentido el poder, la terrible e innegable autoridad sobre la vida y la muerte. No había sido un hechizo, sino un acto de voluntad, una manifestación de su título.

Fleur se acercó a él, su fuego se había atenuado, pero sus ojos aún brillaban. Había asombro en su rostro, y algo más, una comprensión profunda.

"El Maestro de la Muerte," susurró ella. "Has desatado tu verdadero poder. La Muerte te sirve, Harry. No al revés."

Harry miró los cuerpos sin vida de los nigromantes, luego a Fleur. Ella no tenía miedo. Solo respeto y una conexión inquebrantable.

"Esto es solo el comienzo," dijo Harry, su voz aún teñida con el eco de algo más antiguo. "Vendrán más."

Fleur asintió. "Lo sé. Pero ahora, no estamos solos. Tú tienes la Muerte. Y yo tengo el Fuego. Juntos, somos una fuerza que ellos no pueden comprender."

El eco de los susurros en la mente de Harry no había cesado. Pero ahora, entre los lamentos, había un nuevo coro. Un coro de aprobación. Los muertos lo habían elegido. Y el Fuego de la Veela había encontrado su pareja. La verdadera cacería había comenzado.
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