
← Voltar à lista de fanfics
0 curtida
Universidad V
Fandom: Jajabduuau
Criado: 20/01/2026
Tags
RomanceDramaAngústiaLinguagem ExplícitaEstuproGravidez Não Planejada/IndesejadaMpregHistóricoEstudo de Personagem
Un Fruto de la Discordia
– ¿Se puede saber por qué demonios no has probado ni una gota de vino en toda la noche, Quevedo? –la voz de Góngora era un susurro afilado, apenas audible sobre el bullicio de la taberna, pero cargado de una inconfundible amenaza.
Francisco de Quevedo, con la copa de vino tinto intacta frente a él, levantó una ceja, su mirada gélida se encontró con la de su eterno rival.
– ¿Acaso te has convertido en mi madre, Góngora? Mis elecciones son mías, y no tengo por qué justificarlas ante ti.
Pero Góngora no era de los que se rendían con una simple evasiva. Había notado los cambios, sutiles al principio, pero cada vez más evidentes. La ropa de Quevedo, siempre ajustada, ahora se veía extrañamente holgada, como si intentara ocultar algo. Y lo del vino… eso era inaudito. Quevedo, el hombre que bebía como si el mundo fuera a acabarse mañana, rechazando su bebida favorita.
– No me vengas con tus patrañas, Quevedo. Te conozco mejor de lo que te gustaría. Algo te pasa, y no soy el único que lo ha notado. ¿Acaso has decidido volverte un monje penitente?
Quevedo soltó una risa seca, desprovista de cualquier humor.
– Ojalá. Al menos así no tendría que soportar tu insufrible presencia.
– Oh, pero te la buscarías de todas formas, ¿no es así? –Góngora se inclinó un poco más, su aliento cálido en el oído de Quevedo–. No puedes vivir sin mí, Quevedo. Por mucho que lo intentes, siempre vuelves.
Francisco se levantó abruptamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
– Me voy. Ya he tenido suficiente de tu compañía por hoy.
Pero Góngora fue más rápido. Lo interceptó en la puerta, su mano firme en el brazo de Quevedo.
– Ni lo sueñes. Vamos a tu apartamento. Y no me vengas con excusas.
Quevedo intentó zafarse, pero la fuerza de Góngora era sorprendente. Se debatió, susurrando maldiciones entre dientes, mientras Góngora lo arrastraba por las calles adoquinadas hacia su apartamento.
Una vez dentro, el ambiente era tenso. Góngora cerró la puerta con un golpe sordo y se giró para enfrentar a Quevedo, que lo miraba con una mezcla de furia y desafío.
– Ahora, Quevedo, dime la verdad. ¿Qué demonios te pasa?
Francisco se cruzó de brazos, su postura desafiante.
– No te incumbe.
Góngora dio un paso adelante, acorralándolo contra la pared.
– Oh, claro que me incumbe. Me incumbe todo lo que tenga que ver contigo, Quevedo. Especialmente si es algo que intentas ocultar.
Sus ojos recorrieron el cuerpo de Quevedo, deteniéndose en la tela holgada de su camisa. Un destello de comprensión, o quizás de pura malicia, cruzó su mirada.
– ¿Es eso? ¿Es lo que creo que es?
Quevedo empalideció, su boca se abrió para protestar, pero Góngora no le dio tiempo.
– ¡Un hijo! ¡Un hijo mío!
La exclamación llenó el pequeño apartamento, rebotando en las paredes. Quevedo bajó la mirada, sus puños apretados.
– Es tuyo, sí. Pero no es una victoria para ti, Góngora. Es una maldición.
Góngora sonrió, una sonrisa de triunfo que hizo que a Quevedo se le revolviera el estómago.
– Una maldición, dices. Yo lo llamo una victoria. Una victoria rotunda. Un pedazo de mí, creciendo dentro de ti. ¿Hay algo más dulce que eso, Quevedo?
Francisco sintió que el aire le faltaba. La idea de llevar un hijo de Góngora, el fruto de su eterna rivalidad, era como un veneno que se extendía por sus venas.
– No… no lo digas así.
– ¿Cómo quieres que lo diga? –Góngora se inclinó, su aliento en el cuello de Quevedo–. Te he marcado, Quevedo. Para siempre.
Y antes de que Quevedo pudiera reaccionar, Góngora lo besó. Un beso salvaje, posesivo, que le robó el aliento. Sus manos se deslizaron por la espalda de Quevedo, apretándolo contra su cuerpo.
El beso se volvió más profundo, más urgente. Góngora lo levantó en brazos, con una facilidad sorprendente, y lo llevó a la cocina, donde lo recostó sobre la fría encimera.
– Tus labios… –murmuró Góngora, separándose apenas para morder el labio inferior de Quevedo, con una ferocidad que lo hizo gemir–. Siempre tan provocadores.
Sus manos se deslizaron por el cuerpo de Quevedo, desabrochando los botones de su camisa, revelando la piel pálida debajo. Los dedos de Góngora trazaron un camino lento y tortuoso, mientras sus ojos devoraban cada centímetro de piel expuesta.
– Ya me encargaré yo de que tu ropa no sea tan holgada, Quevedo.
Quevedo intentó protestar, intentó empujarlo, pero la pasión, la rabia, la humillación, todo se mezcló en un torbellino que lo dejó sin fuerzas. Se aferró a los hombros de Góngora, sus uñas clavadas en la tela de su camisa.
Góngora bajó la cabeza, su lengua trazando un camino húmedo por el cuello de Quevedo, hasta el hueco de su garganta. Los gemidos de Quevedo se ahogaron en su boca.
– Mírame, Quevedo –ordenó Góngora, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos–. Mírame mientras te hago mío de nuevo. Mírame mientras te recuerdo quién es el que manda aquí.
Los ojos de Quevedo, llenos de lágrimas de rabia y deseo, se encontraron con los de Góngora. Había una mezcla de triunfo y una extraña ternura en la mirada del cordobés que lo desarmó.
Góngora bajó sus manos, sus dedos expertos se deslizaron por el pantalón de Quevedo, desabrochándolo con una facilidad pasmosa. La tela cayó al suelo, revelando la piel desnuda.
– Eres tan hermoso, Quevedo –murmuró Góngora, sus ojos fijos en la intimidad de su rival–. Tan exquisitamente perfecto.
Quevedo sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La humillación se mezclaba con una oleada de excitación que lo hizo temblar.
Góngora se arrodilló entre sus piernas, su aliento caliente en la piel de Quevedo. Con una lentitud exasperante, comenzó a masturbarlo, sus dedos expertos trabajando de forma que Quevedo no pudo por menos que tensarse.
– ¿Te gusta, Quevedo? –preguntó Góngora, su voz ronca–. ¿Te gusta cómo te toco?
Quevedo cerró los ojos, un gemido escapó de sus labios.
– Cállate, Góngora…
Pero Góngora no le hizo caso. Continuó su tortura placentera, sus dedos bailando en la piel sensible de Quevedo, mientras sus labios se deslizaban por su vientre, hasta el borde de su intimidad.
– Eres mío, Quevedo –murmuró Góngora, antes de tomarlo en su boca–. Siempre has sido mío.
Quevedo arqueó la espalda, una explosión de placer recorrió su cuerpo. Góngora succionó con fuerza, sus labios y lengua trabajando en una danza sensual que llevó a Quevedo al borde de la locura.
– ¡Góngora! –gritó Quevedo, su cuerpo sacudiéndose con un orgasmo violento.
Góngora continuó hasta que Quevedo se quedó sin aliento, su cuerpo temblaba de agotamiento y placer. Luego, se separó, sus ojos brillando con un deseo insaciable.
– Ahora es mi turno.
Se levantó, desabrochando sus propios pantalones, su erección dura y palpitante. Quevedo lo miró, sus ojos fijos en la imponente figura de Góngora.
– No te atrevas… –murmuró Quevedo, pero su voz era débil, sin convicción.
Góngora sonrió, una sonrisa de depredador.
– Oh, sí que me atrevo, Quevedo. Y lo haré.
Con una embestida decidida, Góngora entró en Quevedo. El dolor, afilado y repentino, hizo que Quevedo soltara un grito.
– ¡Bastardo!
– Más fuerte, Quevedo –gruñó Góngora, clavando sus caderas en un ritmo lento y deliberado–. Quiero oírte gritar mi nombre.
Quevedo se aferró a la encimera, sus nudillos blancos. El dolor inicial se transformó lentamente en una sensación de plenitud, una presión intensa que lo hizo jadear.
Góngora comenzó a moverse con más fuerza, sus embestidas profundas y potentes. Quevedo se arqueó, sus caderas siguiendo el ritmo de Góngora, sus gemidos llenando la cocina.
– Odio… te odio, Góngora –jadeó Quevedo, sus ojos llenos de lágrimas.
– Y yo te amo, Quevedo –respondió Góngora, su voz ronca, sus labios rozando la oreja de Quevedo–. Te amo con cada fibra de mi ser.
Las palabras de Góngora, tan inesperadas, tan contrarias a todo lo que siempre había creído, hicieron que el mundo de Quevedo se tambaleara. ¿Amor? ¿De Góngora? La idea era absurda, y sin embargo…
Góngora lo giró, apoyándolo contra la encimera, sus manos en las caderas de Quevedo, empujándolo hacia adelante con cada embestida. La vista de Quevedo, inclinado sobre la encimera, su cuerpo moviéndose al compás de Góngora, era una visión que lo encendía aún más.
– Mírame, Quevedo –ordenó Góngora, su voz llena de pasión–. Mírame mientras te poseo.
Quevedo levantó la cabeza, sus ojos nublados por el deseo. Vio el reflejo de sus cuerpos entrelazados en el cristal de la ventana, una visión pecaminosa y hermosa.
Góngora lo cambió de nuevo, esta vez sobre sus rodillas, la espalda de Quevedo contra su pecho. Sus labios se deslizaron por el hombro de Quevedo, mordisqueando la piel sensible.
– Eres tan estrecho, Quevedo –murmuró Góngora, su voz ronca–. Tan apretado. Me encanta.
Quevedo se retorció, sus gemidos se mezclaban con las palabras de Góngora. La sensación de Góngora dentro de él, tan profunda, tan llena, era abrumadora.
Góngora aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más rápidas, más urgentes. Quevedo sintió que se acercaba al borde, la tensión acumulándose en su cuerpo.
– ¡Góngora! –gritó Quevedo, su voz quebrada.
– ¡Mío! –gruñó Góngora, sus caderas chocando con fuerza contra las de Quevedo.
Y en un estallido de placer, ambos se desbordaron. Góngora se vació dentro de Quevedo, una sensación cálida y pegajosa que se extendió por su interior.
Se quedaron un momento, jadeando, sus cuerpos unidos, sudorosos y agotados. Góngora se apoyó en la espalda de Quevedo, su aliento caliente en su cuello.
– Ves, Quevedo –susurró Góngora, su voz ronca–. Te lo dije. Eres mío. Y ahora… ahora llevas mi marca. Para siempre.
Quevedo no respondió, sus ojos cerrados, su mente en un torbellino de emociones contradictorias. La idea del bebé, el fruto de su rivalidad, de su odio, pero también de una extraña y retorcida pasión, era abrumadora.
Góngora se separó lentamente, sus manos se deslizaron por la cintura de Quevedo.
– Ahora, Quevedo –dijo Góngora, su voz llena de un nuevo tono, uno que Quevedo no había oído antes–. Ahora vamos a cuidar de nuestro hijo. Juntos.
Quevedo abrió los ojos, su mirada se encontró con la de Góngora. Había algo en sus ojos, una promesa tácita, un compromiso silencioso.
– No creas que esto cambia nada, Góngora –murmuró Quevedo, su voz aún débil.
Góngora sonrió, una sonrisa suave, casi tierna.
– Oh, Quevedo. Lo cambia todo. Y lo sabes.
Y en el silencio de la cocina, con el aroma del sexo y la promesa de una nueva vida flotando en el aire, Quevedo supo que Góngora tenía razón. Lo cambiaba todo.
Francisco de Quevedo, con la copa de vino tinto intacta frente a él, levantó una ceja, su mirada gélida se encontró con la de su eterno rival.
– ¿Acaso te has convertido en mi madre, Góngora? Mis elecciones son mías, y no tengo por qué justificarlas ante ti.
Pero Góngora no era de los que se rendían con una simple evasiva. Había notado los cambios, sutiles al principio, pero cada vez más evidentes. La ropa de Quevedo, siempre ajustada, ahora se veía extrañamente holgada, como si intentara ocultar algo. Y lo del vino… eso era inaudito. Quevedo, el hombre que bebía como si el mundo fuera a acabarse mañana, rechazando su bebida favorita.
– No me vengas con tus patrañas, Quevedo. Te conozco mejor de lo que te gustaría. Algo te pasa, y no soy el único que lo ha notado. ¿Acaso has decidido volverte un monje penitente?
Quevedo soltó una risa seca, desprovista de cualquier humor.
– Ojalá. Al menos así no tendría que soportar tu insufrible presencia.
– Oh, pero te la buscarías de todas formas, ¿no es así? –Góngora se inclinó un poco más, su aliento cálido en el oído de Quevedo–. No puedes vivir sin mí, Quevedo. Por mucho que lo intentes, siempre vuelves.
Francisco se levantó abruptamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
– Me voy. Ya he tenido suficiente de tu compañía por hoy.
Pero Góngora fue más rápido. Lo interceptó en la puerta, su mano firme en el brazo de Quevedo.
– Ni lo sueñes. Vamos a tu apartamento. Y no me vengas con excusas.
Quevedo intentó zafarse, pero la fuerza de Góngora era sorprendente. Se debatió, susurrando maldiciones entre dientes, mientras Góngora lo arrastraba por las calles adoquinadas hacia su apartamento.
Una vez dentro, el ambiente era tenso. Góngora cerró la puerta con un golpe sordo y se giró para enfrentar a Quevedo, que lo miraba con una mezcla de furia y desafío.
– Ahora, Quevedo, dime la verdad. ¿Qué demonios te pasa?
Francisco se cruzó de brazos, su postura desafiante.
– No te incumbe.
Góngora dio un paso adelante, acorralándolo contra la pared.
– Oh, claro que me incumbe. Me incumbe todo lo que tenga que ver contigo, Quevedo. Especialmente si es algo que intentas ocultar.
Sus ojos recorrieron el cuerpo de Quevedo, deteniéndose en la tela holgada de su camisa. Un destello de comprensión, o quizás de pura malicia, cruzó su mirada.
– ¿Es eso? ¿Es lo que creo que es?
Quevedo empalideció, su boca se abrió para protestar, pero Góngora no le dio tiempo.
– ¡Un hijo! ¡Un hijo mío!
La exclamación llenó el pequeño apartamento, rebotando en las paredes. Quevedo bajó la mirada, sus puños apretados.
– Es tuyo, sí. Pero no es una victoria para ti, Góngora. Es una maldición.
Góngora sonrió, una sonrisa de triunfo que hizo que a Quevedo se le revolviera el estómago.
– Una maldición, dices. Yo lo llamo una victoria. Una victoria rotunda. Un pedazo de mí, creciendo dentro de ti. ¿Hay algo más dulce que eso, Quevedo?
Francisco sintió que el aire le faltaba. La idea de llevar un hijo de Góngora, el fruto de su eterna rivalidad, era como un veneno que se extendía por sus venas.
– No… no lo digas así.
– ¿Cómo quieres que lo diga? –Góngora se inclinó, su aliento en el cuello de Quevedo–. Te he marcado, Quevedo. Para siempre.
Y antes de que Quevedo pudiera reaccionar, Góngora lo besó. Un beso salvaje, posesivo, que le robó el aliento. Sus manos se deslizaron por la espalda de Quevedo, apretándolo contra su cuerpo.
El beso se volvió más profundo, más urgente. Góngora lo levantó en brazos, con una facilidad sorprendente, y lo llevó a la cocina, donde lo recostó sobre la fría encimera.
– Tus labios… –murmuró Góngora, separándose apenas para morder el labio inferior de Quevedo, con una ferocidad que lo hizo gemir–. Siempre tan provocadores.
Sus manos se deslizaron por el cuerpo de Quevedo, desabrochando los botones de su camisa, revelando la piel pálida debajo. Los dedos de Góngora trazaron un camino lento y tortuoso, mientras sus ojos devoraban cada centímetro de piel expuesta.
– Ya me encargaré yo de que tu ropa no sea tan holgada, Quevedo.
Quevedo intentó protestar, intentó empujarlo, pero la pasión, la rabia, la humillación, todo se mezcló en un torbellino que lo dejó sin fuerzas. Se aferró a los hombros de Góngora, sus uñas clavadas en la tela de su camisa.
Góngora bajó la cabeza, su lengua trazando un camino húmedo por el cuello de Quevedo, hasta el hueco de su garganta. Los gemidos de Quevedo se ahogaron en su boca.
– Mírame, Quevedo –ordenó Góngora, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos–. Mírame mientras te hago mío de nuevo. Mírame mientras te recuerdo quién es el que manda aquí.
Los ojos de Quevedo, llenos de lágrimas de rabia y deseo, se encontraron con los de Góngora. Había una mezcla de triunfo y una extraña ternura en la mirada del cordobés que lo desarmó.
Góngora bajó sus manos, sus dedos expertos se deslizaron por el pantalón de Quevedo, desabrochándolo con una facilidad pasmosa. La tela cayó al suelo, revelando la piel desnuda.
– Eres tan hermoso, Quevedo –murmuró Góngora, sus ojos fijos en la intimidad de su rival–. Tan exquisitamente perfecto.
Quevedo sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La humillación se mezclaba con una oleada de excitación que lo hizo temblar.
Góngora se arrodilló entre sus piernas, su aliento caliente en la piel de Quevedo. Con una lentitud exasperante, comenzó a masturbarlo, sus dedos expertos trabajando de forma que Quevedo no pudo por menos que tensarse.
– ¿Te gusta, Quevedo? –preguntó Góngora, su voz ronca–. ¿Te gusta cómo te toco?
Quevedo cerró los ojos, un gemido escapó de sus labios.
– Cállate, Góngora…
Pero Góngora no le hizo caso. Continuó su tortura placentera, sus dedos bailando en la piel sensible de Quevedo, mientras sus labios se deslizaban por su vientre, hasta el borde de su intimidad.
– Eres mío, Quevedo –murmuró Góngora, antes de tomarlo en su boca–. Siempre has sido mío.
Quevedo arqueó la espalda, una explosión de placer recorrió su cuerpo. Góngora succionó con fuerza, sus labios y lengua trabajando en una danza sensual que llevó a Quevedo al borde de la locura.
– ¡Góngora! –gritó Quevedo, su cuerpo sacudiéndose con un orgasmo violento.
Góngora continuó hasta que Quevedo se quedó sin aliento, su cuerpo temblaba de agotamiento y placer. Luego, se separó, sus ojos brillando con un deseo insaciable.
– Ahora es mi turno.
Se levantó, desabrochando sus propios pantalones, su erección dura y palpitante. Quevedo lo miró, sus ojos fijos en la imponente figura de Góngora.
– No te atrevas… –murmuró Quevedo, pero su voz era débil, sin convicción.
Góngora sonrió, una sonrisa de depredador.
– Oh, sí que me atrevo, Quevedo. Y lo haré.
Con una embestida decidida, Góngora entró en Quevedo. El dolor, afilado y repentino, hizo que Quevedo soltara un grito.
– ¡Bastardo!
– Más fuerte, Quevedo –gruñó Góngora, clavando sus caderas en un ritmo lento y deliberado–. Quiero oírte gritar mi nombre.
Quevedo se aferró a la encimera, sus nudillos blancos. El dolor inicial se transformó lentamente en una sensación de plenitud, una presión intensa que lo hizo jadear.
Góngora comenzó a moverse con más fuerza, sus embestidas profundas y potentes. Quevedo se arqueó, sus caderas siguiendo el ritmo de Góngora, sus gemidos llenando la cocina.
– Odio… te odio, Góngora –jadeó Quevedo, sus ojos llenos de lágrimas.
– Y yo te amo, Quevedo –respondió Góngora, su voz ronca, sus labios rozando la oreja de Quevedo–. Te amo con cada fibra de mi ser.
Las palabras de Góngora, tan inesperadas, tan contrarias a todo lo que siempre había creído, hicieron que el mundo de Quevedo se tambaleara. ¿Amor? ¿De Góngora? La idea era absurda, y sin embargo…
Góngora lo giró, apoyándolo contra la encimera, sus manos en las caderas de Quevedo, empujándolo hacia adelante con cada embestida. La vista de Quevedo, inclinado sobre la encimera, su cuerpo moviéndose al compás de Góngora, era una visión que lo encendía aún más.
– Mírame, Quevedo –ordenó Góngora, su voz llena de pasión–. Mírame mientras te poseo.
Quevedo levantó la cabeza, sus ojos nublados por el deseo. Vio el reflejo de sus cuerpos entrelazados en el cristal de la ventana, una visión pecaminosa y hermosa.
Góngora lo cambió de nuevo, esta vez sobre sus rodillas, la espalda de Quevedo contra su pecho. Sus labios se deslizaron por el hombro de Quevedo, mordisqueando la piel sensible.
– Eres tan estrecho, Quevedo –murmuró Góngora, su voz ronca–. Tan apretado. Me encanta.
Quevedo se retorció, sus gemidos se mezclaban con las palabras de Góngora. La sensación de Góngora dentro de él, tan profunda, tan llena, era abrumadora.
Góngora aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más rápidas, más urgentes. Quevedo sintió que se acercaba al borde, la tensión acumulándose en su cuerpo.
– ¡Góngora! –gritó Quevedo, su voz quebrada.
– ¡Mío! –gruñó Góngora, sus caderas chocando con fuerza contra las de Quevedo.
Y en un estallido de placer, ambos se desbordaron. Góngora se vació dentro de Quevedo, una sensación cálida y pegajosa que se extendió por su interior.
Se quedaron un momento, jadeando, sus cuerpos unidos, sudorosos y agotados. Góngora se apoyó en la espalda de Quevedo, su aliento caliente en su cuello.
– Ves, Quevedo –susurró Góngora, su voz ronca–. Te lo dije. Eres mío. Y ahora… ahora llevas mi marca. Para siempre.
Quevedo no respondió, sus ojos cerrados, su mente en un torbellino de emociones contradictorias. La idea del bebé, el fruto de su rivalidad, de su odio, pero también de una extraña y retorcida pasión, era abrumadora.
Góngora se separó lentamente, sus manos se deslizaron por la cintura de Quevedo.
– Ahora, Quevedo –dijo Góngora, su voz llena de un nuevo tono, uno que Quevedo no había oído antes–. Ahora vamos a cuidar de nuestro hijo. Juntos.
Quevedo abrió los ojos, su mirada se encontró con la de Góngora. Había algo en sus ojos, una promesa tácita, un compromiso silencioso.
– No creas que esto cambia nada, Góngora –murmuró Quevedo, su voz aún débil.
Góngora sonrió, una sonrisa suave, casi tierna.
– Oh, Quevedo. Lo cambia todo. Y lo sabes.
Y en el silencio de la cocina, con el aroma del sexo y la promesa de una nueva vida flotando en el aire, Quevedo supo que Góngora tenía razón. Lo cambiaba todo.
