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Fandom: Personajes originales

Criado: 02/02/2026

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La Noche del Pecado y el Silencio Quebrado

La casa de María y Miku era un reflejo de su relación: desordenada, cargada de un silencio opresivo que solo se rompía por los ruidos estridentes de la televisión o, más a menudo, por los gritos de María. Hoy, sin embargo, el silencio era diferente. Era un silencio pesado, pegajoso, que se arrastraba por los rincones y se aferraba a la piel de Miku como una segunda sombra.

Miku, con sus dieciséis años, se movía por la pequeña cocina con la gracia nerviosa de un cervatillo. Su cabello castaño rojizo, largo y sedoso, caía en cascada por su espalda, un contraste vibrante con la palidez de su piel. Sus intensos ojos azules, normalmente llenos de una curiosidad reprimida, hoy estaban nublados por la ansiedad. Vestía su camiseta sin mangas verde menta, que ceñía su busto de 88 cm de manera sugerente, y unos shorts deportivos azules que resaltaban la curva de sus muslos y sus caderas de 88 cm. Era una figura voluptuosa, casi adulta, atrapada en la inocencia de su juventud y la vulnerabilidad de su situación.

En la sala de estar, María, con su figura imponente y sus pechos generosos, yacía desplomada en el sofá. Las botellas vacías de licor rodeaban su figura como un halo de perdición. Su respiración era pesada, irregular, y un ronquido gutural escapaba de vez en cuando de su garganta. Miku había aprendido a reconocer esos sonidos, a diferenciar el ronquido de la embriaguez profunda del ronquido que precedía a la ira o, peor aún, a la lujuria. Esta noche, el aire vibraba con una tensión diferente, una que Miku no reconocía del todo, pero que la hacía temblar.

Había sido un día particularmente difícil. María había comenzado a beber desde el mediodía, su humor fluctuando entre la euforia agresiva y la melancolía llorosa. Miku había intentado mantenerse invisible, como siempre, pero los ojos borrachos de su madre parecían encontrarla sin importar dónde se escondiera. Las palabras hirientes habían volado por la casa como proyectiles, cada una impactando en el ya frágil corazón de Miku.

"¡Inútil! ¡Estorbo! ¿Por qué naciste?"

Miku había aguantado, como siempre. Había limpiado el desorden, preparado la cena que María apenas tocó, y se había encargado de que su madre no se ahogara en su propio vómito. La rutina era brutal, pero familiar. Lo que no era familiar era la mirada que María le había dedicado en los últimos días. Una mirada que antes solo era de desprecio o ira, ahora tenía un matiz distinto, algo oscuro y posesivo que erizaba la piel de Miku.

Mientras Miku fregaba los platos, el silencio se rompió. No fue un grito, ni un objeto que cayera. Fue un sonido suave, un gemido, casi un lamento. Miku se giró, el corazón latiéndole desbocado. María se había incorporado ligeramente en el sofá, sus ojos fijos en Miku. No había ira en ellos, ni desprecio. Solo una sed, una necesidad primitiva que hizo que un escalofrío helado recorriera la espalda de la joven.

"Miku…" La voz de María era ronca, casi irreconocible. "Ven aquí."

Miku se quedó paralizada, el jabón escurriéndole por los dedos. Su mente gritaba: "¡Huye! ¡Escóndete!". Pero su cuerpo, entrenado en años de sumisión, no respondía.

"¡TE DIJE QUE VINIERAS, MALDITA SEA!" El tono se endureció, la familiar ira asomando.

Miku obedeció, sus piernas temblaban con cada paso. Se detuvo a una distancia prudencial, pero María extendió una mano y la jaló con fuerza, haciéndola caer sobre el sofá a su lado. El olor a alcohol y a un perfume barato que María usaba solo en ocasiones especiales la envolvió.

"Estás tan… grande", murmuró María, sus ojos recorriendo el cuerpo de Miku, deteniéndose en sus pechos prominentes y sus muslos. Una sonrisa torcida apareció en sus labios. "Mi pequeña Miku… ya no es tan pequeña, ¿verdad?"

La mano de María se posó en el muslo de Miku, apretando. Miku se encogió, intentando apartarse, pero la fuerza de su madre era inquebrantable.

"No, no te muevas", siseó María. "Quédate quieta. Mami solo quiere… ver."

El pánico se apoderó de Miku. Intentó hablar, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos azules, empañando el mundo a su alrededor.

La mano de María subió por el muslo de Miku, rozando el borde de sus shorts. Miku tembló incontrolablemente. La respiración de María se volvió más agitada, sus ojos vidriosos por el alcohol brillaban con una luz perturbadora.

"Eres tan hermosa, Miku", susurró María, su voz cargada de una lujuria enferma. "Tan… deseable."

Miku intentó levantarse, pero María la empujó hacia atrás, inmovilizándola contra el sofá. El peso de su cuerpo era abrumador.

"No… mamá, por favor…" La súplica de Miku era apenas un susurro.

Pero María no escuchó. Sus labios, empapados en alcohol, se estrellaron contra el cuello de Miku, dejando un rastro húmedo y asqueroso. Miku forcejeó, su cuerpo joven y fuerte intentando liberarse, pero la fuerza bruta de María, potenciada por el alcohol, era demasiado.

Las manos de María se movieron con una rapidez aterradora, despojando a Miku de su camiseta sin mangas. El aire frío de la habitación golpeó su piel expuesta, y Miku se sintió aún más vulnerable. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío que cubría su cuerpo.

"Quédate quieta, Miku", gruñó María, sus ojos fijos en el busto de su hija. "Esto… esto es lo que quieres, ¿verdad? Siempre has querido esto."

Miku negó con la cabeza frenéticamente, sus ojos suplicando. Quería gritar, quería que alguien la salvara, pero el miedo la paralizaba. La casa estaba en silencio, y sabía que nadie vendría. Estaba sola.

La boca de María descendió sobre el pecho de Miku, succionando con una ferocidad que hizo que Miku gimiera de dolor y asco. Las lágrimas se convirtieron en sollozos incontrolables. Su cuerpo se retorcía bajo el de su madre, pero era inútil.

El toque de María se volvió más invasivo, sus manos explorando cada centímetro del cuerpo de Miku. Los shorts deportivos fueron bajados sin piedad, dejando a Miku completamente expuesta. La vergüenza y el horror inundaron su ser.

"Tan suave… tan dulce", murmuró María, su voz ahogada por la excitación.

Miku cerró los ojos, deseando desaparecer. Deseando que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar. Pero el dolor, el asco, la humillación, eran demasiado reales.

La mano de María se posó entre las piernas de Miku, y la joven se estremeció. Un grito ahogado escapó de sus labios, pero fue silenciado por la boca de María, que se estrelló contra la suya en un beso brutal y forzado. El sabor a alcohol y a desesperación llenó su boca.

El cuerpo de Miku se tensó, cada músculo gritando en protesta. Intentó empujar a María, arañar, morder, lo que fuera para detener el horror. Pero su fuerza no era rival para la de su madre.

La penetración fue repentina y brutal, un desgarro que hizo que Miku gritara. El dolor era insoportable, un fuego que la consumía desde dentro. Las lágrimas se convirtieron en un torrente incontrolable, sus sollozos llenando la habitación.

María se movía sin piedad, su cuerpo empujando contra el de su hija. No había ternura, no había amor, solo una lujuria ciega y egoísta. Miku era solo un objeto, una válvula para la depravación de su madre.

Cada embestida era un golpe a su alma, un recordatorio de su impotencia, de la traición más profunda. La mente de Miku se desconectó, su conciencia flotando lejos de su cuerpo, intentando escapar del horror.

El tiempo se estiró, se distorsionó. Parecía una eternidad, pero también un instante. Miku no sabía cuánto duró la tortura. Solo sabía que cuando finalmente María se desplomó a su lado, exhausta y satisfecha, el mundo se había vuelto borroso.

El silencio volvió, pero esta vez era un silencio aún más pesado, un silencio de vergüenza y devastación. Miku yacía inmóvil, su cuerpo dolorido, su mente en shock. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran silenciosas, amargas.

Se sentía sucia, rota, vacía. La inocencia que le quedaba había sido arrancada de ella de la manera más cruel imaginable. Su madre, la persona que debería haberla protegido, había sido su verdugo.

Con un esfuerzo sobrehumano, Miku se arrastró fuera del sofá, su cuerpo protestando con cada movimiento. Se cubrió con la camiseta rasgada, sintiendo el frío de la noche calar hasta sus huesos. Se tambaleó hacia el baño, cada paso una agonía.

Al verse en el espejo, Miku apenas reconoció la figura que la observaba. Sus ojos estaban hinchados y rojos, su rostro pálido y marcado por las lágrimas. Su cabello, antes vibrante, ahora parecía sin vida. Era una sombra de la chica que había sido.

Se miró el cuerpo, buscando las marcas, los moretones, las pruebas. Y allí estaban, en su cuello, en sus pechos, en sus muslos. Marcas de una noche de horror, grabadas en su piel y en su alma.

Abrió el grifo de la ducha, dejando que el agua fría cayera sobre ella. Intentó lavarse, como si pudiera borrar la suciedad, el asco, el pecado de esa noche. Pero el agua no podía borrar lo que había sucedido. Solo podía empaparla en un dolor aún más profundo.

Mientras el agua corría, Miku se acurrucó en un rincón de la ducha, sus rodillas pegadas a su pecho. Los sollozos volvieron, más fuertes esta vez, un grito silencioso que solo ella podía escuchar.

La vida de Miku había cambiado para siempre. La timidez y la sumisión que la habían caracterizado ahora se sentían como cadenas que la ataban a un destino cruel. La Noche del Pecado había caído sobre ella, y con ella, un silencio quebrado, un silencio que guardaba el eco de sus gritos y el peso de su dolor.

Afuera, la luna llena brillaba indiferente sobre la casa, iluminando las sombras que se habían apoderado de cada rincón. María roncaba, ajena al infierno que había desatado. Y Miku, en la oscuridad del baño, enfrentaba el amanecer de una nueva realidad, una realidad marcada por el trauma y la soledad. La pregunta que flotaba en el aire era si algún día, de alguna manera, encontraría la fuerza para romper ese silencio, para sanar las heridas que su propia madre le había infligido.
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