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A ochomil kilometros de tu piel

Fandom: kookmin

Criado: 06/02/2026

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RomanceDramaAngústiaDor/ConfortoRealismoEstudo de PersonagemConsertoCiúmes
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Un 14 de Febrero, Dos Años Después

14 de febrero de 2026. Seúl. La tenue luz de las velas parpadeaba en el apartamento de Jimin, proyectando sombras danzarinas sobre las paredes desnudas. Un ramo de rosas rojas, aún envuelto en celofán, yacía olvidado sobre la mesa de centro, un regalo autoimpuesto que ahora parecía una burla. Jimin, con su cabello oscuro desordenado y una camiseta holgada, se movía inquieto. Su teléfono, inerte en la madera pulida, era su único punto de atención. Los minutos se arrastraban, cada uno un eco doloroso de la ausencia de Jungkook. Las historias de Instagram de su novio, publicadas hacía horas, mostraban un Jungkook sonriente en Los Ángeles, rodeado de compañeros de gira y fans eufóricos. Fotos de cenas, de risas, de una vida vibrante que se sentía a millones de kilómetros de la suya. Jimin había enviado un mensaje temprano, un “Feliz San Valentín, mi amor. Te extraño”, que había sido leído, pero no respondido. La sensación de vacío era tan palpable que casi podía tocarla. Un nudo en el estómago, la familiar punzada de celos y la amarga certeza de que, una vez más, el 14 de febrero lo encontraba solo, esperando.

Su historia había comenzado con fuego. Un incendio incontrolable que los consumió desde el primer momento. Jungkook, con su mirada intensa y su sonrisa que prometía travesuras, se había lanzado sobre Jimin con la ferocidad de un depredador y la dulzura de un cachorro. Jimin, siempre etéreo y delicado, se había derretido ante esa fuerza arrolladora. Sus cuerpos se encontraron con una necesidad casi violenta, explorándose, reconociéndose. Las noches se volvieron un torbellino de piel contra piel, susurros ahogados y gemidos que se mezclaban con la promesa de un amor eterno. Los celos, al principio, parecían una extensión de esa pasión desbordada. –No puedo soportar que alguien más te mire así –le había dicho Jungkook una vez, besándole la nuca con posesividad. Jimin, embriagado, lo había interpretado como una prueba de amor, un fuego que solo él podía avivar. Se prometieron el mundo, entrelazando sus dedos y sus almas, convencidos de que su conexión era inquebrantable, inmune a la distancia o al tiempo.

El sonido del teléfono lo sacó de su letargo. La videollamada de Jungkook. Eran casi las dos de la mañana en Seúl. La imagen de Jungkook apareció en la pantalla: su cabello oscuro caía sobre su frente, sus ojos, aunque grandes, parecían cansados, y una barba incipiente le daba un aire de descuido.

–Hola –dijo Jungkook, su voz grave y un poco ronca, sin la algarabía de siempre.

–Hola –respondió Jimin, tratando de sonar casual, pero su voz tembló ligeramente. –Feliz San Valentín.

Jungkook suspiró, un sonido que resonó en el silencio del apartamento.

–Sí, feliz San Valentín. Lo siento, la reunión se alargó. Sabes cómo es esto.

Jimin asintió, aunque una parte de él quería gritar.

–Sí, lo sé. Siempre es lo mismo.

Un incómodo silencio se instaló entre ellos, pesado, cargado de reproches no dichos. Los ojos de Jungkook se desviaron, evitando la mirada de Jimin.

–¿Pasa algo? –preguntó Jimin, aunque ya sabía la respuesta.

Jungkook se frotó la nuca.

–Jimin, no sé… esto no está funcionando.

Las palabras golpearon a Jimin como un puñetazo. Se sintió helado, a pesar del calor de la vela.

–¿De qué hablas?

–De nosotros –Jungkook levantó la vista, sus ojos ahora con un brillo triste. –La distancia, el trabajo… ya no siento lo mismo que antes. La chispa… se fue.

Jimin sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas picaban en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer.

–¿Se fue? ¿Así, sin más? ¿Y todo lo que prometimos?

–Te amo, Jimin, siempre lo haré –la voz de Jungkook se quebró, y Jimin vio que sus ojos también se enrojecían. –Pero esto me está matando. Me siento vacío, tú te sientes vacío. Estamos en un ciclo de reproches y culpa. Ya no hay alegría.

Jimin miró las rosas en la mesa, el símbolo de un amor que se desvanecía.

–Esto no es amor, Jungkook. Esto es… una tortura. Te amo, pero esto me está matando.

Jungkook asintió lentamente, una lágrima solitaria rodando por su mejilla.

–Lo sé. Quizás… quizás necesitamos un descanso.

El mundo de Jimin se hizo añicos en ese instante. No hubo gritos, ni peleas furiosas. Solo una resignación dolorosa, la aceptación de un final inevitable.

–Sí –dijo Jimin, su voz apenas un susurro. –Quizás.

Jungkook no dijo nada más. Su mirada se mantuvo fija en la pantalla, luego parpadeó. La llamada se cortó.

La distancia, esa que al principio había parecido un desafío superable, se había convertido en un veneno lento y corrosivo. Las videollamadas pasaron de ser momentos esperados a obligaciones tediosas. Las discusiones por los horarios, por las pocas horas de sueño, por los mensajes sin responder, se hicieron constantes. El control mutuo, que antes era una prueba de amor, se transformó en una jaula. –¿Con quién estás? –preguntaba Jungkook cuando Jimin salía con amigos. –¿Por qué tardaste en contestar? –reprochaba Jimin cuando Jungkook estaba en el estudio. El sexo virtual, que había sido una forma de mantener la llama, se volvió mecánico, vacío, una rutina sin alma. Las promesas de verse, de hacer un esfuerzo, se rompían una y otra vez, dejando un rastro de rencor acumulado. Cada vez que Jungkook decía “La próxima vez sí, lo prometo”, Jimin sentía que una parte de él se apagaba. El amor no se muere de golpe, sino a pequeños sorbos de decepción.

Jimin se quedó inmóvil, el teléfono aún en la mano, la pantalla negra reflejando su rostro descompuesto. La vela parpadeó una última vez antes de extinguirse, sumiendo el apartamento en una oscuridad casi total. Las rosas, antes un símbolo de esperanza, ahora parecían marchitas. Con un suspiro tembloroso, Jimin se levantó y las arrojó al cubo de la basura. El sonido sordo del celofán arrugado fue el epitafio de su relación.

Se sentó en el borde de su cama, el dolor oprimiéndole el pecho. Abrió el chat con Jungkook, sus dedos temblando sobre el teclado.

“Feliz San Valentín, Jungkook-ah. Aunque ya no estemos juntos, espero que algún día volvamos a ser nosotros. Te extraño tanto que duele.”

Lo miró por un largo minuto, las palabras ardiendo en la pantalla. Luego, con un gruñido ahogado, lo borró. No tenía sentido. Se acostó, el frío de las sábanas un reflejo de su alma. Las lágrimas, que había contenido durante la llamada, brotaron sin control, empapando la almohada. Pero, en el fondo de su desesperación, una pequeña y tenue chispa se encendió. Una voz silenciosa en su interior susurró: *tal vez algún día*.

***

Dos años después. 14 de febrero de 2028.

Seúl seguía siendo la misma, pero Jimin no. Su cabello, ahora de un castaño suave que resaltaba sus ojos, enmarcaba un rostro con líneas más definidas, más maduras. Seguía siendo delgado y elegante, pero sus hombros se veían más anchos, su postura más firme. Había encontrado un nuevo propósito en la danza, coreografiando piezas para compañías independientes y enseñando en un estudio local. Había tenido un par de citas, encuentros agradables pero sin profundidad, sin la intensidad que había conocido. En el fondo de un cajón, bajo una pila de calcetines, aún guardaba una foto de Jungkook, un recordatorio de un pasado que se negaba a desaparecer por completo.

Jungkook. La gira había terminado hacía tiempo. BTS estaba en un hiatus indefinido, cada miembro explorando sus caminos individuales. Jungkook, en su regreso a Corea, había lanzado un álbum en solitario que había sido un éxito rotundo. Su voz, más profunda y madura, resonaba en las calles.

Ese 14 de febrero, Jimin no estaba celebrando el amor. Era un día de descanso, y el sol invernal lo invitó a salir. Necesitaba un latte, un buen libro y un poco de paz. Eligió un café pequeño y tranquilo en Hongdae, un lugar que no frecuentaba demasiado. Se sentó junto a la ventana, el vapor de su bebida empañando ligeramente el cristal, y abrió su libro.

La campanilla de la puerta sonó. Jimin levantó la vista, y el mundo se detuvo.

Ahí estaba. Jungkook. Su cabello oscuro, ahora más largo y ligeramente ondulado, caía sobre su frente, dándole un aire más bohemio. Vestía un hoodie holgado y unos jeans negros, pero su presencia llenaba el espacio. Sus ojos, esos ojos grandes y expresivos que Jimin conocía tan bien, se posaron en él. Un silencio se instaló entre ellos, denso, cargado de dos años de ausencia, de recuerdos y de preguntas no formuladas.

Jungkook dio un paso, luego otro, acercándose a su mesa.

–Jimin –su voz era un susurro, apenas audible.

–Jungkook –respondió Jimin, su propia voz temblorosa.

Jungkook esbozó una sonrisa nerviosa, esa sonrisa tímida que solo aparecía cuando estaba realmente feliz o, en este caso, increíblemente incómodo.

–¿Qué haces aquí? –preguntó Jungkook, sus manos metidas en los bolsillos del hoodie.

Jimin se encogió de hombros, intentando parecer casual.

–Lo mismo que tú, supongo. Un café.

Otro silencio. El barista los miraba con curiosidad.

–Feliz San Valentín –dijo Jungkook, una risa ahogada escapando de su garganta, casi una burla a la fecha.

Jimin sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro.

–Feliz San Valentín para ti también.

Jungkook se sentó frente a él, sin siquiera pedir una bebida. Sus ojos no se despegaban de Jimin.

–Te ves bien –dijo Jungkook, su voz más suave ahora.

–Tú también –respondió Jimin, sintiendo el rubor subir por sus mejillas.

La conversación comenzó con titubeos, como dos extraños intentando conocerse. Hablaron de sus vidas, de sus trabajos. Jungkook le contó sobre su álbum, Jimin sobre sus coreografías. Pero la formalidad no duró mucho.

–¿Por qué… por qué no funcionó, Jimin? –preguntó Jungkook, su mirada fija en la taza vacía de Jimin.

Jimin suspiró.

–La distancia nos destruyó, Jungkook. Éramos demasiado jóvenes, demasiado inmaduros. Y… éramos tóxicos.

Jungkook asintió lentamente.

–Lo sé. Fui un idiota. Quería controlarte, quería tenerte cerca, pero no sabía cómo. Te asfixié.

–Y yo te asfixié a ti –admitió Jimin. –Esperaba demasiado, exigía demasiado. Nos hicimos daño.

–Nunca dejé de pensar en ti –confesó Jungkook, levantando la vista, sus ojos grandes y sinceros. –Hubo días en que quería llamarte, enviarte un mensaje. Quería decirte… que lo sentía. Que te extrañaba.

Jimin sonrió tristemente.

–Yo también. Hay un mensaje que escribí ese día, hace dos años. Lo borré, pero lo he guardado en mi cabeza todo este tiempo.

Jungkook, con su mano, rozó la de Jimin sobre la mesa, un toque fugaz, eléctrico. Una chispa, pequeña al principio, pero innegable, comenzó a encenderse entre ellos. Las risas ya no sonaban forzadas, sino liberadoras.

–Estoy en un hotel, cerca de aquí –dijo Jungkook, su voz baja y cargada de una nueva intención. –Mi manager me consiguió una suite.

Jimin lo miró a los ojos, comprendiendo la invitación tácita.

–Mi apartamento está más cerca.

Jungkook sonrió, esa sonrisa que lo desarmaba.

–Entonces, vamos a tu apartamento.

El viaje fue silencioso, pero no incómodo. La química entre ellos era palpable, un campo de fuerza que los atraía. Una vez dentro del apartamento de Jimin, el mismo que había sido testigo de su ruptura, el aire se tensó. Jungkook cerró la puerta y se volvió hacia Jimin, sus ojos oscuros llenos de deseo y de una vulnerabilidad que Jimin no había visto en años.

Se acercaron lentamente, como si temieran que un movimiento brusco rompiera el frágil puente que estaban construyendo. Los dedos de Jungkook se deslizaron por la mejilla de Jimin, su pulgar acariciando suavemente. Jimin cerró los ojos, sintiendo el escalofrío recorrer su cuerpo.

–Te extrañé tanto –susurró Jungkook, su voz ronca, antes de que sus labios se unieran.

El beso fue al principio tentativo, un redescubrimiento. Sabía a perdón, a arrepentimiento, a dos años de deseo acumulado. Las manos de Jimin se aferraron a la nuca de Jungkook, atrayéndolo más cerca. El beso se hizo más profundo, más desesperado, sus lenguas entrelazándose con una pasión renovada.

Las prendas cayeron al suelo con prisa, revelando los cuerpos que se conocían tan íntimamente, pero que ahora se sentían nuevos. Jungkook levantó a Jimin en sus brazos, sus músculos tensos, y lo llevó a la habitación. La luz tenue de la ciudad se colaba por la ventana, bañándolos en un resplandor plateado.

Sobre la cama, sus cuerpos se entrelazaron. No fue el frenesí de antes, al menos no al principio. Jungkook se movió despacio, besando cada centímetro de la piel de Jimin, como si estuviera memorizando cada cicatriz, cada curva. Sus labios recorrieron su cuello, su clavícula, su pecho, deteniéndose para saborear cada gemido que escapaba de los labios de Jimin. Las manos de Jimin se perdieron en el cabello de Jungkook, tirando suavemente, guiándolo.

–Jungkook… –gimió Jimin, su voz entrecortada.

El nombre, dicho con esa desesperación, encendió la llama por completo. La lentitud se transformó en una intensidad ardiente. Jungkook se movió con una fuerza controlada, sus caderas chocando contra las de Jimin, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Cada roce, cada estocada, era una promesa susurrada, una confesión sin palabras. Jimin arqueó su espalda, sus uñas arañando la piel de Jungkook, sus gemidos convirtiéndose en gritos ahogados de placer.

–Mi amor –susurró Jungkook, su aliento caliente en el oído de Jimin, sus ojos fijos en los suyos, llenos de una devoción que no había desaparecido.

El clímax fue explosivo, una liberación de dos años de tensión, de amor no expresado, de deseo reprimido. Cayeron juntos, exánimes, sus cuerpos temblorosos y cubiertos de sudor.

Jungkook se aferró a Jimin, su cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Jimin, a su vez, lo abrazó fuerte, sus dedos acariciando los tatuajes en el brazo de Jungkook. No hubo palabras, solo respiraciones que se calmaban, el suave roce de sus pieles. El silencio de la habitación, una vez cargado de tristeza, ahora estaba lleno de una paz profunda, de una esperanza renovada. Esta vez, quizás, sí podría funcionar. Esta vez, estaban listos para intentarlo de nuevo, no como los amantes tóxicos del pasado, sino como dos almas maduras que habían encontrado su camino de regreso, más fuertes, más sabias, y con un amor que había sobrevivido a la distancia y al tiempo. El 14 de febrero de 2028 no fue el final, sino un nuevo comienzo.
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