Fanfy
.studio
Carregando...
Imagem de fundo

Nose

Fandom: Squid games

Criado: 08/02/2026

Tags

DistopiaSobrevivênciaDramaAçãoPsicológicoDor/ConfortoRomanceSombrioViolência GráficaMorte de PersonagemTragédia
Índice

Un Nuevo Comienzo, ¿O un Final?

El aire frío de Seúl mordía la piel de Park Yoo-na, incluso a través de su grueso abrigo. Treinta años y sentía el peso de cincuenta sobre sus hombros. A su lado, Park Ye-na, de veintiocho, caminaba con una sonrisa forzada, un intento valiente de ocultar la desesperación que, Yoo-na sabía, las carcomía a ambas. Sus padres, o más bien, la herencia de sus deudas, se habían convertido en una cadena invisible que las arrastraba hacia el abismo.

"¿Estás segura de que esto servirá, unnie?" preguntó Ye-na, señalando un cartel de "se busca" por un trabajo de limpieza a tiempo parcial. Su voz, normalmente un torrente de alegría, sonaba apagada.

Yoo-na asintió, aunque su corazón se encogía. "Cualquier cosa sirve, Ye-na. Nosotras..." Se detuvo, incapaz de pronunciar la palabra "sobreviviremos". La verdad era que no estaba segura. Las deudas crecían como una maleza imparable, ahogando cualquier esperanza de una vida normal.

Ye-na, con su energía contagiosa y su espíritu inquebrantable, siempre había sido el sol en la vida de Yoo-na. Desde pequeñas, la menor había irradiado una calidez que atraía a la gente, haciendo amigos con una facilidad pasmosa. Era amable, considerada, y siempre ponía las necesidades de los demás por encima de las suyas. Pero ahora, incluso su luz parecía atenuarse bajo la sombra de la ruina financiera.

Unas horas más tarde, mientras Yoo-na seguía enviando currículums a trabajos mal pagados, Ye-na regresaba a su pequeño apartamento con una chispa inusual en sus ojos.

"¡Unnie! ¡No vas a creer lo que pasó!" exclamó, con su voz recuperando algo de su antiguo brillo.

Yoo-na levantó la vista de su portátil, una ceja arqueada. "Cuéntame."

Ye-na se sentó frente a ella, con una emoción palpable. "Estaba en la estación de metro, ¿sabes? Y un hombre se me acercó. Llevaba un traje y me preguntó si quería jugar a un juego. Dijo que si ganaba, obtendría mucho dinero."

Yoo-na frunció el ceño. "Ye-na, suena a una estafa. ¿Qué clase de juego?"

"¡Eso es lo interesante! Era un juego de ddakji. Él me dio diez mil wones por cada vez que le ganaba. Y si él me ganaba, yo le daba cien mil wones. ¡Y le gané varias veces! Pero luego me dijo que había un juego aún más grande, con una cantidad de dinero que podría sacarnos de nuestras deudas para siempre. Me dio una tarjeta."

Ye-na le tendió una tarjeta de visita con un círculo, un triángulo y un cuadrado grabados. No había nombre, ni número de teléfono. Solo un número de teléfono.

"¿Y qué te dijo que hicieras con esto?" preguntó Yoo-na, sintiendo un escalofrío.

"Dijo que si quería participar en el juego grande, solo tenía que llamar a ese número. Unnie, esto podría ser nuestra oportunidad. Si gano, podríamos pagar todas las deudas de mamá y papá. Podríamos empezar de nuevo." Los ojos de Ye-na brillaban con una mezcla de esperanza y desesperación.

Yoo-na miró la tarjeta, luego a su hermana. Conocía a Ye-na. Sabía que la idea de ser una carga para ella la atormentaba. Y aunque la proposición sonaba increíblemente sospechosa, la desesperación podía llevar a la gente a hacer cosas impensables.

"Ye-na, esto es peligroso," dijo Yoo-na, su voz temblorosa. "No sabemos quiénes son estas personas, ni qué tipo de juego es este."

"Pero, ¿y si es real? ¿Y si es la única manera?" Ye-na se acercó, tomando la mano de su hermana. "Unnie, sé que te preocupas por mí, pero no puedo seguir así. No puedo seguir viéndote trabajar tan duro por algo que ni siquiera causamos. Si hay una oportunidad, por pequeña que sea, tengo que tomarla."

Yoo-na apretó la mano de su hermana. Podía ver la determinación en sus ojos, la misma determinación que la había llevado a superar tantos obstáculos en la vida. Pero esta vez, el presentimiento era ominoso.

"Prométeme que si algo no se siente bien, te irás," dijo Yoo-na.

Ye-na sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Lo prometo, unnie. Te llamaré tan pronto como pueda."

Esa noche, Yoo-na apenas durmió. La imagen de la tarjeta con los símbolos geométricos se grabó en su mente. La preocupación por Ye-na la consumía.

A la mañana siguiente, Ye-na se despidió de su hermana con un abrazo apretado. "Volveré con el dinero, unnie. Lo prometo."

Yoo-na la vio irse, su corazón encogido. No sabía que esa sería la última vez que vería a su hermana en el mundo exterior tal como lo conocían.

***

El interior del autobús era oscuro y silencioso. Ye-na se sentó, con los ojos vendados, sintiendo la vibración del vehículo bajo ella. A su alrededor, otros participantes también estaban vendados, sus silencios un coro de nerviosismo y anticipación. No había vuelta atrás. Había llamado al número, y en cuestión de minutos, un coche negro la había recogido.

Cuando finalmente le quitaron la venda, se encontró en un vasto hangar, lleno de camas numeradas. Había cientos de personas, todas vestidas con chándales verdes, como el suyo. Un presentador con una máscara geométrica y un traje rojo explicó las reglas: seis juegos, un ganador, un premio de 45.6 billones de wones. La voz del presentador era fría e impersonal, pero el número del premio resonaba en su mente como una canción de sirena.

Ye-na buscó rostros familiares, sintiéndose abrumada por la multitud. Había hombres y mujeres de todas las edades, con expresiones que oscilaban entre la determinación y el miedo. Finalmente, sus ojos se posaron en un hombre que parecía familiar. Era Seong Gi-hun, el hombre al que había visto en la estación de metro jugando ddakji con el hombre del traje. Gi-hun, con su cabello despeinado y su aire de perdedor adorable, la miró sorprendido.

"¿Tú también estás aquí?" preguntó Gi-hun, su voz llena de incredulidad.

Ye-na asintió, una sonrisa nerviosa en sus labios. "Parece que sí. ¿Sabes qué tipo de juegos son estos?"

Gi-hun negó con la cabeza. "Ni idea. Pero el dinero... es mucho dinero."

Mientras hablaban, un hombre alto y bien vestido se acercó a ellos. Su presencia irradiaba una autoridad silenciosa. Era Cho Sang-woo, el brillante exalumno de la Universidad Nacional de Seúl, el orgullo del vecindario de Gi-hun. Ye-na lo había visto un par de veces en el pueblo, siempre con una aura de éxito a su alrededor.

"¿Gi-hun? ¿Qué haces aquí?" preguntó Sang-woo, su voz tranquila pero con un matiz de sorpresa. Cuando sus ojos se posaron en Ye-na, una chispa de curiosidad apareció en ellos.

"Sang-woo, tú también..." Gi-hun parecía aún más sorprendido.

Ye-na se sintió un poco intimidada por la intensidad de la mirada de Sang-woo. Siempre había sido consciente de su encanto natural, pero la mirada del hombre era diferente, más penetrante.

"Soy Park Ye-na," dijo, ofreciéndole una pequeña reverencia. "Un placer."

Sang-woo asintió, sus ojos aún fijos en ella. "Cho Sang-woo. Igualmente."

Un silencio incómodo se cernió sobre ellos. Ye-na, sintiendo la necesidad de aligerar el ambiente, sonrió. "Bueno, parece que estamos todos en el mismo barco, ¿verdad? Esperemos que sea un viaje con un buen final."

Gi-hun rió nerviosamente. Sang-woo, sin embargo, mantuvo una expresión ilegible.

El primer juego comenzó poco después. "Luz Roja, Luz Verde." La voz infantil de la muñeca gigante resonó en el patio, enviando escalofríos por la espalda de Ye-na. Al principio, la gente se movía con cautela, sin entender completamente la mecánica. Pero cuando los primeros disparos resonaron y los cuerpos cayeron, un grito colectivo de horror llenó el aire.

Ye-na sintió un nudo en el estómago. Esto no era un simple juego de niños. Era una masacre. El miedo se apoderó de ella, paralizándola por un momento. Sintió un tirón en el brazo y se encontró con la mirada de Gi-hun.

"¡Tenemos que movernos!" gritó Gi-hun, arrastrándola.

Ye-na corrió, su corazón latiendo salvajemente. La visión de los cuerpos inertes la perseguía. Intentó concentrarse en la voz de la muñeca, en la necesidad de detenerse cuando decía "luz roja". Vio a Sang-woo moverse con una precisión calculada, su rostro impasible.

En un momento, casi tropezó, y una mano fuerte la agarró por el brazo, impidiendo su caída. Era Sang-woo. Sus ojos se encontraron por un instante, una mezcla de preocupación y algo más indescifrable en los suyos.

"Ten cuidado," dijo, su voz baja. La cercanía de su cuerpo la hizo sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo.

Logró pasar el primer juego, exhausta y temblorosa. La noche en el hangar fue un infierno. El trauma de lo que habían presenciado era palpable. Los gritos, los llantos, el silencio de los muertos. Ye-na se acurrucó en su cama, intentando procesar la realidad de su situación. Había aceptado el juego por desesperación, pero nunca imaginó que sería esto.

Al día siguiente, después de que muchos participantes decidieran irse, y luego fueran forzados a regresar por la magnitud de sus deudas, el ambiente era aún más tenso. Ye-na se sentó en la cafetería, intentando comer el arroz insípido. Sus ojos se posaron en Kang Sae-byeok, la joven desertora norcoreana, sentada sola con una expresión de hielo. Y luego, vio a Jang Deok-su, el gángster, con su séquito, intimidando a otros jugadores.

Gi-hun se acercó a ella, con una expresión preocupada. "Ye-na, ¿estás bien?"

Ella asintió, intentando forzar una sonrisa. "Tan bien como se puede estar en un matadero."

Fue entonces cuando Sang-woo se unió a ellos, sentándose a su lado. La cercanía de su cuerpo la hizo sentir un hormigueo.

"Tenemos que formar un equipo," dijo Sang-woo, con su voz tranquila. "Es la única manera de sobrevivir. Los juegos se volverán más difíciles."

Gi-hun asintió. "Tiene razón. No podemos hacerlo solos."

Ye-na miró a Sang-woo. Había algo en su mirada que la intrigaba, una mezcla de inteligencia y una frialdad calculada. Pero también, había un atisbo de preocupación por los demás, aunque lo ocultara bien.

"Estoy dentro," dijo Ye-na. "Necesitamos toda la ayuda posible."

Así se formó su pequeño grupo: Gi-hun, el corazón del grupo; Sang-woo, el cerebro; y Ye-na, con su espíritu adaptable y su capacidad para conectar con la gente. Más tarde se les unirían el amable anciano Oh Il-nam, la fuerte Sae-byeok, y el trabajador extranjero Ali Abdul.

El segundo juego fue "Panal de Azúcar". Ye-na eligió el triángulo, pensando que sería el más fácil. El sudor frío corrió por su espalda mientras intentaba cortar la forma con la aguja. El tiempo se agotaba, y la tensión era insoportable. Vio a un hombre fallar y ser ejecutado sin piedad.

Sus manos temblaban, pero recordó las palabras de su abuela, que siempre le decía que mantuviera la calma bajo presión. Concentrándose, logró cortar el triángulo justo a tiempo. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Vio a Sang-woo terminar su estrella con una precisión casi inhumana.

Esa noche, la tensión en el dormitorio era palpable. La crueldad de los juegos había deshumanizado a muchos. Las peleas estallaron, los débiles fueron atacados. Ye-na se acurrucó con Gi-hun y Sang-woo, sintiéndose un poco más segura en su compañía.

Mientras los demás dormían, Ye-na no podía conciliar el sueño. La imagen de los cuerpos caídos, la sensación del miedo, la desesperación de su situación. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la luna a través de los barrotes.

Una voz suave la sacó de sus pensamientos. "No puedes dormir, ¿verdad?"

Era Sang-woo. Estaba de pie a unos metros de ella, su figura alta y sombría en la penumbra.

"No," admitió Ye-na. "Es... es mucho."

Sang-woo se acercó a ella, sus ojos fijos en el horizonte. "Sí. Lo es."

Hubo un silencio cómodo entre ellos. La presencia de Sang-woo era extrañamente reconfortante.

"Nunca pensé que terminaría aquí," dijo Ye-na, su voz apenas un susurro. "Solo quería ayudar a mi hermana."

Sang-woo se volvió hacia ella, sus ojos encontrando los suyos. "Todos tenemos nuestras razones. Las deudas son un pozo sin fondo."

"¿Y tú?" preguntó Ye-na, sintiendo una punzada de curiosidad. "¿Por qué estás aquí?"

Sang-woo desvió la mirada, una sombra cruzando su rostro. "Digamos que tomé algunas decisiones equivocadas. Y ahora estoy pagando el precio."

Ye-na sintió una extraña conexión con él en ese momento. Ambos estaban atrapados en este infierno, cargando con sus propios pesos.

"Eres muy valiente, Ye-na," dijo Sang-woo, su voz baja y resonante.

Ye-na sintió un rubor en sus mejillas. "No lo sé. Tengo mucho miedo."

Sang-woo extendió una mano y le tocó suavemente el brazo. "El miedo es natural. Pero el hecho de que sigas adelante a pesar de él, eso es valentía."

La electricidad de su toque la sorprendió. Sus ojos se encontraron de nuevo, y esta vez, la mirada de Sang-woo era más suave, más vulnerable. Se quedaron allí, bajo la luz de la luna, en medio del caos, encontrando un breve momento de consuelo el uno en el otro.

El tercer juego se anunció, y era la cuerda. Ye-na, aunque no era la más fuerte, se aferró a la cuerda con todas sus fuerzas, animando a su equipo. La estrategia de Sang-woo y la fuerza de Ali fueron cruciales. Lograron ganar, pero la victoria llegó con una imagen perturbadora: los jugadores del equipo perdedor cayendo al vacío.

La moral del grupo estaba en su punto más bajo. Ye-na intentó mantener el ánimo, ofreciendo palabras de aliento a Gi-hun y a los demás. Pero por dentro, se sentía cada vez más agotada.

Una noche, mientras el caos reinaba en el dormitorio con la lucha por la comida, Ye-na se sintió abrumada. Las lágrimas brotaron de sus ojos. Se sentó en un rincón, intentando sofocar sus sollozos.

Una mano se posó suavemente en su hombro. Era Sang-woo. Se sentó a su lado, sin decir una palabra, simplemente ofreciendo su presencia silenciosa.

"No puedo más," susurró Ye-na, su voz rota. "Esto es horrible. Extraño a mi hermana."

Sang-woo la atrajo suavemente hacia él, y Ye-na apoyó su cabeza en su hombro. Su abrazo era sorprendentemente cálido y reconfortante.

"Lo sé," dijo Sang-woo, su voz un murmullo. "Pero no estás sola. Estamos juntos en esto."

Ye-na se aferró a él, sintiendo un consuelo inesperado en sus brazos. La cercanía de su cuerpo, el olor de su piel, la hicieron sentir una chispa de algo más allá del miedo. Era una conexión, una intimidad forjada en el fuego de la desesperación.

En los días siguientes, la relación entre Ye-na y Sang-woo comenzó a cambiar sutilmente. Sus miradas se prolongaban un poco más, sus toques eran más frecuentes, más significativos. Gi-hun, observando desde la distancia, notaba la química entre ellos, aunque el amor no era precisamente la prioridad en ese lugar.

El cuarto juego fue el de las canicas. La crueldad de este juego superó a todos los anteriores. Los participantes tenían que enfrentarse a un compañero. Ye-na se encontró cara a cara con el anciano Oh Il-nam. Su corazón se rompió. No podía hacerle esto al amable anciano.

Il-nam, con una sonrisa triste, le dijo que jugara con él. "Sé que eres una buena chica, Ye-na. Solo juega."

Ye-na, con lágrimas en los ojos, intentó jugar de la manera más justa posible, pero la astucia de Il-nam y su aparente demencia la llevaron a la derrota. Sin embargo, en un giro inesperado, Il-nam le dio sus canicas, sacrificándose para que ella pudiera vivir.

Cuando el disparo resonó, Ye-na cayó de rodillas, el dolor de la pérdida abrumándola. La culpa la carcomía.

De vuelta en el dormitorio, Sang-woo la encontró llorando inconsolablemente. La abrazó con fuerza, susurrándole palabras de consuelo. Ye-na se aferró a él, buscando consuelo en su abrazo. La pérdida de Il-nam había sido un golpe devastador.

"No fue tu culpa, Ye-na," dijo Sang-woo, acariciándole el cabello. "Él quería que vivieras."

En ese momento, en medio de la oscuridad y la desesperación, el consuelo que Sang-woo le ofrecía se convirtió en un ancla. Sus labios se encontraron, un beso tierno al principio, luego más apasionado, una expresión de consuelo, de dolor compartido, de la necesidad de aferrarse a algo, a alguien, en un mundo que se desmoronaba a su alrededor. Fue un beso de supervivencia, de conexión en el abismo.

El juego continuó, y con él, las pruebas de su humanidad. Ye-na se dio cuenta de que Sang-woo, a pesar de su calma exterior, también estaba luchando. Él era un hombre que había caído de la gracia, y la presión de los juegos estaba sacando lo peor de él, pero también, de alguna manera, lo estaba acercando a ella.

El quinto juego, el puente de cristal, fue un infierno. Ye-na vio a muchos caer, sus gritos resonando en el hangar. Su corazón latía con fuerza, el miedo la paralizaba. Pero la determinación de sobrevivir por su hermana la impulsó hacia adelante.

Cuando llegó su turno, el miedo era abrumador. Miró a Sang-woo, quien la miraba con una expresión indescifrable. Había algo en sus ojos, una mezcla de preocupación y una fría determinación.

"Puedes hacerlo, Ye-na," dijo Sang-woo, su voz apenas audible. "Confía en ti misma."

Ye-na respiró hondo y dio un paso, luego otro. La tensión era insoportable. Cuando finalmente llegó al final, exhausta y temblorosa, sintió una oleada de alivio. Pero la victoria tenía un sabor amargo. Eran cada vez menos.

En el dormitorio, la atmósfera era diferente. Solo quedaban unos pocos. Gi-hun, Sang-woo, Sae-byeok y ella. Y otro jugador más, el número 067. La noche fue un silencio tenso.

Ye-na se acercó a Sang-woo, quien estaba sentado solo, con la mirada perdida. Se sentó a su lado, apoyando su cabeza en su hombro.

"¿Estás bien?" preguntó.

Sang-woo suspiró. "No lo sé, Ye-na. Esto... esto es demasiado."

Ye-na le tomó la mano, entrelazando sus dedos. "Lo sé. Pero estamos aquí. Estamos juntos."

Sang-woo apretó su mano, su mirada encontrando la suya. Había una vulnerabilidad en sus ojos que Ye-na nunca había visto antes. En ese momento, se dio cuenta de que, a pesar de todo, se había enamorado de él. De su inteligencia, de su fuerza, incluso de sus defectos. Él era su refugio en este infierno.

El amanecer trajo consigo la promesa del último juego. Ye-na sabía que no todos saldrían con vida. Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía completamente sola. Tenía a Sang-woo, y él, de alguna manera, se había convertido en su razón para seguir adelante. Sin saber que el último juego sería el que pondría a prueba no solo su fuerza física, sino también la de su corazón.
Índice

Quer criar seu próprio fanfic?

Cadastre-se na Fanfy e crie suas próprias histórias!

Criar meu fanfic