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Rivals

Fandom: HololiveEN

Criado: 15/02/2026

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RomanceDramaAngústiaDor/ConfortoFantasiaEstudo de PersonagemConsertoAlmas GêmeasHistória Doméstica
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Un Encuentro en la Eternidad Rota

La vibrante negrura de la noche londinense se cernía sobre las calles empedradas, iluminadas por el parpadeo ocasional de una farola solitaria. Kaiser, con su gabardina carmesí ondeando ligeramente con la brisa fría, caminaba sin rumbo fijo, los auriculares cubriendo sus oídos con el estruendo de un potente riff de guitarra que ahogaba el murmullo de la ciudad. Su paso era pausado, casi melancólico, a pesar de la energía que irradiaba su ser. Millones de años de existencia habían dejado una huella en su alma, una mezcla compleja de poder, soledad y un anhelo persistente.

La música era su refugio, un muro sonoro contra los ecos de un pasado que se negaba a morir. Su mente, una biblioteca de recuerdos milenarios, a menudo se perdía en los rincones más brillantes, aquellos donde una risa melodiosa y un cabello rosado eran el centro de su universo. Se negaba a aceptar que aquellos recuerdos estuvieran teñidos de dolor, de abandono. Para Kaiser, el amor que una vez compartió con Mori Calliope era tan real y eterno como su propia inmortalidad.

De repente, un escalofrío recorrió su espalda, un presentimiento gélido que no tenía nada que ver con la temperatura nocturna. La música en sus oídos pareció silenciarse, o quizás fue su propia percepción agudizada la que le advirtió de una presencia. Levantó la vista, sus ojos, normalmente un torbellino de energía demoníaca, ahora fijos en una silueta inmóvil al final de la calle.

Era ella.

El tiempo pareció detenerse. El riff de guitarra se desvaneció por completo de su conciencia. Mori Calliope estaba allí, bajo la luz mortecina de una farola, su figura envuelta en un aura de melancolía y dureza. Sus ojos, antes un mar de calidez para él, ahora eran dos pozos de indiferencia gélida, fijos en los suyos.

Un nudo se formó en la garganta de Kaiser. Millones de años de historia, de batallas, de momentos de alegría y de dolor, se condensaron en ese único instante. La rivalidad, el odio, la animosidad que habían forjado entre ellos durante eones, todo se desvaneció ante la cruda realidad de su pasado compartido.

Para Kaiser, ese odio era una fachada, una máscara que Calliope usaba para ocultar su verdadera emoción. Siempre había pensado que ella estaba pasando por "esos días", que su genio y su distancia eran producto de un mal humor pasajero, de la presión de su papel como Grim Reaper. Nunca, ni por un instante, se le había ocurrido que ella lo hubiera abandonado a su suerte. En su mente, ella había huido porque él le había dado el espacio para hacerlo, porque él quería que ella estuviera a salvo. Él se había quedado para contener a los demonios, para protegerla, y ella, en su inocencia, simplemente había aprovechado la oportunidad para escapar. Pensaba que ella estaba triste por su separación, que él era el que la había decepcionado al no poder mantenerla a salvo en *ese* momento.

Calliope, por su parte, lo miraba con una mezcla de resentimiento y tristeza. En sus ojos, Kaiser veía el dolor de un amor perdido, la amargura de una traición que ella creía haber sufrido. La verdad era que ella pensaba que él la odiaba, que la miraba con desprecio por haber huido. Su actitud distante y fría era una defensa, una forma de protegerse de lo que ella percibía como su ira. Cada vez que se cruzaban, ella esperaba una confrontación, un reproche, pero él siempre la miraba con una expresión que ella interpretaba como una mezcla de decepción y un dejo de añoranza.

"Calli," la voz de Kaiser fue apenas un susurro, rasposa por la emoción no expresada.

Ella no respondió, solo lo miró, sus ojos fijos en los suyos con una intensidad que le heló la sangre. Había un brillo en ellos, un destello de algo que Kaiser no podía descifrar. ¿Era dolor? ¿Remordimiento? ¿O simplemente la fría indiferencia que había aprendido a exhibir?

Él dio un paso, luego otro, acortando la distancia entre ellos. Cada paso era una eternidad, cada latido de su corazón resonaba como un tambor de guerra en el silencio de la noche.

"Ha pasado un tiempo," dijo Kaiser, intentando sonar casual, pero la tensión en su voz era innegable.

Calliope finalmente habló, su voz era un hilo de seda, cortante y fría. "Sí. Millones de años, para ser exactos."

El sarcasmo en su tono era palpable, pero Kaiser lo ignoró. Él no lo veía como sarcasmo, sino como una manifestación de su tristeza, de su dolor por haber estado separados tanto tiempo.

"Te he echado de menos," confesó Kaiser, su voz bajando a un tono más íntimo, un destello de vulnerabilidad en sus ojos.

Una punzada de algo que Calliope no pudo identificar la atravesó. ¿La había echado de menos? ¿Después de todo lo que había pasado? ¿Después de cómo lo había dejado? Un nudo se formó en su garganta, y tuvo que tragar saliva para mantener la compostura.

"¿Echas de menos a tu rival?" preguntó ella, su voz un poco más aguda de lo que pretendía.

Kaiser se detuvo a solo unos metros de ella, sus ojos fijos en los suyos. "No solo a mi rival, Calli. Te echo de menos a ti. A la Calli que conocí, a la Calli que amé."

La mención de su amor pasado resonó en el aire, cargada de emociones no resueltas. El rostro de Calliope se contrajo ligeramente, una emoción fugaz que Kaiser no pudo interpretar. Él, en su inocencia, pensó que era la tristeza de un amor perdido, una punzada de nostalgia por lo que una vez tuvieron.

"Las cosas han cambiado, Kaiser," dijo ella, su voz ahora un poco más suave, pero aún teñida de amargura. "Ya no somos los mismos."

"Para mí, lo eres," respondió él, su voz llena de convicción. "Siempre lo has sido. Siempre lo serás."

Calliope cerró los ojos por un instante, un suspiro escapando de sus labios. La verdad era que ella había sufrido, y mucho, por la culpa de haberlo abandonado. Había vivido con la certeza de que él la despreciaba, de que la consideraba una cobarde. Y ahora, él estaba allí, diciéndole que la había extrañado, que la amaba. Era demasiado para procesar.

"¿Por qué estás aquí?" preguntó ella, abriendo los ojos y mirándolo con una mezcla de desafío y confusión.

Kaiser sonrió, una sonrisa triste y melancólica. "Supongo que el destino nos tiene ganas de jugar. O quizás, simplemente quería ver tu hermosa cara una vez más."

El cumplido la tomó por sorpresa. Calliope sintió un rubor subir por sus mejillas, pero rápidamente lo reprimió. No podía permitirse caer en sus encantos, no de nuevo.

"Deja de decir tonterías, Kaiser," dijo ella, intentando sonar dura, pero su voz temblaba ligeramente.

"¿Son tonterías, Calli?" preguntó él, dando otro paso, acortando la distancia aún más. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el aroma de su perfume, el mismo que recordaba de antes. "O es que tienes miedo de admitir lo que sientes?"

Calliope retrocedió un paso, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. La cercanía de Kaiser la desarmaba, la hacía dudar de todo lo que había creído.

"No tengo miedo de nada," espetó ella, aunque su voz no tenía la convicción que deseaba.

"¿Ni siquiera de la verdad?" preguntó Kaiser, sus ojos fijos en los suyos, buscando una respuesta en las profundidades de su alma. "La verdad de que, a pesar de todo, todavía me quieres."

Esa fue la gota que colmó el vaso para Calliope. La acusación, la audacia de sus palabras, la hicieron estallar.

"¡No te atrevas a decir eso!" exclamó, su voz resonando en la calle tranquila. "¡No tienes ni idea de lo que pasé! ¡De lo que siento!"

Kaiser la miró con una expresión de perplejidad. "Sé que estás triste, Calli. Sé que te dolió que nos separáramos. Pero no tienes que fingir que me odias. Podemos superar esto juntos, como antes."

Calliope lo miró, sus ojos llenos de lágrimas contenidas. ¿Triste? ¿Que le dolió que se separaran? ¿Él realmente pensaba que eso era todo? La herida de su abandono se abrió de nuevo, más profunda y dolorosa que nunca.

"¿Superar esto?" preguntó ella, una risa amarga escapando de sus labios. "¡Tú no sabes nada, Kaiser! ¡No sabes lo que es ser abandonada, dejada a tu suerte mientras los demonios te desgarran!"

Las palabras de Calliope golpearon a Kaiser como un rayo. Su expresión de perplejidad se transformó en una de shock, luego en una de incredulidad.

"¿Abandonada?" repitió, la voz apenas un susurro. "¿De qué estás hablando, Calli? Yo te di una oportunidad para escapar. Te protegí. Me quedé para luchar contra ellos por ti."

Calliope lo miró con furia, las lágrimas finalmente desbordándose por sus mejillas. "¡No me protegiste! ¡Me dejaste! ¡Corriste! ¡Me dejaste sola contra hordas de demonios mientras tú te salvabas!"

El mundo de Kaiser se detuvo. Las palabras de Calliope resonaron en su mente, distorsionando todos sus recuerdos, todas sus creencias. ¿Ella pensaba que él la había abandonado? ¿Que él había huido? La idea era tan absurda, tan contraria a su propia verdad, que le costó asimilarla.

"No," dijo Kaiser, su voz ronca, negándose a aceptar lo que escuchaba. "Eso no es lo que pasó. Yo te vi irte. Pensé que te estaba dando una oportunidad, un camino seguro. Yo me quedé para que pudieras escapar."

"¡Mentira!" gritó Calliope, su voz llena de un dolor que perforó el corazón de Kaiser. "¡Me dejaste allí! ¡No miraste atrás! ¡Pensé que te habías ido para siempre!"

La verdad, cruda y dolorosa, comenzó a filtrarse en la mente de Kaiser. La confusión, la incomprensión, el odio que Calliope le había mostrado durante eones, todo comenzó a tener sentido. No era tristeza, no era un mal humor. Era un dolor profundo, una herida de abandono que él, sin saberlo, había infligido.

Sus rodillas flaquearon, y Kaiser tuvo que apoyarse contra una pared cercana para mantenerse en pie. La música en sus oídos se había detenido por completo, reemplazada por el retumbar de su propia conciencia.

"Calli..." comenzó él, su voz llena de una desesperación que nunca antes había sentido. "Yo... yo no sabía. Pensé que te había salvado. Pensé que te estaba dando una oportunidad."

Calliope lo miró, sus ojos aún llenos de lágrimas, pero ahora también con un atisbo de duda. La sinceridad en la voz de Kaiser, el dolor en sus ojos, era innegable.

"¿Qué quieres decir?" preguntó ella, su voz un susurro apenas audible.

"Cuando los demonios nos atacaron," explicó Kaiser, su voz temblaba con la emoción. "Tú estabas herida. Yo vi una oportunidad para que te fueras, para que te salvaras. Me quedé atrás, para contenerlos, para comprarte tiempo. Pensé que lo habías entendido. Pensé que te había dado la oportunidad de vivir."

El silencio se cernió sobre ellos, un silencio pesado, cargado de verdades no dichas, de malentendidos milenarios. Calliope miró a Kaiser, sus ojos escudriñando los suyos, buscando cualquier atisbo de engaño. Pero solo encontró dolor, arrepentimiento y una verdad devastadora.

"Entonces... entonces tú no me abandonaste?" preguntó ella, su voz apenas un hilo.

Kaiser negó con la cabeza, sus ojos fijos en los suyos, llenos de un amor que nunca había flaqueado. "Nunca, Calli. Nunca te abandonaría. Te amo. Siempre te he amado."

Las palabras de Kaiser resonaron en el aire, rompiendo las barreras de millones de años de dolor y malentendidos. Las lágrimas de Calliope se intensificaron, pero ahora eran lágrimas de alivio, de comprensión, de una esperanza que creía perdida para siempre.

"Yo... yo pensé que me odiabas," dijo ella, su voz ahogada por los sollozos. "Pensé que me despreciabas por haber huido."

Kaiser se acercó a ella, sus manos temblaban mientras las levantaba para limpiar las lágrimas de sus mejillas. "Nunca, mi amor. Nunca podría odiarte. Solo me dolía que fueras tan distante, tan fría. Pensé que era porque te habías alejado de mí por el dolor de nuestra separación."

El tacto de Kaiser, el calor de sus manos en su piel, fue como una descarga eléctrica para Calliope. Millones de años de dolor, de culpa, de resentimiento, se disolvieron en ese momento. Se dio cuenta de la magnitud de su error, de la terrible ironía de su historia. Ambos habían vivido con la creencia de que el otro los odiaba, cuando en realidad, el amor había persistido, oculto bajo capas de malentendidos.

"Kaiser..." dijo ella, su voz apenas un susurro.

Él la atrajo hacia sí, abrazándola con una fuerza que prometía no soltarla nunca más. El abrazo fue un torbellino de emociones, de dolor, de alivio, de un amor que había resistido la prueba del tiempo y la adversidad.

"Te he echado tanto de menos, Calli," susurró Kaiser, su voz ahogada por la emoción.

Calliope se aferró a él, las lágrimas empapando su gabardina carmesí. "Y yo a ti, Kaiser. Yo a ti."

En medio de la noche londinense, bajo la luz parpadeante de una farola, dos almas rotas se encontraron, y en ese encuentro, comenzaron a sanar. El camino por delante sería largo, lleno de conversaciones difíciles y verdades dolorosas, pero por primera vez en millones de años, Kaiser y Calliope no estaban solos. Tenían el uno al otro, y la promesa de un futuro donde el amor, finalmente, podría florecer sin las sombras del pasado.
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