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Gormiti un accidente entre universos
Fandom: Gormiti
Criado: 19/02/2026
Tags
FantasiaAçãoAventuraRomanceDramaSombrioCenário CanônicoSuspense
Un Giro Inesperado: El Festival Interrumpido
La luz del sol de Gorm, rojiza y cálida, se filtraba a través de las hojas gigantes de los árboles milenarios que rodeaban la Academia de Príncipes y Princesas, bañando el vasto patio en un resplandor dorado. Era un día de celebración, un día en el que las antiguas tradiciones de las cuatro tribus principales –Fuego, Viento, Roca y Hielo– se entrelazaban en un festival de unidad y respeto. Las mesas, talladas en maderas exóticas y adornadas con los colores y símbolos de cada tribu, estaban dispuestas con elegancia, repletas de manjares y bebidas que deleitaban los sentidos.
En la mesa de la Tribu del Fuego, un lugar reservado para los maestros y las familias reales más influyentes, Riff, con su piel amarilla, ojos rojos y cabellera escarlata, se reclinaba con una despreocupación que rozaba la insolencia. A su lado, sus padres, el Rey y la Reina del Reino del Fuego, conversaban con la seriedad que correspondía a su estatus, mientras su hermana Finna, igual de vibrante y enérgica que él, suspiraba ruidosamente.
—Esto es tan aburrido —murmuró Finna, su voz un susurro apenas audible por encima del murmullo general—. ¿Por qué no ocurre nada emocionante?
Riff, que en ese momento saboreaba una copa de vino especiado, sonrió con sorna. —Quizás porque esta tradición es estúpida, hermanita. Tenemos que esperar a que empiecen las danzas y los rituales de la tribu para que algo emocionante pase. Lo más probable es que Trek, Eron y yo hagamos una tontería, y Aoki e Ikor nos regañen. Y Siran… bueno, Siran nos castigará a los tres por una semana.
Mientras hablaba, sus ojos se desviaron hacia la mesa de la Tribu de la Luz, donde la Princesa Aoki, con su piel grisácea, su larga y bien peinada cabellera morada y blanca, y sus penetrantes ojos violetas, comía con una delicadeza que contrastaba con su espíritu indomable. Un ligero rubor tiñó sus mejillas mientras se tocaba el cuello, esperando que sus padres, a su lado, no notaran nada extraño, ni siquiera los sutiles chupetones que adornaban su piel. El collar de fuego, símbolo de una promesa de matrimonio, brillaba sobre su pecho, un recordatorio silencioso de la noche íntima que había compartido con Riff.
Finna, al ver la dirección de la mirada de su hermano, no pudo evitar una burla. —Hablando de romances secretos y promesas de matrimonio… ¿y tú, Riff? ¿No te cansas de mirar a Aoki? No es que me queje, pero al menos disimula un poco.
Riff le lanzó una mirada de advertencia, pero ella ya estaba riendo. —¡Oh, vamos! No es como si no supiera lo tuyo con Eron. ¿Y ese collar que te dio? ¡Es idéntico al de Aoki!
El rubor se extendió por el rostro de Finna, y ambos hermanos se quedaron en silencio, escuchando a medias las conversaciones de sus padres, la solemnidad de la tradición pesando sobre ellos como una manta gruesa.
Mientras tanto, en la mesa de la Tribu del Viento, Eron, con su piel, ojos y cabello de un azul vibrante, comía con la elegancia que se esperaba de un príncipe. Sus padres, al igual que todos los demás de su tribu, hablaban de alianzas matrimoniales, de futuros poderosos que evitarían guerras y consolidarían la paz entre tribus que no siempre se llevaban bien. Eron suspiró, la frustración creciendo en su interior.
—Esto es un fastidio —murmuró, su voz apenas audible. Sus ojos se posaron en la mesa de la Tribu de la Roca, donde Trek, con su cabello plateado, ojos marrones y piel amarilla, comía con una tranquilidad que Eron envidiaba. A su lado, Siran, con su cabello rubio y piel amarilla, y sus ojos verdes, le susurraba algo.
—Oye, ¿crees que tus padres reaccionarán bien cuando sepan que estamos saliendo? Creo que ya es un poco obvio —dijo Siran, dándole un poco de su comida a Trek, quien la aceptó con una sonrisa.
—No lo sé —respondió Trek, masticando lentamente—. Solo espero que se lo tomen bien y que no colapsen cuando se enteren sobre el collar de promesa para un futuro matrimonio que te di… bueno, en nuestra noche. Lo más probable es que mi mamá se desmaye.
Siran se sonrojó, tocando el collar que colgaba de su cuello, un recordatorio de esa noche íntima. La idea de la reacción de los padres de Trek la hizo reír suavemente.
En la sección de la Tribu del Hielo, Ikor, con su piel azul claro, ojos verdes y cabello del mismo tono, se sentaba con la seriedad que lo caracterizaba. A su lado, su padre, el Rey Kori, le preguntaba sobre sus responsabilidades, e Ikor respondía con la precisión de un estratega. Sin embargo, su mirada se desviaba constantemente hacia la mesa de la Tribu del Agua, un lugar reservado para los maestros y las familias más influyentes de esa tribu.
Allí, Amepress, con su piel blanca, ojos azules y cabello que evocaba las profundidades del océano, comía con una elegancia que ocultaba un profundo aburrimiento. La presencia de sus padres la obligaba a mantener la compostura, pero sus ojos azules buscaban los de Ikor. Cuando sus miradas se encontraron, un ligero rubor tiñó las mejillas de Ikor, quien rápidamente desvió la vista, fingiendo interés en su plato. Amepress sonrió, un brillo travieso en sus ojos, y se tocó el cuello, donde un collar, idéntico en estilo al que Ikor solía llevar, brillaba discretamente. Era otro collar de promesa, un secreto compartido entre ellos.
El ambiente estaba cargado de expectativas, de secretos y de la tensión propia de una celebración tan formal. Todos esperaban el discurso del director de la academia, el preludio a las tan esperadas tradiciones.
El director, un anciano venerable con una larga barba blanca y una túnica bordada con los símbolos de todas las tribus, se puso de pie en el estrado central. Su voz, grave y resonante, se elevó por encima del murmullo general, capturando la atención de todos.
—¡Bienvenidos, jóvenes príncipes y princesas, nobles y maestros de las gloriosas tribus de Gorm! Hoy nos reunimos para celebrar nuestras raíces, para honrar a nuestros ancestros y para fortalecer los lazos que nos unen…
Pero antes de que pudiera terminar su frase, un estruendo ensordecedor sacudió el aire. Una explosión violenta resonó en la distancia, seguida de un temblor que hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Los gritos de la multitud se alzaron, y el pánico comenzó a extenderse como un incendio forestal.
Todos los maestros y estudiantes de las clases superiores –Riff, Finna, Aoki, Eron, Trek, Siran, Ikor, Amepress, y sus amigos– se levantaron de sus asientos, sus ojos fijos en el origen de la explosión. Una densa columna de humo negro se elevaba en el horizonte, oscureciendo el sol.
Cuando el humo comenzó a disiparse, lo que apareció dejó a todos sin aliento. Dos figuras monstruosas, de un rojo incandescente, emergiendo de las profundidades de la tierra como si fueran criaturas de lava, se alzaron sobre el paisaje. Sus formas eran grotescas, sus ojos brillaban con una malevolencia que helaba la sangre. No eran criaturas conocidas, no eran Gormitis amistosos, ni siquiera bestias salvajes. Eran algo más, algo oscuro y desconocido.
—¿Qué… qué son esas cosas? —murmuró Finna, su voz temblaba.
Riff, por primera vez en mucho tiempo, perdió su despreocupación habitual. Sus ojos rojos se entrecerraron, y su mano instintivamente buscó el mango de su espada, aunque sabía que en ese momento era inútil.
Eron, con el ceño fruncido, ya estaba preparándose para invocar sus poderes del viento, sus puños apretados. Trek, a su lado, había adoptado una postura defensiva, sus músculos tensos, listo para proteger a Siran. Ikor, aunque su rostro permanecía impasible, sus ojos verdes brillaban con una intensidad fría, analizando la amenaza.
Las figuras rojas, que más tarde se conocerían como Gormitis malvados, avanzaban con una lentitud ominosa, sus pasos haciendo temblar la tierra. Sus formas eran las de seres forjados en el fuego más primigenio, sus cuerpos cubiertos de una sustancia rocosa y ardiente. El aire a su alrededor crepitaba con energía oscura.
El director, recuperándose del shock inicial, gritó órdenes para evacuar a los estudiantes más jóvenes y a los padres, mientras los maestros de cada tribu se preparaban para la batalla.
—¡Protejan a los civiles! ¡Maestros, prepárense para la defensa! —exclamó.
Los jóvenes príncipes y princesas, a pesar de su inexperiencia en el combate real, sabían que no podían quedarse de brazos cruzados. Sus ojos se encontraron, una mezcla de miedo y determinación reflejada en ellos. La celebración había terminado. La paz se había roto. Y un nuevo capítulo, lleno de peligros y desafíos, acababa de comenzar.
Riff miró a Aoki, sus ojos se encontraron. En ese momento, las bromas, los coqueteos y los secretos pasaron a un segundo plano. Solo quedaba la urgencia de proteger Gorm.
—Esto… esto no es un simulacro —dijo Riff, su voz grave.
—No —respondió Aoki, su mirada firme—. Esto es la guerra.
Los dos monstruos de lava, o lo que parecían ser, emitieron un rugido que resonó en todo el valle, un sonido primordial que anunció su llegada y la inminente amenaza que representaban para Gorm y sus habitantes. Los Gormiti malvados habían llegado, y el mundo que conocían estaba a punto de cambiar para siempre. La Academia de Príncipes y Princesas, que una vez fue un refugio de conocimiento y tradición, se había convertido en el primer campo de batalla.
En la mesa de la Tribu del Fuego, un lugar reservado para los maestros y las familias reales más influyentes, Riff, con su piel amarilla, ojos rojos y cabellera escarlata, se reclinaba con una despreocupación que rozaba la insolencia. A su lado, sus padres, el Rey y la Reina del Reino del Fuego, conversaban con la seriedad que correspondía a su estatus, mientras su hermana Finna, igual de vibrante y enérgica que él, suspiraba ruidosamente.
—Esto es tan aburrido —murmuró Finna, su voz un susurro apenas audible por encima del murmullo general—. ¿Por qué no ocurre nada emocionante?
Riff, que en ese momento saboreaba una copa de vino especiado, sonrió con sorna. —Quizás porque esta tradición es estúpida, hermanita. Tenemos que esperar a que empiecen las danzas y los rituales de la tribu para que algo emocionante pase. Lo más probable es que Trek, Eron y yo hagamos una tontería, y Aoki e Ikor nos regañen. Y Siran… bueno, Siran nos castigará a los tres por una semana.
Mientras hablaba, sus ojos se desviaron hacia la mesa de la Tribu de la Luz, donde la Princesa Aoki, con su piel grisácea, su larga y bien peinada cabellera morada y blanca, y sus penetrantes ojos violetas, comía con una delicadeza que contrastaba con su espíritu indomable. Un ligero rubor tiñó sus mejillas mientras se tocaba el cuello, esperando que sus padres, a su lado, no notaran nada extraño, ni siquiera los sutiles chupetones que adornaban su piel. El collar de fuego, símbolo de una promesa de matrimonio, brillaba sobre su pecho, un recordatorio silencioso de la noche íntima que había compartido con Riff.
Finna, al ver la dirección de la mirada de su hermano, no pudo evitar una burla. —Hablando de romances secretos y promesas de matrimonio… ¿y tú, Riff? ¿No te cansas de mirar a Aoki? No es que me queje, pero al menos disimula un poco.
Riff le lanzó una mirada de advertencia, pero ella ya estaba riendo. —¡Oh, vamos! No es como si no supiera lo tuyo con Eron. ¿Y ese collar que te dio? ¡Es idéntico al de Aoki!
El rubor se extendió por el rostro de Finna, y ambos hermanos se quedaron en silencio, escuchando a medias las conversaciones de sus padres, la solemnidad de la tradición pesando sobre ellos como una manta gruesa.
Mientras tanto, en la mesa de la Tribu del Viento, Eron, con su piel, ojos y cabello de un azul vibrante, comía con la elegancia que se esperaba de un príncipe. Sus padres, al igual que todos los demás de su tribu, hablaban de alianzas matrimoniales, de futuros poderosos que evitarían guerras y consolidarían la paz entre tribus que no siempre se llevaban bien. Eron suspiró, la frustración creciendo en su interior.
—Esto es un fastidio —murmuró, su voz apenas audible. Sus ojos se posaron en la mesa de la Tribu de la Roca, donde Trek, con su cabello plateado, ojos marrones y piel amarilla, comía con una tranquilidad que Eron envidiaba. A su lado, Siran, con su cabello rubio y piel amarilla, y sus ojos verdes, le susurraba algo.
—Oye, ¿crees que tus padres reaccionarán bien cuando sepan que estamos saliendo? Creo que ya es un poco obvio —dijo Siran, dándole un poco de su comida a Trek, quien la aceptó con una sonrisa.
—No lo sé —respondió Trek, masticando lentamente—. Solo espero que se lo tomen bien y que no colapsen cuando se enteren sobre el collar de promesa para un futuro matrimonio que te di… bueno, en nuestra noche. Lo más probable es que mi mamá se desmaye.
Siran se sonrojó, tocando el collar que colgaba de su cuello, un recordatorio de esa noche íntima. La idea de la reacción de los padres de Trek la hizo reír suavemente.
En la sección de la Tribu del Hielo, Ikor, con su piel azul claro, ojos verdes y cabello del mismo tono, se sentaba con la seriedad que lo caracterizaba. A su lado, su padre, el Rey Kori, le preguntaba sobre sus responsabilidades, e Ikor respondía con la precisión de un estratega. Sin embargo, su mirada se desviaba constantemente hacia la mesa de la Tribu del Agua, un lugar reservado para los maestros y las familias más influyentes de esa tribu.
Allí, Amepress, con su piel blanca, ojos azules y cabello que evocaba las profundidades del océano, comía con una elegancia que ocultaba un profundo aburrimiento. La presencia de sus padres la obligaba a mantener la compostura, pero sus ojos azules buscaban los de Ikor. Cuando sus miradas se encontraron, un ligero rubor tiñó las mejillas de Ikor, quien rápidamente desvió la vista, fingiendo interés en su plato. Amepress sonrió, un brillo travieso en sus ojos, y se tocó el cuello, donde un collar, idéntico en estilo al que Ikor solía llevar, brillaba discretamente. Era otro collar de promesa, un secreto compartido entre ellos.
El ambiente estaba cargado de expectativas, de secretos y de la tensión propia de una celebración tan formal. Todos esperaban el discurso del director de la academia, el preludio a las tan esperadas tradiciones.
El director, un anciano venerable con una larga barba blanca y una túnica bordada con los símbolos de todas las tribus, se puso de pie en el estrado central. Su voz, grave y resonante, se elevó por encima del murmullo general, capturando la atención de todos.
—¡Bienvenidos, jóvenes príncipes y princesas, nobles y maestros de las gloriosas tribus de Gorm! Hoy nos reunimos para celebrar nuestras raíces, para honrar a nuestros ancestros y para fortalecer los lazos que nos unen…
Pero antes de que pudiera terminar su frase, un estruendo ensordecedor sacudió el aire. Una explosión violenta resonó en la distancia, seguida de un temblor que hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Los gritos de la multitud se alzaron, y el pánico comenzó a extenderse como un incendio forestal.
Todos los maestros y estudiantes de las clases superiores –Riff, Finna, Aoki, Eron, Trek, Siran, Ikor, Amepress, y sus amigos– se levantaron de sus asientos, sus ojos fijos en el origen de la explosión. Una densa columna de humo negro se elevaba en el horizonte, oscureciendo el sol.
Cuando el humo comenzó a disiparse, lo que apareció dejó a todos sin aliento. Dos figuras monstruosas, de un rojo incandescente, emergiendo de las profundidades de la tierra como si fueran criaturas de lava, se alzaron sobre el paisaje. Sus formas eran grotescas, sus ojos brillaban con una malevolencia que helaba la sangre. No eran criaturas conocidas, no eran Gormitis amistosos, ni siquiera bestias salvajes. Eran algo más, algo oscuro y desconocido.
—¿Qué… qué son esas cosas? —murmuró Finna, su voz temblaba.
Riff, por primera vez en mucho tiempo, perdió su despreocupación habitual. Sus ojos rojos se entrecerraron, y su mano instintivamente buscó el mango de su espada, aunque sabía que en ese momento era inútil.
Eron, con el ceño fruncido, ya estaba preparándose para invocar sus poderes del viento, sus puños apretados. Trek, a su lado, había adoptado una postura defensiva, sus músculos tensos, listo para proteger a Siran. Ikor, aunque su rostro permanecía impasible, sus ojos verdes brillaban con una intensidad fría, analizando la amenaza.
Las figuras rojas, que más tarde se conocerían como Gormitis malvados, avanzaban con una lentitud ominosa, sus pasos haciendo temblar la tierra. Sus formas eran las de seres forjados en el fuego más primigenio, sus cuerpos cubiertos de una sustancia rocosa y ardiente. El aire a su alrededor crepitaba con energía oscura.
El director, recuperándose del shock inicial, gritó órdenes para evacuar a los estudiantes más jóvenes y a los padres, mientras los maestros de cada tribu se preparaban para la batalla.
—¡Protejan a los civiles! ¡Maestros, prepárense para la defensa! —exclamó.
Los jóvenes príncipes y princesas, a pesar de su inexperiencia en el combate real, sabían que no podían quedarse de brazos cruzados. Sus ojos se encontraron, una mezcla de miedo y determinación reflejada en ellos. La celebración había terminado. La paz se había roto. Y un nuevo capítulo, lleno de peligros y desafíos, acababa de comenzar.
Riff miró a Aoki, sus ojos se encontraron. En ese momento, las bromas, los coqueteos y los secretos pasaron a un segundo plano. Solo quedaba la urgencia de proteger Gorm.
—Esto… esto no es un simulacro —dijo Riff, su voz grave.
—No —respondió Aoki, su mirada firme—. Esto es la guerra.
Los dos monstruos de lava, o lo que parecían ser, emitieron un rugido que resonó en todo el valle, un sonido primordial que anunció su llegada y la inminente amenaza que representaban para Gorm y sus habitantes. Los Gormiti malvados habían llegado, y el mundo que conocían estaba a punto de cambiar para siempre. La Academia de Príncipes y Princesas, que una vez fue un refugio de conocimiento y tradición, se había convertido en el primer campo de batalla.
