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La luz de hestia
Fandom: Danmachi
Criado: 23/02/2026
Tags
FantasiaAventuraAçãoIsekai / Fantasia PortalEstudo de PersonagemFatias de VidaHistória DomésticaDrama
Un Nuevo Comienzo y Una Diosa Solitaria
El aire era denso, pesado, con un olor a humedad y algo más, algo que Adán no podía identificar pero que le erizaba los vellos de la nuca. Sus ojos, uno azul zafiro y el otro amarillo ámbar, se movían de un lado a otro, absorbiendo cada detalle del bullicioso puerto. Carruajes tirados por bestias exóticas, puestos de mercado llenos de frutas y verduras vibrantes, gente de todas las razas y tamaños, y el inconfundible zumbido de la actividad. Esto no era el Japón moderno. Esto era Orario.
Había despertado hacía solo unas horas, con el eco de una voz femenina en su mente que le había deseado "buena suerte en tu nueva vida". No había sido un sueño. La sensación de su cuerpo, más ligero y ágil de lo que recordaba, el cabello blanco cayéndole por los hombros, y la ausencia total de su antiguo yo, eran pruebas irrefutables. Había renacido. Y lo había hecho en el mundo de Danmachi.
La revelación debería haber sido impactante, aterradora incluso. Pero Adán, el otaku que había pasado incontables horas inmerso en mundos de fantasía, sintió una extraña calma. Había visto esto antes. Incontables animes y novelas ligeras habían explorado el concepto de la reencarnación en otro mundo. Lo que sí le sorprendió fue su apariencia. El cabello blanco, la piel pálida, los ojos heterocromáticos que ahora poseía… le recordaban inquietantemente a cierto ghoul de Tokyo. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios. Al menos, no era un rostro completamente desconocido.
Lo primero que notó fue la falta de un "sistema" o "interfaz" flotando frente a sus ojos. Había esperado algo, cualquier cosa, que confirmara su condición de isekai. Pero no había nada. Solo el bullicio de la ciudad y su propia mente, que ahora parecía funcionar con una claridad inusual. Luego, el recuerdo de la voz regresó, más nítido esta vez. "El sistema de plantillas se activará una vez que obtengas una Falna". Ah. Eso explicaba la ausencia.
Su primera prioridad era conseguir una Falna. Eso era obvio. Sin ella, era solo un civil más en un mundo peligroso. Pero, ¿quién lo aceptaría? Se miró las manos, delgadas y pálidas. Su apariencia era, por decirlo suavemente, frágil. No había músculo visible, no había aura de fuerza. Parecía un joven enfermizo, no un aventurero.
Caminó por las calles de Orario, observando las diferentes Familia. Los estandartes coloridos, las armaduras brillantes, la confianza en los rostros de los aventureros. Intentó acercarse a un par de Familia menores, aquellos que no parecían tan exclusivos. En ambos casos, la respuesta fue la misma: una mirada de desdén, una sacudida de cabeza, un "no tenemos sitio para alguien tan débil". La frustración se acumuló en su pecho, pero también una determinación silenciosa. No iba a rendirse.
Mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, Adán se encontró en un distrito más antiguo y tranquilo de la ciudad. Las casas eran más pequeñas, las calles menos concurridas. Y fue allí donde vio un pequeño cartel, casi oculto por la hiedra, que anunciaba una Familia. La Falna de Hestia.
Hestia. La diosa del hogar. En su vida pasada, Adán la recordaba como una de las diosas más populares. Pequeña, enérgica, y con una fascinación por un cierto aventurero de cabello blanco. Una idea comenzó a formarse en su mente. Bell Cranel aún no había llegado a Orario. Eso significaba que Hestia estaría sola. Y quizás, solo quizás, estaría dispuesta a aceptar a alguien como él.
Respiró hondo, enderezó los hombros y se acercó a la puerta. Era una casa modesta, de dos pisos, con un aire acogedor. Tocó con cautela.
La puerta se abrió con un chirrido, revelando a una joven de pequeña estatura, con el cabello largo y oscuro recogido en dos coletas, y unos ojos azules que irradiaban una mezcla de cansancio y soledad. Llevaba un sencillo vestido blanco y la inconfundible cinta azul que denotaba su divinidad. Era Hestia.
"¿Sí?", preguntó la diosa, su voz era suave, pero con un matiz de impaciencia.
"Disculpe, Diosa Hestia", Adán hizo una ligera reverencia, intentando ser lo más respetuoso posible. "Mi nombre es Adán. He venido buscando un lugar donde… donde pueda ser útil. Busco una Falna".
Hestia lo miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en su cabello blanco y sus ojos heterocromáticos. Su expresión no cambió mucho, pero Adán pudo percibir un velo de escepticismo. "Una Falna, ¿dices? ¿Y por qué querrías una de mi Familia?" Había un tono de resignación en su voz. Estaba acostumbrada a que la ignoraran, a que pasaran de largo por su pequeña y humilde morada.
"He estado buscando por toda la ciudad", Adán eligió sus palabras con cuidado. No quería mentir, pero tampoco quería revelar demasiado. "Y todas las demás Familia me han rechazado. Dicen que soy demasiado débil. Y… bueno, no lo niego. No tengo experiencia en combate. Pero estoy dispuesto a trabajar duro. A aprender. A ser útil de cualquier manera que pueda". Su mirada, aunque plana, transmitía una determinación silenciosa que sorprendió un poco a Hestia.
La diosa suspiró, cruzándose de brazos. "Mira, chico. Mi Familia es pequeña. Soy solo yo. No tengo dinero, no tengo un hogar grande, y no tengo recursos para entrenar a un aventurero desde cero. Necesito a alguien que pueda valerse por sí mismo".
"Entiendo. Y sé que puedo parecer una carga", Adán mantuvo la calma. "Pero le prometo, Diosa Hestia, que no lo seré. Trabajaré. Lavaré platos, limpiaré, haré recados. Lo que sea necesario para ganarme mi sustento y entrenar en mis ratos libres. Solo necesito una oportunidad. Una Falna. Y le juro que no la decepcionaré".
Hestia lo estudió por un momento más largo. Había algo en los ojos heterocromáticos de Adán, una chispa de resiliencia que contrastaba con su apariencia frágil. Y la verdad era que estaba sola. Desesperadamente sola. La idea de tener a alguien más en su casa, incluso si era un novato, era tentadora.
"¿Ni siquiera un poco de experiencia?", preguntó Hestia, con una pizca de esperanza.
Adán negó con la cabeza. "Ninguna. Pero soy rápido para aprender".
Otro suspiro. La diosa se frotó la sien. "Bien. Entra. Pero no esperes lujos. Y si no puedes aguantar, no te culparé si te vas". Se hizo a un lado, permitiendo que Adán entrara.
El interior de la casa era humilde pero limpio. Un pequeño salón, una cocina modesta y una escalera que llevaba al segundo piso. "Puedes dormir en el sofá por ahora", dijo Hestia, señalando el único mueble grande en la habitación. "Mañana hablaremos de tus deberes".
Adán asintió, una punzada de alivio recorriendo su cuerpo. Lo había logrado. Había encontrado un hogar. Y, lo más importante, había conseguido una Falna.
Esa noche, mientras Hestia dormía en su habitación, Adán se sentó en el sofá, observando la luna a través de la ventana. Cerró los ojos y se concentró. Y entonces, lo sintió. Una sensación cálida y vibrante que se extendía desde su espalda. Una interfaz translúcida apareció en su mente.
**Nombre: Adán**
**Familia: Hestia**
**Nivel: 1**
**Fuerza: I0**
**Resistencia: I0**
**Destreza: I0**
**Agilidad: I0**
**Magia: I0**
**Plantilla: Apolo (0.1%)**
**Habilidades: N/A**
**Magia: N/A**
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Ahí estaba. El sistema de plantillas. Apolo. El dios del sol, la música, la poesía, la arquería. Una plantilla de un dios del Olimpo. Esto era mucho mejor de lo que había esperado. Y el 0.1% era el punto de partida. Recordó la condición que se había autoimpuesto en su vida pasada como jugador: maximizar las estadísticas antes de subir de nivel. Esto iba a ser un trabajo duro.
Al día siguiente, Adán se despertó antes de que saliera el sol. Hestia todavía dormía. Se levantó en silencio, estiró sus músculos y comenzó a explorar la casa. Encontró una escoba y un cubo, y sin dudarlo, comenzó a limpiar. Cuando Hestia finalmente bajó, la casa estaba impecable, y el aroma a té recién hecho flotaba en el aire.
"¿Adán? ¿Qué estás haciendo despierto tan temprano?", Hestia parpadeó, sorprendida.
"Buenos días, Diosa Hestia", Adán sonrió, ofreciéndole una taza de té. "Preparé el desayuno. Y limpié un poco. Pensé que sería un buen comienzo para mis deberes".
Hestia tomó la taza, la calidez reconfortante en sus manos. "Vaya… esto es… inesperado. Gracias, Adán". Había una genuina sorpresa en su voz. Estaba acostumbrada a la negligencia, no a la proactividad. "No tenías que hacerlo".
"Quiero ser útil", respondió Adán, su mirada un poco plana, pero sincera. "Y quiero empezar a entrenar. ¿Hay algún lugar donde pueda practicar con una espada o algo parecido?".
Hestia lo miró, una chispa de curiosidad en sus ojos. "Bueno, hay un campo de entrenamiento público no muy lejos de aquí. Pero no tienes equipo. Y no tenemos dinero para comprarlo".
"No se preocupe por el equipo ahora mismo. Puedo entrenar a cuerpo desnudo para empezar. Y en cuanto al dinero… ¿hay algún trabajo que pueda hacer para ganarlo?", Adán ya tenía un plan. Maximizar sus estadísticas significaba entrenar, y entrenar requería tiempo y recursos.
Así comenzó la nueva vida de Adán en Orario. Durante el día, trabajaba incansablemente en cualquier trabajo que Hestia pudiera encontrar para él: entregando paquetes, ayudando en tiendas, limpiando. Por la noche, cuando la ciudad se calmaba, se dirigía al campo de entrenamiento público. Sin una espada, sin armadura, simplemente corría, saltaba, hacía flexiones y sentadillas, imitando los movimientos que había visto en animes y videojuegos. Se concentraba en cada músculo, en cada respiración, sintiendo cómo su cuerpo, aunque débil, comenzaba a responder.
Hestia, al principio, estaba escéptica. Pero a medida que pasaban los días, no podía evitar notar el esfuerzo implacable de Adán. Siempre se levantaba temprano, siempre estaba dispuesto a trabajar, y nunca se quejaba. Y, sorprendentemente, la casa nunca había estado tan limpia, ni ella tan bien atendida. Poco a poco, la soledad que había sentido durante tanto tiempo comenzó a disiparse. Adán era un joven extraño, con esos ojos y ese cabello, pero era… bueno. Y leal.
Una noche, Hestia lo encontró en el campo de entrenamiento, sudando y jadeando, pero con la misma determinación silenciosa en sus ojos.
"Adán, ¿qué haces aquí tan tarde?", preguntó, su voz suave.
Adán se giró, un poco sorprendido. "Diosa Hestia. Estoy entrenando. Para fortalecer mis estadísticas". No podía revelar el "sistema", pero podía hablar de sus objetivos.
Hestia lo observó. "Pareces… muy dedicado. No muchos aventureros novatos se esfuerzan tanto sin haber pisado la mazmorra".
"Quiero ser fuerte", dijo Adán, su mirada fija en el horizonte. "Quiero poder proteger a mi Diosa. Y a esta Familia".
Las palabras de Adán golpearon a Hestia con una fuerza inesperada. "Proteger a mi Diosa". Nadie le había dicho eso en mucho tiempo. Sus ojos se empañaron un poco. "Adán…".
"Por favor, no se preocupe por mí", Adán se inclinó. "Solo siga durmiendo. Yo me encargo de esto".
Hestia se quedó allí por un momento, observando la silueta de Adán bajo la luna. Una cálida sensación se extendió por su pecho. Este chico… él era diferente.
Pasaron las semanas. Adán se convirtió en una parte indispensable de la vida de Hestia. Sus estadísticas, aunque lentamente, comenzaron a subir.
**Fuerza: H100 -> G100**
**Resistencia: H100 -> G100**
**Destreza: H100 -> G100**
**Agilidad: H100 -> G100**
El día en que su primera estadística alcanzó G100, Adán sintió una punzada de satisfacción. Era un progreso lento, pero era progreso. Y el porcentaje de su plantilla de Apolo había subido a 0.5%.
Un día, mientras Adán realizaba un recado en el distrito de los aventureros, se topó con un grupo de guerreros imponentes. Eran los miembros de la Familia Loki. Su atención fue atraída por una figura en particular: una elfa rubia de ojos dorados, con una espada enfundada a su lado. Aiz Wallenstein. La Princesa de la Espada.
Adán la observó por un momento, su mirada plana pero analítica. Vio la gracia en sus movimientos, la concentración en su rostro, la aura de poder que la rodeaba. No era solo una aventurera fuerte; era una fuerza de la naturaleza. Una figura inspiradora que él, con su apariencia frágil, solo podía soñar con emular por ahora.
Aiz, sintiendo una mirada fija, giró la cabeza. Sus ojos dorados se encontraron con los heterocromáticos de Adán. Un joven de cabello blanco, pálido, con una mirada extraña pero no amenazante. Había algo en él que la intrigó por un instante. No parecía un aventurero. Parecía… frágil. Pero sus ojos tenían una profundidad que no coincidía con su apariencia.
Adán, al darse cuenta de que había sido descubierto, hizo una ligera reverencia y siguió su camino, continuando con su recado. Aiz lo observó hasta que desapareció entre la multitud, una pequeña arruga de curiosidad en su frente.
Más tarde, en el cuartel general de la Familia Loki, Tione y Tiona, las hermanas amazonas, estaban discutiendo sobre el nuevo chico que había aparecido en la ciudad.
"¿Lo viste, Tiona?", dijo Tione, su tono usualmente brusco suavizado por la curiosidad. "Ese chico de cabello blanco. Lo vi por el mercado. Parecía un fantasma, pero sus ojos… eran extraños. Uno azul, otro amarillo".
Tiona, siempre más directa, asintió vigorosamente. "¡Sí! ¡Lo vi! Parecía que se iba a romper si lo tocabas, pero había algo en él… como si estuviera pensando en cosas muy profundas. ¡Y sus ojos eran geniales!".
"No creo que sea un aventurero", comentó Tione, pensativa. "Demasiado débil. Pero si lo es, debe ser el novato más frágil que he visto".
"¡Le vendría bien un poco de entrenamiento amazona!", exclamó Tiona, haciendo un movimiento de kárate en el aire. "¡Lo haríamos fuerte en poco tiempo!".
Ambas hermanas sonrieron, la idea de entrenar a un novato tan frágil parecía divertida y desafiante. La curiosidad por el joven de cabello blanco había comenzado a crecer en la Familia Loki.
Mientras tanto, Adán continuaba su arduo entrenamiento, ajeno a la curiosidad que había despertado. Cada día era una batalla contra la debilidad de su cuerpo, pero cada noche, cuando sus estadísticas se actualizaban, sentía una satisfacción silenciosa. Sabía que estaba en el camino correcto. Su objetivo era claro: maximizar su potencial, volverse fuerte para proteger a su diosa y, algún día, explorar la mazmorra con la fuerza de un verdadero héroe. La plantilla de Apolo era solo el comienzo. El camino sería largo, pero Adán estaba listo para recorrerlo, paso a paso, con una determinación inquebrantable. Y Hestia, la diosa solitaria, lo observaba con un cariño creciente, una pequeña esperanza floreciendo en su corazón.
Había despertado hacía solo unas horas, con el eco de una voz femenina en su mente que le había deseado "buena suerte en tu nueva vida". No había sido un sueño. La sensación de su cuerpo, más ligero y ágil de lo que recordaba, el cabello blanco cayéndole por los hombros, y la ausencia total de su antiguo yo, eran pruebas irrefutables. Había renacido. Y lo había hecho en el mundo de Danmachi.
La revelación debería haber sido impactante, aterradora incluso. Pero Adán, el otaku que había pasado incontables horas inmerso en mundos de fantasía, sintió una extraña calma. Había visto esto antes. Incontables animes y novelas ligeras habían explorado el concepto de la reencarnación en otro mundo. Lo que sí le sorprendió fue su apariencia. El cabello blanco, la piel pálida, los ojos heterocromáticos que ahora poseía… le recordaban inquietantemente a cierto ghoul de Tokyo. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios. Al menos, no era un rostro completamente desconocido.
Lo primero que notó fue la falta de un "sistema" o "interfaz" flotando frente a sus ojos. Había esperado algo, cualquier cosa, que confirmara su condición de isekai. Pero no había nada. Solo el bullicio de la ciudad y su propia mente, que ahora parecía funcionar con una claridad inusual. Luego, el recuerdo de la voz regresó, más nítido esta vez. "El sistema de plantillas se activará una vez que obtengas una Falna". Ah. Eso explicaba la ausencia.
Su primera prioridad era conseguir una Falna. Eso era obvio. Sin ella, era solo un civil más en un mundo peligroso. Pero, ¿quién lo aceptaría? Se miró las manos, delgadas y pálidas. Su apariencia era, por decirlo suavemente, frágil. No había músculo visible, no había aura de fuerza. Parecía un joven enfermizo, no un aventurero.
Caminó por las calles de Orario, observando las diferentes Familia. Los estandartes coloridos, las armaduras brillantes, la confianza en los rostros de los aventureros. Intentó acercarse a un par de Familia menores, aquellos que no parecían tan exclusivos. En ambos casos, la respuesta fue la misma: una mirada de desdén, una sacudida de cabeza, un "no tenemos sitio para alguien tan débil". La frustración se acumuló en su pecho, pero también una determinación silenciosa. No iba a rendirse.
Mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, Adán se encontró en un distrito más antiguo y tranquilo de la ciudad. Las casas eran más pequeñas, las calles menos concurridas. Y fue allí donde vio un pequeño cartel, casi oculto por la hiedra, que anunciaba una Familia. La Falna de Hestia.
Hestia. La diosa del hogar. En su vida pasada, Adán la recordaba como una de las diosas más populares. Pequeña, enérgica, y con una fascinación por un cierto aventurero de cabello blanco. Una idea comenzó a formarse en su mente. Bell Cranel aún no había llegado a Orario. Eso significaba que Hestia estaría sola. Y quizás, solo quizás, estaría dispuesta a aceptar a alguien como él.
Respiró hondo, enderezó los hombros y se acercó a la puerta. Era una casa modesta, de dos pisos, con un aire acogedor. Tocó con cautela.
La puerta se abrió con un chirrido, revelando a una joven de pequeña estatura, con el cabello largo y oscuro recogido en dos coletas, y unos ojos azules que irradiaban una mezcla de cansancio y soledad. Llevaba un sencillo vestido blanco y la inconfundible cinta azul que denotaba su divinidad. Era Hestia.
"¿Sí?", preguntó la diosa, su voz era suave, pero con un matiz de impaciencia.
"Disculpe, Diosa Hestia", Adán hizo una ligera reverencia, intentando ser lo más respetuoso posible. "Mi nombre es Adán. He venido buscando un lugar donde… donde pueda ser útil. Busco una Falna".
Hestia lo miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en su cabello blanco y sus ojos heterocromáticos. Su expresión no cambió mucho, pero Adán pudo percibir un velo de escepticismo. "Una Falna, ¿dices? ¿Y por qué querrías una de mi Familia?" Había un tono de resignación en su voz. Estaba acostumbrada a que la ignoraran, a que pasaran de largo por su pequeña y humilde morada.
"He estado buscando por toda la ciudad", Adán eligió sus palabras con cuidado. No quería mentir, pero tampoco quería revelar demasiado. "Y todas las demás Familia me han rechazado. Dicen que soy demasiado débil. Y… bueno, no lo niego. No tengo experiencia en combate. Pero estoy dispuesto a trabajar duro. A aprender. A ser útil de cualquier manera que pueda". Su mirada, aunque plana, transmitía una determinación silenciosa que sorprendió un poco a Hestia.
La diosa suspiró, cruzándose de brazos. "Mira, chico. Mi Familia es pequeña. Soy solo yo. No tengo dinero, no tengo un hogar grande, y no tengo recursos para entrenar a un aventurero desde cero. Necesito a alguien que pueda valerse por sí mismo".
"Entiendo. Y sé que puedo parecer una carga", Adán mantuvo la calma. "Pero le prometo, Diosa Hestia, que no lo seré. Trabajaré. Lavaré platos, limpiaré, haré recados. Lo que sea necesario para ganarme mi sustento y entrenar en mis ratos libres. Solo necesito una oportunidad. Una Falna. Y le juro que no la decepcionaré".
Hestia lo estudió por un momento más largo. Había algo en los ojos heterocromáticos de Adán, una chispa de resiliencia que contrastaba con su apariencia frágil. Y la verdad era que estaba sola. Desesperadamente sola. La idea de tener a alguien más en su casa, incluso si era un novato, era tentadora.
"¿Ni siquiera un poco de experiencia?", preguntó Hestia, con una pizca de esperanza.
Adán negó con la cabeza. "Ninguna. Pero soy rápido para aprender".
Otro suspiro. La diosa se frotó la sien. "Bien. Entra. Pero no esperes lujos. Y si no puedes aguantar, no te culparé si te vas". Se hizo a un lado, permitiendo que Adán entrara.
El interior de la casa era humilde pero limpio. Un pequeño salón, una cocina modesta y una escalera que llevaba al segundo piso. "Puedes dormir en el sofá por ahora", dijo Hestia, señalando el único mueble grande en la habitación. "Mañana hablaremos de tus deberes".
Adán asintió, una punzada de alivio recorriendo su cuerpo. Lo había logrado. Había encontrado un hogar. Y, lo más importante, había conseguido una Falna.
Esa noche, mientras Hestia dormía en su habitación, Adán se sentó en el sofá, observando la luna a través de la ventana. Cerró los ojos y se concentró. Y entonces, lo sintió. Una sensación cálida y vibrante que se extendía desde su espalda. Una interfaz translúcida apareció en su mente.
**Nombre: Adán**
**Familia: Hestia**
**Nivel: 1**
**Fuerza: I0**
**Resistencia: I0**
**Destreza: I0**
**Agilidad: I0**
**Magia: I0**
**Plantilla: Apolo (0.1%)**
**Habilidades: N/A**
**Magia: N/A**
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Ahí estaba. El sistema de plantillas. Apolo. El dios del sol, la música, la poesía, la arquería. Una plantilla de un dios del Olimpo. Esto era mucho mejor de lo que había esperado. Y el 0.1% era el punto de partida. Recordó la condición que se había autoimpuesto en su vida pasada como jugador: maximizar las estadísticas antes de subir de nivel. Esto iba a ser un trabajo duro.
Al día siguiente, Adán se despertó antes de que saliera el sol. Hestia todavía dormía. Se levantó en silencio, estiró sus músculos y comenzó a explorar la casa. Encontró una escoba y un cubo, y sin dudarlo, comenzó a limpiar. Cuando Hestia finalmente bajó, la casa estaba impecable, y el aroma a té recién hecho flotaba en el aire.
"¿Adán? ¿Qué estás haciendo despierto tan temprano?", Hestia parpadeó, sorprendida.
"Buenos días, Diosa Hestia", Adán sonrió, ofreciéndole una taza de té. "Preparé el desayuno. Y limpié un poco. Pensé que sería un buen comienzo para mis deberes".
Hestia tomó la taza, la calidez reconfortante en sus manos. "Vaya… esto es… inesperado. Gracias, Adán". Había una genuina sorpresa en su voz. Estaba acostumbrada a la negligencia, no a la proactividad. "No tenías que hacerlo".
"Quiero ser útil", respondió Adán, su mirada un poco plana, pero sincera. "Y quiero empezar a entrenar. ¿Hay algún lugar donde pueda practicar con una espada o algo parecido?".
Hestia lo miró, una chispa de curiosidad en sus ojos. "Bueno, hay un campo de entrenamiento público no muy lejos de aquí. Pero no tienes equipo. Y no tenemos dinero para comprarlo".
"No se preocupe por el equipo ahora mismo. Puedo entrenar a cuerpo desnudo para empezar. Y en cuanto al dinero… ¿hay algún trabajo que pueda hacer para ganarlo?", Adán ya tenía un plan. Maximizar sus estadísticas significaba entrenar, y entrenar requería tiempo y recursos.
Así comenzó la nueva vida de Adán en Orario. Durante el día, trabajaba incansablemente en cualquier trabajo que Hestia pudiera encontrar para él: entregando paquetes, ayudando en tiendas, limpiando. Por la noche, cuando la ciudad se calmaba, se dirigía al campo de entrenamiento público. Sin una espada, sin armadura, simplemente corría, saltaba, hacía flexiones y sentadillas, imitando los movimientos que había visto en animes y videojuegos. Se concentraba en cada músculo, en cada respiración, sintiendo cómo su cuerpo, aunque débil, comenzaba a responder.
Hestia, al principio, estaba escéptica. Pero a medida que pasaban los días, no podía evitar notar el esfuerzo implacable de Adán. Siempre se levantaba temprano, siempre estaba dispuesto a trabajar, y nunca se quejaba. Y, sorprendentemente, la casa nunca había estado tan limpia, ni ella tan bien atendida. Poco a poco, la soledad que había sentido durante tanto tiempo comenzó a disiparse. Adán era un joven extraño, con esos ojos y ese cabello, pero era… bueno. Y leal.
Una noche, Hestia lo encontró en el campo de entrenamiento, sudando y jadeando, pero con la misma determinación silenciosa en sus ojos.
"Adán, ¿qué haces aquí tan tarde?", preguntó, su voz suave.
Adán se giró, un poco sorprendido. "Diosa Hestia. Estoy entrenando. Para fortalecer mis estadísticas". No podía revelar el "sistema", pero podía hablar de sus objetivos.
Hestia lo observó. "Pareces… muy dedicado. No muchos aventureros novatos se esfuerzan tanto sin haber pisado la mazmorra".
"Quiero ser fuerte", dijo Adán, su mirada fija en el horizonte. "Quiero poder proteger a mi Diosa. Y a esta Familia".
Las palabras de Adán golpearon a Hestia con una fuerza inesperada. "Proteger a mi Diosa". Nadie le había dicho eso en mucho tiempo. Sus ojos se empañaron un poco. "Adán…".
"Por favor, no se preocupe por mí", Adán se inclinó. "Solo siga durmiendo. Yo me encargo de esto".
Hestia se quedó allí por un momento, observando la silueta de Adán bajo la luna. Una cálida sensación se extendió por su pecho. Este chico… él era diferente.
Pasaron las semanas. Adán se convirtió en una parte indispensable de la vida de Hestia. Sus estadísticas, aunque lentamente, comenzaron a subir.
**Fuerza: H100 -> G100**
**Resistencia: H100 -> G100**
**Destreza: H100 -> G100**
**Agilidad: H100 -> G100**
El día en que su primera estadística alcanzó G100, Adán sintió una punzada de satisfacción. Era un progreso lento, pero era progreso. Y el porcentaje de su plantilla de Apolo había subido a 0.5%.
Un día, mientras Adán realizaba un recado en el distrito de los aventureros, se topó con un grupo de guerreros imponentes. Eran los miembros de la Familia Loki. Su atención fue atraída por una figura en particular: una elfa rubia de ojos dorados, con una espada enfundada a su lado. Aiz Wallenstein. La Princesa de la Espada.
Adán la observó por un momento, su mirada plana pero analítica. Vio la gracia en sus movimientos, la concentración en su rostro, la aura de poder que la rodeaba. No era solo una aventurera fuerte; era una fuerza de la naturaleza. Una figura inspiradora que él, con su apariencia frágil, solo podía soñar con emular por ahora.
Aiz, sintiendo una mirada fija, giró la cabeza. Sus ojos dorados se encontraron con los heterocromáticos de Adán. Un joven de cabello blanco, pálido, con una mirada extraña pero no amenazante. Había algo en él que la intrigó por un instante. No parecía un aventurero. Parecía… frágil. Pero sus ojos tenían una profundidad que no coincidía con su apariencia.
Adán, al darse cuenta de que había sido descubierto, hizo una ligera reverencia y siguió su camino, continuando con su recado. Aiz lo observó hasta que desapareció entre la multitud, una pequeña arruga de curiosidad en su frente.
Más tarde, en el cuartel general de la Familia Loki, Tione y Tiona, las hermanas amazonas, estaban discutiendo sobre el nuevo chico que había aparecido en la ciudad.
"¿Lo viste, Tiona?", dijo Tione, su tono usualmente brusco suavizado por la curiosidad. "Ese chico de cabello blanco. Lo vi por el mercado. Parecía un fantasma, pero sus ojos… eran extraños. Uno azul, otro amarillo".
Tiona, siempre más directa, asintió vigorosamente. "¡Sí! ¡Lo vi! Parecía que se iba a romper si lo tocabas, pero había algo en él… como si estuviera pensando en cosas muy profundas. ¡Y sus ojos eran geniales!".
"No creo que sea un aventurero", comentó Tione, pensativa. "Demasiado débil. Pero si lo es, debe ser el novato más frágil que he visto".
"¡Le vendría bien un poco de entrenamiento amazona!", exclamó Tiona, haciendo un movimiento de kárate en el aire. "¡Lo haríamos fuerte en poco tiempo!".
Ambas hermanas sonrieron, la idea de entrenar a un novato tan frágil parecía divertida y desafiante. La curiosidad por el joven de cabello blanco había comenzado a crecer en la Familia Loki.
Mientras tanto, Adán continuaba su arduo entrenamiento, ajeno a la curiosidad que había despertado. Cada día era una batalla contra la debilidad de su cuerpo, pero cada noche, cuando sus estadísticas se actualizaban, sentía una satisfacción silenciosa. Sabía que estaba en el camino correcto. Su objetivo era claro: maximizar su potencial, volverse fuerte para proteger a su diosa y, algún día, explorar la mazmorra con la fuerza de un verdadero héroe. La plantilla de Apolo era solo el comienzo. El camino sería largo, pero Adán estaba listo para recorrerlo, paso a paso, con una determinación inquebrantable. Y Hestia, la diosa solitaria, lo observaba con un cariño creciente, una pequeña esperanza floreciendo en su corazón.
