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Luz y sombra

Fandom: Personajes originales

Criado: 05/03/2026

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Cenizas y Estrellas

La luna era una astilla plateada en el terciopelo oscuro del cielo, un faro silencioso sobre la vasta y dormida metrópolis. Abajo, las luces de la ciudad parpadeaban como nervios expuestos, una red compleja de vida que, a estas horas, se había reducido a un murmullo distante. El viento de la madrugada era frío y cortante, un recordatorio constante de la altura vertiginosa de la azotea de la Academia Zenith, un lugar prohibido para los estudiantes después del toque de queda.

Pero las reglas, como muchas otras cosas en esa institución, parecían maleables para ciertos individuos.

León Ventura, el epítome de la perfección heroica, se encontraba allí. Su cabello rubio, usualmente impecable, estaba ligeramente revuelto por la brisa. Vestía unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca, un atuendo inusualmente informal para él, pero incluso así, su postura era recta, casi militar. No podía dormir. La presión, una compañera constante desde que era niño, se había intensificado en las últimas semanas. El director, su mentor y figura paterna, había dejado caer comentarios sobre su "legado", sobre el "futuro de la Academia", sobre la "responsabilidad" de ser el mejor. Las palabras se arremolinaban en su cabeza, un coro de expectativas que ahogaba cualquier intento de paz.

Se acercó al borde, sus ojos dorados escaneando el horizonte. La ciudad, un monstruo dormido, parecía empequeñecerlo, a él y a sus problemas. Respiró hondo, intentando calmar el latido acelerado de su corazón.

Una sombra se desprendió de la oscuridad más profunda, materializándose en el punto más alejado de la azotea. No hizo ruido. Solo la sensación de una presencia, una ligera alteración en el aire, alertó a León. Se giró, sus músculos tensos, una luz dorada comenzando a brillar débilmente en sus palmas antes de que reconociera la silueta.

Demian Blackwood.

El chico problema, el paria, la antítesis de todo lo que León representaba. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos, y su chaqueta de cuero, incluso sobre el uniforme escolar, parecía más una segunda piel que una prenda. Su expresión era la habitual mezcla de aburrimiento y desafío, como si el mundo entero fuera un chiste malo que solo él entendía.

Ambos se quedaron en silencio, el viento silbando entre ellos, una barrera invisible pero palpable. La animosidad entre ellos era legendaria, un choque de ideologías tan fundamental como el día y la noche.

Demian fue el primero en romper el silencio, su voz un murmullo ronco que apenas superaba el sonido del viento. "¿No puedes dormir, Capitán Perfecto?"

León frunció el ceño. Odiaba ese apodo. "Eso no es de tu incumbencia, Blackwood. ¿Y tú? ¿No tienes pesadillas que perseguir en tu guarida de sombras?"

Demian rió, un sonido seco y sin humor. "Algo así. Pero la azotea tiene una mejor vista que las paredes de mi habitación." Se encogió de hombros, luego sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo interior. Lo abrió con un chasquido experto, extrayendo uno con los labios. Lo encendió con un movimiento fluido de su pulgar, una pequeña llama naranja que brilló en la oscuridad antes de desaparecer. El olor acre del tabaco se extendió por el aire.

León observó, su mente gritando "¡prohibido!", "¡insalubre!", "¡mal ejemplo!". Todo lo que Demian era, en esencia.

Demian dio una calada profunda, el extremo del cigarrillo brillando con intensidad. Luego, para sorpresa de León, extendió el paquete hacia él. "¿Quieres uno?"

León parpadeó. "¿Estás de broma?"

"¿Parece que estoy bromeando, Ventura?" El tono de Demian era plano, inescrutable. "Solo es tabaco. No es un ritual oscuro ni nada por el estilo. A menos que tengas miedo de que tu imagen de niño de oro se empañe con un poco de nicotina."

La provocación fue sutil, pero efectiva. León sintió un retortijón en el estómago. Miedo. Él, León Ventura, ¿miedo de un cigarrillo? Era absurdo. Era infantil. Era... humano.

Con una determinación que lo sorprendió incluso a sí mismo, se acercó y tomó uno del paquete. Su mano tembló ligeramente. Nunca había fumado en su vida. Había visto a otros, por supuesto, en las calles de la ciudad, pero siempre lo había considerado una debilidad, una indulgencia innecesaria. El director siempre había enfatizado la importancia de un cuerpo sano y una mente clara.

Demian observó su torpeza con una ceja arqueada, una pequeña sonrisa jugando en sus labios. Le ofreció el encendedor. León lo tomó, sus dedos rozándose brevemente. La piel de Demian estaba fría.

Encenderlo fue más difícil de lo que parecía. La llama se movía con el viento, y León tuvo que inclinar la cabeza para protegerla. Finalmente, después de un par de intentos fallidos, el cigarrillo se encendió, una punta naranja brillando débilmente.

Dio una calada.

Lo que siguió fue una tos violenta y explosiva que lo dobló por la mitad. Sus pulmones ardieron, su garganta se cerró, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Era como inhalar fuego.

Demian soltó una carcajada. No una risa burlona, sino una risa genuina, profunda y resonante que lo hizo tambalearse ligeramente. Se apoyó contra el pretil de la azotea, su cuerpo sacudiéndose con la diversión.

León, todavía tosiendo, lo miró con una mezcla de indignación y vergüenza. "¡No es gracioso!"

"Oh, sí que lo es, Capitán Perfecto", Demian logró decir entre risas. "Eres un desastre andante." Se secó una lágrima de la esquina de su ojo. "Aquí, no aspires tan fuerte. Es un cigarrillo, no un inhalador de emergencia."

León, sintiéndose un completo idiota, intentó de nuevo, esta vez con más cautela. Dio una calada pequeña, el humo raspando su garganta, pero sin el ataque de tos anterior. Exhaló, y una nube gris pálida se disipó en el viento. No sabía a nada, o quizás a ceniza y amargura.

"Mejor", dijo Demian, su voz aún teñida de diversión. "No te vas a convertir en un villano solo por un cigarrillo, Ventura. Aunque, considerando tu reacción, tal vez deberías reconsiderar tu carrera heroica si no puedes manejar un poco de humo."

León lo ignoró, observando el humo disiparse. El aire frío ya no parecía tan helado. La tensión en sus hombros comenzó a aflojarse, aunque fuera solo un poco. La absurda situación, la presencia de Demian, el sabor inusual en su boca, todo era tan ajeno a su rutina que actuaba como un extraño bálsamo.

"¿Por qué estás aquí, Blackwood?", preguntó, su voz un poco más ronca de lo normal.

Demian se encogió de hombros, dando otra calada. "Ya te lo dije. No puedo dormir. Y las paredes de mi habitación son... aburridas." Se giró para mirar la ciudad, sus ojos oscuros reflejando las luces distantes. "Siempre me ha gustado este lugar. Es el único sitio donde no siento que me estoy asfixiando."

León lo miró de reojo. ¿Asfixiándose? Nunca se le había ocurrido que Demian pudiera sentirse así. Siempre lo había visto como alguien que disfrutaba de su papel de rebelde, de marginado. Pero la forma en que lo dijo, con una quietud inusual, sugería algo más profundo.

"¿Asfixiándote de qué?", preguntó León, casi sin pensar.

Demian exhaló una larga columna de humo. "De todo. Las expectativas, las reglas estúpidas, la hipocresía de este lugar. De la idea de que solo hay un camino, el 'correcto', y si te desvías un poco, ya eres un monstruo." Su voz se endureció ligeramente. "Aunque supongo que tú no entenderías eso, ¿verdad? Eres el niño dorado, el heredero. El que siempre hace lo correcto."

León apretó la mandíbula. El comentario le picó, pero esta vez, no reaccionó con la hostilidad habitual. La tos, el cigarrillo, la risa de Demian, habían roto algo. Habían abierto una pequeña grieta en la armadura de su perfección.

"No todo es tan simple, Demian", dijo León en voz baja. "Tú no sabes lo que es llevar el peso de esas expectativas. De saber que cada movimiento que haces está siendo observado, juzgado. Que no puedes cometer un error, porque no solo te fallas a ti mismo, sino a todos los que creen en ti."

Demian se giró, sus ojos fijos en León. Había una intensidad en su mirada que León nunca había visto antes. No era la burla habitual, ni el desprecio. Era algo más... comprensivo.

"Oh, lo sé", dijo Demian, su voz apenas un susurro. "Sé exactamente lo que es eso. Pero para mí, las expectativas eran diferentes. Eran las de no ser un monstruo. Las de no perder el control. Y cuando lo hice..." Se interrumpió, dando otra calada. "Bueno, ya sabes el resto de la historia."

León lo sabía. El incidente de hace dos años. El "accidente" en el que los poderes de Demian se descontrolaron, envolviendo una sección del campus en una oscuridad incontrolable. Nadie resultó gravemente herido, pero el miedo, el pánico, y la posterior "expulsión" de Demian a la academia de villanos, antes de que el director lo "rescatara" y lo trajera de nuevo a Zenith bajo estricta vigilancia, habían quedado grabados en la memoria de todos. Para León, era la prueba de que Demian era peligroso, inestable. Para Demian, era la prueba de que el sistema era implacable.

"No fue tu culpa, Demian", dijo León, sorprendiéndose a sí mismo al decirlo. "Fue un accidente."

Demian soltó una risita amarga. "Díselo al comité disciplinario. O a los padres de los niños que vieron a su 'salvador' convertirse en un pozo de sombras. No, Ventura. Fue mi culpa. Es mi poder. Y la gente le tiene miedo a lo que no entiende."

"Mi poder también puede ser peligroso", replicó León, casi a la defensiva. "La luz puede quemar, cegar. Puede ser destructiva."

"Pero la tuya es luz dorada", dijo Demian, una extraña mezcla de sarcasmo y melancolía en su voz. "Es la luz de los héroes, la esperanza. La mía es oscuridad. Es miedo. Es todo lo que la gente quiere encerrar."

El viento sopló más fuerte, y por un momento, León sintió una punzada de algo parecido a... empatía. Nunca antes se había detenido a considerar el lado de Demian, no realmente. Siempre lo había visto como el villano, el rival, el que rompía las reglas. Pero ahora, en la quietud de la noche, con el sabor amargo del tabaco en su lengua y el aroma acre en el aire, comenzó a ver una faceta diferente.

Terminó su cigarrillo, aplastándolo contra el pretil con un movimiento torpe. Demian lo observó, y por primera vez, León no se sintió juzgado.

"¿Crees que el sistema es un error?", preguntó León, la pregunta saliendo de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Demian exhaló el último rastro de humo de su propio cigarrillo antes de tirarlo. Observó cómo el pequeño punto rojo caía en la oscuridad antes de desaparecer. "No es un error. Es una herramienta. Y como todas las herramientas, puede ser usada para bien o para mal. El problema es cuando la gente olvida que es solo una herramienta, y la convierte en una religión." Se giró para mirar a León, sus ojos oscuros brillando en el tenue resplandor de la ciudad. "Y tú, Ventura, eres el sumo sacerdote de esa religión."

León abrió la boca para protestar, para defenderse, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. ¿Era cierto? ¿Había creído tan ciegamente en el sistema que se había vuelto ciego a sus fallas?

Se quedaron en silencio de nuevo, el viento, el único sonido entre ellos. La brecha se había roto, pero lo que había emergido no era hostilidad, sino una extraña y frágil comprensión.

"Sabes", dijo Demian de repente, su voz volviendo a su tono habitual de desinterés, "no eres tan malo cuando no estás dando sermones sobre la justicia y la moralidad."

León resopló, una pequeña sonrisa tirando de la comisura de sus labios. "Y tú no eres tan odioso cuando no estás intentando provocar a todo el mundo."

Demian le devolvió la sonrisa, una sonrisa genuina esta vez, y León se dio cuenta de que era la primera vez que veía a Demian sonreír de verdad. Era un poco ladeada, un poco cínica, pero era real.

"Supongo que eso nos convierte en un par de hipócritas, ¿no crees, Capitán Perfecto?"

León se rió, un sonido ronco y sorprendido que se perdió en la brisa. "Supongo que sí, Blackwood. Supongo que sí."

El amanecer comenzaba a pintar el horizonte con tonos de naranja y rosa, disipando la oscuridad de la noche. Las estrellas se desvanecían, una a una, ante la inminente llegada del sol.

"Deberíamos volver", dijo León, la familiar sensación de deber y responsabilidad regresando lentamente.

Demian asintió, su expresión volviendo a su máscara habitual de aburrimiento. "Supongo que sí. No queremos que el director nos encuentre aquí, ¿verdad? Podría darle un ataque al corazón a tu mentor."

León no respondió, pero una extraña sensación de ligereza se había instalado en su pecho. El peso de las expectativas, aunque no había desaparecido, se sentía un poco menos aplastante. La noche, el cigarrillo, la conversación con Demian, habían sido un respiro inesperado.

Mientras se dirigían hacia la escotilla de la azotea, Demian se detuvo. "Oye, Ventura."

León se giró.

"Guarda el secreto", dijo Demian, con una ceja arqueada. "Sobre esto. No quiero que piensen que me estoy ablandando."

León sonrió. "Trato hecho, Blackwood. Y tú también. No quiero que piensen que estoy rompiendo las reglas."

Demian soltó una risita. "Demasiado tarde para eso, Capitán Perfecto. Pero, por esta vez, haré una excepción."

Y con eso, se desvaneció en las sombras de la escotilla, dejando a León solo en la azotea, el frío viento matutino, y el tenue aroma a ceniza y tabaco, un recuerdo persistente de una noche inesperada. La ciudad se despertaba abajo, ajena a la extraña tregua que se había forjado entre la luz y la oscuridad, bajo el manto silencioso de las estrellas.
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