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Harry Potter: el poder del deseo
Fandom: Harry Potter
Criado: 21/03/2026
Tags
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El Despertar de un Ídolo en Privet Drive
La oscuridad no era fría, ni tampoco aterradora. Para Vicente, un estudiante de ingeniería cuya vida se resumía en libros de cálculo y una insaciable curiosidad por el comportamiento humano, el fin llegó de forma abrupta. Un accidente de tráfico, el chirrido de los frenos y, de repente, el silencio absoluto.
Frente a él, la nada cobró forma. Una silueta de luz blanca, sin rostro pero con una presencia que imponía respeto y una calma sobrenatural, se manifestó en el vacío.
—Vicente Fernández —la voz no se escuchaba con los oídos, sino directamente en el alma—. Tu hilo de vida se cortó antes de tiempo, pero tu intelecto y la intensidad de tu espíritu han llamado mi atención. Te daré una segunda oportunidad en un mundo que conoces bien, pero con reglas distintas.
Vicente, a pesar del shock, mantuvo la compostura. Su mente analítica comenzó a trabajar de inmediato. Si esto era real, no iba a desperdiciarlo.
—¿Harry Potter? —preguntó Vicente, sintiendo una extraña vibración al mencionar el nombre—. Si voy a ser él, no quiero ser el niño indefenso que vive bajo la escalera.
—No lo serás. En ese universo, la magia madura más tarde. Hogwarts comienza a los dieciocho años. Tendrás el cuerpo y la mente de un hombre. Tienes derecho a tres deseos antes de partir.
Vicente sonrió de medio lado. Su lado calculador y su naturaleza posesiva afloraron. Sabía exactamente qué necesitaba para dominar ese nuevo mundo.
—Primero —dijo con voz firme—, quiero una magia poderosa, sin límites, que responda a mi voluntad más allá de lo que cualquier mago común pueda soñar. Segundo, un escudo mental absoluto; nadie, ni Dumbledore ni Voldemort, entrará en mi cabeza.
El ser de luz asintió, el brillo aumentando.
—¿Y el tercero?
—Quiero un encanto personal irresistible —Vicente entrecerró los ojos, visualizando su poder sobre los demás—. Un aura que atraiga a todos, especialmente a los hombres. No me importa su orientación o su estado civil; quiero que cuando me miren, sientan una necesidad física y emocional de estar conmigo.
—Concedido. Ve ahora, Harry Potter. Tu nueva vida comienza.
El mundo estalló en luz.
Lo siguiente que Harry —ahora Vicente— supo, fue que el tiempo pasó como un suspiro borroso. Los años en Privet Drive fueron un ejercicio de paciencia y manipulación silenciosa. A diferencia del Harry original, él no se dejaba pisotear. Se mantuvo serio, distante, cultivando una presencia física que intimidaba incluso a Vernon Dursley. A medida que se acercaba a los dieciocho años, su cuerpo se volvió atlético, su mirada esmeralda se tornó profunda y depredadora, y ese "encanto" pedido al ser superior comenzó a manifestarse como una fragancia embriagadora que emanaba de su piel.
Faltaba una semana para su decimoctavo cumpleaños. La carta de Hogwarts ya descansaba en su cajón, pero los Dursley aún lo ignoraban, o al menos lo intentaban.
—¡No lo llevaremos, Vernon! —chilló Petunia en la cocina—. Es el cumpleaños de mi Dudley. Ese... ese chico arruinará las fotos con su sola presencia. El zoológico es un lugar para familias normales.
Harry entró en la cocina con paso lento y seguro. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos. Al verlo entrar, Vernon tragó saliva y Petunia evitó su mirada, sintiendo ese extraño calor que el muchacho desprendía.
—No hace falta que me lleven —dijo Harry, su voz era un barítono suave que pareció vibrar en las paredes—. No tengo el menor interés en ver animales encerrados.
—¿Ah, sí? —¿Y qué piensas hacer? —gruñó Vernon, aunque su agresividad carecía de fuerza—. No te quedarás solo en mi casa para incendiarla.
—Sugiérele a la tía que me quede con Mark, el vecino del 6 —propuso Harry con una sonrisa cínica—. Tiene veintiún años, estudia en la universidad y sé que sus padres salieron de viaje. Estoy seguro de que no le importará vigilarme un par de horas.
Petunia pareció considerar la idea. Mark era un joven apuesto, rubio y atlético que solía jugar al fútbol en el jardín. Era "normal" ante sus ojos.
—Está bien —asintió Petunia—. Iré a hablar con él. Pero si causas algún problema...
—No habrá problemas, tía. Solo diversión —murmuró Harry para sí mismo.
Una hora después, Harry caminaba hacia la casa de Mark. Al llamar a la puerta, el joven universitario abrió. Llevaba solo unos pantalones cortos de algodón y una sudadera gris. Al ver a Harry, Mark se quedó paralizado. Sus ojos recorrieron el cuerpo del menor —que ya no era tan menor— y sintió un vuelco en el estómago.
—¿Harry? —Mark carraspeó, sintiendo una repentina sequedad en la garganta—. Tu tía me dijo que... bueno, que te quedarías aquí un rato. Pasa.
—Gracias, Mark —Harry entró, cerrando la puerta tras de sí con un clic sonoro.
El ambiente en la sala era pesado, cargado con el aroma de Harry, una mezcla de sándalo, ozono y algo puramente masculino que hacía que los sentidos de Mark se dispararan. El universitario intentó concentrarse en la televisión, pero Harry se sentó peligrosamente cerca de él en el sofá.
—¿Qué estudias, Mark? —preguntó Harry, inclinándose hacia él. El aura de deseo que Harry proyectaba estaba al máximo nivel.
—Economía... es un poco aburrido —respondió Mark, girándose para mirar a Harry. Se encontró atrapado en esos ojos verdes que parecían leerle el alma.
—A mí no me parece aburrido. Me gusta la gente que sabe manejar... activos —Harry alargó una mano y la puso sobre el muslo de Mark. El contacto fue como una descarga eléctrica—. Estás muy tenso. ¿Te pongo nervioso?
—Yo... no sé qué me pasa —confesó Mark, su respiración empezando a agitarse—. Se supone que no debería... tienes casi dieciocho, pero... Dios, hueles tan bien.
—Sé exactamente qué te pasa —susurró Harry, acercando sus labios a la oreja del mayor—. Quieres probarme. Y yo soy un hombre que obtiene lo que quiere.
Harry no esperó más. Cerró la distancia y besó a Mark con una ferocidad posesiva. No era un beso tierno; era una declaración de propiedad. Mark gimió contra sus labios, sus manos subiendo instintivamente para agarrar el cabello azabache de Harry. El deseo, potenciado por el encanto mágico, era una marea imparable.
Harry se separó apenas unos centímetros, mirando a Mark con una expresión de dominio absoluto.
—Quiero que te quites la ropa. Ahora —ordenó Harry.
Mark, completamente subyugado por la mezcla de hormonas y magia, obedeció sin dudar. Se deshizo de la sudadera y los pantalones, quedando desnudo ante la mirada evaluadora de Harry. El joven mago se tomó su tiempo, disfrutando de la vulnerabilidad del otro. Harry se desvistió con parsimonia, revelando un cuerpo esculpido y una virilidad que hizo que Mark soltara un jadeo de anticipación.
—Ponte de rodillas —dijo Harry, sentándose en el borde del sofá.
Mark bajó al suelo, sus ojos fijos en el miembro erecto y grueso de Harry. Sin que nadie se lo pidiera, comenzó a lamer la punta, saboreando el pre-seminal con una devoción casi religiosa.
—Así es, Mark... cómela toda —gruñó Harry, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía la lengua cálida del universitario envolviéndolo—. Chúpala como si tu vida dependiera de ello.
Mark introdujo el miembro de Harry en su boca, succionando con fuerza, sus mejillas hundiéndose mientras intentaba llegar lo más profundo posible. El sonido húmedo de la succión llenaba la habitación silenciosa. Harry le sujetó la cabeza con firmeza, guiando el ritmo, siendo el activo dominante en cada movimiento.
—Eso es... qué buena boca tienes, maldita sea —Harry jadeó, sintiendo el calor intenso—. Pero quiero sentirte de verdad.
Harry obligó a Mark a levantarse y lo empujó contra la mesa del comedor, girándolo para que quedara de espaldas. La posición era humillante para alguien como Mark, un chico popular de la universidad, pero bajo el influjo de Harry, solo sentía una necesidad desesperada de ser poseído.
Harry no usó lubricante; su magia se encargó de preparar el cuerpo de Mark, relajando sus músculos con un simple pensamiento. Se posicionó detrás de él, sujetando las caderas de Mark con manos posesivas, dejando marcas que durarían días.
—Vas a ser mío, Mark. Solo mío mientras yo esté aquí —sentenció Harry antes de empujar con fuerza.
—¡Ahhh! ¡Harry! —gritó Mark, arqueando la espalda cuando sintió la plenitud del joven mago llenándolo por completo—. ¡Dios, es demasiado... es tan grande!
—Cállate y aguanta —Harry comenzó a embestir con un ritmo salvaje y constante—. Te gusta, ¿verdad? Siente cómo te rompo por dentro.
—Sí... sí, por favor, no pares —suplicó Mark, sus manos aferrándose al borde de la mesa mientras su cuerpo se sacudía con cada impacto.
El sonido de la carne chocando contra la carne era rítmico y brutal. Harry no tenía piedad. Su mente universitaria, ahora fusionada con el poder de un mago oscuro en potencia, disfrutaba del control total. Cada estocada era un recordatorio de que él ya no era el niño que vivió, sino el hombre que dominaba.
—Dime de quién eres, Mark —exigió Harry, aumentando la velocidad, sintiendo que el clímax estaba cerca.
—¡Tuyo! ¡Soy tuyo, Harry! —chilló el universitario, su propio placer llegando al límite sin siquiera tocarse, simplemente por la intensidad de la penetración.
Harry soltó un rugido animal y dio tres estocadas finales y profundas, descargándose dentro de Mark con una fuerza que hizo que ambos temblaran. Se quedó allí unos momentos, respirando con dificultad contra la nuca sudorosa de Mark, asegurándose de que su semilla quedara bien adentro.
Minutos después, Harry se vistió con la misma calma con la que había llegado. Mark seguía tendido sobre la mesa, recuperando el aliento, con la mirada perdida y una expresión de absoluta devoción.
—Ha sido un placer, vecino —dijo Harry, arreglándose el cuello de la camiseta—. Mi tía volverá pronto. Asegúrate de actuar como si hubiéramos estado viendo televisión.
Mark solo pudo asentir, incapaz de articular palabra.
Harry salió de la casa con una sonrisa de suficiencia. El mundo de la magia lo esperaba en una semana, y si un simple universitario había caído así de fácil, no podía esperar a ver qué pasaba cuando llegara a Hogwarts. Dumbledore, los Malfoy, los Black... todos conocerían al nuevo Harry Potter. Y todos, tarde o temprano, terminarían de rodillas ante él.
Frente a él, la nada cobró forma. Una silueta de luz blanca, sin rostro pero con una presencia que imponía respeto y una calma sobrenatural, se manifestó en el vacío.
—Vicente Fernández —la voz no se escuchaba con los oídos, sino directamente en el alma—. Tu hilo de vida se cortó antes de tiempo, pero tu intelecto y la intensidad de tu espíritu han llamado mi atención. Te daré una segunda oportunidad en un mundo que conoces bien, pero con reglas distintas.
Vicente, a pesar del shock, mantuvo la compostura. Su mente analítica comenzó a trabajar de inmediato. Si esto era real, no iba a desperdiciarlo.
—¿Harry Potter? —preguntó Vicente, sintiendo una extraña vibración al mencionar el nombre—. Si voy a ser él, no quiero ser el niño indefenso que vive bajo la escalera.
—No lo serás. En ese universo, la magia madura más tarde. Hogwarts comienza a los dieciocho años. Tendrás el cuerpo y la mente de un hombre. Tienes derecho a tres deseos antes de partir.
Vicente sonrió de medio lado. Su lado calculador y su naturaleza posesiva afloraron. Sabía exactamente qué necesitaba para dominar ese nuevo mundo.
—Primero —dijo con voz firme—, quiero una magia poderosa, sin límites, que responda a mi voluntad más allá de lo que cualquier mago común pueda soñar. Segundo, un escudo mental absoluto; nadie, ni Dumbledore ni Voldemort, entrará en mi cabeza.
El ser de luz asintió, el brillo aumentando.
—¿Y el tercero?
—Quiero un encanto personal irresistible —Vicente entrecerró los ojos, visualizando su poder sobre los demás—. Un aura que atraiga a todos, especialmente a los hombres. No me importa su orientación o su estado civil; quiero que cuando me miren, sientan una necesidad física y emocional de estar conmigo.
—Concedido. Ve ahora, Harry Potter. Tu nueva vida comienza.
El mundo estalló en luz.
Lo siguiente que Harry —ahora Vicente— supo, fue que el tiempo pasó como un suspiro borroso. Los años en Privet Drive fueron un ejercicio de paciencia y manipulación silenciosa. A diferencia del Harry original, él no se dejaba pisotear. Se mantuvo serio, distante, cultivando una presencia física que intimidaba incluso a Vernon Dursley. A medida que se acercaba a los dieciocho años, su cuerpo se volvió atlético, su mirada esmeralda se tornó profunda y depredadora, y ese "encanto" pedido al ser superior comenzó a manifestarse como una fragancia embriagadora que emanaba de su piel.
Faltaba una semana para su decimoctavo cumpleaños. La carta de Hogwarts ya descansaba en su cajón, pero los Dursley aún lo ignoraban, o al menos lo intentaban.
—¡No lo llevaremos, Vernon! —chilló Petunia en la cocina—. Es el cumpleaños de mi Dudley. Ese... ese chico arruinará las fotos con su sola presencia. El zoológico es un lugar para familias normales.
Harry entró en la cocina con paso lento y seguro. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos. Al verlo entrar, Vernon tragó saliva y Petunia evitó su mirada, sintiendo ese extraño calor que el muchacho desprendía.
—No hace falta que me lleven —dijo Harry, su voz era un barítono suave que pareció vibrar en las paredes—. No tengo el menor interés en ver animales encerrados.
—¿Ah, sí? —¿Y qué piensas hacer? —gruñó Vernon, aunque su agresividad carecía de fuerza—. No te quedarás solo en mi casa para incendiarla.
—Sugiérele a la tía que me quede con Mark, el vecino del 6 —propuso Harry con una sonrisa cínica—. Tiene veintiún años, estudia en la universidad y sé que sus padres salieron de viaje. Estoy seguro de que no le importará vigilarme un par de horas.
Petunia pareció considerar la idea. Mark era un joven apuesto, rubio y atlético que solía jugar al fútbol en el jardín. Era "normal" ante sus ojos.
—Está bien —asintió Petunia—. Iré a hablar con él. Pero si causas algún problema...
—No habrá problemas, tía. Solo diversión —murmuró Harry para sí mismo.
Una hora después, Harry caminaba hacia la casa de Mark. Al llamar a la puerta, el joven universitario abrió. Llevaba solo unos pantalones cortos de algodón y una sudadera gris. Al ver a Harry, Mark se quedó paralizado. Sus ojos recorrieron el cuerpo del menor —que ya no era tan menor— y sintió un vuelco en el estómago.
—¿Harry? —Mark carraspeó, sintiendo una repentina sequedad en la garganta—. Tu tía me dijo que... bueno, que te quedarías aquí un rato. Pasa.
—Gracias, Mark —Harry entró, cerrando la puerta tras de sí con un clic sonoro.
El ambiente en la sala era pesado, cargado con el aroma de Harry, una mezcla de sándalo, ozono y algo puramente masculino que hacía que los sentidos de Mark se dispararan. El universitario intentó concentrarse en la televisión, pero Harry se sentó peligrosamente cerca de él en el sofá.
—¿Qué estudias, Mark? —preguntó Harry, inclinándose hacia él. El aura de deseo que Harry proyectaba estaba al máximo nivel.
—Economía... es un poco aburrido —respondió Mark, girándose para mirar a Harry. Se encontró atrapado en esos ojos verdes que parecían leerle el alma.
—A mí no me parece aburrido. Me gusta la gente que sabe manejar... activos —Harry alargó una mano y la puso sobre el muslo de Mark. El contacto fue como una descarga eléctrica—. Estás muy tenso. ¿Te pongo nervioso?
—Yo... no sé qué me pasa —confesó Mark, su respiración empezando a agitarse—. Se supone que no debería... tienes casi dieciocho, pero... Dios, hueles tan bien.
—Sé exactamente qué te pasa —susurró Harry, acercando sus labios a la oreja del mayor—. Quieres probarme. Y yo soy un hombre que obtiene lo que quiere.
Harry no esperó más. Cerró la distancia y besó a Mark con una ferocidad posesiva. No era un beso tierno; era una declaración de propiedad. Mark gimió contra sus labios, sus manos subiendo instintivamente para agarrar el cabello azabache de Harry. El deseo, potenciado por el encanto mágico, era una marea imparable.
Harry se separó apenas unos centímetros, mirando a Mark con una expresión de dominio absoluto.
—Quiero que te quites la ropa. Ahora —ordenó Harry.
Mark, completamente subyugado por la mezcla de hormonas y magia, obedeció sin dudar. Se deshizo de la sudadera y los pantalones, quedando desnudo ante la mirada evaluadora de Harry. El joven mago se tomó su tiempo, disfrutando de la vulnerabilidad del otro. Harry se desvistió con parsimonia, revelando un cuerpo esculpido y una virilidad que hizo que Mark soltara un jadeo de anticipación.
—Ponte de rodillas —dijo Harry, sentándose en el borde del sofá.
Mark bajó al suelo, sus ojos fijos en el miembro erecto y grueso de Harry. Sin que nadie se lo pidiera, comenzó a lamer la punta, saboreando el pre-seminal con una devoción casi religiosa.
—Así es, Mark... cómela toda —gruñó Harry, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía la lengua cálida del universitario envolviéndolo—. Chúpala como si tu vida dependiera de ello.
Mark introdujo el miembro de Harry en su boca, succionando con fuerza, sus mejillas hundiéndose mientras intentaba llegar lo más profundo posible. El sonido húmedo de la succión llenaba la habitación silenciosa. Harry le sujetó la cabeza con firmeza, guiando el ritmo, siendo el activo dominante en cada movimiento.
—Eso es... qué buena boca tienes, maldita sea —Harry jadeó, sintiendo el calor intenso—. Pero quiero sentirte de verdad.
Harry obligó a Mark a levantarse y lo empujó contra la mesa del comedor, girándolo para que quedara de espaldas. La posición era humillante para alguien como Mark, un chico popular de la universidad, pero bajo el influjo de Harry, solo sentía una necesidad desesperada de ser poseído.
Harry no usó lubricante; su magia se encargó de preparar el cuerpo de Mark, relajando sus músculos con un simple pensamiento. Se posicionó detrás de él, sujetando las caderas de Mark con manos posesivas, dejando marcas que durarían días.
—Vas a ser mío, Mark. Solo mío mientras yo esté aquí —sentenció Harry antes de empujar con fuerza.
—¡Ahhh! ¡Harry! —gritó Mark, arqueando la espalda cuando sintió la plenitud del joven mago llenándolo por completo—. ¡Dios, es demasiado... es tan grande!
—Cállate y aguanta —Harry comenzó a embestir con un ritmo salvaje y constante—. Te gusta, ¿verdad? Siente cómo te rompo por dentro.
—Sí... sí, por favor, no pares —suplicó Mark, sus manos aferrándose al borde de la mesa mientras su cuerpo se sacudía con cada impacto.
El sonido de la carne chocando contra la carne era rítmico y brutal. Harry no tenía piedad. Su mente universitaria, ahora fusionada con el poder de un mago oscuro en potencia, disfrutaba del control total. Cada estocada era un recordatorio de que él ya no era el niño que vivió, sino el hombre que dominaba.
—Dime de quién eres, Mark —exigió Harry, aumentando la velocidad, sintiendo que el clímax estaba cerca.
—¡Tuyo! ¡Soy tuyo, Harry! —chilló el universitario, su propio placer llegando al límite sin siquiera tocarse, simplemente por la intensidad de la penetración.
Harry soltó un rugido animal y dio tres estocadas finales y profundas, descargándose dentro de Mark con una fuerza que hizo que ambos temblaran. Se quedó allí unos momentos, respirando con dificultad contra la nuca sudorosa de Mark, asegurándose de que su semilla quedara bien adentro.
Minutos después, Harry se vistió con la misma calma con la que había llegado. Mark seguía tendido sobre la mesa, recuperando el aliento, con la mirada perdida y una expresión de absoluta devoción.
—Ha sido un placer, vecino —dijo Harry, arreglándose el cuello de la camiseta—. Mi tía volverá pronto. Asegúrate de actuar como si hubiéramos estado viendo televisión.
Mark solo pudo asentir, incapaz de articular palabra.
Harry salió de la casa con una sonrisa de suficiencia. El mundo de la magia lo esperaba en una semana, y si un simple universitario había caído así de fácil, no podía esperar a ver qué pasaba cuando llegara a Hogwarts. Dumbledore, los Malfoy, los Black... todos conocerían al nuevo Harry Potter. Y todos, tarde o temprano, terminarían de rodillas ante él.
