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Poder nuevo

Fandom: No fandom específico, solo una chica llamada Anny que tiene poderes

Criado: 23/03/2026

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FantasiaAçãoDor/ConfortoHistória DomésticaDramaPsicológicoAventuraRomanceEstudo de PersonagemViolência GráficaDistopiaFicção CientíficaExperimentação HumanaSobrevivênciaDiscriminaçãoSombrioBiopunkSuspensePós-Apocalíptico
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El Destello del Silencio

El aire en la sala de estar de los Arispe era denso, cargado con el olor a sofrito de ajo y el murmullo incesante de la televisión. Anny estaba hundida en el rincón más alejado del sofá, con la espalda encorvada y los auriculares puestos, aunque no reproducían ninguna música. Eran su escudo, su barrera invisible contra el mundo que tanto detestaba.

A pocos metros, su tío y su tía, apenas unos años mayores que ella, se arrimaban el uno al otro en una exhibición de afecto que a Anny le resultaba repulsiva. Verlos intercambiar risitas y caricias melosas le revolvía el estómago. "Humanos —pensó con un desprecio sordo—, siempre necesitando la validación del otro, siempre tan ruidosos y vacíos".

Desde la cocina llegaba el estruendo de las ollas y las voces cruzadas de sus otras dos tías y su abuela. Discutían sobre el punto de sal de la cena como si fuera una cuestión de estado. Anny apretó su celular entre las manos. Deseaba estar en su habitación, a solas con *Pelusa*, su gato gris, el único ser vivo que no le provocaba ganas de vomitar. Los animales eran honestos; no tenían segundas intenciones ni mentes plagadas de hipocresía.

De repente, un pinchazo agudo le atravesó las sienes. Anny cerró los ojos con fuerza. Sabía lo que significaba. Sin quererlo, su mente se expandió más allá de su voluntad.

—*¿Por qué no se quita esos audífonos y ayuda?* —La voz de su abuela resonó en su cabeza, clara como si la hubiera gritado al oído, aunque la anciana seguía de espaldas cortando cebollas—. *Es tan rara, siempre con esa cara de asco.*

—*Qué amargada es Anny* —pensó su tía desde el sofá, mientras acariciaba el brazo de su marido—. *Ojalá se fuera a su cuarto para que podamos estar tranquilos.*

Anny abrió los ojos. Sus pupilas, normalmente oscuras, vibraron por un segundo, amenazando con volverse blancas. Sintió una oleada de náuseas. Leer las mentes de su familia era un castigo que no había pedido. No necesitaba que le confirmaran lo que ya sabía: que nadie la entendía y que ella tampoco quería ser entendida.

—Si tanto te molesta mi cara, tía, puedes mirar hacia otro lado —soltó Anny con voz gélida, sin levantar la vista del celular.

Su tía dio un brinco, sorprendida.

—¿Qué dices, niña? Yo no he dicho nada.

—No te hace falta abrir la boca para que sepa que eres una hipócrita —replicó Anny, levantándose.

—¡Anny! —gritó su abuela desde la cocina—. ¡No le hables así a tu tía!

Anny estaba a punto de soltar un insulto mordaz, algo que las hiciera callar a todas, cuando el ambiente cambió. El vello de sus brazos se erizó. No era una sensación emocional; era física. El aire se volvió pesado, cargado de electricidad estática.

—Algo viene —susurró Anny para sí misma.

—¿Qué estás diciendo ahora? —preguntó su tío, finalmente apartándose de su esposa.

Antes de que Anny pudiera responder, el ventanal de la sala estalló en mil pedazos.

El estruendo fue ensordecedor. Una esfera de fuego, del tamaño de una cabeza humana, atravesó el cristal y golpeó la mesa de centro, reduciéndola a cenizas instantáneamente. El calor fue tan intenso que las cortinas comenzaron a arder en segundos.

—¡Abajo! —gritó Anny.

Su voz ya no era la de una adolescente retraída; era una orden cargada de una autoridad extraña. Sus tías y su abuela salieron corriendo de la cocina, gritando de terror al ver las llamas lamer el techo.

—¡¿Qué es esto?! ¡Un tanque de gas! —gritó el tío, tratando de cubrir a su mujer.

—No es gas —dijo Anny. Sus ojos comenzaron a cambiar. El iris desapareció, devorado por un blanco puro que empezó a brillar con una intensidad cegadora—. Es alguien.

Otra bomba de fuego entró por el hueco de la ventana, esta vez dirigida directamente hacia el grupo de mujeres que lloraban cerca de la entrada. Anny reaccionó por instinto. Se interpuso en la trayectoria y lanzó un puñetazo al aire. De sus nudillos brotó un destello de luz blanca, una energía sólida que impactó contra el fuego, disipándolo en una lluvia de chispas inofensivas.

Su familia se quedó petrificada. Nunca la habían visto hacer eso. Sabían que Anny era "especial", que a veces adivinaba cosas o mostraba una fuerza inusual, pero esto era de otro nivel.

—¡Anny, tus ojos! —exclamó su abuela, retrocediendo con miedo.

—¡Vayan al cuarto del fondo! —ordenó Anny, sintiendo cómo la adrenalina corría por sus venas—. ¡Ahora! ¡Cierren la puerta y no salgan por nada!

—¡No podemos dejarte aquí sola! —gritó una de sus tías, sollozando—. ¡Esa persona te va a matar!

—¡Váyanse si no quieren que los mate yo! —les espetó Anny con un desprecio fingido para obligarlas a moverse—. ¡Son un estorbo! ¡Fuera!

El insulto surtió efecto. Heridos y aterrorizados, se apresuraron a seguir al tío hacia la habitación más segura de la casa. En cuanto la puerta se cerró, Anny se giró hacia el ventanal roto.

En el jardín delantero, bajo la luz de la luna, un chico de unos veinte años caminaba tranquilamente hacia la casa. Vestía una sudadera oscura y sus manos estaban envueltas en llamas vivas que no parecían quemarlo. Tenía una sonrisa arrogante, la clase de sonrisa que Anny odiaba por encima de todas las cosas.

—Vaya, vaya —dijo el chico, deteniéndose a pocos metros—. Así que la "Elegida" tiene mal genio. Me habían dicho que eras una antisocial, pero no que tenías tanta potencia en esos puños.

Anny salió por el hueco de la ventana, pisando los cristales rotos sin inmutarse. Sus ojos blancos brillaban en la oscuridad como dos faros.

—¿Quién eres y por qué molestas en mi casa? —preguntó ella, sintiendo cómo la fuerza se acumulaba en sus manos.

—No te importa mi nombre —respondió el chico, jugueteando con una pequeña brasa entre sus dedos—. Solo me importa lo que tienes ahí dentro. Ese poder oculto... es demasiado para una mocosa que odia al mundo. Hay gente muy poderosa buscándote, Anny. Yo solo he decidido ser el primero en cobrar la recompensa.

Anny soltó una risa seca, carente de humor.

—¿Quieres mi poder? —Se puso en posición de combate, sus puños envueltos en esa luz blanca luminosa—. Ven a buscarlo, basura.

El chico no esperó más. Lanzó ambas manos hacia adelante, disparando tres ráfagas de fuego consecutivas. Anny se movió con una agilidad que no sabía que poseía. Esquivó las dos primeras y, con un movimiento rápido, interceptó la tercera con la palma de la mano, aplastando la llama como si fuera un insecto.

—*Está confiado* —leyó Anny en la mente del chico. El destello de sus ojos se intensificó al entrar en su psique—. *Cree que solo soy fuerza bruta. No sabe que puedo ver su próximo movimiento.*

—¡A la izquierda! —gritó Anny, anticipándose.

El chico se sorprendió al ver cómo Anny se agachaba justo antes de que él lanzara un barrido de fuego lateral. Sin darle tiempo a recuperarse, ella se impulsó hacia adelante. La tierra bajo sus pies se agrietó por la fuerza del salto.

Llegó frente a él en un parpadeo y lanzó un golpe directo al pecho. El chico creó un escudo de fuego en el último segundo, pero la fuerza de Anny era devastadora. El impacto de la luz blanca contra las llamas provocó una onda expansiva que rompió los cristales de las casas vecinas.

El atacante salió despedido hacia atrás, rodando por el césped hasta chocar contra un árbol.

—Maldita... —gruñó él, escupiendo un poco de sangre—. Eso no fue solo fuerza. Me leíste, ¿verdad?

—Eres predecible —dijo Anny, caminando hacia él con calma. Por dentro, sin embargo, sentía que su corazón latía con demasiada fuerza. Solo controlaba una parte de lo que estaba ocurriendo. Sentía una presión en la base del cráneo, como si algo más grande intentara salir—. Las personas como tú son todas iguales. Creen que por tener un truco bajo la manga son dueños del mundo. Me das asco.

—¡No me hables así! —El chico se puso en pie, furioso. Sus llamas pasaron de naranja a un azul intenso—. ¡No tienes idea de lo que vale ese poder! ¡Es desperdiciar un tesoro en alguien que prefiere hablar con gatos que con personas!

—Los gatos son mejores que tú —sentenció Anny.

El chico rugió y cargó contra ella. Esta vez no lanzó bolas de fuego, sino que envolvió todo su cuerpo en una pira azul y se lanzó como un meteorito. Anny bloqueó el primer impacto, sintiendo el calor abrasador quemando su ropa, pero su fuerza la mantuvo firme. Sus pies se hundieron en el suelo mientras resistía el empuje.

—*Ahora... ahora lanzará la explosión desde sus pies* —leyó Anny en su mente.

Ella reaccionó un milisegundo antes. En lugar de retroceder, saltó sobre él, apoyando sus manos en los hombros incendiados del chico. Ignorando el dolor de las quemaduras, utilizó su súper fuerza para lanzarlo contra el pavimento de la calle con una potencia inhumana.

El impacto dejó un cráter en el asfalto. El chico quedó inconsciente al instante, sus llamas apagándose como una vela soplada por el viento.

Anny aterrizó de pie, jadeando. Sus ojos volvieron a su color original y la luz de sus manos se desvaneció. Se miró las palmas; estaban enrojecidas, pero sanando a una velocidad antinatural.

—Anny...

La voz de su abuela venía desde la ventana. Toda su familia estaba allí, asomada, mirando el desastre en la calle y luego mirándola a ella con una mezcla de horror y asombro.

—Anny, ¿qué eres? —preguntó su tío, con la voz temblorosa.

Anny los miró. Podía sentir sus pensamientos revoloteando como moscas: miedo, sospecha, confusión. Ni una pizca de agradecimiento real, solo el terror de descubrir que el "bicho raro" de la familia era en realidad un monstruo.

—Soy la persona que acaba de salvarles la vida —dijo ella, recuperando su tono frío y distante—. Y también soy la persona que quiere que se metan en la casa y me dejen en paz.

Se dio la vuelta, dándoles la espalda, y miró hacia el horizonte. Sabía que esto era solo el principio. El chico había dicho que otros vendrían. Por primera vez en su vida, Anny no sintió solo asco por los demás, sino una curiosidad punzante sobre sí misma.

¿Qué más podía hacer? ¿Hasta dónde llegaba ese 50% que aún no conocía?

Caminó hacia el chico inconsciente, le quitó un pequeño dispositivo que brillaba en su bolsillo y lo aplastó con el pie. Luego, sin mirar atrás, se dirigió hacia la entrada de su casa. Tenía que alimentar a *Pelusa*. Los problemas del mundo podían esperar a que su gato terminara de cenar.
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