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0 curtida
El manipulador
Fandom: Clasroom of the elite
Criado: 25/03/2026
Tags
Isekai / Fantasia PortalCrossoverFantasiaAventuraAçãoPsicológicoEstudo de PersonagemSobrevivência
El murmullo de la magia y la anomalía del silencio
El silencio no era algo nuevo para Kiyotaka Ayanokouki. En la Habitación Blanca, el silencio era un estándar, una herramienta de concentración, una ausencia de distracciones. Sin embargo, este silencio era distinto. No estaba cargado con el olor a desinfectante ni el zumbido de las luces fluorescentes. Olía a tierra húmeda, a hierba fresca y a una extraña energía que vibraba en el aire, una que no podía clasificar con sus conocimientos actuales.
Abrió los ojos. Lo primero que vio no fue el techo técnico de la Preparatoria de Educación Avanzada, sino un cielo azul infinito, surcado por nubes que se movían a un ritmo pausado. Se incorporó con la economía de movimientos que lo caracterizaba. Su uniforme escolar seguía intacto, aunque desentonaba drásticamente con el entorno boscoso en el que se encontraba.
—Análisis de situación —murmuró para sí mismo, con voz monótona—. Pulso estable. Memoria intacta hasta el momento de dormir en mi dormitorio. Ubicación desconocida. Probabilidad de que esto sea una simulación de la escuela: baja. Probabilidad de un fenómeno inexplicable: en aumento.
Kiyotaka se puso de pie. No sintió pánico; el miedo era una emoción que había aprendido a procesar como simples datos. Caminó unos metros hasta encontrar un arroyo. Al ver su reflejo, notó algo extraño. Sus ojos, siempre apáticos, parecían captar partículas de luz que flotaban en el ambiente. Eran pequeñas, casi imperceptibles, pero estaban ahí.
—Mana —dijo una voz femenina, plana y carente de urgencia.
Kiyotaka giró la cabeza con lentitud. A unos metros de él, bajo la sombra de un árbol milenario, se encontraba una figura pequeña. Era una elfa de cabello blanco recogido en dos coletas, vestida con una túnica blanca y rayas doradas. A su lado, una joven de cabello violeta y un muchacho pelirrojo con un hacha monumental lo observaban con curiosidad.
—¿Mana? —repitió Kiyotaka, asimilando el término—. Entiendo. Es la energía que compone este mundo, supongo.
La elfa, Frieren, se acercó un par de pasos, entrecerrando los ojos.
—Es extraño. Tu cuerpo no tiene ni una gota de mana, pero lo estás absorbiendo como si fueras una esponja seca —comentó ella, ladeando la cabeza—. Eres un humano, pero pareces un recipiente vacío.
—Mi nombre es Kiyotaka Ayanokouki —se presentó él, manteniendo una postura neutral—. Desconozco cómo he llegado aquí. Si este lugar opera bajo leyes diferentes a las de mi hogar, agradecería información básica para garantizar mi supervivencia.
Fern, la joven maga, dio un paso al frente, ajustándose el bastón.
—Señorita Frieren, desprende una sensación extraña. No parece peligroso, pero sus ojos... es como si estuviera calculando cuánto pesamos cada uno de nosotros.
Stark, el guerrero, soltó una risita nerviosa mientras se rascaba la nuca.
—Bueno, no parece un demonio. Los demonios al menos intentan parecer amigables para engañarte. Este tipo parece que ha olvidado cómo sonreír.
Frieren se quedó en silencio un momento, observando las partículas de luz que comenzaban a arremolinarse alrededor de Kiyotaka. El cuerpo del joven estaba adaptándose. En el mundo de la magia, el mana fluye hacia el vacío, y Kiyotaka era el vacío absoluto.
—¿Sabes pelear? —preguntó Frieren.
—He sido instruido en diversas formas de autodefensa y combate armado —respondió Kiyotaka con sinceridad—. Aunque nunca he utilizado un arma de esta época.
Frieren señaló una espada corta, vieja y algo oxidada, que yacía entre los restos de un campamento cercano.
—Pruébala. Si vas a seguirnos hasta el próximo pueblo para no morir de hambre, tendrás que ser útil. Estamos en una zona de monstruos.
Kiyotaka caminó hacia el arma. Al tomarla, sintió un peso familiar, pero diferente. Su mente, entrenada para la eficiencia máxima, comenzó a calcular el centro de gravedad, el alcance y la resistencia del metal. Al mismo tiempo, sintió un hormigueo en la punta de sus dedos. El mana que estaba absorbiendo empezó a fluir hacia la hoja de metal.
—Interesante —dijo Kiyotaka, realizando un tajo horizontal al aire. El movimiento fue perfecto, una ejecución técnica que dejó a Stark con la boca abierta—. La resistencia del aire es menor de lo que esperaba.
—Su técnica es impecable —susurró Fern—. Pero no hay rastro de técnica de combate con mana. Es puro músculo y memoria.
—Por ahora —añadió Frieren con una pequeña sonrisa—. Vamos, Ayanokouki. El camino es largo y me han dicho que en la próxima ciudad hay un grimorio que permite quitar el moho de las estatuas de bronce. Es un tesoro raro.
Kiyotaka no cuestionó la trivialidad del objetivo. Había aprendido rápidamente que en este mundo, el tiempo parecía moverse de forma distinta para la elfa.
—Entendido. Los seguiré. A cambio de protección e información, ofreceré mis servicios en la medida de mis capacidades.
Durante los días siguientes, el grupo avanzó hacia el norte. Kiyotaka observaba. Era lo que mejor sabía hacer. Observaba cómo Fern canalizaba el mana para lanzar hechizos de ataque ordinarios; observaba cómo Stark utilizaba su fuerza bruta para quebrar la defensa de los enemigos; y, sobre todo, observaba a Frieren.
La elfa era un pozo sin fondo de conocimiento, pero su actitud despreocupada ocultaba una melancolía que Kiyotaka podía identificar, aunque no sentir.
Una tarde, mientras descansaban junto a una hoguera, Frieren se sentó frente a él.
—Tu cuerpo ya casi ha terminado de adaptarse —dijo ella, mientras hurgaba en su bolsa de viaje—. El mana ya circula por tus venas de forma natural. Deberías ser capaz de usarlo para reforzar tu espada.
—He intentado replicar el flujo que veo en Fern —explicó Kiyotaka, manteniendo su expresión impasible—, pero mi estructura interna parece resistirse a la expulsión externa de energía. Prefiere retenerla.
—Eso es porque no eres un mago —intervino Fern, acercándose con una taza de té—. Eres más parecido a un guerrero, pero tu control del mana es demasiado preciso. Normalmente, los guerreros lo usan de forma inconsciente. Tú pareces estar intentando programar cada partícula.
Kiyotaka miró su palma. Cerró el puño y, por un instante, una tenue aura azulada rodeó sus nudillos.
—Si la magia es una ciencia con reglas establecidas, entonces solo es cuestión de tiempo que domine sus fundamentos —sentenció él.
—Qué aburrido eres —comentó Frieren, aunque sus ojos brillaban con una pizca de interés—. Me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo. Él también creía que podía entenderlo todo con la lógica.
—¿Y lo hizo? —preguntó Kiyotaka.
—No. Murió antes de lograrlo. Los humanos son así de efímeros.
Kiyotaka asimiló la información. La mortalidad era un factor que siempre había tenido en cuenta, pero aquí, al lado de una criatura que vivía milenios, la brevedad de la vida humana adquiría una relevancia estadística diferente.
De repente, Stark se puso en pie, empuñando su hacha.
—Algo viene —dijo con voz grave.
Del follaje surgieron tres monstruos de aspecto lupino, pero de un tamaño descomunal. Eran "Lobos de las Sombras", criaturas que se movían con una velocidad que desafiaba el ojo humano.
—Fern, encárgate del de la izquierda —ordenó Frieren, sin levantarse de su sitio—. Stark, el del centro. Ayanokouki, el de la derecha es tuyo. Quiero ver qué haces con esa espada.
Kiyotaka se levantó. Desenvainó la espada corta, que ahora lucía limpia y afilada gracias a los cuidados de Stark. El lobo gruñó y se lanzó hacia él como una exhalación negra.
Para un humano normal, el ataque habría sido invisible. Para Kiyotaka, cuya percepción se había agudizado por la absorción de mana, el movimiento era analizable.
"Velocidad de aproximación: 60 kilómetros por hora. Ángulo de ataque: 45 grados hacia mi yugular. Opción óptima: paso lateral y contraataque en el tendón de Aquiles anterior".
Kiyotaka se movió. No hubo desperdicio de energía. El lobo pasó a su lado, y con un movimiento seco de la espada, Kiyotaka cortó la pata delantera de la bestia. El monstruo aulló de dolor, rodando por el suelo.
—Eficiente —murmuró Frieren.
Pero el lobo no se rindió. Usando su magia, empezó a regenerar la herida con sombras. Kiyotaka comprendió que el daño físico no sería suficiente.
—Fern dijo que el mana debe fluir —se dijo a sí mismo.
Cerró los ojos por una fracción de segundo. Imaginó el flujo de energía no como un río, sino como un circuito eléctrico. Concentró todo el mana que su cuerpo había absorbido en el filo de la espada. La hoja comenzó a vibrar, emitiendo un sonido agudo.
—Compresión de mana —observó Fern con asombro—. Está haciendo lo que nos toma años aprender en un solo intento.
Kiyotaka arremetió. No esperó a que el lobo se recuperara. Apareció frente a la bestia y lanzó una estocada directa al núcleo de sombra que latía en su pecho. La espada, reforzada por una cantidad absurda de mana concentrado, atravesó la criatura como si fuera mantequilla.
Un estallido de luz azul iluminó el bosque, y el lobo se disolvió en partículas de polvo.
Kiyotaka envainó la espada y limpió una mancha inexistente de su uniforme. Su respiración era tan calmada como si acabara de dar un paseo por el parque.
—He gastado aproximadamente el 15% de mis reservas actuales —calculó mentalmente—. Debo mejorar la eficiencia de la salida de energía para evitar el desperdicio calórico.
Stark, que acababa de partir a su oponente por la mitad, lo miró con una mezcla de miedo y admiración.
—Tío, eres un monstruo. ¿Seguro que no eres un héroe retirado o algo así?
—Solo soy un estudiante que busca regresar a su entorno habitual —respondió Kiyotaka—. Aunque, dadas las circunstancias, parece que este "viaje" será educativo.
Frieren se levantó y sacudió su falda.
—Has aprendido rápido, Ayanokouki. Tu forma de usar la espada es... extraña. No tiene alma, pero es perfecta. Casi parece la de un muñeco diseñado para matar.
—En mi mundo, la perfección es el único estándar aceptable —dijo él, mirando a la elfa a los ojos—. Si para sobrevivir en este mundo debo convertirme en un maestro de la espada y la magia, lo haré. No es diferente a aprobar un examen.
Frieren sonrió levemente, una expresión rara en ella.
—Un examen, ¿eh? Himmel habría dicho que la aventura es el examen más divertido de todos.
—No busco diversión —replicó Kiyotaka—. Solo busco el camino más eficiente hacia el final.
—Ya veremos —dijo Frieren, comenzando a caminar de nuevo—. El camino hacia el norte es muy largo. Tienes mucho tiempo para cambiar de opinión.
Kiyotaka la siguió, manteniendo su posición en la retaguardia. Observó las espaldas de sus nuevos compañeros. No los consideraba amigos, al menos no todavía. Eran variables en una ecuación compleja. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, Kiyotaka Ayanokouki sintió una chispa de curiosidad genuina.
En este mundo de magia y leyendas, las reglas de la Habitación Blanca ya no se aplicaban. Aquí, su potencial no tenía un techo de hormigón. Aquí, el "monstruo" de la Clase D podía evolucionar en algo que incluso los demonios llegarían a temer.
—Próximo objetivo: adquisición de un grimorio de combate elemental —anotó mentalmente—. Y quizás, entender por qué esta elfa insiste tanto en buscar hechizos inútiles para cocinar pan dulce.
El grupo se perdió entre la espesura del bosque, avanzando hacia un destino incierto, mientras el joven de ojos apáticos comenzaba a tejer su propia leyenda en un mundo que aún no conocía su nombre.
Abrió los ojos. Lo primero que vio no fue el techo técnico de la Preparatoria de Educación Avanzada, sino un cielo azul infinito, surcado por nubes que se movían a un ritmo pausado. Se incorporó con la economía de movimientos que lo caracterizaba. Su uniforme escolar seguía intacto, aunque desentonaba drásticamente con el entorno boscoso en el que se encontraba.
—Análisis de situación —murmuró para sí mismo, con voz monótona—. Pulso estable. Memoria intacta hasta el momento de dormir en mi dormitorio. Ubicación desconocida. Probabilidad de que esto sea una simulación de la escuela: baja. Probabilidad de un fenómeno inexplicable: en aumento.
Kiyotaka se puso de pie. No sintió pánico; el miedo era una emoción que había aprendido a procesar como simples datos. Caminó unos metros hasta encontrar un arroyo. Al ver su reflejo, notó algo extraño. Sus ojos, siempre apáticos, parecían captar partículas de luz que flotaban en el ambiente. Eran pequeñas, casi imperceptibles, pero estaban ahí.
—Mana —dijo una voz femenina, plana y carente de urgencia.
Kiyotaka giró la cabeza con lentitud. A unos metros de él, bajo la sombra de un árbol milenario, se encontraba una figura pequeña. Era una elfa de cabello blanco recogido en dos coletas, vestida con una túnica blanca y rayas doradas. A su lado, una joven de cabello violeta y un muchacho pelirrojo con un hacha monumental lo observaban con curiosidad.
—¿Mana? —repitió Kiyotaka, asimilando el término—. Entiendo. Es la energía que compone este mundo, supongo.
La elfa, Frieren, se acercó un par de pasos, entrecerrando los ojos.
—Es extraño. Tu cuerpo no tiene ni una gota de mana, pero lo estás absorbiendo como si fueras una esponja seca —comentó ella, ladeando la cabeza—. Eres un humano, pero pareces un recipiente vacío.
—Mi nombre es Kiyotaka Ayanokouki —se presentó él, manteniendo una postura neutral—. Desconozco cómo he llegado aquí. Si este lugar opera bajo leyes diferentes a las de mi hogar, agradecería información básica para garantizar mi supervivencia.
Fern, la joven maga, dio un paso al frente, ajustándose el bastón.
—Señorita Frieren, desprende una sensación extraña. No parece peligroso, pero sus ojos... es como si estuviera calculando cuánto pesamos cada uno de nosotros.
Stark, el guerrero, soltó una risita nerviosa mientras se rascaba la nuca.
—Bueno, no parece un demonio. Los demonios al menos intentan parecer amigables para engañarte. Este tipo parece que ha olvidado cómo sonreír.
Frieren se quedó en silencio un momento, observando las partículas de luz que comenzaban a arremolinarse alrededor de Kiyotaka. El cuerpo del joven estaba adaptándose. En el mundo de la magia, el mana fluye hacia el vacío, y Kiyotaka era el vacío absoluto.
—¿Sabes pelear? —preguntó Frieren.
—He sido instruido en diversas formas de autodefensa y combate armado —respondió Kiyotaka con sinceridad—. Aunque nunca he utilizado un arma de esta época.
Frieren señaló una espada corta, vieja y algo oxidada, que yacía entre los restos de un campamento cercano.
—Pruébala. Si vas a seguirnos hasta el próximo pueblo para no morir de hambre, tendrás que ser útil. Estamos en una zona de monstruos.
Kiyotaka caminó hacia el arma. Al tomarla, sintió un peso familiar, pero diferente. Su mente, entrenada para la eficiencia máxima, comenzó a calcular el centro de gravedad, el alcance y la resistencia del metal. Al mismo tiempo, sintió un hormigueo en la punta de sus dedos. El mana que estaba absorbiendo empezó a fluir hacia la hoja de metal.
—Interesante —dijo Kiyotaka, realizando un tajo horizontal al aire. El movimiento fue perfecto, una ejecución técnica que dejó a Stark con la boca abierta—. La resistencia del aire es menor de lo que esperaba.
—Su técnica es impecable —susurró Fern—. Pero no hay rastro de técnica de combate con mana. Es puro músculo y memoria.
—Por ahora —añadió Frieren con una pequeña sonrisa—. Vamos, Ayanokouki. El camino es largo y me han dicho que en la próxima ciudad hay un grimorio que permite quitar el moho de las estatuas de bronce. Es un tesoro raro.
Kiyotaka no cuestionó la trivialidad del objetivo. Había aprendido rápidamente que en este mundo, el tiempo parecía moverse de forma distinta para la elfa.
—Entendido. Los seguiré. A cambio de protección e información, ofreceré mis servicios en la medida de mis capacidades.
Durante los días siguientes, el grupo avanzó hacia el norte. Kiyotaka observaba. Era lo que mejor sabía hacer. Observaba cómo Fern canalizaba el mana para lanzar hechizos de ataque ordinarios; observaba cómo Stark utilizaba su fuerza bruta para quebrar la defensa de los enemigos; y, sobre todo, observaba a Frieren.
La elfa era un pozo sin fondo de conocimiento, pero su actitud despreocupada ocultaba una melancolía que Kiyotaka podía identificar, aunque no sentir.
Una tarde, mientras descansaban junto a una hoguera, Frieren se sentó frente a él.
—Tu cuerpo ya casi ha terminado de adaptarse —dijo ella, mientras hurgaba en su bolsa de viaje—. El mana ya circula por tus venas de forma natural. Deberías ser capaz de usarlo para reforzar tu espada.
—He intentado replicar el flujo que veo en Fern —explicó Kiyotaka, manteniendo su expresión impasible—, pero mi estructura interna parece resistirse a la expulsión externa de energía. Prefiere retenerla.
—Eso es porque no eres un mago —intervino Fern, acercándose con una taza de té—. Eres más parecido a un guerrero, pero tu control del mana es demasiado preciso. Normalmente, los guerreros lo usan de forma inconsciente. Tú pareces estar intentando programar cada partícula.
Kiyotaka miró su palma. Cerró el puño y, por un instante, una tenue aura azulada rodeó sus nudillos.
—Si la magia es una ciencia con reglas establecidas, entonces solo es cuestión de tiempo que domine sus fundamentos —sentenció él.
—Qué aburrido eres —comentó Frieren, aunque sus ojos brillaban con una pizca de interés—. Me recuerdas a alguien que conocí hace mucho tiempo. Él también creía que podía entenderlo todo con la lógica.
—¿Y lo hizo? —preguntó Kiyotaka.
—No. Murió antes de lograrlo. Los humanos son así de efímeros.
Kiyotaka asimiló la información. La mortalidad era un factor que siempre había tenido en cuenta, pero aquí, al lado de una criatura que vivía milenios, la brevedad de la vida humana adquiría una relevancia estadística diferente.
De repente, Stark se puso en pie, empuñando su hacha.
—Algo viene —dijo con voz grave.
Del follaje surgieron tres monstruos de aspecto lupino, pero de un tamaño descomunal. Eran "Lobos de las Sombras", criaturas que se movían con una velocidad que desafiaba el ojo humano.
—Fern, encárgate del de la izquierda —ordenó Frieren, sin levantarse de su sitio—. Stark, el del centro. Ayanokouki, el de la derecha es tuyo. Quiero ver qué haces con esa espada.
Kiyotaka se levantó. Desenvainó la espada corta, que ahora lucía limpia y afilada gracias a los cuidados de Stark. El lobo gruñó y se lanzó hacia él como una exhalación negra.
Para un humano normal, el ataque habría sido invisible. Para Kiyotaka, cuya percepción se había agudizado por la absorción de mana, el movimiento era analizable.
"Velocidad de aproximación: 60 kilómetros por hora. Ángulo de ataque: 45 grados hacia mi yugular. Opción óptima: paso lateral y contraataque en el tendón de Aquiles anterior".
Kiyotaka se movió. No hubo desperdicio de energía. El lobo pasó a su lado, y con un movimiento seco de la espada, Kiyotaka cortó la pata delantera de la bestia. El monstruo aulló de dolor, rodando por el suelo.
—Eficiente —murmuró Frieren.
Pero el lobo no se rindió. Usando su magia, empezó a regenerar la herida con sombras. Kiyotaka comprendió que el daño físico no sería suficiente.
—Fern dijo que el mana debe fluir —se dijo a sí mismo.
Cerró los ojos por una fracción de segundo. Imaginó el flujo de energía no como un río, sino como un circuito eléctrico. Concentró todo el mana que su cuerpo había absorbido en el filo de la espada. La hoja comenzó a vibrar, emitiendo un sonido agudo.
—Compresión de mana —observó Fern con asombro—. Está haciendo lo que nos toma años aprender en un solo intento.
Kiyotaka arremetió. No esperó a que el lobo se recuperara. Apareció frente a la bestia y lanzó una estocada directa al núcleo de sombra que latía en su pecho. La espada, reforzada por una cantidad absurda de mana concentrado, atravesó la criatura como si fuera mantequilla.
Un estallido de luz azul iluminó el bosque, y el lobo se disolvió en partículas de polvo.
Kiyotaka envainó la espada y limpió una mancha inexistente de su uniforme. Su respiración era tan calmada como si acabara de dar un paseo por el parque.
—He gastado aproximadamente el 15% de mis reservas actuales —calculó mentalmente—. Debo mejorar la eficiencia de la salida de energía para evitar el desperdicio calórico.
Stark, que acababa de partir a su oponente por la mitad, lo miró con una mezcla de miedo y admiración.
—Tío, eres un monstruo. ¿Seguro que no eres un héroe retirado o algo así?
—Solo soy un estudiante que busca regresar a su entorno habitual —respondió Kiyotaka—. Aunque, dadas las circunstancias, parece que este "viaje" será educativo.
Frieren se levantó y sacudió su falda.
—Has aprendido rápido, Ayanokouki. Tu forma de usar la espada es... extraña. No tiene alma, pero es perfecta. Casi parece la de un muñeco diseñado para matar.
—En mi mundo, la perfección es el único estándar aceptable —dijo él, mirando a la elfa a los ojos—. Si para sobrevivir en este mundo debo convertirme en un maestro de la espada y la magia, lo haré. No es diferente a aprobar un examen.
Frieren sonrió levemente, una expresión rara en ella.
—Un examen, ¿eh? Himmel habría dicho que la aventura es el examen más divertido de todos.
—No busco diversión —replicó Kiyotaka—. Solo busco el camino más eficiente hacia el final.
—Ya veremos —dijo Frieren, comenzando a caminar de nuevo—. El camino hacia el norte es muy largo. Tienes mucho tiempo para cambiar de opinión.
Kiyotaka la siguió, manteniendo su posición en la retaguardia. Observó las espaldas de sus nuevos compañeros. No los consideraba amigos, al menos no todavía. Eran variables en una ecuación compleja. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, Kiyotaka Ayanokouki sintió una chispa de curiosidad genuina.
En este mundo de magia y leyendas, las reglas de la Habitación Blanca ya no se aplicaban. Aquí, su potencial no tenía un techo de hormigón. Aquí, el "monstruo" de la Clase D podía evolucionar en algo que incluso los demonios llegarían a temer.
—Próximo objetivo: adquisición de un grimorio de combate elemental —anotó mentalmente—. Y quizás, entender por qué esta elfa insiste tanto en buscar hechizos inútiles para cocinar pan dulce.
El grupo se perdió entre la espesura del bosque, avanzando hacia un destino incierto, mientras el joven de ojos apáticos comenzaba a tejer su propia leyenda en un mundo que aún no conocía su nombre.
