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Violencia posesiva

Fandom: Kengan ashura

Criado: 26/03/2026

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Purificación de Carne y Espíritu

Setsuna Kiryu caminaba por los pasillos de hormigón del Domo de Kengan como si fuera un espectro. Sus pasos eran erráticos, y el roce de la tela desgarrada de su ropa contra su piel le enviaba oleadas de náuseas. El encuentro con Raian Kure había sido una profanación en el sentido más crudo de la palabra. Todavía podía sentir el peso abrumador del cuerpo del "Diablo", el olor a sudor rancio y sangre, y la forma en que sus manos brutales habían marcado sus muñecas y caderas.

—Esa bestia... —susurró Setsuna, su voz era un hilo quebrado mientras se pegaba a las sombras—. No sabe nada. No es más que un animal que no entiende la divinidad.

Dobló una esquina con cautela, ocultando su rostro bajo sus largos cabellos oscuros. A lo lejos, divisó las figuras de Shion Akiyama y Tomoko Matsui. Eran sus aliadas, en cierto sentido, pero en ese momento representaban un peligro. No podía permitir que lo vieran así: desaliñado, con el labio partido y el aroma de otro hombre impregnado en sus poros. Si lo veían, harían preguntas, y las preguntas llevarían a la debilidad. Con un movimiento ágil y silencioso, se deslizó por un conducto de servicio hasta que las voces de las mujeres se perdieron en la distancia.

Una vez en su habitación, Setsuna se encerró bajo llave. No encendió las luces. Se despojó de los harapos que una vez fueron su vestimenta y entró en la ducha. El agua hirviendo golpeó su espalda, pero él no sintió el dolor del calor; solo sentía la necesidad de arrancar la capa de suciedad que Raian había dejado sobre él. Se frotó la piel hasta que se puso roja, casi en carne viva, buscando desesperadamente borrar el rastro del Kure.

—Tengo que limpiarme —murmuraba para sí mismo mientras el vapor llenaba el baño—. Debo estar puro para él. Para mi Dios.

La imagen de Ohma Tokita, derrotado y en coma tras su batalla, ardía en su mente. Setsuna estaba convencido de que lo ocurrido con Raian era una prueba, una interferencia demoníaca que intentaba alejarlo de su destino. Para él, la única forma de restaurar su alma y su cuerpo era mediante la comunión con Ohma. Solo el contacto con el "Asura" podría exorcizar la mancha que Raian había dejado.

Se vistió con una túnica limpia y ligera. Sus movimientos eran ahora más fluidos, impulsados por una obsesión maníaca. Salió de su habitación y se dirigió a la zona médica. Sabía que Yamashita y los demás estarían descansando o vigilando desde lejos, pero él conocía los puntos ciegos de la seguridad. Era un maestro del Estilo Koei; moverse sin ser detectado era su especialidad.

Al llegar a la habitación de Ohma, el silencio era absoluto, roto solo por el pitido rítmico de los monitores cardíacos. Setsuna se deslizó hacia adentro y cerró la puerta sin hacer ruido. Ahí estaba él. Ohma yacía en la cama, pálido, con el torso vendado y cables conectados a su pecho. Para cualquier otro, era un hombre al borde de la muerte; para Setsuna, era una deidad esperando a ser despertada.

—Ohma-kun... —susurró, acercándose a la cama con una reverencia casi religiosa—. Perdóname por tardar tanto. He vuelto a ti. He venido a purificarme en tu fuego.

Setsuna se arrodilló al lado de la cama. Sus ojos brillaban con una mezcla de locura y devoción. Con manos temblorosas, extendió los dedos y retiró lentamente la sábana blanca que cubría el cuerpo del luchador. La vista del físico de Ohma, incluso en ese estado de vulnerabilidad, lo hizo jadear.

—Ese hombre, Raian... intentó ensuciarme —dijo Setsuna, comenzando a acariciar los muslos de Ohma—. Pero él no es nada. Tú eres el único que tiene derecho a destruirme, a poseerme.

Con una delicadeza que contrastaba con la violencia que había sufrido minutos antes, Setsuna comenzó a masturbar a Ohma. Sus movimientos eran expertos, rítmicos, centrados en despertar la vitalidad que sabía que aún residía en el cuerpo del Asura. A pesar del coma, el cuerpo de Ohma respondió a los estímulos básicos. Era un guerrero, una máquina biológica diseñada para la acción, y bajo las manos de Setsuna, su virilidad comenzó a despertar.

—¡Sí! —exclamó Setsuna en un susurro febril—. ¡Mira cómo respondes a mí! Incluso en el sueño, tu cuerpo me reconoce.

Setsuna se inclinó, dejando que su cabello cayera sobre el abdomen de Ohma. Comenzó a lamer la piel del otro, subiendo hacia su pecho, evitando las heridas pero buscando el calor de su sangre. Finalmente, bajó de nuevo y se entregó al sexo oral con una intensidad desesperada. Quería saborear a Ohma, quería que el sabor de su Dios borrara el sabor amargo de la humillación que Raian le había infligido.

Sus mejillas se hundían y sus ojos se cerraban con éxtasis mientras trabajaba. Cada gemido sordo que escapaba de su propia garganta era una oración. El pene de Ohma estaba ahora completamente erecto, una columna de calor que Setsuna adoraba como si fuera un tótem sagrado.

—Esto es lo que necesito —pensó Setsuna, sintiendo cómo la ansiedad en su pecho se disolvía—. Tu esencia es el único antídoto contra la suciedad del mundo.

Se incorporó lentamente, su rostro sonrojado y sus labios húmedos. Se despojó de su túnica, quedando completamente desnudo ante el hombre inconsciente. Se posicionó sobre él, horcajadas sobre sus caderas, sintiendo la dureza de Ohma contra su propia entrada.

—Ohma-kun, conviérteme en algo tuyo otra vez —pidió, con la voz quebrada por el deseo—. Borra al Kure de mi piel.

Setsuna se elevó ligeramente y, con un movimiento lento y deliberado, comenzó a descender. La sensación de plenitud lo hizo arquear la espalda. No era como con Raian; esto no era dolor impuesto, era una entrega voluntaria a su ídolo. Empezó a moverse con un ritmo hipnótico, subiendo y bajando, dejando que el cuerpo de Ohma lo penetrara profundamente.

En su delirio, Setsuna imaginaba que Ohma lo miraba, que esos ojos oscuros y feroces estaban fijos en él, juzgándolo y amándolo al mismo tiempo. Se inclinó hacia adelante, tomando un mechón del cabello oscuro de Ohma y llevándolo a su boca, antes de frotarlo contra su propio cuerpo. En un acto de total sumisión y locura, tomó parte del cabello del hombre y lo presionó contra su propia intimidad, buscando una unión física total, una amalgama de sus seres.

—Soy tu esclavo, Ohma-kun —gemía Setsuna, acelerando el ritmo—. Úsame. Límpiame. Haz que olvide que alguien más me tocó.

El sudor comenzó a perlar su frente y a gotear sobre el pecho de Ohma. El sonido de su unión llenaba la pequeña habitación médica, mezclándose con el pitido constante de las máquinas. Setsuna estaba perdido en su propio mundo, una espiral de placer y devoción que lo alejaba de la realidad del torneo, de las conspiraciones y de la violencia gratuita.

—Tú eres mi Dios —repetía una y otra vez—. Y yo soy tu sacrificio.

Mientras llegaba al clímax, Setsuna se desplomó sobre el pecho de Ohma, abrazándolo con fuerza, escuchando el latido lento pero firme del corazón del Asura. En ese momento, en el silencio de la enfermería, Setsuna Kiryu sintió que, finalmente, las manos de Raian Kure ya no estaban sobre él. Se sentía renacido, bautizado en la presencia del hombre al que había dedicado su vida y su cordura.

Se quedó allí un largo rato, simplemente respirando el aire de Ohma, antes de recomponerse para volver a las sombras, preparado para enfrentar lo que viniera, ahora que se sentía nuevamente "puro".
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