
← Voltar à lista de fanfics
0 curtida
Fantasias de un miro
Fandom: Kengan ashura
Criado: 26/03/2026
Tags
RomancePWP (Enredo? Que enredo?)SombrioCenário CanônicoLinguagem ExplícitaPsicológicoDrama
El Vórtice de la Devoción Absoluta
Los pasillos de la Asociación Kengan siempre habían sido lugares de intriga, susurros de poder y el eco metálico de la violencia inminente. Sin embargo, para Tomoko Matsuda, esa tarde el aire se sentía inusualmente denso, cargado de una electricidad que no provenía de una arena de combate, sino de algo mucho más primitivo y visceral.
Tomoko caminaba con paso ligero, sosteniendo unos documentos que debía entregar a la oficina de administración. Sus ojos, siempre atentos a los detalles estéticos de los luchadores, escudriñaban cada rincón. Fue entonces cuando un sonido la detuvo en seco.
No era un golpe, ni el crujido de un hueso rompiéndose. Era un jadeo, agudo y desesperado, seguido de un gemido que rompió el silencio del ala este del edificio.
—¿Qué demonios...? —susurró Tomoko para sí misma, sintiendo que su corazón se aceleraba.
Guiada por una curiosidad que bordeaba lo prohibido, se acercó a una puerta entreabierta al final del pasillo. Era un almacén de suministros médicos, un lugar que debería estar vacío a esa hora. Tomoko se pegó a la pared, conteniendo la respiración, y asomó un ojo por la rendija de la puerta.
La escena que encontró la dejó petrificada. Sus gafas se empañaron instantáneamente y, antes de que pudiera procesarlo, un hilo de sangre comenzó a descender por su fosa nasal derecha.
En el centro de la habitación, sobre una mesa de metal que vibraba con cada movimiento, Kiryu Setsuna estaba completamente entregado al hombre que consideraba su dios. Ohma Tokita estaba sobre él, con una presencia dominante que parecía consumir todo el espacio disponible.
Setsuna tenía el rostro echado hacia atrás, su largo cabello oscuro esparcido como una mancha de tinta sobre el metal frío. Sus ojos estaban en blanco, perdidos en un éxtasis que rozaba la agonía.
—¡Ah... Ohma... Ohma-sama! —gritó Setsuna sin ningún rastro de vergüenza. Sus gritos eran escandalosos, resonando en las paredes de hormigón—. ¡Rómpeme! ¡Haz lo que quieras conmigo!
Ohma no decía nada, pero su lenguaje corporal hablaba por él. Sus manos, marcadas por las cicatrices de mil batallas, sujetaban las caderas de Setsuna con una fuerza posesiva, casi violenta. Cada una de sus estocadas era firme, rítmica y cargada de una intensidad que buscaba someter por completo al hombre debajo de él.
—Eres demasiado ruidoso, Setsuna —gruñó Ohma con voz ronca, aunque no hizo nada para silenciarlo. Al contrario, enterró sus dedos con más fuerza en la carne del otro.
—¡No puedo... no puedo evitarlo! —Setsuna se retorció, arqueando la espalda de una manera que parecía físicamente imposible. Su sumisión era absoluta, una entrega total que no conocía límites—. Soy tuyo... solo tuyo... ¡Mátame si quieres, pero no te detengas!
Tomoko, desde su escondite, sentía que sus rodillas flaqueaban. La visión de la "Bestia de la Destrucción" reducida a un estado de vulnerabilidad tan extrema, suplicando por más atención del Ashura, era algo que superaba cualquier fantasía que ella hubiera podido imaginar. La sangre de su nariz ahora goteaba sobre su blusa, pero no le importaba.
—Es... es arte —susurró Tomoko, con las manos temblorosas aferradas al marco de la puerta.
En el interior, el ritmo aumentó. Ohma parecía haber dejado atrás cualquier rastro de paciencia. Su estilo de pelea, el Estilo Niko, se basaba en el control del flujo de energía, y aquí, en este encuentro privado, parecía estar aplicando esa misma maestría para llevar a Setsuna al borde del abismo.
—Mírame, Setsuna —ordenó Ohma, su voz era un comando que no admitía réplica.
Setsuna obedeció al instante, enfocando sus ojos nublados en el rostro de Ohma. La devoción que brillaba en su mirada era aterradora.
—Te veo... siempre te veo —respondió Setsuna entre sollozos de placer—. Eres mi salvador... mi verdugo...
Ohma se inclinó, presionando su pecho contra el de Setsuna, atrapándolo entre su cuerpo y la mesa. El sonido de la carne chocando contra la carne se volvió frenético. Setsuna comenzó a sacudir la cabeza de lado a lado, sus gritos volviéndose más agudos, más rotos.
—¡Ohma! ¡Ohma! ¡Más... por favor, más! —suplicaba Setsuna, con las uñas clavándose en los hombros de Ohma, dejando marcas rojas que desaparecían bajo el sudor.
—Si sigues gritando así, alguien nos va a escuchar —dijo Ohma, aunque en su rostro se dibujaba una sonrisa feroz y depredadora.
—¡Que escuchen! —exclamó Setsuna, perdiendo el control por completo—. ¡Que todo el mundo sepa que soy tu juguete! ¡Que no soy nada sin ti!
Tomoko sintió que el mundo daba vueltas. La intensidad de las palabras de Setsuna, combinada con la imagen de Ohma reclamándolo con tal posesividad, era demasiado para sus sentidos. Se tapó la boca con una mano para no soltar un grito de emoción.
El aire en la habitación estaba saturado del olor al sudor y sexo. Ohma aceleró el movimiento final, sus músculos tensándose como cuerdas de violín a punto de romperse. Setsuna emitió un sonido que ya no era humano, un aullido de puro éxtasis que vibró en los pulmones de Tomoko.
—¡OHMA-SAMAAAA! —el grito de Setsuna terminó en un jadeo ahogado cuando su cuerpo se convulsionó bajo el de Tokita.
Ohma se hundió en él por última vez, soltando un gruñido profundo de satisfacción, manteniendo a Setsuna inmovilizado mientras ambos recuperaban el aliento. Setsuna quedó flácido, con las extremidades temblando violentamente, una sonrisa de absoluta paz y locura adornando su rostro.
—Lo hiciste bien —susurró Ohma, retirándose lentamente mientras observaba el estado de devastación en el que había dejado a su compañero.
Setsuna no respondió con palabras, solo estiró una mano temblorosa para rozar la mejilla de Ohma, sus ojos llenos de una gratitud que rozaba lo religioso.
—Siempre... lo que desees —logró articular Setsuna, con la voz casi desaparecida.
Tomoko Matsuda se alejó de la puerta con cuidado, caminando hacia atrás hasta que estuvo a una distancia segura. Se dejó caer contra la pared del pasillo, deslizándose hasta el suelo. Los documentos estaban esparcidos a su alrededor, olvidados.
—Eso fue... —se limpió la sangre de la cara con la manga, con una sonrisa de satisfacción pura— ...la mejor pelea que he visto en toda mi vida.
Mientras tanto, en el almacén, el silencio regresó, solo roto por la respiración pesada de dos hombres que, por un breve momento, habían dejado de ser luchadores para convertirse en algo mucho más complejo y oscuro. Ohma ayudó a Setsuna a levantarse, aunque este último apenas podía mantenerse en pie.
—¿Puedes caminar? —preguntó Ohma, recuperando su tono habitual, aunque sus ojos todavía guardaban un destello de la posesividad anterior.
—Si no puedo... —Setsuna se apoyó en el pecho de Ohma, cerrando los ojos con felicidad— ...sé que tú me cargarás.
Ohma soltó un suspiro, pero no lo apartó. Lo rodeó con un brazo, guiándolo hacia la salida trasera, lejos de los ojos curiosos que, aunque no lo sabían, ya habían obtenido lo que buscaban.
Tomoko caminaba con paso ligero, sosteniendo unos documentos que debía entregar a la oficina de administración. Sus ojos, siempre atentos a los detalles estéticos de los luchadores, escudriñaban cada rincón. Fue entonces cuando un sonido la detuvo en seco.
No era un golpe, ni el crujido de un hueso rompiéndose. Era un jadeo, agudo y desesperado, seguido de un gemido que rompió el silencio del ala este del edificio.
—¿Qué demonios...? —susurró Tomoko para sí misma, sintiendo que su corazón se aceleraba.
Guiada por una curiosidad que bordeaba lo prohibido, se acercó a una puerta entreabierta al final del pasillo. Era un almacén de suministros médicos, un lugar que debería estar vacío a esa hora. Tomoko se pegó a la pared, conteniendo la respiración, y asomó un ojo por la rendija de la puerta.
La escena que encontró la dejó petrificada. Sus gafas se empañaron instantáneamente y, antes de que pudiera procesarlo, un hilo de sangre comenzó a descender por su fosa nasal derecha.
En el centro de la habitación, sobre una mesa de metal que vibraba con cada movimiento, Kiryu Setsuna estaba completamente entregado al hombre que consideraba su dios. Ohma Tokita estaba sobre él, con una presencia dominante que parecía consumir todo el espacio disponible.
Setsuna tenía el rostro echado hacia atrás, su largo cabello oscuro esparcido como una mancha de tinta sobre el metal frío. Sus ojos estaban en blanco, perdidos en un éxtasis que rozaba la agonía.
—¡Ah... Ohma... Ohma-sama! —gritó Setsuna sin ningún rastro de vergüenza. Sus gritos eran escandalosos, resonando en las paredes de hormigón—. ¡Rómpeme! ¡Haz lo que quieras conmigo!
Ohma no decía nada, pero su lenguaje corporal hablaba por él. Sus manos, marcadas por las cicatrices de mil batallas, sujetaban las caderas de Setsuna con una fuerza posesiva, casi violenta. Cada una de sus estocadas era firme, rítmica y cargada de una intensidad que buscaba someter por completo al hombre debajo de él.
—Eres demasiado ruidoso, Setsuna —gruñó Ohma con voz ronca, aunque no hizo nada para silenciarlo. Al contrario, enterró sus dedos con más fuerza en la carne del otro.
—¡No puedo... no puedo evitarlo! —Setsuna se retorció, arqueando la espalda de una manera que parecía físicamente imposible. Su sumisión era absoluta, una entrega total que no conocía límites—. Soy tuyo... solo tuyo... ¡Mátame si quieres, pero no te detengas!
Tomoko, desde su escondite, sentía que sus rodillas flaqueaban. La visión de la "Bestia de la Destrucción" reducida a un estado de vulnerabilidad tan extrema, suplicando por más atención del Ashura, era algo que superaba cualquier fantasía que ella hubiera podido imaginar. La sangre de su nariz ahora goteaba sobre su blusa, pero no le importaba.
—Es... es arte —susurró Tomoko, con las manos temblorosas aferradas al marco de la puerta.
En el interior, el ritmo aumentó. Ohma parecía haber dejado atrás cualquier rastro de paciencia. Su estilo de pelea, el Estilo Niko, se basaba en el control del flujo de energía, y aquí, en este encuentro privado, parecía estar aplicando esa misma maestría para llevar a Setsuna al borde del abismo.
—Mírame, Setsuna —ordenó Ohma, su voz era un comando que no admitía réplica.
Setsuna obedeció al instante, enfocando sus ojos nublados en el rostro de Ohma. La devoción que brillaba en su mirada era aterradora.
—Te veo... siempre te veo —respondió Setsuna entre sollozos de placer—. Eres mi salvador... mi verdugo...
Ohma se inclinó, presionando su pecho contra el de Setsuna, atrapándolo entre su cuerpo y la mesa. El sonido de la carne chocando contra la carne se volvió frenético. Setsuna comenzó a sacudir la cabeza de lado a lado, sus gritos volviéndose más agudos, más rotos.
—¡Ohma! ¡Ohma! ¡Más... por favor, más! —suplicaba Setsuna, con las uñas clavándose en los hombros de Ohma, dejando marcas rojas que desaparecían bajo el sudor.
—Si sigues gritando así, alguien nos va a escuchar —dijo Ohma, aunque en su rostro se dibujaba una sonrisa feroz y depredadora.
—¡Que escuchen! —exclamó Setsuna, perdiendo el control por completo—. ¡Que todo el mundo sepa que soy tu juguete! ¡Que no soy nada sin ti!
Tomoko sintió que el mundo daba vueltas. La intensidad de las palabras de Setsuna, combinada con la imagen de Ohma reclamándolo con tal posesividad, era demasiado para sus sentidos. Se tapó la boca con una mano para no soltar un grito de emoción.
El aire en la habitación estaba saturado del olor al sudor y sexo. Ohma aceleró el movimiento final, sus músculos tensándose como cuerdas de violín a punto de romperse. Setsuna emitió un sonido que ya no era humano, un aullido de puro éxtasis que vibró en los pulmones de Tomoko.
—¡OHMA-SAMAAAA! —el grito de Setsuna terminó en un jadeo ahogado cuando su cuerpo se convulsionó bajo el de Tokita.
Ohma se hundió en él por última vez, soltando un gruñido profundo de satisfacción, manteniendo a Setsuna inmovilizado mientras ambos recuperaban el aliento. Setsuna quedó flácido, con las extremidades temblando violentamente, una sonrisa de absoluta paz y locura adornando su rostro.
—Lo hiciste bien —susurró Ohma, retirándose lentamente mientras observaba el estado de devastación en el que había dejado a su compañero.
Setsuna no respondió con palabras, solo estiró una mano temblorosa para rozar la mejilla de Ohma, sus ojos llenos de una gratitud que rozaba lo religioso.
—Siempre... lo que desees —logró articular Setsuna, con la voz casi desaparecida.
Tomoko Matsuda se alejó de la puerta con cuidado, caminando hacia atrás hasta que estuvo a una distancia segura. Se dejó caer contra la pared del pasillo, deslizándose hasta el suelo. Los documentos estaban esparcidos a su alrededor, olvidados.
—Eso fue... —se limpió la sangre de la cara con la manga, con una sonrisa de satisfacción pura— ...la mejor pelea que he visto en toda mi vida.
Mientras tanto, en el almacén, el silencio regresó, solo roto por la respiración pesada de dos hombres que, por un breve momento, habían dejado de ser luchadores para convertirse en algo mucho más complejo y oscuro. Ohma ayudó a Setsuna a levantarse, aunque este último apenas podía mantenerse en pie.
—¿Puedes caminar? —preguntó Ohma, recuperando su tono habitual, aunque sus ojos todavía guardaban un destello de la posesividad anterior.
—Si no puedo... —Setsuna se apoyó en el pecho de Ohma, cerrando los ojos con felicidad— ...sé que tú me cargarás.
Ohma soltó un suspiro, pero no lo apartó. Lo rodeó con un brazo, guiándolo hacia la salida trasera, lejos de los ojos curiosos que, aunque no lo sabían, ya habían obtenido lo que buscaban.
