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Bienvenido a casa
Fandom: Isekai no Sata wa shachiku shidai
Criado: 26/03/2026
Tags
RomanceIsekai / Fantasia PortalFantasiaDor/ConfortoHistória DomésticaFatias de VidaEstudo de Personagem
El peso del oro y el aroma a tinta
El sol comenzaba a ocultarse tras las agujas de cristal del palacio real de Romany, tiñendo el cielo de un tono violáceo que recordaba, casi con crueldad, al color de los ojos de cierto capitán de la caballería. Sin embargo, para Seiichirou Kondou, el espectáculo celestial no era más que un indicador de que pronto tendría que encender las lámparas de aceite para continuar con la auditoría de los suministros del ala oeste.
Kondou ajustó sus gafas con un movimiento mecánico. Sus ojos azules, inyectados en sangre por la falta de sueño, recorrían hileras interminables de números. A sus treinta años, su vida en este nuevo mundo no era muy diferente de su vida en Japón: el trabajo era su ancla, su refugio y, según algunos, su perdición.
— Si optimizamos el gasto en forraje para los caballos de la Tercera Orden... —murmuró para sí mismo, rascando el papel con su pluma—, podríamos reasignar el presupuesto sobrante a la reparación de las barracas de los reclutas. Aunque eso implicaría que el Capitán Indolark firme estos tres formularios adicionales.
Al mencionar ese nombre, su pluma se detuvo un instante. Aresh Indolark. Habían pasado dos semanas desde que la Tercera Orden de Caballeros partió hacia la frontera sur para subyugar una plaga de monstruos. Dos semanas de relativa paz en la oficina, y dos semanas de un vacío inexplicable en el pecho de Kondou que él se negaba rotundamente a clasificar como "soledad".
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. Antes de que pudiera dar permiso para entrar, la puerta se abrió de par en par, revelando una figura alta y envuelta en una capa de viaje polvorienta.
— Kondou —la voz era profunda, ronca por el cansancio y cargada de una familiaridad que hizo que el contador se tensara en su silla.
Seiichirou levantó la vista, manteniendo su expresión impasible. Aresh Indolark estaba allí, de pie bajo el marco de la puerta. Su cabello negro azabache estaba revuelto, y sus ojos morados, usualmente brillantes con una picardía peligrosa, lucían sombras oscuras debajo. A pesar del aspecto descuidado, su sola presencia parecía llenar la habitación, desplazando el aire frío de la contaduría.
— Capitán Indolark —respondió Kondou, bajando la pluma—. Regresa antes de lo previsto. El informe de la misión no se esperaba hasta pasado mañana. Por favor, deje los documentos sobre la mesa de entrada y pase por la oficina de logística mañana a primera hora.
Aresh soltó una risa seca, un sonido bajo que vibró en el aire. No se movió hacia la mesa de entrada; en su lugar, caminó directamente hacia el escritorio de Kondou, ignorando las pilas de pergaminos que amenazaban con desplomarse.
— Ni siquiera un "bienvenido" para el hombre que acaba de pasar diez días durmiendo sobre la tierra —dijo Aresh, deteniéndose a escasos centímetros del escritorio.
— Bienvenido, Capitán. Ahora, si me disculpa, estoy en medio de un balance trimestral que requiere toda mi atención —Kondou volvió a bajar la mirada al papel, aunque las letras empezaban a bailar ante sus ojos.
— Sigues siendo un adicto al trabajo incurable —suspiró Aresh. Sin previo aviso, rodeó el escritorio.
Kondou sintió un ligero pánico.
— ¿Qué está haciendo? Capitán, este es un espacio de trabajo oficial...
— He extrañado este olor —interrumpió Aresh, inclinándose sobre él—. Tinta, papel viejo y ese aroma a té frío que siempre te acompaña.
— Es una descripción poco halagadora —replicó Kondou, tratando de ignorar el calor que emanaba del cuerpo del caballero.
Aresh no respondió con palabras. En su lugar, apoyó las manos en los brazos de la silla de Kondou, atrapándolo. El contador se quedó rígido, con la espalda pegada al respaldo. Podía ver las pequeñas manchas de barro en la túnica de Aresh y sentir la intensidad de esa mirada morada que parecía querer leer hasta sus pensamientos más privados.
— Estoy agotado, Seiichirou —susurró Aresh, usando su nombre de pila, algo que Kondou siempre intentaba corregir sin éxito—. Mi mente estuvo en la batalla, pero mi corazón se quedó encerrado en esta oficina contigo.
— No diga tonterías —respondió Kondou, aunque su voz flaqueó—. Los sentimientos no se quedan encerrados en oficinas de contabilidad. Es logísticamente imposible.
— Siempre tan racional —Aresh soltó una mano de la silla y, con una delicadeza sorprendente, retiró las gafas del rostro de Kondou, dejándolas sobre el escritorio.
— ¡Capitán! No veo bien sin ellas.
— No necesitas ver números ahora. Necesitas descansar. Y yo... yo necesito que me sostengas.
Antes de que Kondou pudiera protestar sobre la impropiedad de la situación o mencionar que aún le quedaban cinco páginas de cálculos, Aresh se dejó caer. No fue un movimiento agresivo, sino un colapso de puro agotamiento. El capitán se arrodilló parcialmente y escondió el rostro en el regazo del contador, rodeando su cintura con los brazos.
Kondou se quedó petrificado. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, sin saber si empujarlo o... o hacer lo que su instinto le gritaba.
— Capitán Indolark... Aresh... esto es inapropiado. Si alguien entra...
— Que entren —murmuró Aresh contra la tela de sus pantalones—. Que vean que el Gran Capitán de la Tercera Orden es un esclavo de su contador. No me importa. Solo... quédate así un momento.
El silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el tictac de un reloj de pared y la respiración pesada de Aresh. Kondou sintió cómo la tensión abandonaba el cuerpo del hombre más joven. Aresh se estaba relajando, entregándole su vulnerabilidad con una confianza que a Kondou le resultaba aterradora.
Lentamente, como si temiera romper un hechizo, Kondou bajó una mano y la posó sobre el cabello negro de Aresh. Estaba áspero por el polvo del camino, pero aun así era suave al tacto. Empezó a acariciarlo con movimientos torpes y rítmicos.
— Solo diez minutos —susurró Kondou para sí mismo, justificando su debilidad—. En diez minutos le pediré que se retire para poder terminar el informe.
— Eres un mentiroso —dijo Aresh con voz soñolienta, pero sin moverse—. Te mientes a ti mismo más de lo que mientes a los auditores del rey.
— No sé de qué habla.
— Me amas —afirmó Aresh, levantando un poco la cabeza para mirarlo. Sus ojos morados brillaban con una mezcla de cansancio y triunfo—. Te mueres por dejar esta pluma y dormir a mi lado, pero tu orgullo de oficinista no te deja admitirlo.
Kondou sintió que sus mejillas se calentaban.
— Lo que siento es una profunda preocupación por la eficiencia del reino. Si usted colapsa por fatiga, la seguridad nacional se verá comprometida. Es mi deber como funcionario asegurar su bienestar.
— Ah, el "deber" —Aresh se incorporó un poco, quedando cara a cara con Kondou. La cercanía era peligrosa—. ¿Es por deber que tus manos tiemblan cuando me acerco? ¿Es por deber que te quedaste despierto hasta tarde esperando noticias de la frontera?
— ¿Cómo sabe que...? —Kondou se calló de inmediato, dándose cuenta de que había caído en la trampa.
— Lo sé todo sobre ti, Seiichirou. Sé que no has comido nada más que pan seco hoy. Sé que tus ojos me buscaron en cuanto crucé la puerta, aunque fingieras leer esos aburridos balances.
Aresh acortó la distancia final. Sus labios rozaron la frente de Kondou, un gesto tan tierno que hizo que el corazón del contador diera un vuelco violento.
— Deja de pelear —pidió Aresh en un susurro—. Por una noche, deja que el mundo se gestione solo. El reino no se arruinará si el contador real se toma unas horas para estar con el hombre que lo ama.
Kondou cerró los ojos. El cansancio acumulado de días de trabajo y semanas de preocupación silenciosa cayó sobre él como una losa. El calor de Aresh era tentador, una promesa de paz que no podía encontrar en los libros de contabilidad.
— Mañana tendré el doble de trabajo por esto —protestó Kondou, aunque sus manos ahora se aferraban a los hombros de la capa de Aresh.
— Mañana te ayudaré a sellar los documentos si es necesario —prometió el capitán con una sonrisa—. Pero ahora, vamos a mis aposentos. O a los tuyos. No creo que pueda caminar mucho más.
— Los míos están más cerca —cedió Kondou en un susurro casi inaudible.
Aresh se levantó, arrastrando a Kondou con él. Por un momento, el contador intentó alcanzar sus gafas, pero Aresh lo detuvo, entrelazando sus dedos.
— No las necesitas. Yo te guiaré.
Caminaron por los pasillos semivacíos del palacio. Los pocos guardias que patrullaban saludaban con respeto al capitán, fingiendo no notar que el siempre estricto y frío Sr. Kondou caminaba de la mano con él, con la mirada baja y el rostro inusualmente rojo.
Al llegar a la habitación de Kondou, el orden era absoluto. Libros alineados por tamaño, ni una mota de polvo, y el aroma a lavanda que ayudaba al contador a conciliar el sueño en sus breves descansos.
Aresh no perdió el tiempo. Se despojó de la capa y la armadura ligera con movimientos rápidos, quedando solo en su túnica interior. Kondou, por su parte, se quitó la chaqueta del uniforme con manos temblorosas.
— Ven aquí —dijo Aresh, sentándose en la cama y extendiendo los brazos.
Kondou dudó un segundo, mirando la pila de trabajo imaginaria que lo esperaba en la oficina, pero luego miró a Aresh. El capitán parecía más joven así, sin el peso del mando sobre sus hombros, simplemente un hombre que buscaba consuelo en la persona que amaba.
Seiichirou se sentó a su lado y, casi de inmediato, fue envuelto en un abrazo firme. Se acostaron juntos, con Aresh usando el pecho de Kondou como almohada, tal como había deseado desde que salió de la capital.
— ¿Kondou? —murmuró Aresh, ya casi dormido.
— ¿Sí, Capitán?
— Algún día admitirás que me amas. Y ese día, pediré al Rey que declare festivo nacional solo para poder celebrarlo.
— Eso sería un gasto innecesario y un caos administrativo —respondió Kondou, aunque su mano acariciaba con ternura la espalda de Aresh.
— Pero valdría la pena cada moneda —replicó el capitán con una última sonrisa antes de quedarse profundamente dormido.
Kondou escuchó el ritmo pausado del corazón de Aresh contra el suyo. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en presupuestos, impuestos o auditorías. Se permitió cerrar los ojos, disfrutando del calor del hombre que, a pesar de todas sus protestas, se había convertido en el balance más importante de su vida.
— Quizás... —susurró Kondou a la oscuridad de la habitación—, solo por esta vez, el déficit de sueño puede esperar.
Y mientras el sueño lo reclamaba, Seiichirou Kondou finalmente admitió, solo para sus adentros, que no había ningún lugar en ese mundo, ni en el anterior, donde prefiriera estar. El peso de Aresh en sus brazos era, sin duda, la única deuda que nunca tendría prisa por liquidar.
Kondou ajustó sus gafas con un movimiento mecánico. Sus ojos azules, inyectados en sangre por la falta de sueño, recorrían hileras interminables de números. A sus treinta años, su vida en este nuevo mundo no era muy diferente de su vida en Japón: el trabajo era su ancla, su refugio y, según algunos, su perdición.
— Si optimizamos el gasto en forraje para los caballos de la Tercera Orden... —murmuró para sí mismo, rascando el papel con su pluma—, podríamos reasignar el presupuesto sobrante a la reparación de las barracas de los reclutas. Aunque eso implicaría que el Capitán Indolark firme estos tres formularios adicionales.
Al mencionar ese nombre, su pluma se detuvo un instante. Aresh Indolark. Habían pasado dos semanas desde que la Tercera Orden de Caballeros partió hacia la frontera sur para subyugar una plaga de monstruos. Dos semanas de relativa paz en la oficina, y dos semanas de un vacío inexplicable en el pecho de Kondou que él se negaba rotundamente a clasificar como "soledad".
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. Antes de que pudiera dar permiso para entrar, la puerta se abrió de par en par, revelando una figura alta y envuelta en una capa de viaje polvorienta.
— Kondou —la voz era profunda, ronca por el cansancio y cargada de una familiaridad que hizo que el contador se tensara en su silla.
Seiichirou levantó la vista, manteniendo su expresión impasible. Aresh Indolark estaba allí, de pie bajo el marco de la puerta. Su cabello negro azabache estaba revuelto, y sus ojos morados, usualmente brillantes con una picardía peligrosa, lucían sombras oscuras debajo. A pesar del aspecto descuidado, su sola presencia parecía llenar la habitación, desplazando el aire frío de la contaduría.
— Capitán Indolark —respondió Kondou, bajando la pluma—. Regresa antes de lo previsto. El informe de la misión no se esperaba hasta pasado mañana. Por favor, deje los documentos sobre la mesa de entrada y pase por la oficina de logística mañana a primera hora.
Aresh soltó una risa seca, un sonido bajo que vibró en el aire. No se movió hacia la mesa de entrada; en su lugar, caminó directamente hacia el escritorio de Kondou, ignorando las pilas de pergaminos que amenazaban con desplomarse.
— Ni siquiera un "bienvenido" para el hombre que acaba de pasar diez días durmiendo sobre la tierra —dijo Aresh, deteniéndose a escasos centímetros del escritorio.
— Bienvenido, Capitán. Ahora, si me disculpa, estoy en medio de un balance trimestral que requiere toda mi atención —Kondou volvió a bajar la mirada al papel, aunque las letras empezaban a bailar ante sus ojos.
— Sigues siendo un adicto al trabajo incurable —suspiró Aresh. Sin previo aviso, rodeó el escritorio.
Kondou sintió un ligero pánico.
— ¿Qué está haciendo? Capitán, este es un espacio de trabajo oficial...
— He extrañado este olor —interrumpió Aresh, inclinándose sobre él—. Tinta, papel viejo y ese aroma a té frío que siempre te acompaña.
— Es una descripción poco halagadora —replicó Kondou, tratando de ignorar el calor que emanaba del cuerpo del caballero.
Aresh no respondió con palabras. En su lugar, apoyó las manos en los brazos de la silla de Kondou, atrapándolo. El contador se quedó rígido, con la espalda pegada al respaldo. Podía ver las pequeñas manchas de barro en la túnica de Aresh y sentir la intensidad de esa mirada morada que parecía querer leer hasta sus pensamientos más privados.
— Estoy agotado, Seiichirou —susurró Aresh, usando su nombre de pila, algo que Kondou siempre intentaba corregir sin éxito—. Mi mente estuvo en la batalla, pero mi corazón se quedó encerrado en esta oficina contigo.
— No diga tonterías —respondió Kondou, aunque su voz flaqueó—. Los sentimientos no se quedan encerrados en oficinas de contabilidad. Es logísticamente imposible.
— Siempre tan racional —Aresh soltó una mano de la silla y, con una delicadeza sorprendente, retiró las gafas del rostro de Kondou, dejándolas sobre el escritorio.
— ¡Capitán! No veo bien sin ellas.
— No necesitas ver números ahora. Necesitas descansar. Y yo... yo necesito que me sostengas.
Antes de que Kondou pudiera protestar sobre la impropiedad de la situación o mencionar que aún le quedaban cinco páginas de cálculos, Aresh se dejó caer. No fue un movimiento agresivo, sino un colapso de puro agotamiento. El capitán se arrodilló parcialmente y escondió el rostro en el regazo del contador, rodeando su cintura con los brazos.
Kondou se quedó petrificado. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, sin saber si empujarlo o... o hacer lo que su instinto le gritaba.
— Capitán Indolark... Aresh... esto es inapropiado. Si alguien entra...
— Que entren —murmuró Aresh contra la tela de sus pantalones—. Que vean que el Gran Capitán de la Tercera Orden es un esclavo de su contador. No me importa. Solo... quédate así un momento.
El silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el tictac de un reloj de pared y la respiración pesada de Aresh. Kondou sintió cómo la tensión abandonaba el cuerpo del hombre más joven. Aresh se estaba relajando, entregándole su vulnerabilidad con una confianza que a Kondou le resultaba aterradora.
Lentamente, como si temiera romper un hechizo, Kondou bajó una mano y la posó sobre el cabello negro de Aresh. Estaba áspero por el polvo del camino, pero aun así era suave al tacto. Empezó a acariciarlo con movimientos torpes y rítmicos.
— Solo diez minutos —susurró Kondou para sí mismo, justificando su debilidad—. En diez minutos le pediré que se retire para poder terminar el informe.
— Eres un mentiroso —dijo Aresh con voz soñolienta, pero sin moverse—. Te mientes a ti mismo más de lo que mientes a los auditores del rey.
— No sé de qué habla.
— Me amas —afirmó Aresh, levantando un poco la cabeza para mirarlo. Sus ojos morados brillaban con una mezcla de cansancio y triunfo—. Te mueres por dejar esta pluma y dormir a mi lado, pero tu orgullo de oficinista no te deja admitirlo.
Kondou sintió que sus mejillas se calentaban.
— Lo que siento es una profunda preocupación por la eficiencia del reino. Si usted colapsa por fatiga, la seguridad nacional se verá comprometida. Es mi deber como funcionario asegurar su bienestar.
— Ah, el "deber" —Aresh se incorporó un poco, quedando cara a cara con Kondou. La cercanía era peligrosa—. ¿Es por deber que tus manos tiemblan cuando me acerco? ¿Es por deber que te quedaste despierto hasta tarde esperando noticias de la frontera?
— ¿Cómo sabe que...? —Kondou se calló de inmediato, dándose cuenta de que había caído en la trampa.
— Lo sé todo sobre ti, Seiichirou. Sé que no has comido nada más que pan seco hoy. Sé que tus ojos me buscaron en cuanto crucé la puerta, aunque fingieras leer esos aburridos balances.
Aresh acortó la distancia final. Sus labios rozaron la frente de Kondou, un gesto tan tierno que hizo que el corazón del contador diera un vuelco violento.
— Deja de pelear —pidió Aresh en un susurro—. Por una noche, deja que el mundo se gestione solo. El reino no se arruinará si el contador real se toma unas horas para estar con el hombre que lo ama.
Kondou cerró los ojos. El cansancio acumulado de días de trabajo y semanas de preocupación silenciosa cayó sobre él como una losa. El calor de Aresh era tentador, una promesa de paz que no podía encontrar en los libros de contabilidad.
— Mañana tendré el doble de trabajo por esto —protestó Kondou, aunque sus manos ahora se aferraban a los hombros de la capa de Aresh.
— Mañana te ayudaré a sellar los documentos si es necesario —prometió el capitán con una sonrisa—. Pero ahora, vamos a mis aposentos. O a los tuyos. No creo que pueda caminar mucho más.
— Los míos están más cerca —cedió Kondou en un susurro casi inaudible.
Aresh se levantó, arrastrando a Kondou con él. Por un momento, el contador intentó alcanzar sus gafas, pero Aresh lo detuvo, entrelazando sus dedos.
— No las necesitas. Yo te guiaré.
Caminaron por los pasillos semivacíos del palacio. Los pocos guardias que patrullaban saludaban con respeto al capitán, fingiendo no notar que el siempre estricto y frío Sr. Kondou caminaba de la mano con él, con la mirada baja y el rostro inusualmente rojo.
Al llegar a la habitación de Kondou, el orden era absoluto. Libros alineados por tamaño, ni una mota de polvo, y el aroma a lavanda que ayudaba al contador a conciliar el sueño en sus breves descansos.
Aresh no perdió el tiempo. Se despojó de la capa y la armadura ligera con movimientos rápidos, quedando solo en su túnica interior. Kondou, por su parte, se quitó la chaqueta del uniforme con manos temblorosas.
— Ven aquí —dijo Aresh, sentándose en la cama y extendiendo los brazos.
Kondou dudó un segundo, mirando la pila de trabajo imaginaria que lo esperaba en la oficina, pero luego miró a Aresh. El capitán parecía más joven así, sin el peso del mando sobre sus hombros, simplemente un hombre que buscaba consuelo en la persona que amaba.
Seiichirou se sentó a su lado y, casi de inmediato, fue envuelto en un abrazo firme. Se acostaron juntos, con Aresh usando el pecho de Kondou como almohada, tal como había deseado desde que salió de la capital.
— ¿Kondou? —murmuró Aresh, ya casi dormido.
— ¿Sí, Capitán?
— Algún día admitirás que me amas. Y ese día, pediré al Rey que declare festivo nacional solo para poder celebrarlo.
— Eso sería un gasto innecesario y un caos administrativo —respondió Kondou, aunque su mano acariciaba con ternura la espalda de Aresh.
— Pero valdría la pena cada moneda —replicó el capitán con una última sonrisa antes de quedarse profundamente dormido.
Kondou escuchó el ritmo pausado del corazón de Aresh contra el suyo. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en presupuestos, impuestos o auditorías. Se permitió cerrar los ojos, disfrutando del calor del hombre que, a pesar de todas sus protestas, se había convertido en el balance más importante de su vida.
— Quizás... —susurró Kondou a la oscuridad de la habitación—, solo por esta vez, el déficit de sueño puede esperar.
Y mientras el sueño lo reclamaba, Seiichirou Kondou finalmente admitió, solo para sus adentros, que no había ningún lugar en ese mundo, ni en el anterior, donde prefiriera estar. El peso de Aresh en sus brazos era, sin duda, la única deuda que nunca tendría prisa por liquidar.
