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Una noche desenfrenada ,tiene consecuencias

Fandom: Kengan ashura

Criado: 27/03/2026

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RomanceDramaDor/ConfortoOmegaversoHistória DomésticaMpregLinguagem ExplícitaPsicológico
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Lazos de Sangre y Leche

La luz de la tarde se filtraba por las ventanas de la pequeña cafetería, bañando la mesa donde Tomoko observaba con creciente ansiedad a su amigo. Kiryu Setsuna, siempre etéreo y de una belleza casi sobrenatural, parecía hoy más frágil que de costumbre. Al inclinarse para tomar su taza de té, el cuello de su camisa se deslizó ligeramente, revelando una marca violácea que contrastaba con su piel de porcelana.

—Setsuna… —susurró Tomoko, dejando su propia bebida sobre la mesa—. Esos moretones… ¿qué te ha pasado? Tienes marcas en el cuello, en las muñecas… ¡parece que te han atacado!

Kiryu soltó una risita suave, una melodía que a Tomoko siempre le había parecido un poco desquiciada, pero esta vez tenía un matiz de absoluta devoción. Sus ojos brillaron con una intensidad febril.

—No tienes de qué preocuparte, Tomoko —respondió él, acariciando el borde de su taza con las yemas de los dedos—. Es solo la forma en que Ohma-kun me ama. Tuvimos una noche… intensa. Es natural que el "Dios de la Guerra" deje su marca en mí. Soy suyo, después de todo.

—Pero esto no es normal, ni siquiera para alguien como tú —insistió Tomoko, apretando los puños sobre el regazo—. Estás esperando un hijo, Setsuna. El Dr. Hanafusa fue muy claro sobre los cuidados que debes tener. No puedes dejar que te trate así.

—Tú no lo entiendes —dijo Kiryu, y por un momento, su mirada se volvió fría, casi peligrosa—. Mi cuerpo existe para su placer. Si él desea ser violento, yo seré su sacrificio. Si él desea destruirme, yo me desmoronaré con alegría. No interfieras, Tomoko. Es nuestro vínculo sagrado.

La conversación terminó ahí, pero la preocupación de Tomoko no hizo más que crecer. Los días siguientes no fueron mejores. La dinámica entre el "Ashura" y su eterno acosador se había vuelto una espiral de deseo salvaje y sumisión absoluta. Ohma, impulsado por una sed de combate que a menudo confundía con la lujuria, no medía su fuerza, y Setsuna, en su delirio de adoración, no hacía nada para detenerlo.

Sin embargo, el cuerpo tiene límites que la mente ignora.

Una tarde, Ohma regresaba al apartamento tras un entrenamiento ligero con Rihito. Al abrir la puerta, no fue recibido por la habitual mirada lasciva de Kiryu. En su lugar, el silencio inundaba la estancia. Al entrar en la sala, el corazón de Ohma dio un vuelco que no había sentido ni en el fragor de la Arena Kengan.

Setsuna yacía desmayado en el suelo, pálido como la cera, con la respiración entrecortada y un hilo de sudor frío recorriendo su frente.

—¡Setsuna! —gritó Ohma, arrodillándose a su lado.

Al tocarlo, sintió que el cuerpo del otro hombre temblaba. Sin perder un segundo, tomó el teléfono y llamó a la única persona que siempre sabía qué hacer en situaciones de caos.

—¡Yamashita-san! ¡Es Kiryu, se ha desplomado! ¡Necesito ayuda!

El traslado al hospital fue un borrón de luces y ansiedad. Kazuo Yamashita llegó jadeando, seguido de cerca por una Kaede que intentaba mantener la compostura. En el ala médica privada de la Asociación Kengan, el Dr. Hanafusa los recibió con su habitual aire de desapego clínico, aunque sus ojos brillaron con una chispa de reproche cuando comenzó a examinar al paciente.

Horas más tarde, Hanafusa salió de la habitación, quitándose los guantes de látex.

—Está estable —dijo el médico, mirando directamente a Ohma—. Pero su cuerpo está al límite. Tiene niveles de cortisol por las nubes; el estrés físico y emocional es excesivo. Y no hablemos de los moretones, Tokita-kun. He contado marcas de presión en casi cada articulación.

Ohma bajó la mirada, apretando los puños. El sentimiento de culpa, una emoción extraña para él, comenzó a corroerle el pecho.

—Él… él nunca me dijo que parara —murmuró Ohma, con la voz ronca.

—Setsuna no te pedirá que pares aunque lo estés matando —intervino Hanafusa, cruzándose de brazos—. Su psicología es… particular, como bien sabes. Pero ahora hay una tercera vida involucrada. Ese bebé necesita que el portador esté sano. Si sigues tratándolo como a un saco de boxeo en la cama, lo perderás a él y al niño.

Ohma guardó silencio. Miró a través del cristal de la habitación a Setsuna, que dormía profundamente conectado a un suero. En ese momento, algo cambió en el interior del Ashura. El instinto de lucha se transformó en un instinto de protección, tosco y primitivo, pero genuino.

—Lo entiendo —dijo Ohma finalmente—. No volverá a pasar.

A partir del día siguiente, el cambio fue radical. Ohma se encargó de todo. Preparaba comidas sencillas pero nutritivas siguiendo las instrucciones de Kaede, obligaba a Setsuna a descansar y, por primera vez, lo trataba con una delicadeza que confundía al propio Kiryu.

—Ohma-kun… ¿por qué eres tan amable? —preguntó Setsuna una noche, recostado contra el pecho de Ohma en la cama—. No necesito que me cuides. Necesito que me uses.

—Cállate, Setsuna —respondió Ohma, pasando una mano por el cabello oscuro del otro—. El doctor dijo que tienes que estar tranquilo. El bebé… él no tiene la culpa de nuestras locuras. Vamos a hacer las cosas bien.

Setsuna se acurrucó contra él, sollozando en silencio. La adoración que sentía por Ohma se transformó en algo más profundo, algo que no nacía de la violencia, sino de la pertenencia.

Unas semanas después, el embarazo de Kiryu comenzó a manifestar cambios más evidentes. Sus hormonas estaban en un estado de flujo constante. Una noche, mientras ambos descansaban tras una cena tranquila, Ohma notó algo extraño.

Setsuna llevaba una camisa de seda fina, y dos manchas circulares de humedad comenzaron a extenderse justo sobre su pecho. Un aroma dulce, casi embriagador, llenó el espacio entre ellos.

—Setsuna, tu camisa… —dijo Ohma, extendiendo una mano.

Kiryu bajó la mirada, sorprendido. Se llevó las manos al pecho y soltó un pequeño jadeo al sentir la humedad. Al desabotonar la prenda, ambos quedaron paralizados. Los pechos de Setsuna, ligeramente más hinchados debido al estado beta-gestante, estaban goteando. Pequeñas perlas de leche blanca y espesa se deslizaban por su piel.

—Es… es por el bebé —susurró Setsuna, con el rostro encendido de vergüenza y placer—. El cuerpo se está preparando.

La visión encendió algo en Ohma. No era la sed de sangre de sus combates, sino un deseo posesivo y ardiente. Ver a Setsuna así, tan vulnerable y fértil, reclamó cada fibra de su ser. Agarró a Setsuna por los brazos, no con la violencia de antes, sino con una firmeza que prometía una posesión absoluta.

—Ohma-kun… —gimió Setsuna, sintiendo la erección del otro presionando contra su muslo.

—Esta vez seré cuidadoso —gruñó Ohma al oído de Kiryu—, pero no voy a dejar de tocarte. Eres mío, Setsuna. Todo tú.

Ohma lo tumbó con suavidad sobre las sábanas, tratando su cuerpo como el tesoro que Hanafusa le había advertido proteger. Se posicionó entre sus piernas, elevando las caderas de Setsuna con almohadas para no presionar su vientre.

—Ah… ¡Ohma-kun! —exclamó Kiryu cuando las manos de Ohma atraparon sus pechos.

Ohma empezó a jugar con los pezones endurecidos, apretándolos rítmicamente. Con cada presión, más leche brotaba, manchando los dedos del luchador. La imagen era tan erótica que Ohma no pudo contenerse más. Se inclinó y comenzó a lamer y succionar los pezones de Setsuna, saboreando el líquido dulce y tibio que emanaba de él.

Setsuna arqueó la espalda, con los dedos enterrados en el cabello de Ohma.

—¡Sí! ¡Más, por favor, más! —suplicaba, con la voz quebrada por el éxtasis—. ¡Tómame, Ohma-kun! ¡Métele a tu hijo lo que es suyo!

Ohma entró en él con un empuje firme pero controlado. La sumisión de Setsuna era total; sus piernas rodeaban la cintura de Ohma, ofreciéndole cada rincón de su ser. El ritmo era constante, una danza de carne y fluidos donde el respeto por la nueva vida se mezclaba con la pasión desenfrenada.

—Eres tan increíble… —susurró Ohma entre embestidas, volviendo a capturar un pezón con sus labios mientras sentía cómo el interior de Setsuna lo apretaba con desesperación.

—Soy tu esclavo… tu recipiente… —gemía Setsuna, con los ojos en blanco, perdido en la sensación de ser reclamado de una manera tan íntima—. ¡No pares, Ohma! ¡Lléname!

El acto no fue una batalla, sino una consagración. Ohma se movía con una atención meticulosa, observando cada reacción de Setsuna, asegurándose de que el placer no se convirtiera en dolor, pero manteniéndose en el borde de ese frenesí que ambos necesitaban. La leche de Setsuna seguía fluyendo, mezclándose con el sudor de sus cuerpos, creando un aroma que sellaba el pacto entre el guerrero y su devoto.

Cuando finalmente ambos alcanzaron el clímax, Ohma se quedó unido a él, abrazándolo con una ternura que habría asombrado a cualquiera que conociera al "Ashura".

—Mañana iremos a ver a Hanafusa de nuevo —dijo Ohma, recuperando el aliento mientras besaba la frente sudada de Setsuna—. Solo para asegurarnos de que el pequeño está bien después de esto.

Setsuna sonrió, una sonrisa plena y por primera vez, verdaderamente cuerda.

—Estará bien, Ohma-kun. Siente la fuerza de su padre… y el amor de su madre. Nada puede dañarnos ahora.

En la oscuridad de la habitación, el guerrero y el caído encontraron una paz que nunca creyeron posible, unidos por una sangre que pronto se convertiría en una nueva vida.
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