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Secreto no ta secreto

Fandom: Kengan ashura

Criado: 27/03/2026

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RomanceSombrioPWP (Enredo? Que enredo?)CiúmesCenário CanônicoLinguagem ExplícitaEstudo de Personagem
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Propiedad Absoluta

El aire en el pasillo de la arena Kengan estaba cargado de adrenalina, sudor y el murmullo incesante de la multitud que vitoreaba en las gradas. Para la mayoría, el torneo era una exhibición de fuerza bruta y técnica letal; para Ohma Tokita y Kiryu Setsuna, era el escenario de un juego mucho más peligroso y privado.

Habían mantenido su relación entre las sombras, un secreto forjado en la sangre de sus encuentros pasados y la extraña devoción que Kiryu profesaba por el "Dios" que veía en Ohma. Sin embargo, incluso los dioses tienen límites cuando se trata de la paciencia.

Ohma estaba apoyado contra una pared, recuperando el aliento tras un encuentro menor, hablando animadamente con Kaede Akiyama. La secretaria de Yamashita sonreía ante un comentario de Ohma, y este, en un gesto inusual de relajación, le devolvió una mirada que no era de combate, sino de camaradería genuina.

A unos metros de distancia, Kiryu Setsuna observaba. Sus ojos, usualmente brillantes con una locura contenida, se oscurecieron. Sus dedos se clavaron en sus propias palmas hasta que la piel se puso blanca. No soportaba ver esa calidez dirigida a alguien que no fuera él. Sin decir una palabra, dio media vuelta y caminó hacia los baños públicos del sector de atletas.

Ohma notó la partida brusca de Setsuna. Conocía esa mirada; era el preludio de una tormenta.

—Perdona, Kaede. Tengo que encargarme de algo —dijo Ohma, cortando la conversación de golpe.

—¿Eh? ¡Ohma, espera! Yamashita-san quería hablar contigo sobre...

Pero Ohma ya se había ido, siguiendo el rastro de la presencia intensa y caótica de Setsuna.

Cuando Ohma entró en el baño, el eco de sus pasos resonó en los azulejos fríos. Setsuna estaba de pie frente al espejo, mirándose fijamente, con el cabello largo cayendo sobre sus hombros como una cascada de obsidiana.

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Ohma, cerrando la puerta principal con un golpe seco.

Setsuna se giró lentamente, con una sonrisa amarga y los ojos inyectados en una mezcla de deseo y furia.

—Hablabas de forma muy amigable con esa mujer, Ohma —siseó Setsuna—. Tan cerca... tan cómodo. ¿Acaso mi Dios ha decidido rebajarse a los simples mortales?

Ohma frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—No soy tu dueño, Setsuna, y tú ciertamente no eres el mío. Hablo con quien me da la gana. Puedo hacer lo que quiera.

Setsuna se acercó a él con pasos felinos, reduciendo la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. El aura de Setsuna era sofocante, una mezcla de técnica Koei y pura obsesión.

—¿Ah, sí? ¿Lo que quieras? —preguntó Setsuna en un susurro provocador—. Entonces supongo que yo también puedo hacer lo que quiera. Con cualquiera. Hay tantos hombres aquí que darían su vida por tocarme, Ohma. Quizás debería dejar que alguno de ellos me adore esta noche.

La sangre de Ohma hirvió instantáneamente. La idea de otras manos sobre la piel de Setsuna, de otros ojos viendo su vulnerabilidad, encendió un fuego posesivo que ni siquiera el Estilo Niko podía calmar.

Sin previo aviso, Ohma agarró a Setsuna por los antebrazos con una fuerza que habría fracturado los huesos de un hombre común. Lo arrastró hacia una de las cabinas del baño, lo empujó dentro y cerró el pestillo con un estruendo metálico.

Setsuna terminó sentado sobre el retrete cerrado, mirando hacia arriba con una expresión que alternaba entre el miedo fingido y una excitación salvaje. Ohma estaba sobre él, con los ojos brillando en la penumbra de la cabina.

—Inténtalo —gruñó Ohma—. Intenta que alguien más te toque y verás qué les sucede.

En un arrebato de rabia, Ohma agarró la fina camisa de Setsuna y la desgarró de arriba abajo. Los botones saltaron, rebotando contra las paredes de la cabina. Setsuna soltó un jadeo entrecortado, su respiración volviéndose errática. Ver a Ohma así, dominado por los celos, era el afrodisíaco más potente que jamás hubiera probado.

—Ohma... —susurró Setsuna, su voz temblando de placer—. Tu rostro... es tan hermoso cuando quieres destruirme.

Ohma se puso de cuclillas entre las piernas de Setsuna. Su mirada era dura mientras comenzaba a masturbar a Setsuna con movimientos bruscos y posesivos.

—Eres mío, Setsuna. No lo olvides nunca.

Setsuna echó la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente la pared.

—Sí... soy tuyo... —Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una devoción febril—. Déjame... déjame servirte, mi Dios.

Setsuna se deslizó del asiento hasta quedar de rodillas frente a Ohma. Con dedos temblorosos pero expertos, liberó la hombría de Ohma y comenzó a practicarle sexo oral. Ohma soltó un gruñido bajo, hundiendo sus dedos en el cabello largo y sedoso de Setsuna, tirando de él para marcar el ritmo, obligándolo a ir más rápido, a profundizar más.

El sonido de la succión y los jadeos llenaba el pequeño cubículo. Ohma sentía que perdía el control, la intensidad de Setsuna era abrumadora. Después de unos minutos de frenesí, Ohma lo obligó a levantarse y lo atrajo contra su pierna, comenzando a masturbarlo de nuevo con una mano mientras la otra apretaba su cuello con suavidad.

Setsuna empezó a gemir de forma escandalosa, sus sonidos rebotando en los azulejos.

—Quítate el resto de la ropa. Ahora —ordenó Ohma.

Setsuna obedeció con una rapidez casi desesperada. Cuando estuvo completamente desnudo, Ohma notó que no solo estaba completamente erecto, sino que sus pezones estaban tensos y su rostro estaba encendido en un rojo carmesí.

—Debería darte vergüenza —dijo Ohma con voz ronca— ponerse así solo porque te doy una orden.

—Es imposible... —gimió Setsuna, frotándose contra la pierna de Ohma—. Es imposible no excitarse si eres tú quien lo ordena. Haz conmigo lo que quieras... destrózame.

A Ohma le gustó la sumisión en su voz. Agarró a Setsuna por las nalgas, levantándolo con facilidad y sentándolo sobre sus rodillas mientras él permanecía apoyado en la pared de la cabina. Sin preámbulos innecesarios, introdujo dos dedos en el ano de Setsuna.

—¡Ah! —El grito de Setsuna fue agudo y vibrante.

En ese preciso momento, la puerta principal del baño se abrió. El sonido de risas y voces masculinas irrumpió en el ambiente cargado de sexo. Eran tres luchadores jóvenes, probablemente de los combates preliminares, que entraron hablando en voz alta.

—¡Vaya pelea la de hoy! —dijo uno de ellos—. Casi pierdo un diente, pero valió la pena solo por ver a los peces gordos.

—Sí, pero ¿vieron al tipo de cabello largo? —comentó otro, su voz llena de lascivia—. Ese Kiryu Setsuna. Es increíblemente sexy.

Dentro de la cabina, Ohma se tensó. Sus dedos se detuvieron dentro de Setsuna, quien contenía el aliento con los ojos muy abiertos.

—Si no recuerdo mal, se llama Kiryu —continuó el tercero—. Me encantaría tenerlo entre mis brazos, apretar esos músculos. Debe de ser una delicia escucharlo gemir mientras le destrozo esa cara tan bonita.

La furia de Ohma alcanzó un punto de no retorno. ¿Cómo se atrevían esos idiotas a hablar así de lo que le pertenecía? La posesividad, alimentada por el celo del momento, lo nubló por completo.

Setsuna, notando la rabia de Ohma, intentó contener un gemido, pero Ohma no se lo permitió. En un movimiento brusco y potente, Ohma penetró a Setsuna de un solo impulso.

—¡Mmph! —Setsuna se tapó la boca con la mano, sus ojos lagrimeando por la entrada repentina y la plenitud que lo llenaba.

Ohma comenzó a moverse con una velocidad y fuerza brutales. No le importaba el ruido. De hecho, quería que supieran. Quería marcar su territorio ante los intrusos que estaban al otro lado de la delgada pared de madera.

—Muéstrales —susurró Ohma al oído de Setsuna, mordiéndole el lóbulo—. Deja bien claro a quién le perteneces, Setsuna. Grita mi nombre.

Setsuna ya no pudo contenerse más. La combinación del dolor placentero, la audacia de Ohma y el riesgo de ser descubiertos rompió sus defensas.

—¡Ah! ¡Ohma! ¡Más... dame más, Ohma! —gritó Setsuna, sus gemidos resonando con fuerza en todo el baño.

Fuera de la cabina, las voces de los tres chicos cesaron de golpe.

—¿Qué demonios...? —murmuró uno—. ¿Hay alguien teniendo sexo ahí dentro?

—Espera... ¿dijo "Ohma"? —preguntó otro con voz temblorosa—. ¿Tokita Ohma está aquí?

El pánico se apoderó de los jóvenes. La sola mención del "Asura" en un estado tan salvaje fue suficiente para que salieran corriendo del baño, sus pasos apresurados perdiéndose en el pasillo.

Ohma no se detuvo. Al contrario, la huida de los intrusos solo aumentó su ímpetu. Sacó a Setsuna de su regazo y lo puso de espaldas contra la pared de la cabina, obligándolo a pasar sus piernas alrededor de su cintura.

—Mírame —ordenó Ohma mientras lo penetraba de nuevo con una fuerza que hacía vibrar la estructura—. Solo puedes mirarme a mí.

—Solo a ti... siempre solo a ti... —jadeó Setsuna, sus uñas enterrándose en los hombros de Ohma, dejando marcas rojas.

Ohma lo giró una vez más, apoyando el pecho de Setsuna contra la pared fría. Cada embestida era una declaración de propiedad. Le dio varias nalgadas fuertes, dejando marcas carmesíes en su piel blanca, lo que solo provocó que Setsuna se retorciera de placer.

—Eres mi perro, ¿verdad? —gruñó Ohma, agarrándolo del cabello y tirando de su cabeza hacia atrás para besarlo con una ferocidad que sabía a sangre.

—Sí... tu perro... tu esclavo... lo que quieras —respondió Setsuna entre sollozos de éxtasis.

Después de varias penetraciones profundas y frenéticas, donde el sonido de la carne chocando contra la carne era lo único que existía, Ohma llegó a su límite. Con un último empuje devastador, eyaculó profundamente dentro de Setsuna, llenándolo con su calor.

Setsuna se derrumbó contra él, temblando, con su propia semilla manchando la pared y el suelo de la cabina. Estaba exhausto, pero su rostro mostraba una paz retorcida.

Ohma se quedó allí un momento, recuperando el aliento, con la frente apoyada en la nuca de Setsuna. El fuego de los celos se había apagado, dejando en su lugar una satisfacción oscura.

—Vístete —dijo Ohma finalmente, su voz volviendo a su tono habitual, aunque con un matiz de cansancio—. Yamashita se preguntará dónde estamos.

Setsuna se giró, con una sonrisa radiante y los ojos aún nublados por el placer.

—Como desees, mi Dios.

Mientras se arreglaban lo mejor que podían —aunque la camisa desgarrada de Setsuna era difícil de ocultar—, ambos sabían que su "secreto" ya no era tan secreto. Pero a Ohma no le importaba. Si alguien más se atrevía a mirar a Setsuna, él estaría allí para recordarles, de la forma más violenta y primitiva posible, a quién le pertenecía el "Demonio".

Salieron del baño uno tras otro. En el pasillo, los ecos de la arena seguían rugiendo, pero para ellos, el verdadero combate ya había sido ganado.
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