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Cable girls

Fandom: Cable girls

Criado: 30/03/2026

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El eco de las cenizas

El Madrid de 1937 no se parecía en nada al Madrid que Carlos Cifuentes recordaba. No había rastro del glamour de la Gran Vía, ni del tintineo de las copas de cristal en las fiestas de la Compañía de Telefonía. Ahora, el aire sabía a hierro, a pólvora y a un miedo sordo que se instalaba en los huesos. El hombre que caminaba entre los escombros de un edificio derruido tampoco era el mismo. A sus treinta y tantos, Carlos conservaba esos ojos verdes que alguna vez habían sido el centro de todas las miradas, pero el brillo pícaro se había apagado, sustituido por la fatiga de quien ha visto demasiada sangre. Sus hoyuelos, aquellos que aparecían cada vez que soltaba una frase ingeniosa para seducir a alguna telefonista, estaban ocultos tras una barba descuidada de varios días.

Carlos ajustó la correa de su fusil. Trabajaba ahora para el bando republicano, más por inercia y supervivencia que por la ideología ferviente que movía a otros. Había perdido su fortuna, su estatus y a su familia en el torbellino del conflicto. Solo le quedaba el asfalto resquebrajado y la misión de escoltar a un grupo de enfermeras hacia el hospital de campaña en el frente de la Ciudad Universitaria.

—¡Cifuentes! —gritó un soldado desde una trinchera improvisada—. Ayuda a descargar los suministros. El camión de la Cruz Roja acaba de llegar.

Carlos asintió en silencio. Se acercó al vehículo, cuya carrocería estaba acribillada por impactos de bala. Al abrir la lona trasera, el olor a desinfectante y gasas sucias lo golpeó de frente. Ayudó a bajar varias cajas, hasta que una mano pequeña pero firme se posó sobre su antebrazo para estabilizar un fardo de mantas.

—Cuidado, ahí van las medicinas —dijo una voz femenina, ronca por el cansancio y el polvo.

Carlos se quedó petrificado. Aquella voz no pertenecía al presente de bombas y racionamiento; pertenecía a un pasado de bailes de etiqueta y secretos compartidos en los pasillos de la Compañía. Levantó la vista lentamente.

Frente a él, vestida con un uniforme de enfermera manchado de barro y algo que parecía sangre seca, estaba Mar. Su cabello, que antes solía lucir en ondas perfectas al estilo flapper, estaba ahora recogido en una trenza práctica y deshecha. Sus ojos, que siempre habían sido un refugio de dulzura para Carlos, estaban endurecidos, rodeados de ojeras profundas.

—¿Mar? —susurró él, y por un segundo, su voz recuperó el tono suave del hombre que solía ser.

Ella se quedó inmóvil. El reconocimiento cruzó su rostro como un relámpago, seguido de una sombra de dolor. Dejó caer el fardo de mantas al suelo, olvidándose por completo de la carga.

—¿Carlos? —Ella dio un paso atrás, como si estuviera viendo a un fantasma—. Dios mío... Carlos.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo él, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus mejillas—. Ni en mil años.

—Nadie esperaba estar aquí, Carlos —respondió ella, recuperando la compostura con una rapidez que le dolió—. Los años de las fiestas se terminaron para todos.

—Lo sé —asintió él, bajando la mirada hacia sus propias manos sucias—. Me dijeron que te habías ido a Francia cuando empezó todo.

—No pude —dijo Mar, señalando con la cabeza hacia el hospital improvisado—. No podía simplemente marcharme y fingir que mi mundo no se estaba cayendo a pedazos. Al menos aquí, trato de arreglar lo que otros rompen.

Se quedaron en silencio mientras a su alrededor el caos de la guerra continuaba: gritos de mando, el motor del camión tosiendo humo negro y, a lo lejos, el rugido sordo de la artillería.

—Estás muy cambiado —dijo ella finalmente, rompiendo el silencio. Se acercó un paso y, por un breve instante, Carlos creyó ver un rastro de la Mar que lo amó años atrás—. Tienes la mirada... apagada.

—La guerra no deja espacio para la alegría, Mar —respondió él con amargura—. Aquel Carlos Cifuentes que conociste, el que solo pensaba en el siguiente negocio y en qué mujer invitar a cenar... ese hombre murió en el primer bombardeo.

—Todos hemos muerto un poco —dijo ella en voz baja—. Pero sigues teniendo esos hoyuelos cuando te pones serio para ocultar que tienes miedo.

Carlos sintió un nudo en la garganta. Se pasó una mano por la cara, sintiendo la aspereza de la barba.

—¿Miedo? —Carlos soltó una risa seca, carente de humor—. Tengo terror, Mar. Cada noche, cada vez que cierro los ojos.

—Ven conmigo —dijo ella de repente, tomándolo de la mano—. Tengo diez minutos antes de que lleguen los heridos del frente. Necesito sentarme y necesito saber que eres real.

Se alejaron unos metros hacia un rincón protegido por unos sacos de arena. Mar sacó de su bolsillo un cigarrillo arrugado y lo encendió con manos temblorosas. Se lo ofreció a Carlos.

—Gracias —dijo él, dándole una calada profunda—. ¿Cómo terminaste en esto? Eras la mejor operadora que tenía la Compañía. Podrías haber trabajado en cualquier oficina de comunicaciones, lejos del fuego.

—Las comunicaciones sirven para dar órdenes de ataque, Carlos —respondió ella, mirando al cielo gris—. Me cansé de escuchar cómo se planeaba la muerte de la gente. Preferí verla de frente y tratar de evitarla.

—Siempre fuiste la más valiente de todos nosotros —admitió él con sinceridad—. Yo solo soy un soldado más, intentando no ser el próximo en la lista.

—No digas eso —le reprochó Mar, clavando sus ojos en los de él—. Eres Carlos Cifuentes. El hombre que siempre encontraba una salida, el que convencía a cualquiera de que el sol saldría incluso en mitad de la noche.

—Eso era cuando las reglas eran otras, Mar —dijo él, inclinándose hacia ella—. Ahora no hay reglas. Solo hay escombros. ¿Recuerdas aquel viaje que planeamos a Biarritz? ¿En el cupé descapotable?

—Lo recuerdo —dijo ella, y por primera vez en toda la tarde, una pequeña y triste sonrisa asomó a sus labios—. Querías comprarme aquel vestido de seda verde porque decías que hacía juego con tus ojos. Eras un egocéntrico hasta para hacerme regalos.

Carlos soltó una carcajada genuina, corta pero real. El sonido pareció extraño en medio de la desolación de Madrid.

—Era un pícaro, no lo niego —dijo él—. Pero ese vestido te habría quedado increíble.

—Ese vestido ahora serviría para hacer vendas —sentenció ella, volviendo a la realidad con un suspiro—. Carlos, ¿qué va a ser de nosotros? Si salimos de esta...

—No pienses en el después —la interrumpió él, tomando su mano entre las suyas. Las manos de Mar estaban frías y ásperas, muy distintas a las manos suaves que recordaba—. En la guerra, el "después" es un lujo que no podemos permitirnos. Solo existe el ahora. Y ahora mismo, estoy agradecido de que el destino, por muy retorcido que sea, me haya permitido verte una vez más.

—¿Me has echado de menos? —preguntó ella, con una vulnerabilidad que lo desarmó.

Carlos se acercó más, hasta que sus frentes casi se tocaron. El olor a pólvora de su ropa se mezcló con el olor a antiséptico de ella.

—Todos los malditos días —confesó él en un susurro—. Incluso cuando intentaba olvidarte con otras, o con el trabajo, siempre había algo que me recordaba a ti. Un perfume en la calle, una risa parecida... Fuiste lo único real en una vida llena de apariencias, Mar.

—Y tú fuiste mi mayor error y mi mejor recuerdo —respondió ella, apretando su mano—. Pero ya no somos esos jóvenes que jugaban al amor en los hoteles de lujo. Somos dos extraños que comparten un pasado.

—Quizás —dijo Carlos, mirándola con una intensidad que le recordó a sus mejores tiempos—. Pero incluso como extraños, sigo sintiendo que te pertenezco de alguna manera.

Un estallido cercano hizo que el suelo vibrara. El momento de paz se rompió instantáneamente. Gritos de dolor empezaron a llegar desde la entrada del hospital; los camiones con los heridos de la primera línea estaban llegando.

—Tengo que irme —dijo Mar, levantándose de un salto. El modo "enfermera" se activó en ella como un resorte, borrando a la mujer nostálgica de hace un momento—. Me necesitan.

—¡Mar! —la llamó Carlos antes de que se alejara.

Ella se detuvo y lo miró por encima del hombro.

—Ten cuidado —le pidió él, con una súplica silenciosa en los ojos—. No dejes que esta guerra te quite lo que te queda de luz.

—Haré lo que pueda, Carlos —respondió ella con firmeza—. Intenta sobrevivir tú también. Me gustaría volver a ver esos hoyuelos en un mundo donde no haya que pedir permiso para sonreír.

Mar se perdió entre la multitud de camillas y médicos, dejando a Carlos solo junto a los sacos de arena. Él se quedó allí un momento, observando cómo la mujer que una vez amó se movía con eficiencia entre el dolor ajeno. Ya no eran los chicos de la Compañía de Telefonía. Eran supervivientes, marcados por las cicatrices de una España rota.

Carlos recogió su fusil y se lo colgó al hombro. El peso del arma se sentía un poco más ligero ahora, no porque la guerra hubiera terminado, sino porque había recordado por qué valía la pena seguir vivo un día más. Se encaminó hacia su puesto, con la imagen de Mar grabada en su mente, sabiendo que, aunque el Madrid que conocieron estaba en cenizas, algo entre ellos seguía ardiendo, oculto bajo los escombros, esperando a que el humo finalmente se disipara.

—Hasta pronto, Mar —susurró para sí mismo, mientras se perdía en la neblina de la tarde—. Aunque sea en otra vida.

El viento sopló con fuerza, levantando el polvo de la calle y borrando sus huellas sobre la tierra, pero en el aire quedó flotando, por un instante, la promesa silenciosa de dos almas que se habían encontrado en el infierno y se habían reconocido a pesar del fuego.
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