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Sueño humedo
Fandom: Attack on titán
Criado: 30/03/2026
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UA (Universo Alternativo)SombrioPWP (Enredo? Que enredo?)PsicológicoLinguagem ExplícitaEstudo de PersonagemRomance
Tinta, Sudor y Deseo Retenido
El aula de la universidad estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rítmico tecleo de las laptops y el suave raspado de los bolígrafos sobre el papel. Armin Arlert se ajustó las gafas de montura fina, sintiendo cómo el puente de estas resbalaba ligeramente por la fina capa de sudor que cubría su frente. A su izquierda, Eren dormitaba con la mejilla apoyada en la palma de la mano, y a su derecha, Mikasa tomaba apuntes con una precisión militar.
Nadie sospechaba nada. Para el mundo, Armin era el chico brillante, el genio estratega con un futuro prometedor y una timidez encantadora. Pero bajo su pupitre, oculto entre los pesados libros de historia y física, descansaba un cuaderno de tapas negras, sin etiquetas, que contenía un universo mucho más oscuro y voraz.
Armin desvió la mirada hacia la fila de adelante. Allí estaba ella: Hazami Ackerman.
Hazami era una contradicción andante. Tenía la misma melena azabache que su hermano mayor, Levi, pero sus ojos eran de un violeta profundo que parecía absorber la luz. Medía apenas un metro cincuenta y cinco, una estatura que la hacía ver delicada, casi frágil, si no fuera por esa aura de frialdad y suficiencia que la rodeaba. Estaba hablando en susurros con Pieck y Porco, sus únicos amigos cercanos, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
Armin sintió un tirón violento en la boca del estómago. Abrió el cuaderno negro en una página en blanco y, con la mano temblorosa, comenzó a escribir. No eran apuntes. Eran sentencias de deseo.
*«Quiero ver esos ojos violetas volverse vidriosos mientras la obligo a abrir las piernas sobre esta misma mesa. Quiero que su frialdad se derrita bajo mi lengua, que grite mi nombre hasta que su garganta duela. Quiero follarla hasta que olvide cómo ser una Ackerman y solo sepa ser mía».*
—¿Armin? —La voz de Mikasa lo sobresaltó.
Él cerró el cuaderno de golpe, el corazón martilleándole contra las costillas como un animal enjaulado.
—¿Sí? —respondió, forzando una sonrisa nerviosa mientras se recolocaba las gafas.
—La clase terminó hace cinco minutos. Vamos a la cafetería, Eren tiene hambre.
—Adelántense —dijo Armin, tratando de que su voz no temblara—. Tengo que... terminar de organizar unas notas de la investigación. Los alcanzo en un momento.
Mikasa lo miró con sospecha, pero asintió y sacudió a Eren para despertarlo. Cuando el aula quedó finalmente vacía, Armin soltó un suspiro tembloroso. Se quedó allí sentado, solo, sintiendo el peso de sus propios pensamientos perversos. Sin embargo, no estaba tan solo como pensaba.
—Ese cuaderno parece muy importante como para que te pongas tan pálido cuando alguien se acerca.
La voz era fría, tranquila y venía de la puerta. Armin se tensó tanto que temió que sus huesos se rompieran. Hazami estaba apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho. Su mochila colgaba de un hombro y sus ojos violetas lo escudriñaban con una intensidad aterradora.
—Hazami... yo... —Armin tragó saliva, sintiendo la garganta seca—. Olvidé que tenías clase aquí después.
—No tengo clase aquí —dijo ella, caminando lentamente hacia él con una elegancia felina—. Olvidé mi bufanda. Pero me dio curiosidad ver al "niño bueno" de la facultad tan concentrado en un cuaderno que no es de la universidad.
Ella se detuvo frente a su pupitre. Armin era más alto que ella incluso sentado, pero en ese momento se sentía minúsculo. Hazami extendió una mano pequeña y pálida hacia el cuaderno negro.
—No, Hazami, por favor —suplicó Armin, pero su voz sonó más como un gemido que como una advertencia.
Ella fue más rápida. Arrebató el cuaderno y retrocedió un paso. Armin se levantó de un salto, pero se quedó paralizado por el pánico. Vio cómo las cejas de Hazami se elevaban ligeramente mientras leía las primeras líneas. Luego, sus ojos se abrieron de par en par al pasar a las páginas más recientes, aquellas donde Armin detallaba con precisión anatómica y una crudeza impropia de él lo que deseaba hacerle a ella.
El silencio que siguió fue asfixiante. Armin sentía que el mundo se desmoronaba. Estaba listo para ser denunciado, expulsado, odiado.
—Así que... —Hazami cerró el cuaderno con un chasquido seco y lo miró fijamente—. El nerd de las gafas resulta ser un pervertido obsesionado conmigo.
—Lo siento —susurró Armin, bajando la cabeza, las lágrimas de humillación picándole los ojos—. Yo... no quería...
—"Abrirle las piernas y follarla hasta que pierda el sentido" —citó ella, su voz bajando una octava, volviéndose peligrosamente suave—. Esas son palabras muy valientes para alguien que ni siquiera puede mirarme a los ojos, Arlert.
Hazami caminó hacia él, rodeando la mesa hasta quedar a escasos centímetros. Armin podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y algo metálico, puramente Ackerman. Ella dejó el cuaderno sobre la mesa y, de repente, agarró a Armin por la corbata, tirando de él hacia abajo.
—Dime —susurró ella contra sus labios—, ¿tienes el valor de hacer lo que escribes, o solo eres un cobarde con buena caligrafía?
Armin sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. Algo en su cerebro hizo clic. El miedo se transformó en una adrenalina oscura y abrasadora. Ya no había nada que perder.
—Pruébame —respondió él, su voz perdiendo toda timidez.
Antes de que Hazami pudiera reaccionar, Armin la tomó por la cintura y la levantó, sentándola de golpe sobre el escritorio del profesor. Los libros y papeles volaron al suelo. Hazami soltó un jadeo de sorpresa, pero no se apartó. Al contrario, envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Armin, atrayéndolo hacia el centro de su calor.
—Hazlo —desafió ella, sus ojos violetas brillando con un fuego nuevo—. Demuéstrame que no son solo fantasías de un virgen.
Armin no necesitó que se lo dijera dos veces. La besó con una ferocidad que la dejó sin aliento, una lucha de lenguas y dientes que sabía a desesperación contenida durante meses. Sus manos, antes temblorosas, ahora se movían con una determinación posesiva. Subió las manos por los muslos de Hazami, tirando de su falda hacia arriba hasta que sintió la suavidad de su ropa interior de encaje negro.
—Estás tan mojada —gruñó Armin al oído de ella, rozando su lóbulo con los dientes—. ¿Tanto te excitó leer lo que quiero hacerte?
—Cállate y hazlo —gimió Hazami, arqueando la espalda cuando los dedos de Armin encontraron su clítoris a través de la tela, presionando con una fuerza experta.
Armin se deshizo de sus gafas, lanzándolas a algún lugar del suelo; ya no necesitaba ver con claridad, solo necesitaba sentir. Con un movimiento brusco, bajó la cremallera de su pantalón y liberó su erección, que pulsaba con urgencia. Hazami jadeó al ver el tamaño de lo que estaba a punto de recibir, una sombra de duda cruzando su rostro por un segundo, pero Armin no le dio tiempo a retroceder.
Desgarró la fina tela de su ropa interior a un lado y se posicionó entre sus piernas.
—Dijiste que querías ver si era valiente —susurró Armin, sujetando los muslos de Hazami con tanta fuerza que dejaría marcas—. Mira mis ojos, Hazami. No te atrevas a cerrarlos.
Él se impulsó hacia adelante, entrando en ella de una sola estocada profunda. Hazami soltó un grito que fue ahogado por la mano de Armin sobre su boca. El dolor inicial en ella se transformó rápidamente en una plenitud abrumadora. Armin era grande, mucho más de lo que ella había imaginado, y la estaba llenando de una manera que la hacía sentir que se partía en dos.
—Dios... Armin... —logró articular ella cuando él le retiró la mano.
Él comenzó a moverse, primero con embestidas lentas y tortuosas, disfrutando de la forma en que las paredes internas de Hazami lo apretaban. Ella era estrecha, caliente y perfecta. Con cada empuje, el escritorio chirriaba contra el suelo, un sonido rítmico que marcaba el compás de su pecado.
—¿Te gusta? —preguntó Armin, su voz ronca, mientras aumentaba la velocidad—. ¿Te gusta que el nerd te esté follando contra la mesa donde tomas tus notas?
—Sí... ¡ah! ¡Más fuerte! —Hazami clavó sus uñas en los hombros de Armin, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Más rápido, Armin!
Él obedeció, perdiendo el control. Sus embestidas se volvieron salvajes, desordenadas, cada golpe de sus caderas contra las de ella sonando como un aplauso carnal en el aula vacía. Hazami no era la chica fría y distante ahora; era un desastre de gemidos, sudor y cabello desordenado. Sus ojos violetas estaban nublados por el placer, fijos en los de Armin, tal como él lo había escrito en su cuaderno.
—Voy a... voy a correrme —jadeó ella, apretando sus piernas alrededor de la espalda de él, forzándolo a entrar aún más profundo.
—Hazlo para mí —le ordenó Armin, golpeando su punto más sensible con una precisión quirúrgica—. Deja que vea cómo te rompes.
Hazami estalló. Su cuerpo se tensó en un espasmo violento, sus músculos internos apretando a Armin en oleadas de puro éxtasis. Él no pudo aguantar mucho más. Con un último empuje que la llevó hasta el borde del escritorio, Armin liberó su semilla dentro de ella, llenándola mientras un rugido gutural escapaba de su garganta.
Se quedaron así durante varios minutos, unidos, con el único sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando el aire. El sudor los unía, y el olor a sexo era denso y embriagador.
Armin se retiró lentamente, sintiendo el vacío inmediato. Se ajustó la ropa con manos que volvían a temblar, pero esta vez no era por miedo, sino por la descarga de adrenalina. Hazami se quedó sentada en el escritorio, con la falda aún subida y la mirada perdida en el techo.
Él recogió sus gafas y se las puso, volviendo a ser el Armin de siempre, al menos en apariencia. Luego, recogió el cuaderno negro del suelo y se lo tendió a Hazami.
—Puedes quedártelo si quieres —dijo él, con una sonrisa ladeada que ella nunca le había visto—. Todavía quedan muchas páginas en blanco. Y tengo muchas más ideas.
Hazami lo miró, recuperando poco a poco su compostura. Se arregló la ropa, tomó el cuaderno y se bajó del escritorio con cierta dificultad, sus piernas aún temblando.
—Mañana —dijo ella, recuperando su tono frío, aunque sus mejillas seguían encendidas—. Biblioteca. Sección de archivos antiguos. No hay cámaras allí.
—Estaré allí —respondió Armin.
Hazami caminó hacia la salida, pero antes de irse, se giró y lo miró intensamente.
—Por cierto, Arlert... escribes mucho mejor de lo que hablas. Pero follas mejor de lo que escribes.
Ella salió del aula sin mirar atrás. Armin se quedó solo una vez más, pero esta vez, el peso en su pecho había desaparecido, reemplazado por una chispa de oscuridad que sabía que nunca se apagaría. Se acomodó las gafas y salió al pasillo para buscar a Eren y Mikasa, el secreto más sucio de la universidad guardado bajo su piel.
Nadie sospechaba nada. Para el mundo, Armin era el chico brillante, el genio estratega con un futuro prometedor y una timidez encantadora. Pero bajo su pupitre, oculto entre los pesados libros de historia y física, descansaba un cuaderno de tapas negras, sin etiquetas, que contenía un universo mucho más oscuro y voraz.
Armin desvió la mirada hacia la fila de adelante. Allí estaba ella: Hazami Ackerman.
Hazami era una contradicción andante. Tenía la misma melena azabache que su hermano mayor, Levi, pero sus ojos eran de un violeta profundo que parecía absorber la luz. Medía apenas un metro cincuenta y cinco, una estatura que la hacía ver delicada, casi frágil, si no fuera por esa aura de frialdad y suficiencia que la rodeaba. Estaba hablando en susurros con Pieck y Porco, sus únicos amigos cercanos, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
Armin sintió un tirón violento en la boca del estómago. Abrió el cuaderno negro en una página en blanco y, con la mano temblorosa, comenzó a escribir. No eran apuntes. Eran sentencias de deseo.
*«Quiero ver esos ojos violetas volverse vidriosos mientras la obligo a abrir las piernas sobre esta misma mesa. Quiero que su frialdad se derrita bajo mi lengua, que grite mi nombre hasta que su garganta duela. Quiero follarla hasta que olvide cómo ser una Ackerman y solo sepa ser mía».*
—¿Armin? —La voz de Mikasa lo sobresaltó.
Él cerró el cuaderno de golpe, el corazón martilleándole contra las costillas como un animal enjaulado.
—¿Sí? —respondió, forzando una sonrisa nerviosa mientras se recolocaba las gafas.
—La clase terminó hace cinco minutos. Vamos a la cafetería, Eren tiene hambre.
—Adelántense —dijo Armin, tratando de que su voz no temblara—. Tengo que... terminar de organizar unas notas de la investigación. Los alcanzo en un momento.
Mikasa lo miró con sospecha, pero asintió y sacudió a Eren para despertarlo. Cuando el aula quedó finalmente vacía, Armin soltó un suspiro tembloroso. Se quedó allí sentado, solo, sintiendo el peso de sus propios pensamientos perversos. Sin embargo, no estaba tan solo como pensaba.
—Ese cuaderno parece muy importante como para que te pongas tan pálido cuando alguien se acerca.
La voz era fría, tranquila y venía de la puerta. Armin se tensó tanto que temió que sus huesos se rompieran. Hazami estaba apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su pecho. Su mochila colgaba de un hombro y sus ojos violetas lo escudriñaban con una intensidad aterradora.
—Hazami... yo... —Armin tragó saliva, sintiendo la garganta seca—. Olvidé que tenías clase aquí después.
—No tengo clase aquí —dijo ella, caminando lentamente hacia él con una elegancia felina—. Olvidé mi bufanda. Pero me dio curiosidad ver al "niño bueno" de la facultad tan concentrado en un cuaderno que no es de la universidad.
Ella se detuvo frente a su pupitre. Armin era más alto que ella incluso sentado, pero en ese momento se sentía minúsculo. Hazami extendió una mano pequeña y pálida hacia el cuaderno negro.
—No, Hazami, por favor —suplicó Armin, pero su voz sonó más como un gemido que como una advertencia.
Ella fue más rápida. Arrebató el cuaderno y retrocedió un paso. Armin se levantó de un salto, pero se quedó paralizado por el pánico. Vio cómo las cejas de Hazami se elevaban ligeramente mientras leía las primeras líneas. Luego, sus ojos se abrieron de par en par al pasar a las páginas más recientes, aquellas donde Armin detallaba con precisión anatómica y una crudeza impropia de él lo que deseaba hacerle a ella.
El silencio que siguió fue asfixiante. Armin sentía que el mundo se desmoronaba. Estaba listo para ser denunciado, expulsado, odiado.
—Así que... —Hazami cerró el cuaderno con un chasquido seco y lo miró fijamente—. El nerd de las gafas resulta ser un pervertido obsesionado conmigo.
—Lo siento —susurró Armin, bajando la cabeza, las lágrimas de humillación picándole los ojos—. Yo... no quería...
—"Abrirle las piernas y follarla hasta que pierda el sentido" —citó ella, su voz bajando una octava, volviéndose peligrosamente suave—. Esas son palabras muy valientes para alguien que ni siquiera puede mirarme a los ojos, Arlert.
Hazami caminó hacia él, rodeando la mesa hasta quedar a escasos centímetros. Armin podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y algo metálico, puramente Ackerman. Ella dejó el cuaderno sobre la mesa y, de repente, agarró a Armin por la corbata, tirando de él hacia abajo.
—Dime —susurró ella contra sus labios—, ¿tienes el valor de hacer lo que escribes, o solo eres un cobarde con buena caligrafía?
Armin sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. Algo en su cerebro hizo clic. El miedo se transformó en una adrenalina oscura y abrasadora. Ya no había nada que perder.
—Pruébame —respondió él, su voz perdiendo toda timidez.
Antes de que Hazami pudiera reaccionar, Armin la tomó por la cintura y la levantó, sentándola de golpe sobre el escritorio del profesor. Los libros y papeles volaron al suelo. Hazami soltó un jadeo de sorpresa, pero no se apartó. Al contrario, envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Armin, atrayéndolo hacia el centro de su calor.
—Hazlo —desafió ella, sus ojos violetas brillando con un fuego nuevo—. Demuéstrame que no son solo fantasías de un virgen.
Armin no necesitó que se lo dijera dos veces. La besó con una ferocidad que la dejó sin aliento, una lucha de lenguas y dientes que sabía a desesperación contenida durante meses. Sus manos, antes temblorosas, ahora se movían con una determinación posesiva. Subió las manos por los muslos de Hazami, tirando de su falda hacia arriba hasta que sintió la suavidad de su ropa interior de encaje negro.
—Estás tan mojada —gruñó Armin al oído de ella, rozando su lóbulo con los dientes—. ¿Tanto te excitó leer lo que quiero hacerte?
—Cállate y hazlo —gimió Hazami, arqueando la espalda cuando los dedos de Armin encontraron su clítoris a través de la tela, presionando con una fuerza experta.
Armin se deshizo de sus gafas, lanzándolas a algún lugar del suelo; ya no necesitaba ver con claridad, solo necesitaba sentir. Con un movimiento brusco, bajó la cremallera de su pantalón y liberó su erección, que pulsaba con urgencia. Hazami jadeó al ver el tamaño de lo que estaba a punto de recibir, una sombra de duda cruzando su rostro por un segundo, pero Armin no le dio tiempo a retroceder.
Desgarró la fina tela de su ropa interior a un lado y se posicionó entre sus piernas.
—Dijiste que querías ver si era valiente —susurró Armin, sujetando los muslos de Hazami con tanta fuerza que dejaría marcas—. Mira mis ojos, Hazami. No te atrevas a cerrarlos.
Él se impulsó hacia adelante, entrando en ella de una sola estocada profunda. Hazami soltó un grito que fue ahogado por la mano de Armin sobre su boca. El dolor inicial en ella se transformó rápidamente en una plenitud abrumadora. Armin era grande, mucho más de lo que ella había imaginado, y la estaba llenando de una manera que la hacía sentir que se partía en dos.
—Dios... Armin... —logró articular ella cuando él le retiró la mano.
Él comenzó a moverse, primero con embestidas lentas y tortuosas, disfrutando de la forma en que las paredes internas de Hazami lo apretaban. Ella era estrecha, caliente y perfecta. Con cada empuje, el escritorio chirriaba contra el suelo, un sonido rítmico que marcaba el compás de su pecado.
—¿Te gusta? —preguntó Armin, su voz ronca, mientras aumentaba la velocidad—. ¿Te gusta que el nerd te esté follando contra la mesa donde tomas tus notas?
—Sí... ¡ah! ¡Más fuerte! —Hazami clavó sus uñas en los hombros de Armin, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Más rápido, Armin!
Él obedeció, perdiendo el control. Sus embestidas se volvieron salvajes, desordenadas, cada golpe de sus caderas contra las de ella sonando como un aplauso carnal en el aula vacía. Hazami no era la chica fría y distante ahora; era un desastre de gemidos, sudor y cabello desordenado. Sus ojos violetas estaban nublados por el placer, fijos en los de Armin, tal como él lo había escrito en su cuaderno.
—Voy a... voy a correrme —jadeó ella, apretando sus piernas alrededor de la espalda de él, forzándolo a entrar aún más profundo.
—Hazlo para mí —le ordenó Armin, golpeando su punto más sensible con una precisión quirúrgica—. Deja que vea cómo te rompes.
Hazami estalló. Su cuerpo se tensó en un espasmo violento, sus músculos internos apretando a Armin en oleadas de puro éxtasis. Él no pudo aguantar mucho más. Con un último empuje que la llevó hasta el borde del escritorio, Armin liberó su semilla dentro de ella, llenándola mientras un rugido gutural escapaba de su garganta.
Se quedaron así durante varios minutos, unidos, con el único sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando el aire. El sudor los unía, y el olor a sexo era denso y embriagador.
Armin se retiró lentamente, sintiendo el vacío inmediato. Se ajustó la ropa con manos que volvían a temblar, pero esta vez no era por miedo, sino por la descarga de adrenalina. Hazami se quedó sentada en el escritorio, con la falda aún subida y la mirada perdida en el techo.
Él recogió sus gafas y se las puso, volviendo a ser el Armin de siempre, al menos en apariencia. Luego, recogió el cuaderno negro del suelo y se lo tendió a Hazami.
—Puedes quedártelo si quieres —dijo él, con una sonrisa ladeada que ella nunca le había visto—. Todavía quedan muchas páginas en blanco. Y tengo muchas más ideas.
Hazami lo miró, recuperando poco a poco su compostura. Se arregló la ropa, tomó el cuaderno y se bajó del escritorio con cierta dificultad, sus piernas aún temblando.
—Mañana —dijo ella, recuperando su tono frío, aunque sus mejillas seguían encendidas—. Biblioteca. Sección de archivos antiguos. No hay cámaras allí.
—Estaré allí —respondió Armin.
Hazami caminó hacia la salida, pero antes de irse, se giró y lo miró intensamente.
—Por cierto, Arlert... escribes mucho mejor de lo que hablas. Pero follas mejor de lo que escribes.
Ella salió del aula sin mirar atrás. Armin se quedó solo una vez más, pero esta vez, el peso en su pecho había desaparecido, reemplazado por una chispa de oscuridad que sabía que nunca se apagaría. Se acomodó las gafas y salió al pasillo para buscar a Eren y Mikasa, el secreto más sucio de la universidad guardado bajo su piel.
