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Fandom: Re zero

Criado: 30/03/2026

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El Espejo del Alma: El Encuentro de los Natsukis

El cielo sobre el Reino de Lugunica, el Imperio de Vollachia y hasta las lejanas tierras de Kararagi dejó de ser un manto azul para convertirse en un lienzo de lo imposible. Enormes pantallas de una luminiscencia plateada se materializaron, desafiando las leyes de la magia y la física. En la mansión Roswaal, ahora reconstruida y rebosante de actividad en este incierto Arco 10, el ambiente se congeló.

Emilia, con su cabello plateado ondeando por la brisa, se llevó las manos al pecho mientras miraba hacia arriba desde el jardín. A su lado, Beatrice apretaba con fuerza la manga de la chaqueta de Subaru, quien estaba allí presente, aunque su rostro reflejaba una confusión teñida de un presentimiento oscuro. Rem, cuya memoria seguía siendo un rompecabezas incompleto, observaba con ojos curiosos, mientras Sylphy, la nueva sirvienta de la casa Milady, sostenía una bandeja con manos temblorosas.

Una voz, profunda y carente de emociones humanas, resonó en los rincones de cada mente.

—Contemplad la verdad del alma. El juicio de aquel que se perdió a sí mismo en las arenas del tiempo.

La pantalla mostró entonces un paisaje desolador: la Torre de Vigilancia de las Pléyades. La cámara, con una precisión cruel, hizo zoom hacia un rincón polvoriento de la biblioteca de Taygeta. Allí, sentado en el suelo, se encontraba un joven. Era Natsuki Subaru, pero no el Subaru que todos conocían. Sus ojos estaban vacíos, despojados de la chispa de determinación que siempre lo caracterizaba. Parecía un cascarón vacío, un náufrago en su propio cuerpo. Sobre su regazo, un libro polvoriento cuya portada rezaba: "Natsuki Subaru".

—¿Ese... ese es Subaru? —susurró Emilia, sintiendo un nudo en la garganta.

—Es el momento en que perdió sus recuerdos en la torre —murmuró Beatrice, su voz quebrada—. Beako lo recuerda... fue un infierno para él.

De repente, frente al Subaru amnésico, una figura comenzó a materializarse. Los espectadores contuvieron el aliento. Era otro Subaru. Vestía las mismas ropas de viajero del desierto, gastadas y sucias, pero la diferencia era abismal. Mientras el Subaru sentado en el suelo tenía una mirada muerta, el que estaba de pie poseía unos ojos que irradiaban una aceptación absoluta. Su peinado era el de siempre, y en sus labios bailaba una pequeña sonrisa, una mezcla de melancolía y orgullo.

—¿Dos de ellos? —exclamó Garfiel desde el cuartel de los caballeros, golpeando una columna—. ¿Qué demonios está pasando, capitán?

En la pantalla, el Subaru que estaba de pie comenzó a hablar. Su voz era firme, pero cargada de una autocrítica que hizo que muchos de los presentes, desde Reinhard hasta Julius, bajaran la mirada.

—Natsuki Subaru es débil —dijo el Subaru de pie, observando a su versión amnésica como si hablara de una tercera persona—. Es pretencioso, es tonto y, francamente, es exasperante.

En la capital, Anastasia Hoshin frunció el ceño. Al lado de ella, Julius Juukulius apretó el puño sobre el pomo de su espada. Escuchar a Subaru insultarse a sí mismo de esa manera era doloroso para aquellos que habían visto sus milagros.

—No entiende cómo el mundo puede querer a alguien como él —continuó la proyección—. Siempre comete errores, siempre grita cuando debería callar, y siempre se rompe cuando los demás necesitan que sea fuerte. Es un fraude que solo sabe fingir que es un héroe.

El Subaru amnésico, el que estaba sentado en el suelo, levantó la vista. Sus ojos, antes vacíos, empezaron a temblar. El peso de esas palabras parecía aplastarlo, confirmando sus peores miedos desde que despertó sin saber quién era.

—Tienes razón... —murmuró el Subaru amnésico en la pantalla—. Todo lo que dices... lo siento así. No soy nadie. No puedo ser ese "Subaru" que todos esperan.

En la mansión, Rem sintió un dolor agudo en el pecho. Aunque no recordaba todo su pasado con él, ver esa versión de Subaru tan rota le provocaba un deseo instintivo de correr hacia la pantalla y abrazarlo.

—No... Subaru-kun no es eso —susurró Rem, con lágrimas asomando en sus ojos.

Pero entonces, el Subaru que estaba de pie hizo algo inesperado. Se arrodilló para quedar a la altura de su otro yo. Su sonrisa no flaqueó; al contrario, se volvió más cálida, más real.

—Lo sé —dijo el Subaru "real", el que cargaba con el peso de todas las muertes y todos los retornos—. No te equivocas en nada de lo que has dicho. Eres todo eso. Eres un desastre de ser humano.

Hubo un silencio sepulcral en todo el mundo. Incluso el Rey de Vollachia, Vincent Abellux, observaba la pantalla con una ceja alzada, intrigado por la resolución de aquel hombre al que llamaba "Natsuki Subaru".

—Pero —continuó el Subaru de pie, extendiendo una mano hacia el amnésico—, también tienes que saber esto: eres un tipo increíble, Natsuki Subaru.

El Subaru amnésico parpadeó, confundido.

—¿Increíble? ¿Después de todo lo que acabas de decir?

—Precisamente por eso —respondió el Subaru real con una carcajada suave que resonó con una honestidad brutal—. Porque a pesar de ser débil, a pesar de ser tonto y pretencioso, has llegado hasta aquí. Has muerto una y otra vez, has visto el infierno y has vuelto para salvar a las personas que amas. Aceptas tu debilidad y, aun así, te levantas. Eso es lo que te hace increíble. No eres un héroe por ser perfecto, sino por ser un desastre que se niega a rendirse.

En el jardín de la mansión, el Subaru actual se cubrió los ojos con una mano, tratando de ocultar su emoción. Emilia se acercó y tomó su otra mano, apretándola con fuerza.

—Tenía razón —dijo ella, con la voz clara—. Ese Subaru de la pantalla tiene razón. Eres increíble.

En la pantalla, la interacción llegaba a su clímax. El Subaru amnésico miró el libro en su regazo y luego a su otro yo. Por primera vez, una chispa de luz regresó a sus ojos.

—¿De verdad... soy yo? —preguntó el amnésico.

—Lo eres —respondió el real—. Y yo soy tú. Somos el hombre que ama a Emilia, el hombre que es el contratista de Beatrice, el héroe de Rem y el amigo de todos esos idiotas que nos esperan fuera. No tienes que ser perfecto, solo tienes que ser Natsuki Subaru.

La imagen empezó a desvanecerse en un resplandor dorado, pero antes de que la pantalla se apagara, se pudo ver cómo ambas versiones de Subaru se fundían en una sola, rodeadas por el aura de los Libros de los Muertos.

En el Imperio de Vollachia, Priscilla Barielle abanicó su rostro con un gesto de desdén que no lograba ocultar una chispa de respeto.

—Un espectáculo vulgar, pero no carente de cierta belleza —comentó ella—. El bufón ha demostrado tener un espejo que no se rompe ante su propia fealdad.

En la capital de Lugunica, Felt pateó una piedra, tratando de disimular que se había limpiado una lágrima.

—Ese idiota... siempre haciendo que nos preocupemos. Reinhard, ¿viste eso?

El Santo de la Espada asintió, con una expresión de profunda humildad.

—Lo vi, Lady Felt. Natsuki Subaru es, sin duda, el hombre más fuerte que conozco. No por su espada, sino por su corazón.

De vuelta en la mansión Matters, el silencio tras la desaparición de las pantallas era denso. Sylphy, que había estado observando todo sin aliento, dejó la bandeja en una mesa cercana y miró a Subaru con una nueva luz en sus ojos.

—Señor Subaru... —dijo la joven sirvienta—, lo que vimos... ¿esa era su alma?

Subaru suspiró, rascándose la nuca con ese gesto tan suyo que denotaba una mezcla de vergüenza y alivio. Miró a Emilia, a Beatrice y a Rem, quienes lo rodeaban como si temieran que fuera a desaparecer.

—Algo así, Sylphy. Supongo que era yo teniendo una charla motivacional conmigo mismo porque soy demasiado testarudo para escuchar a nadie más.

—¡Subaru! —exclamó Emilia, dándole un suave golpe en el brazo—. No digas eso. Fue... fue lo más valiente que he visto. Aceptar tus defectos de esa manera...

—Beako siempre supo que Subaru era un tonto, supongo —dijo la pequeña espíritu, aunque no soltaba su mano—. Pero es el tonto de Beako. Y Beako no lo cambiaría por ningún genio del mundo.

Rem se adelantó un paso. Su expresión era de una serenidad que no había mostrado desde que despertó sin recuerdos en el desierto.

—Subaru-kun —dijo ella, usando ese honorífico que tanto significaba—. No recuerdo todo lo que ese "Subaru real" mencionó. No recuerdo las muertes ni los sacrificios... pero al ver esa pantalla, sentí algo aquí —se llevó la mano al corazón—. Sentí que, sin importar cuántas veces te pierdas, siempre encontrarás el camino de vuelta. Porque te aceptas a ti mismo, incluso las partes que odias.

Subaru sintió que el peso que llevaba en los hombros desde el inicio del Arco 10 se aligeraba un poco. El mundo entero había visto su miseria, su autodesprecio y su debilidad. Pero también habían visto su triunfo sobre sí mismo.

—Gracias, Rem —dijo él con sinceridad—. Gracias a todas.

Sin embargo, en la sombra de los árboles, Roswaal L. Mathers observaba el cielo ahora vacío con una mirada críptica. Sus ojos heterocromáticos brillaban con una intensidad renovada.

—Qué interesante... —susurró el margen—, mostrarle al mundo las costuras del alma del "Salvador". Natsuki Subaru, tu camino se vuelve cada vez más estrecho, y aun así, sigues bailando en la cuerda floja. ¿Qué harás cuando el mundo decida que tu "increíble" naturaleza es demasiado peligrosa para ser ignorada?

La paz momentánea en la mansión era solo el ojo del huracán. Las pantallas habían revelado la verdad del pasado, pero el Arco 10 apenas estaba comenzando a desplegar sus garras sobre el destino de Lugunica. Subaru sabía que, aunque se hubiera aceptado a sí mismo en aquella torre, los desafíos que venían requerirían más que solo aceptación. Requerirían que ese "tipo increíble" demostrara, una vez más, por qué el destino se negaba a dejarlo morir.

—Bueno —dijo Subaru, tratando de romper la tensión con una sonrisa forzada—, después de semejante espectáculo cinematográfico, creo que nos merecemos un té, ¿no? Sylphy, ¿podrías ayudarnos con eso?

—¡S-sí, de inmediato, señor Subaru! —respondió la chica, trotando hacia la cocina con una energía renovada.

Emilia se rió suavemente, un sonido que para Subaru valía más que cualquier corona.

—Eres incorregible, Subaru.

—Soy Natsuki Subaru —corrigió él, mirando hacia el horizonte donde las nubes empezaban a teñirse de naranja—. Débil, tonto y pretencioso. Pero, como dijo ese tipo en la pantalla... soy un tipo bastante increíble. Y tengo mucha gente por la que vale la pena seguir siéndolo.

El viento sopló con fuerza, agitando las banderas de la mansión. El mundo había cambiado ese día. Ya no veían a Subaru solo como el caballero de la candidata al trono, sino como el hombre que se enfrentó a su propia sombra y le sonrió de vuelta. El juicio del alma había terminado, pero la batalla por el futuro no había hecho más que empezar.
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