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Orgía de celos
Fandom: Kengan ashura
Criado: 31/03/2026
Tags
SombrioPWP (Enredo? Que enredo?)Linguagem ExplícitaPsicológicoCenário CanônicoDrama
El Despertar de la Bestia y el Devoto
La luz de la luna se filtraba por las rendijas de la vieja estructura abandonada, bañando el lugar con un resplandor plateado y espectral. Ohma Tokita respiraba con pesadez, sus puños aún cerrados, sintiendo el calor residual de una batalla que no terminaba de estallar. Frente a él, Kiryu Setsuna mantenía esa sonrisa errática, esa expresión de éxtasis místico que siempre lo acompañaba cuando estaba cerca de su "Dios".
Ohma siempre había visto a Setsuna como un estorbo, una sombra obsesiva que lo perseguía con promesas de muerte y trascendencia. Sin embargo, en la quietud de esa noche, algo cambió. Por primera vez, Ohma no buscó el punto vital en el cuello de Setsuna para noquearlo, ni analizó su postura de combate. Sus ojos, nublados por una extraña tensión que no era adrenalina de lucha, recorrieron la figura del hombre frente a él.
Setsuna era, por derecho propio, una criatura de una belleza inquietante. Su piel pálida contrastaba con el desorden de su cabello oscuro, y sus ojos brillaban con una intensidad que rozaba la locura, pero también una vulnerabilidad absoluta hacia Ohma. El Ashura sintió un vuelco en el estómago. El sudor perlaba el pecho de Setsuna, y la forma en que su ropa se ajustaba a su cuerpo fibroso despertó en Ohma un deseo primitivo que nunca antes había reconocido.
Setsuna, siempre sintonizado con los instintos de su amado, notó el cambio en la atmósfera. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose más suave, casi depredadora pero entregada.
—Ohma... —susurró Setsuna, su voz era un hilo de seda en la oscuridad—. Finalmente me miras. No como a un enemigo, no como a una molestia. Puedo ver lo que late dentro de ti. Sé lo que quieres verdaderamente.
Ohma no respondió con palabras. Su respiración se volvió más errática mientras veía cómo Setsuna llevaba sus manos a los botones de su camisa. Con una lentitud tortuosa, Setsuna desabrochó cada uno de ellos, dejando al descubierto su torso marcado por años de entrenamiento y cicatrices de batallas pasadas. La camisa cayó al suelo como un susurro.
—¿Quieres destruirme, Ohma? ¿O quieres poseerme? —preguntó Setsuna mientras sus manos bajaban a la cintura de su pantalón.
Deslizó la prenda con una gracia casi femenina, junto con su ropa interior, quedando completamente expuesto ante la mirada hambrienta de Ohma. El Ashura sintió que su propia excitación llegaba a un punto de no retorno. La visión de Setsuna, tan dispuesto, tan sumiso y a la vez tan provocador, era más de lo que sus instintos podían ignorar.
Setsuna se arrodilló lentamente frente a Ohma. Sus movimientos eran los de un devoto ante un altar. Con dedos temblorosos pero decididos, desabrochó el pantalón de Ohma. Cuando el miembro de Ohma quedó libre, Setsuna dejó escapar un pequeño suspiro de adoración.
—Mi Dios... —murmuró antes de envolverlo con sus labios.
Ohma soltó un gruñido profundo, una mezcla de sorpresa y placer puro. Sus manos, grandes y callosas, bajaron instintivamente hacia la cabeza de Setsuna. Se aferró a los costados de su cabello oscuro, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien toma el control absoluto. Ohma comenzó a marcar el ritmo, empujando con una urgencia que nacía desde lo más profundo de su ser.
Setsuna aceptaba cada embestida con una sumisión masoquista, dejando que el tamaño de Ohma lo asfixiara ligeramente, disfrutando de la tosquedad del agarre en su cabello. Para él, este dolor era sagrado. Cada movimiento de Ohma era una bendición, una marca de propiedad.
Después de unos minutos de un ritmo frenético y descontrolado, Ohma llegó a su límite. Un espasmo recorrió su cuerpo y se corrió con una fuerza que hizo que Setsuna tuviera que esforzarse por tragar. Parte del semen blanco y espeso escapó por la comisura de los labios de Setsuna, deslizándose por su barbilla.
Setsuna alzó la vista, con los ojos empañados y el rostro encendido.
—Gracias... —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios—. Gracias por este regalo, Ohma.
Pero Ohma no había terminado. La lujuria, una vez desatada en el Ashura, no se aplacaba tan fácilmente. Sus ojos seguían fijos en Setsuna, oscuros y exigentes. Setsuna, captando la señal de inmediato, se dio la vuelta y se puso en cuatro patas sobre el frío suelo de madera, ofreciéndose por completo.
Ohma se posicionó detrás de él. Sin preámbulos, introdujo un dedo en el ano de Setsuna, buscando prepararlo, aunque la tosquedad de sus movimientos delataba su impaciencia. Setsuna soltó un gemido agudo, arqueando la espalda.
—¡Ah! Sí... Ohma, por favor... —suplicaba Setsuna entre jadeos—. No esperes más. Mételo... rompeme... hazme tuyo de verdad.
Mientras tanto, a unos metros de allí, en el pasillo exterior que conducía a esa sección del edificio, Yamashita caminaba con paso vacilante. Había estado buscando a Ohma durante la última hora, preocupado de que Setsuna lo hubiera emboscado para otra de sus peleas a muerte.
—¿Ohma-san? ¿Estás por aquí? —llamó Yamashita en voz baja, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Al no recibir respuesta, se acercó a una puerta entreabierta de donde provenían sonidos extraños. Pensó que quizá Ohma estaba herido. Se asomó con cautela por la rendija, y lo que vio hizo que su sangre se congelara y luego hirviera de pura vergüenza.
Yamashita se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de sus gafas. Allí estaba Ohma, el hombre que él veía como un guerrero indomable y casi ascético, entregado a un acto de pasión desenfrenada con su enemigo más perturbado.
—Oh, cielos... —susurró Yamashita para sí mismo, cubriéndose la boca con la mano para no soltar un grito.
Desde su posición escondida, Yamashita no podía apartar la mirada, aunque sabía que debería hacerlo. Vio cómo Ohma penetraba a Setsuna con una embestida poderosa que hizo que el cuerpo del otro hombre se sacudiera violentamente. Los gemidos de Setsuna eran una mezcla de agonía y éxtasis, un sonido que Yamashita nunca habría asociado con un luchador de la Kengan.
—¡Ohma! ¡Más fuerte! —gritaba Setsuna, sus uñas enterrándose en el suelo de madera—. ¡Mátame con esto! ¡Soy tu esclavo!
Ohma no decía nada, pero su rostro era una máscara de concentración y placer salvaje. Sus manos apretaban las caderas de Setsuna con tanta fuerza que seguramente dejarían marcas moradas al día siguiente. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en la habitación vacía, un ritmo hipnótico y primitivo.
Yamashita sentía que sus piernas flaqueaban. El respeto que sentía por Ohma chocaba frontalmente con la escena carnal y cruda que presenciaba. Era como ver a dos bestias reclamándose en la oscuridad.
—Esto no puede estar pasando... —murmuró Yamashita, retrocediendo lentamente, tratando de no hacer ruido.
Pero sus pies tropezaron con una tabla suelta que crujió ruidosamente. En el interior de la habitación, Ohma se tensó, pero no se detuvo. Setsuna, por el contrario, pareció disfrutar aún más de la posibilidad de ser observado.
—¿Escuchaste eso, mi Dios? —jadeó Setsuna, volviendo la cabeza para mirar a Ohma con una sonrisa demente—. Alguien nos mira... deja que vean cómo me destrozas... deja que vean quién es el dueño de mi alma.
Ohma gruñó, ignorando cualquier presencia externa, y hundió su rostro en el cuello de Setsuna, mordiendo la piel con fuerza mientras llegaba a un segundo y definitivo clímax. El grito de Setsuna llenó el aire, un sonido de pura entrega masoquista que persiguió a Yamashita mientras este huía por el pasillo, con el rostro rojo y el corazón a punto de salirse del pecho.
Esa noche, Yamashita comprendió que había profundidades en Ohma Tokita que nunca llegaría a entender, y que el vínculo entre el Ashura y su acosador era algo que iba más allá de la lógica, forjado en una mezcla de sangre, dolor y un deseo oscuro que solo ellos podían saciar.
Ohma siempre había visto a Setsuna como un estorbo, una sombra obsesiva que lo perseguía con promesas de muerte y trascendencia. Sin embargo, en la quietud de esa noche, algo cambió. Por primera vez, Ohma no buscó el punto vital en el cuello de Setsuna para noquearlo, ni analizó su postura de combate. Sus ojos, nublados por una extraña tensión que no era adrenalina de lucha, recorrieron la figura del hombre frente a él.
Setsuna era, por derecho propio, una criatura de una belleza inquietante. Su piel pálida contrastaba con el desorden de su cabello oscuro, y sus ojos brillaban con una intensidad que rozaba la locura, pero también una vulnerabilidad absoluta hacia Ohma. El Ashura sintió un vuelco en el estómago. El sudor perlaba el pecho de Setsuna, y la forma en que su ropa se ajustaba a su cuerpo fibroso despertó en Ohma un deseo primitivo que nunca antes había reconocido.
Setsuna, siempre sintonizado con los instintos de su amado, notó el cambio en la atmósfera. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose más suave, casi depredadora pero entregada.
—Ohma... —susurró Setsuna, su voz era un hilo de seda en la oscuridad—. Finalmente me miras. No como a un enemigo, no como a una molestia. Puedo ver lo que late dentro de ti. Sé lo que quieres verdaderamente.
Ohma no respondió con palabras. Su respiración se volvió más errática mientras veía cómo Setsuna llevaba sus manos a los botones de su camisa. Con una lentitud tortuosa, Setsuna desabrochó cada uno de ellos, dejando al descubierto su torso marcado por años de entrenamiento y cicatrices de batallas pasadas. La camisa cayó al suelo como un susurro.
—¿Quieres destruirme, Ohma? ¿O quieres poseerme? —preguntó Setsuna mientras sus manos bajaban a la cintura de su pantalón.
Deslizó la prenda con una gracia casi femenina, junto con su ropa interior, quedando completamente expuesto ante la mirada hambrienta de Ohma. El Ashura sintió que su propia excitación llegaba a un punto de no retorno. La visión de Setsuna, tan dispuesto, tan sumiso y a la vez tan provocador, era más de lo que sus instintos podían ignorar.
Setsuna se arrodilló lentamente frente a Ohma. Sus movimientos eran los de un devoto ante un altar. Con dedos temblorosos pero decididos, desabrochó el pantalón de Ohma. Cuando el miembro de Ohma quedó libre, Setsuna dejó escapar un pequeño suspiro de adoración.
—Mi Dios... —murmuró antes de envolverlo con sus labios.
Ohma soltó un gruñido profundo, una mezcla de sorpresa y placer puro. Sus manos, grandes y callosas, bajaron instintivamente hacia la cabeza de Setsuna. Se aferró a los costados de su cabello oscuro, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien toma el control absoluto. Ohma comenzó a marcar el ritmo, empujando con una urgencia que nacía desde lo más profundo de su ser.
Setsuna aceptaba cada embestida con una sumisión masoquista, dejando que el tamaño de Ohma lo asfixiara ligeramente, disfrutando de la tosquedad del agarre en su cabello. Para él, este dolor era sagrado. Cada movimiento de Ohma era una bendición, una marca de propiedad.
Después de unos minutos de un ritmo frenético y descontrolado, Ohma llegó a su límite. Un espasmo recorrió su cuerpo y se corrió con una fuerza que hizo que Setsuna tuviera que esforzarse por tragar. Parte del semen blanco y espeso escapó por la comisura de los labios de Setsuna, deslizándose por su barbilla.
Setsuna alzó la vista, con los ojos empañados y el rostro encendido.
—Gracias... —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios—. Gracias por este regalo, Ohma.
Pero Ohma no había terminado. La lujuria, una vez desatada en el Ashura, no se aplacaba tan fácilmente. Sus ojos seguían fijos en Setsuna, oscuros y exigentes. Setsuna, captando la señal de inmediato, se dio la vuelta y se puso en cuatro patas sobre el frío suelo de madera, ofreciéndose por completo.
Ohma se posicionó detrás de él. Sin preámbulos, introdujo un dedo en el ano de Setsuna, buscando prepararlo, aunque la tosquedad de sus movimientos delataba su impaciencia. Setsuna soltó un gemido agudo, arqueando la espalda.
—¡Ah! Sí... Ohma, por favor... —suplicaba Setsuna entre jadeos—. No esperes más. Mételo... rompeme... hazme tuyo de verdad.
Mientras tanto, a unos metros de allí, en el pasillo exterior que conducía a esa sección del edificio, Yamashita caminaba con paso vacilante. Había estado buscando a Ohma durante la última hora, preocupado de que Setsuna lo hubiera emboscado para otra de sus peleas a muerte.
—¿Ohma-san? ¿Estás por aquí? —llamó Yamashita en voz baja, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Al no recibir respuesta, se acercó a una puerta entreabierta de donde provenían sonidos extraños. Pensó que quizá Ohma estaba herido. Se asomó con cautela por la rendija, y lo que vio hizo que su sangre se congelara y luego hirviera de pura vergüenza.
Yamashita se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de sus gafas. Allí estaba Ohma, el hombre que él veía como un guerrero indomable y casi ascético, entregado a un acto de pasión desenfrenada con su enemigo más perturbado.
—Oh, cielos... —susurró Yamashita para sí mismo, cubriéndose la boca con la mano para no soltar un grito.
Desde su posición escondida, Yamashita no podía apartar la mirada, aunque sabía que debería hacerlo. Vio cómo Ohma penetraba a Setsuna con una embestida poderosa que hizo que el cuerpo del otro hombre se sacudiera violentamente. Los gemidos de Setsuna eran una mezcla de agonía y éxtasis, un sonido que Yamashita nunca habría asociado con un luchador de la Kengan.
—¡Ohma! ¡Más fuerte! —gritaba Setsuna, sus uñas enterrándose en el suelo de madera—. ¡Mátame con esto! ¡Soy tu esclavo!
Ohma no decía nada, pero su rostro era una máscara de concentración y placer salvaje. Sus manos apretaban las caderas de Setsuna con tanta fuerza que seguramente dejarían marcas moradas al día siguiente. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en la habitación vacía, un ritmo hipnótico y primitivo.
Yamashita sentía que sus piernas flaqueaban. El respeto que sentía por Ohma chocaba frontalmente con la escena carnal y cruda que presenciaba. Era como ver a dos bestias reclamándose en la oscuridad.
—Esto no puede estar pasando... —murmuró Yamashita, retrocediendo lentamente, tratando de no hacer ruido.
Pero sus pies tropezaron con una tabla suelta que crujió ruidosamente. En el interior de la habitación, Ohma se tensó, pero no se detuvo. Setsuna, por el contrario, pareció disfrutar aún más de la posibilidad de ser observado.
—¿Escuchaste eso, mi Dios? —jadeó Setsuna, volviendo la cabeza para mirar a Ohma con una sonrisa demente—. Alguien nos mira... deja que vean cómo me destrozas... deja que vean quién es el dueño de mi alma.
Ohma gruñó, ignorando cualquier presencia externa, y hundió su rostro en el cuello de Setsuna, mordiendo la piel con fuerza mientras llegaba a un segundo y definitivo clímax. El grito de Setsuna llenó el aire, un sonido de pura entrega masoquista que persiguió a Yamashita mientras este huía por el pasillo, con el rostro rojo y el corazón a punto de salirse del pecho.
Esa noche, Yamashita comprendió que había profundidades en Ohma Tokita que nunca llegaría a entender, y que el vínculo entre el Ashura y su acosador era algo que iba más allá de la lógica, forjado en una mezcla de sangre, dolor y un deseo oscuro que solo ellos podían saciar.
