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Lagrimas en silencio
Fandom: Jujutsu kaisen
Criado: 03/04/2026
Tags
DramaAngústiaDor/ConfortoFantasiaSombrioAçãoCenário CanônicoDiscriminaçãoDivergênciaRomanceFatias de VidaFofuraEstudo de PersonagemMpregHistória DomésticaConsertoPsicológicoTragédia
El filo de la jaula de cristal
El complejo de la familia Zenin siempre olía a incienso viejo, madera podrida y un miedo que se filtraba por las rendijas de las puertas correderas. Para Maki, ese lugar no era un hogar; era un mausoleo donde su existencia era el mayor de los sacrilegios. No tener energía maldita en el clan de los hechiceros más prestigiosos era peor que estar muerta. Era ser un error.
Maki apretó los puños, sintiendo los callos en sus palmas. A su lado, Mai temblaba levemente. Su hermana gemela tenía un poco de energía, la suficiente para ser considerada "mediocre", pero no la necesaria para ser respetada. En el mundo de los Zenin, si una gemela caía, la otra era arrastrada con ella.
—No bajes la cabeza, Mai —susurró Maki, con la voz cargada de un acero que no correspondía a su edad—. Si lo haces, ellos ganan.
—Es fácil para ti decirlo —respondió Mai en un hilo de voz—. Tú siempre actúas como si nada te doliera.
Maki no respondió. Le dolía todo. Le dolía la espalda por los entrenamientos inhumanos, le dolía el estómago por el hambre que a veces las obligaban a pasar como castigo, y le dolía el alma ver a su hermana marchitarse.
La puerta del gran salón se abrió. Naobito Zenin, el líder del clan, las esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Junto a él, un hombre que Maki reconoció de inmediato por su aura de poder absoluto y su venda blanca en los ojos: Satoru Gojo. Pero no estaba solo. A su lado, un chico de hombros caídos y ojeras profundas parecía querer fundirse con las sombras del suelo.
—Maki, acércate —ordenó Naobito con voz gélida—. Hemos decidido tu utilidad. Ya que no puedes servir al clan como hechicera, servirás como un puente.
Maki sintió un escalofrío. Sabía lo que eso significaba.
—Te casarás con el joven que acompaña a Gojo —continuó el anciano, señalando al chico de cabello oscuro—. Yuta Okkotsu. Es un pariente lejano de los Gojo y posee un poder... inestable. Los ancianos han decidido que una mujer sin energía maldita es la pareja perfecta para alguien cuya maldición consume todo a su alrededor. Tú no tienes nada que ella pueda devorar.
Maki miró al chico. Yuta levantó la vista y sus ojos se encontraron. No había malicia en él, solo una tristeza infinita y un terror que la hizo estremecerse. Detrás de él, una sombra masiva y deforme pareció materializarse por un segundo, un monstruo de dientes afilados que siseaba un nombre: "Yuta... Yuta...".
—¿Me están vendiendo? —preguntó Maki, su voz era un látigo de desprecio.
—Te estamos dando un propósito —escupió Naobito—. Mañana se formalizará el contrato. Gojo se llevará a ambos a la Academia de Hechicería de Tokio. No vuelvas a este lugar a menos que se te llame.
Satoru Gojo, que hasta entonces había permanecido en silencio, dio un paso adelante. Su sonrisa era juguetona, pero había una tensión peligrosa en su postura.
—Bueno, bueno, no lo pintes tan mal, anciano —dijo Gojo, inclinando la cabeza—. Yuta es un buen chico. Un poco... problemático con las maldiciones de grado especial que lo siguen, pero un encanto. Y Maki es exactamente lo que él necesita.
—¡No soy un objeto para equilibrar a un monstruo! —gritó Maki, dando un paso al frente.
—¡Maki, cállate! —suplicó Mai, tirando de su manga.
Gojo se acercó a Maki, bajando un poco su venda para mirarla directamente con un solo ojo azul eléctrico.
—No te estoy comprando, Maki —susurró él, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera—. Te estoy sacando de aquí. Es un trato. Tú cuidas de Yuta, evitas que su maldición lo destruya, y yo te doy los medios para que algún día vuelvas y quemes este lugar hasta los cimientos. ¿Trato?
Maki apretó los dientes. Miró a Naobito, que la observaba como si fuera basura, y luego a Yuta, que parecía a punto de desmayarse de la culpa.
—Trato —dijo ella, con una determinación feroz.
***
Esa noche, el jardín de la finca Zenin estaba sumido en un silencio sepulcral. Maki estaba sentada en el porche, limpiando una lanza corta, cuando una sombra se acercó.
—Maki.
Ella no necesitó mirar para saber quién era.
—Megumi. ¿Qué haces aquí? Tu padre te dijo que no te acercaras a las "fracasadas".
Megumi Fushiguro, su primo, se sentó a su lado. A pesar de ser más joven, siempre había tenido una madurez sombría. Él era el orgullo potencial del clan, el poseedor de la técnica de las Diez Sombras, todo lo que Maki no era.
—No me importa lo que diga mi padre o los ancianos —dijo Megumi, mirando las estrellas—. He oído lo del matrimonio. Es una locura. Okkotsu está marcado por una maldición de grado especial. Dicen que es un monstruo.
—Todos somos monstruos aquí, Megumi —respondió Maki con amargura—. Al menos él parece saberlo. Los Zenin creen que son dioses.
—Quiero que seas libre —dijo Megumi de repente, girándose hacia ella—. Si este matrimonio es una trampa, dímelo. Haré lo que sea. Puedo hablar con Gojo, puedo...
—Gojo es quien lo organizó, Megumi. Es mi salida. —Maki dejó la lanza y suspiró—. No te preocupes por mí. Preocúpate por Mai. Cuando me vaya, ella será el único blanco de sus burlas. Cuídala.
—Lo haré —prometió el chico—. Pero Maki... ten cuidado con él. Rika, la maldición que lo sigue, no es algo que se pueda tomar a la ligera. Ha matado a personas solo por tocar a Yuta.
—Que lo intente conmigo —desafió Maki, ajustándose las gafas—. No tengo energía maldita que ella pueda rastrear. Soy un fantasma para los espíritus.
***
Al día siguiente, la ceremonia fue breve y carente de cualquier afecto. No hubo vestidos blancos ni flores, solo sellos de papel, cánticos de ancianos y un contrato firmado con sangre. Maki y Yuta fueron declarados unidos ante las leyes de la hechicería.
En el coche de camino a la Academia de Tokio, el silencio era denso. Gojo conducía mientras tarareaba una canción pop, ignorando deliberadamente la tensión en el asiento trasero.
Maki miraba por la ventana, viendo cómo los muros de la finca Zenin desaparecían en la distancia. Por fin estaba fuera, pero el precio era el chico sentado a su izquierda.
Yuta estaba encogido contra la puerta, manteniendo la mayor distancia posible. Sus manos temblaban.
—Lo... lo siento —dijo Yuta de repente. Su voz era quebradiza.
Maki se giró hacia él.
—¿Por qué pides perdón?
—Por esto. Por obligarte a casarte con alguien como yo —dijo él, sin mirarla—. Soy peligroso. Rika... ella no quiere que nadie esté cerca de mí. No quiero que te haga daño.
—Escúchame bien, Okkotsu —dijo Maki, endureciendo la voz—. No me he casado contigo porque quisiera un marido. Lo hice para escapar de ese infierno. Así que no te sientas especial.
Yuta la miró, sorprendido por la franqueza de la chica.
—Pero... ¿no tienes miedo? —preguntó él—. Hay un monstruo pegado a mi espalda.
Maki soltó una carcajada seca y se acercó a él, ignorando cómo el aire alrededor de Yuta se volvía pesado y frío. De la nada, una mano gigantesca y blanquecina empezó a materializarse sobre el hombro de Yuta, con dedos largos terminados en garras.
—¡NO LA TOQUES! —rugió una voz inhumana desde el vacío.
Yuta se puso pálido, cerrando los ojos con fuerza.
—¡Rika, no! ¡Detente!
Maki no retrocedió. Extendió la mano y, aunque no podía ver a la maldición con total claridad sin sus gafas especiales, sentía la presión del aire. Con un movimiento rápido, golpeó la frente de Yuta con dos dedos.
—Cállala —ordenó Maki—. No me dan miedo los monstruos que se ven. He vivido toda mi vida con monstruos que visten kimonos caros y hablan de honor.
La presión desapareció. La mano espectral se desvaneció en un suspiro de frustración. Yuta abrió los ojos, asombrado. Nadie, aparte de Gojo, se había atrevido a estar tan cerca de él sin ser atacado.
—Eres... eres muy fuerte —murmuró Yuta.
—Soy una Zenin —respondió ella, aunque la palabra le supo a veneno—. Se supone que somos los más fuertes. Pero voy a demostrarles que se puede ser fuerte sin sus reglas estúpidas.
Gojo los observaba por el espejo retrovisor, con una sonrisa de satisfacción.
—Parece que vamos a llevarnos bien —dijo el profesor—. Bienvenidos a la Academia de Hechicería de Tokio. Aquí, el objetivo es aprender a controlar lo que nos hace diferentes. Yuta, aprenderás a usar a Rika. Maki, aprenderás a ser la hechicera más poderosa de la historia, con o sin energía maldita.
Cuando el coche se detuvo frente a los grandes escalones del templo que servía de escuela, Maki bajó primero. Se estiró, sintiendo por primera vez en su vida que el aire no estaba contaminado por el juicio de sus padres.
Yuta bajó después, tropezando un poco con sus propios pies. Se veía tan frágil que Maki sintió un impulso extraño de protegerlo. No era amor, ni siquiera simpatía todavía; era la camaradería de dos parias que habían sido arrojados al mismo foso.
—Oye, Okkotsu —dijo Maki mientras empezaba a subir las escaleras.
—¿Sí?
—Mañana empezamos a entrenar. Si voy a estar casada con un "monstruo", más vale que ese monstruo sepa pelear. No voy a dejar que nadie te llame débil.
Yuta se quedó parado un momento, procesando las palabras. Por primera vez en años, alguien no lo miraba con lástima o con horror. Lo miraba con una expectativa.
—¡Sí! —respondió él, corriendo un poco para alcanzarla.
En las sombras de los árboles, Megumi Fushiguro observaba la escena desde lejos. Había seguido el coche en secreto, solo para asegurarse de que Maki llegara a salvo. Al verla caminar con la cabeza alta, supo que ella estaría bien. Pero también sabía que la guerra con el clan Zenin acababa de empezar.
—Sé libre, Maki —susurró Megumi antes de desaparecer entre las sombras de sus propios shikigamis.
Maki Zenin ya no era una esclava de su linaje. Ahora era la esposa de una maldición de grado especial, y el mundo de la hechicería no estaba preparado para lo que ambos iban a desatar.
—¿Maki-san? —preguntó Yuta mientras caminaban por los pasillos de madera.
—¿Qué pasa ahora?
—Gracias. Por no irte.
Maki se ajustó las gafas y no lo miró, pero Yuta pudo ver un ligero rastro de rojo en sus mejillas.
—Cállate y camina, idiota. Tenemos mucho trabajo que hacer.
El destino de los Zenin estaba sellado, aunque ellos aún no lo supieran. El "error" del clan y el "monstruo" de los Gojo acababan de formar la alianza más peligrosa de la historia. Y Maki, por fin, sostenía las llaves de su propia jaula.
Maki apretó los puños, sintiendo los callos en sus palmas. A su lado, Mai temblaba levemente. Su hermana gemela tenía un poco de energía, la suficiente para ser considerada "mediocre", pero no la necesaria para ser respetada. En el mundo de los Zenin, si una gemela caía, la otra era arrastrada con ella.
—No bajes la cabeza, Mai —susurró Maki, con la voz cargada de un acero que no correspondía a su edad—. Si lo haces, ellos ganan.
—Es fácil para ti decirlo —respondió Mai en un hilo de voz—. Tú siempre actúas como si nada te doliera.
Maki no respondió. Le dolía todo. Le dolía la espalda por los entrenamientos inhumanos, le dolía el estómago por el hambre que a veces las obligaban a pasar como castigo, y le dolía el alma ver a su hermana marchitarse.
La puerta del gran salón se abrió. Naobito Zenin, el líder del clan, las esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Junto a él, un hombre que Maki reconoció de inmediato por su aura de poder absoluto y su venda blanca en los ojos: Satoru Gojo. Pero no estaba solo. A su lado, un chico de hombros caídos y ojeras profundas parecía querer fundirse con las sombras del suelo.
—Maki, acércate —ordenó Naobito con voz gélida—. Hemos decidido tu utilidad. Ya que no puedes servir al clan como hechicera, servirás como un puente.
Maki sintió un escalofrío. Sabía lo que eso significaba.
—Te casarás con el joven que acompaña a Gojo —continuó el anciano, señalando al chico de cabello oscuro—. Yuta Okkotsu. Es un pariente lejano de los Gojo y posee un poder... inestable. Los ancianos han decidido que una mujer sin energía maldita es la pareja perfecta para alguien cuya maldición consume todo a su alrededor. Tú no tienes nada que ella pueda devorar.
Maki miró al chico. Yuta levantó la vista y sus ojos se encontraron. No había malicia en él, solo una tristeza infinita y un terror que la hizo estremecerse. Detrás de él, una sombra masiva y deforme pareció materializarse por un segundo, un monstruo de dientes afilados que siseaba un nombre: "Yuta... Yuta...".
—¿Me están vendiendo? —preguntó Maki, su voz era un látigo de desprecio.
—Te estamos dando un propósito —escupió Naobito—. Mañana se formalizará el contrato. Gojo se llevará a ambos a la Academia de Hechicería de Tokio. No vuelvas a este lugar a menos que se te llame.
Satoru Gojo, que hasta entonces había permanecido en silencio, dio un paso adelante. Su sonrisa era juguetona, pero había una tensión peligrosa en su postura.
—Bueno, bueno, no lo pintes tan mal, anciano —dijo Gojo, inclinando la cabeza—. Yuta es un buen chico. Un poco... problemático con las maldiciones de grado especial que lo siguen, pero un encanto. Y Maki es exactamente lo que él necesita.
—¡No soy un objeto para equilibrar a un monstruo! —gritó Maki, dando un paso al frente.
—¡Maki, cállate! —suplicó Mai, tirando de su manga.
Gojo se acercó a Maki, bajando un poco su venda para mirarla directamente con un solo ojo azul eléctrico.
—No te estoy comprando, Maki —susurró él, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera—. Te estoy sacando de aquí. Es un trato. Tú cuidas de Yuta, evitas que su maldición lo destruya, y yo te doy los medios para que algún día vuelvas y quemes este lugar hasta los cimientos. ¿Trato?
Maki apretó los dientes. Miró a Naobito, que la observaba como si fuera basura, y luego a Yuta, que parecía a punto de desmayarse de la culpa.
—Trato —dijo ella, con una determinación feroz.
***
Esa noche, el jardín de la finca Zenin estaba sumido en un silencio sepulcral. Maki estaba sentada en el porche, limpiando una lanza corta, cuando una sombra se acercó.
—Maki.
Ella no necesitó mirar para saber quién era.
—Megumi. ¿Qué haces aquí? Tu padre te dijo que no te acercaras a las "fracasadas".
Megumi Fushiguro, su primo, se sentó a su lado. A pesar de ser más joven, siempre había tenido una madurez sombría. Él era el orgullo potencial del clan, el poseedor de la técnica de las Diez Sombras, todo lo que Maki no era.
—No me importa lo que diga mi padre o los ancianos —dijo Megumi, mirando las estrellas—. He oído lo del matrimonio. Es una locura. Okkotsu está marcado por una maldición de grado especial. Dicen que es un monstruo.
—Todos somos monstruos aquí, Megumi —respondió Maki con amargura—. Al menos él parece saberlo. Los Zenin creen que son dioses.
—Quiero que seas libre —dijo Megumi de repente, girándose hacia ella—. Si este matrimonio es una trampa, dímelo. Haré lo que sea. Puedo hablar con Gojo, puedo...
—Gojo es quien lo organizó, Megumi. Es mi salida. —Maki dejó la lanza y suspiró—. No te preocupes por mí. Preocúpate por Mai. Cuando me vaya, ella será el único blanco de sus burlas. Cuídala.
—Lo haré —prometió el chico—. Pero Maki... ten cuidado con él. Rika, la maldición que lo sigue, no es algo que se pueda tomar a la ligera. Ha matado a personas solo por tocar a Yuta.
—Que lo intente conmigo —desafió Maki, ajustándose las gafas—. No tengo energía maldita que ella pueda rastrear. Soy un fantasma para los espíritus.
***
Al día siguiente, la ceremonia fue breve y carente de cualquier afecto. No hubo vestidos blancos ni flores, solo sellos de papel, cánticos de ancianos y un contrato firmado con sangre. Maki y Yuta fueron declarados unidos ante las leyes de la hechicería.
En el coche de camino a la Academia de Tokio, el silencio era denso. Gojo conducía mientras tarareaba una canción pop, ignorando deliberadamente la tensión en el asiento trasero.
Maki miraba por la ventana, viendo cómo los muros de la finca Zenin desaparecían en la distancia. Por fin estaba fuera, pero el precio era el chico sentado a su izquierda.
Yuta estaba encogido contra la puerta, manteniendo la mayor distancia posible. Sus manos temblaban.
—Lo... lo siento —dijo Yuta de repente. Su voz era quebradiza.
Maki se giró hacia él.
—¿Por qué pides perdón?
—Por esto. Por obligarte a casarte con alguien como yo —dijo él, sin mirarla—. Soy peligroso. Rika... ella no quiere que nadie esté cerca de mí. No quiero que te haga daño.
—Escúchame bien, Okkotsu —dijo Maki, endureciendo la voz—. No me he casado contigo porque quisiera un marido. Lo hice para escapar de ese infierno. Así que no te sientas especial.
Yuta la miró, sorprendido por la franqueza de la chica.
—Pero... ¿no tienes miedo? —preguntó él—. Hay un monstruo pegado a mi espalda.
Maki soltó una carcajada seca y se acercó a él, ignorando cómo el aire alrededor de Yuta se volvía pesado y frío. De la nada, una mano gigantesca y blanquecina empezó a materializarse sobre el hombro de Yuta, con dedos largos terminados en garras.
—¡NO LA TOQUES! —rugió una voz inhumana desde el vacío.
Yuta se puso pálido, cerrando los ojos con fuerza.
—¡Rika, no! ¡Detente!
Maki no retrocedió. Extendió la mano y, aunque no podía ver a la maldición con total claridad sin sus gafas especiales, sentía la presión del aire. Con un movimiento rápido, golpeó la frente de Yuta con dos dedos.
—Cállala —ordenó Maki—. No me dan miedo los monstruos que se ven. He vivido toda mi vida con monstruos que visten kimonos caros y hablan de honor.
La presión desapareció. La mano espectral se desvaneció en un suspiro de frustración. Yuta abrió los ojos, asombrado. Nadie, aparte de Gojo, se había atrevido a estar tan cerca de él sin ser atacado.
—Eres... eres muy fuerte —murmuró Yuta.
—Soy una Zenin —respondió ella, aunque la palabra le supo a veneno—. Se supone que somos los más fuertes. Pero voy a demostrarles que se puede ser fuerte sin sus reglas estúpidas.
Gojo los observaba por el espejo retrovisor, con una sonrisa de satisfacción.
—Parece que vamos a llevarnos bien —dijo el profesor—. Bienvenidos a la Academia de Hechicería de Tokio. Aquí, el objetivo es aprender a controlar lo que nos hace diferentes. Yuta, aprenderás a usar a Rika. Maki, aprenderás a ser la hechicera más poderosa de la historia, con o sin energía maldita.
Cuando el coche se detuvo frente a los grandes escalones del templo que servía de escuela, Maki bajó primero. Se estiró, sintiendo por primera vez en su vida que el aire no estaba contaminado por el juicio de sus padres.
Yuta bajó después, tropezando un poco con sus propios pies. Se veía tan frágil que Maki sintió un impulso extraño de protegerlo. No era amor, ni siquiera simpatía todavía; era la camaradería de dos parias que habían sido arrojados al mismo foso.
—Oye, Okkotsu —dijo Maki mientras empezaba a subir las escaleras.
—¿Sí?
—Mañana empezamos a entrenar. Si voy a estar casada con un "monstruo", más vale que ese monstruo sepa pelear. No voy a dejar que nadie te llame débil.
Yuta se quedó parado un momento, procesando las palabras. Por primera vez en años, alguien no lo miraba con lástima o con horror. Lo miraba con una expectativa.
—¡Sí! —respondió él, corriendo un poco para alcanzarla.
En las sombras de los árboles, Megumi Fushiguro observaba la escena desde lejos. Había seguido el coche en secreto, solo para asegurarse de que Maki llegara a salvo. Al verla caminar con la cabeza alta, supo que ella estaría bien. Pero también sabía que la guerra con el clan Zenin acababa de empezar.
—Sé libre, Maki —susurró Megumi antes de desaparecer entre las sombras de sus propios shikigamis.
Maki Zenin ya no era una esclava de su linaje. Ahora era la esposa de una maldición de grado especial, y el mundo de la hechicería no estaba preparado para lo que ambos iban a desatar.
—¿Maki-san? —preguntó Yuta mientras caminaban por los pasillos de madera.
—¿Qué pasa ahora?
—Gracias. Por no irte.
Maki se ajustó las gafas y no lo miró, pero Yuta pudo ver un ligero rastro de rojo en sus mejillas.
—Cállate y camina, idiota. Tenemos mucho trabajo que hacer.
El destino de los Zenin estaba sellado, aunque ellos aún no lo supieran. El "error" del clan y el "monstruo" de los Gojo acababan de formar la alianza más peligrosa de la historia. Y Maki, por fin, sostenía las llaves de su propia jaula.
