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fanfic 2 B.W

Fandom: Euphoria

Criado: 05/04/2026

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El Crisol de los Sentidos y el Silencio de East Highland

13 de septiembre de 2009 | 07:45 AM | East Highland, California

El aire de la mañana en East Highland tenía un olor particular: una mezcla de asfalto húmedo por el rocío, el perfume floral excesivo de los jardines suburbanos y el rastro metálico de los rociadores automáticos. Para Benjamin Winchester, ese olor no era solo una sensación; era un mapa. Gracias a su sinestesia mejorada, podía "ver" las estelas de aroma flotando en el aire como hilos de colores. El aroma a café rancio de la casa vecina era un tono ocre oscuro; el perfume de las flores, un rosa eléctrico que vibraba ante sus ojos.

Benjamin se ajustó la mochila. A sus quince años, poseía la estructura física de alguien que aún no ha alcanzado su máximo potencial, aunque sus 1.77 metros de estatura lo hacían destacar ligeramente entre sus compañeros de segundo año. Tenía el cabello castaño corto, una mandíbula que empezaba a definirse con la misma dureza que la de su padre, John, y unos ojos que, aunque a menudo se escondían tras una expresión de timidez e inseguridad, procesaban el mundo a una velocidad aterradora.

Caminaba hacia la escuela preparatoria, intentando ignorar el flujo constante de información que bombardeaba su cerebro. No necesitaba pastillas. Su mente simplemente funcionaba así. Mientras caminaba, su subconsciente calculaba la trayectoria de cada coche que pasaba, la probabilidad de que el semáforo cambiara en los próximos tres segundos y la composición química exacta del chicle pegado en la acera.

— Fuerza de levantamiento: 65 kg (Humano Promedio) —murmuró Benjamin para sí mismo, visualizando sus propias estadísticas como si flotaran en un panel holográfico frente a él—. Velocidad: 6.4 m/s (Humano Promedio). Inteligencia: Supergenio. Inteligencia para combate: Dotado.

Era una maldición y una bendición. Era un adolescente torpe que tropezaba con sus propios pies porque estaba demasiado ocupado analizando la refracción de la luz en un charco, pero también era alguien que podía aprender farsi en un fin de semana si se lo proponía.

Al llegar a las puertas de la escuela, el ruido se volvió ensordecedor. Cientos de conversaciones se solapaban, pero su absorción sensorial le permitía aislarlas todas.

— ...y entonces Nate me dijo que no podía ir a la fiesta —decía una voz femenina a su derecha.

— ¿Viste lo que publicó Kat? —susurraba otra a metros de distancia.

Benjamin bajó la cabeza, dejando que su flequillo ocultara su mirada. No quería llamar la atención. Su naturaleza introvertida era su mejor escudo. Sin embargo, al cruzar el pasillo principal, sus sentidos se fijaron en un rastro específico. Un aroma a vainilla y algo que identificó instantáneamente como una mezcla de ansiedad y desesperado deseo de ser amada.

Cassie Howard.

Ella estaba allí, junto a su casillero, hablando con Christopher McKay. Benjamin se detuvo un segundo, fingiendo buscar algo en su mochila mientras sus ojos escaneaban la escena. Al instante, las estadísticas de Cassie aparecieron en su visión periférica.

— Cassie Howard —leyó mentalmente—. Fuerza de levantamiento: 42 kg (Humano — Inferior al promedio). Velocidad: 5.2 m/s (Humano Promedio). Inteligencia: Promedio. Inteligencia para combate: Sin noción.

Benjamin sintió una punzada de compasión. Podía ver el micro-gesto en la comisura de sus labios, la forma en que sus pupilas se dilataban ligeramente por la inseguridad. Sabía, por la forma en que ella movía sus manos, que estaba buscando validación. Quiso acercarse, decir algo sarcástico o humorístico para romper el hielo, pero su timidez le ganó la partida.

— Vamos, Ben... —se regañó a sí mismo en un susurro—. Eres un supergenio, pero no puedes saludar a una chica sin que te suden las manos.

— ¡Eh, Winchester! —La voz de un chico rompió su trance.

Era un estudiante de tercer año, un tipo llamado Troy que disfrutaba molestando a los que consideraba "raros". Benjamin suspiró. Podía ver la trayectoria del empujón antes de que ocurriera. Podía calcular el ángulo exacto para esquivarlo, pero decidió recibirlo. Ser demasiado eficiente levantaría sospechas.

— ¿Otra vez hablando solo, bicho raro? —Troy lo empujó contra los casilleros.

— Solo calculaba la probabilidad de que tu coeficiente intelectual subiera a dos dígitos este semestre —respondió Benjamin con un tono seco e irónico—. Los resultados son desalentadores, Troy.

El pasillo se quedó en silencio un segundo. Algunos estudiantes soltaron una carcajada. Troy enrojeció.

— ¿Qué has dicho, imbécil?

— Nada que pudieras entender sin un diccionario y un tutor —añadió Benjamin, sintiendo esa chispa de confianza que le otorgaba su hipermente.

Troy levantó el puño, pero antes de que pudiera lanzarlo, una figura imponente apareció al final del pasillo. Nate Jacobs.

— Troy, déjalo. Tenemos práctica —dijo Nate con una voz gélida.

Nate Jacobs. Benjamin lo analizó rápidamente.

— Nate Jacobs. Fuerza de levantamiento: 110 kg (Humano — Superior al promedio). Velocidad: 7.2 m/s (Humano Promedio). Inteligencia: Brillante. Inteligencia para combate: Callejeros/Principiante.

Había algo oscuro en Nate. Benjamin podía olerlo: un rastro de adrenalina rancia y una agresión reprimida que olía a hierro y tormenta. Benjamin sabía que Nate era peligroso, no por su fuerza, sino por su inestabilidad.

***

13 de septiembre de 2009 | 04:30 PM | Apartamento de Benjamin

Benjamin vivía solo en un pequeño apartamento en la zona menos glamurosa de la ciudad. Su madre, Diana, había muerto hacía un año en circunstancias que la policía calificó de "robo fallido", pero Benjamin recordaba los detalles. Había visto marcas en las paredes que no correspondían a herramientas humanas. Había olido algo que no era de este mundo: azufre y carne quemada.

Su padre, John Winchester, lo había dejado allí tras el funeral con una suma de dinero considerable y una advertencia: "Mantente agachado, Ben. No busques respuestas". Benjamin no sabía nada de sus hermanos, si es que los tenía. Solo sabía que su apellido pesaba y que su vida estaba destinada a algo más que exámenes de álgebra.

Para sobrevivir, Benjamin trabajaba como consultor anónimo en foros de seguridad informática y resolvía problemas complejos de logística para empresas locales a través de internet. Su cerebro era su mayor activo.

Esa tarde, mientras revisaba una base de datos policial a la que había accedido "accidentalmente", un patrón llamó su atención.

— Tres desapariciones en los últimos dos meses —murmuró, mientras sus manos volaban sobre el teclado—. Todas en un radio de cinco kilómetros desde Hell’s Kitchen, Nueva York.

Aunque estaba en California, su curiosidad era insaciable. Empezó a cruzar datos. Los informes mencionaban escenas del crimen que eran, literalmente, obras de arte hechas con sangre.

— Muse —susurró el nombre que los foros de la deep web le daban al perpetrador—. Un esteta del dolor.

De repente, su pantalla parpadeó. Un mensaje cifrado apareció en el centro.

"¿Estás mirando, pequeño Winchester?"

Benjamin sintió un escalofrío. Nadie debería saber su ubicación. Su seguridad digital era perfecta. A menos que...

— No es un humano —concluyó Benjamin, analizando la velocidad de respuesta del servidor—. O es algo mucho peor.

***

14 de septiembre de 2009 | 08:30 PM | Un callejón cerca de la licorería

El sol se había puesto y East Highland mostraba su otra cara. Las luces de neón se reflejaban en el pavimento. Benjamin caminaba de regreso del trabajo cuando sus instintos sobrehumanos se dispararon.

Un cambio en la presión del aire. El sonido de un corazón latiendo a un ritmo frenético a diez metros de distancia. El olor a pólvora y sudor frío.

— Tres individuos —analizó Benjamin en milisegundos—. Armados con navajas. Uno tiene una pistola de 9mm oculta en la cintura. Ángulo de aproximación: 45 grados desde el flanco izquierdo.

Se detuvo. No tenía miedo, solo una curiosidad clínica.

— Salgan de ahí —dijo Benjamin con una voz tranquila, perdiendo por un momento su fachada de adolescente torpe—. Sé que están ahí desde que crucé la calle anterior.

Tres hombres salieron de las sombras. No eran simples delincuentes de poca monta. Llevaban chaquetas de cuero con un emblema que Benjamin reconoció de sus investigaciones: la mano roja. Mafias locales vinculadas a algo más grande en la costa este.

— Wilson Fisk envía sus saludos —dijo el más alto, sacando una navaja automática—. Parece que has estado metiendo las narices donde no debes, niño.

— ¿Wilson Fisk? —Benjamin ladeó la cabeza—. El nombre evoca una estructura de poder piramidal con un enfoque en el control inmobiliario y el crimen organizado. Pero, ¿enviarlos a por un chico de quince años en California? Es un uso ineficiente de los recursos.

— ¡Cierra la boca! —El hombre se lanzó hacia adelante.

En ese momento, el mundo se ralentizó para Benjamin. La hipermente entró en modo de combate. Vio el brazo del hombre moverse en cámara lenta. Calculó la fuerza del impacto y la trayectoria necesaria para desviarlo.

— Fuerza de levantamiento del atacante: 85 kg. Velocidad: 5.8 m/s. Inteligencia para combate: Callejeros.

Benjamin se agachó con una destreza sobrehumana, un movimiento que nunca había practicado pero que su cuerpo ejecutó a la perfección gracias a su control muscular total. Golpeó el nervio cubital del atacante, haciendo que la navaja cayera al suelo. Luego, usando el impulso del hombre, lo lanzó contra la pared de ladrillos.

— Uno menos —dijo Benjamin, su respiración aún tranquila.

Los otros dos se miraron, sorprendidos. El que tenía la pistola echó mano a su cintura.

Benjamin sabía que no podía esquivar una bala a esa distancia si el hombre ya tenía el dedo en el gatillo. Su habilidad de desarrollo de poderes vibró en la base de su cráneo, como un motor arrancando.

— Necesito más —pensó—. Necesito ver más allá de la luz.

Un estallido de energía recorrió su columna vertebral. Por un segundo, su visión se volvió blanca, pero sus otros sentidos se expandieron de forma violenta. Pudo escuchar el mecanismo interno de la pistola, el roce del percutor contra la bala. Pudo sentir las vibraciones del suelo, la posición exacta de cada rata en el callejón, el flujo de aire alrededor del cañón del arma.

Se movió antes de que el hombre pudiera disparar. No fue un movimiento humano; fue una ráfaga de precisión geométrica. Golpeó la muñeca del tirador, desviando el disparo hacia el aire, y luego conectó un golpe seco en el plexo solar.

El tercer hombre, aterrorizado por la eficiencia casi mecánica del chico, huyó hacia la oscuridad.

Benjamin se quedó de pie en medio del callejón. Sus ojos volvieron a la normalidad, pero la sensación de poder permanecía.

— Eso fue... nuevo —murmuró, mirando sus manos.

De repente, un olor familiar inundó sus fosas nasales. Vainilla.

Se giró rápidamente. Cassie Howard estaba al final del callejón, sosteniendo una bolsa de compras, con los ojos abiertos de par en par y el rostro pálido.

— ¿Benjamin? —preguntó ella con voz temblorosa—. ¿Qué... qué acabas de hacer?

Benjamin sintió que su máscara de timidez volvía a caer sobre él como una manta pesada. Se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera, volviendo a ser el adolescente inseguro.

— Yo... solo tuve suerte —dijo, evitando su mirada—. Son tipos de la ciudad. Se asustaron.

Cassie se acercó lentamente, mirando a los hombres inconscientes en el suelo.

— No pareció suerte —dijo ella, deteniéndose a un metro de él. Su aroma a ansiedad había sido reemplazado por algo más: curiosidad y una extraña fascinación—. Parecías... otra persona.

Benjamin la miró por fin. En ese momento, sus sentidos le dijeron que Cassie no solo estaba asustada; estaba buscando a alguien en quien confiar en un mundo que parecía desmoronarse a su alrededor.

— Soy la misma persona, Cassie —mintió él con un carisma que no sabía que poseía—. Solo que a veces el mundo te obliga a moverte más rápido de lo que quieres.

Se quedaron en silencio un momento, bajo la luz parpadeante de una farola. Benjamin sabía que este era el comienzo de algo que no podía calcular del todo. La mafia, las desapariciones de Muse, el legado de su padre y ahora Cassie.

— Deberías irte a casa —dijo Benjamin suavemente—. No es seguro estar aquí fuera.

— ¿Me acompañas? —preguntó ella, casi en un susurro.

Benjamin asintió. Mientras caminaban juntos hacia la zona más iluminada de East Highland, su mente ya estaba procesando la siguiente variable. Sabía que Wilson Fisk no se detendría. Sabía que había algo sobrenatural acechando en las sombras de la ciudad. Y, sobre todo, sabía que su cuerpo estaba empezando a cambiar, preparándose para una guerra que apenas comenzaba.

— Cronología: 14 de septiembre de 2009 —pensó Benjamin mientras observaba el perfil de Cassie bajo las luces de la calle—. El primer contacto ha sido establecido. Las variables han cambiado.

No era solo un estudiante de quince años. Era Benjamin Winchester, y el mundo estaba a punto de descubrir que el silencio de los introvertidos es, a menudo, el preludio de una tormenta.
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