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Naruto la venganza

Fandom: Naruto

Criado: 05/04/2026

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Sombras sobre Konoha: El Despertar del Zorro

El sol se ocultaba tras los rostros de piedra de los Hokage, tiñendo la aldea de un rojo sangre que Naruto Uzumaki sentía como el reflejo de su propia alma. Llevaba la banda ninja atada a la frente, ese trozo de metal que se suponía representaba su lealtad a un hogar que nunca lo quiso. Pero para él, la graduación no era el comienzo de un sueño, sino el inicio de una cuenta regresiva.

Durante años había soportado las miradas de desprecio, los susurros a sus espaldas y el hambre de un niño que solo recibía leche caducada y sobras. Ya no más. El poder del Kyuubi latía bajo su piel, no como una carga, sino como una herramienta. Había aprendido que la bondad era una debilidad que Konoha no merecía.

Su primera lista de objetivos era clara. Sakura Haruno, la chica que lo humillaba constantemente para impresionar a Sasuke, era la prioridad. Pero Naruto sabía que para destruir a la hija, primero debía quebrar los cimientos de su hogar. Y esos cimientos tenían un nombre: Mebuki Haruno.

Acecharla fue sencillo. Los ninjas de la aldea eran arrogantes; no esperaban que el "fracasado" de la clase tuviera la paciencia de un depredador. Mebuki caminaba por un callejón poco iluminado de regreso a casa tras hacer unas compras tardías. El eco de sus tacones sobre la piedra era el único sonido en la penumbra.

Naruto se movió con una velocidad que no había mostrado en la academia. Antes de que ella pudiera girar la esquina, el joven Uzumaki realizó una serie de sellos manuales que había practicado en secreto en los bosques prohibidos.

—Genjutsu: Neblina de Desesperación —susurró Naruto.

Mebuki se detuvo en seco. Sus ojos se nublaron, perdiendo el brillo de la consciencia. El mundo a su alrededor se volvió borroso, una prisión mental donde el tiempo y el espacio perdían sentido.

Naruto se acercó a ella con una sonrisa gélida. La llevó hacia la parte más oscura del callejón, entre cajas de madera y el olor a humedad. Con manos rápidas y desprovistas de cualquier rastro de la timidez que solía fingir, comenzó a despojarla de sus prendas. Quería que ella sintiera la vulnerabilidad absoluta, la misma que él sintió cuando lo echaban de las tiendas a patadas.

Sus manos recorrieron la piel de la mujer, manoseándola con una mezcla de lujuria y odio. No era afecto lo que buscaba, sino dominio. Mebuki, atrapada en el trance, no podía resistirse mientras él marcaba su territorio sobre ella.

De repente, Naruto liberó el flujo de chakra. El golpe de realidad fue como un balde de agua helada.

Mebuki parpadeó, recuperando la vista. Lo primero que sintió fue el frío aire de la noche golpeando su piel desnuda. Lo segundo, las manos del "mocoso demonio" recorriendo su cuerpo con una familiaridad asquerosa.

—¡Ah...! —Mebuki abrió la boca para soltar un grito que despertaría a media aldea, pero Naruto le tapó la boca con una mano, mientras con la otra señalaba hacia la calle principal.

—Adelante, Mebuki-san —susurró Naruto al oído de la mujer, su voz era un veneno dulce—. Grita. Llama a los guardias. Que todos vengan y vean cómo el "mocoso demonio" ultrajó a la honorable esposa de un miembro del consejo civil. ¿Crees que te creerán cuando les digas que fue un genjutsu? ¿O pensarán que te encontraste con un amante y las cosas salieron mal?

Mebuki se quedó petrificada. El terror en sus ojos fue reemplazado por una comprensión devastadora. El escándalo no solo la destruiría a ella, sino que arruinaría la reputación de Sakura y la carrera de su esposo. El honor en Konoha era más valioso que la vida misma, y Naruto lo sabía.

—¿Qué... qué quieres de mí? —preguntó ella en un susurro quebrado, temblando mientras intentaba cubrirse inútilmente con sus brazos.

—Venganza —respondió Naruto, y por un momento, sus ojos azules parecieron brillar con un matiz carmesí—. Estoy harto de que me miren como si fuera basura. Estoy harto de las burlas de tu hija y de la indiferencia de gente como tú. Quiero que sientas lo que es no tener control sobre tu propia vida.

Mebuki intentó recuperar algo de su orgullo, enderezando la espalda a pesar de su desnudez.

—No creas que esto será tan fácil, niño —siseó ella, aunque su voz temblaba—. No puedes tenerme así para siempre.

Naruto soltó una carcajada seca que erizó los vellos de la nuca de la mujer.

—Oh, no tiene que ser para siempre. Solo hasta que esté satisfecho. Y recuerda, Mebuki... si decides no cooperar, siempre puedo ir tras Sakura. Ella es mucho más ingenua que tú. Sería un juego de niños ponerla bajo mi control.

El rostro de Mebuki palideció hasta volverse blanco como el papel. El instinto maternal, mezclado con el miedo puro, la doblegó.

—A ella no... —suplicó—. Déjala fuera de esto.

—Entonces camina —ordenó Naruto, señalando hacia la dirección de su propio apartamento—. Tenemos una larga noche por delante.

El trayecto fue una tortura psicológica para Mebuki. Caminar por las sombras, sabiendo que el niño al que siempre había despreciado ahora era su dueño, era una humillación que no podía procesar. Al llegar al destartalado apartamento de Naruto, la puerta se cerró con un chasquido que sonó como una sentencia.

Esa noche, Naruto no tuvo piedad. Usó a la mujer para descargar años de frustración, dolor y soledad. Mebuki fue sometida una y otra vez, obligada a servir a los deseos de alguien que ella consideraba un monstruo, descubriendo con horror que el verdadero monstruo no era el zorro dentro de Naruto, sino el joven que la aldea misma había creado a base de odio.

Horas más tarde, cuando los primeros rayos del alba amenazaban con aparecer, Naruto la dejó ir.

—Vete —dijo él, sentado en su cama, observándola con indiferencia—. Pero no olvides que esto es solo el principio. Volveré a buscarte.

Mebuki se vistió con manos temblorosas, sus ropas rasgadas y su espíritu hecho añicos. Caminó por las calles desiertas de Konoha, sintiéndose como un fantasma en su propia aldea. Al llegar a su casa, se detuvo frente a la puerta, respirando profundamente para controlar el llanto que amenazaba con desbordarse. Rezaba para que ni Kizashi ni Sakura estuvieran despiertos.

Entró en silencio, deslizándose como una sombra hacia el baño para lavarse el rastro de la noche. Mientras el agua caliente golpeaba su cuerpo, su mente, antes nublada por el trauma, comenzó a trabajar con la frialdad de una madre que protege a su prole.

No podía detener a Naruto por la fuerza, no todavía. Pero podía crear las condiciones para que sus encuentros no destruyeran su hogar.

Después de vestirse con ropa limpia, Mebuki se dirigió a la sala de estar y luego a las habitaciones de su esposo y su hija. De debajo de una tabla suelta en el pasillo, sacó unos viejos pergaminos de sellado que su familia había guardado por generaciones; no eran ninjas de alto nivel, pero conocían lo básico sobre la protección del hogar.

Con manos expertas, comenzó a colocar sellos de activación retardada en los marcos de las puertas de las habitaciones de Kizashi y Sakura.

—Si ese demonio vuelve —susurró para sí misma, con los ojos llenos de una determinación sombría—, ellos no se enterarán.

Los sellos estaban diseñados para liberar un gas somnífero imperceptible o una frecuencia de chakra que inducía un sueño profundo y pesado en cuanto ella activara una señal manual desde la entrada. De esa manera, cuando Naruto regresara para reclamar su "pago", su esposo y su hija dormirían como si estuvieran bajo el efecto de la droga más potente, ajenos a la degradación que ocurriría a pocos metros de ellos.

Mebuki terminó de colocar el último sello justo cuando escuchó a Sakura removerse en su cama. Se alejó rápidamente, ocultando su rastro.

Se miró en el espejo del pasillo. Sus ojos estaban rojos, pero su rostro era una máscara de piedra. Había aceptado su destino para salvar a su hija, pero en el fondo de su corazón, una semilla de odio hacia la aldea que permitió que ese niño se convirtiera en un depredador comenzó a germinar.

Naruto Uzumaki quería venganza, y Mebuki Haruno acababa de abrirle las puertas de su infierno personal, con la esperanza de que las llamas no consumieran a los que amaba. Pero en Konoha, las llamas del odio siempre terminaban por quemarlo todo.
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