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Dragon Salvaje

Fandom: la cas del Dragon

Criado: 10/04/2026

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El Silencio de los Pasadizos y el Peso de una Corona

La cena familiar había sido un espejismo de paz, una tregua frágil sostenida por los hilos invisibles de un rey que se desmoronaba ante sus propios ojos. Alicent sentía todavía el calor de la mirada de Valarr sobre ella, una mezcla de anhelo reprimido y la furia contenida que siempre lo caracterizaba. Él, el jinete de Caníbal, el hombre que poseía su secreto más profundo y el corazón que ella intentaba endurecer tras capas de deber y seda verde, se había mantenido en silencio mientras Rhaenyra lanzaba su propuesta de matrimonio.

Unir sus vidas. Unir sus casas. Legitimar a Gaemon, el niño de rizos oscuros que Alicent mantenía oculto bajo la sombra de su linaje Hightower, pero cuya mirada era un espejo de la de Valarr.

Sin embargo, la paz en Poniente siempre era el preludio de una tormenta.

Tras la partida de Rhaenyra y sus hijos hacia Rocadragón, el aire en la Fortaleza Roja se volvió espeso, cargado de un presagio funesto. Alicent caminaba por sus aposentos, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Gaemon dormía en la habitación contigua, ajeno a que su existencia era el puente que podría salvar al reino o incendiarlo.

Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Ser Criston Cole. Su rostro, habitualmente severo, estaba nublado por una palidez mortal.

—Mi Reina —dijo él, su voz apenas un susurro—. El Rey ha exhalado su último suspiro.

El mundo pareció detenerse. Alicent sintió un vacío en el estómago, una mezcla de alivio por el fin del sufrimiento de Viserys y un terror absoluto por lo que vendría a continuación. Las últimas palabras del Rey, murmuradas entre delirios sobre la Canción de Hielo y Fuego y el Príncipe que fue Prometido, resonaban en su cabeza. Ella quería creer que él hablaba de Aegon, pero en el fondo de su alma, la oferta de Rhaenyra y la imagen de Valarr sosteniendo a Gaemon le susurraban una verdad distinta.

—Reúne al Consejo —ordenó Alicent, aunque sus piernas temblaban—. Ahora.

La sala del Consejo Privado estaba sumida en la penumbra, iluminada solo por unas pocas velas que proyectaban sombras alargadas sobre los rostros de los hombres allí presentes. Su padre, Otto Hightower, ya estaba sentado a la cabecera, con una expresión de fría resolución. Tyland Lannister, Jasper Wylde y el Maestre Orwyle lo rodeaban como cuervos esperando el festín.

—El Rey ha muerto —anunció Otto, rompiendo el silencio—. Que su alma encuentre descanso. Pero el reino no puede quedar sin cabeza. Debemos proceder con la coronación de Aegon de inmediato.

Alicent sintió un escalofrío. Miró a su padre, el hombre que la había moldeado para ser una pieza en su tablero.

—Rhaenyra fue nombrada heredera por el propio Viserys —dijo Alicent, su voz sonando más firme de lo que se sentía—. Y ella me ha hecho una oferta. Una oferta que evitaría la guerra.

Otto soltó una risa seca, carente de humor.

—¿Una oferta? ¿Te refieres a ese pacto desesperado para casarte con el bastardo de Harwin Strong? Alicent, por favor. Ese muchacho es un peligro. Es un segundo Daemon, pero con un dragón que devora a los de su propia especie. Si permitimos que Rhaenyra suba al trono, tus hijos no vivirán para ver el próximo invierno.

—Valarr no es solo un peligro, padre —replicó Alicent, dando un paso hacia la mesa—. Es el padre de mi hijo menor.

El silencio que siguió fue absoluto. Los miembros del consejo intercambiaron miradas de desconcierto y horror. Otto se puso de pie lentamente, sus ojos fijos en su hija con una intensidad gélida.

—Esa es una mancha que limpiaremos con el tiempo, Alicent. Pero hoy, el deber es con la sangre Hightower. Aegon será Rey. Ya hemos enviado jinetes. El pueblo lo aclamará.

—¿Y qué hay de la voluntad de Viserys? —preguntó ella, sintiendo que las paredes de la habitación se cerraban sobre ella—. Él quería la unión. Él quería que Rhaenyra...

—Viserys estaba delirando en su lecho de muerte —interrumpió Lord Tyland—. Lo que importa ahora es la estabilidad. El pueblo no aceptará a una mujer, ni a sus herederos de dudosa procedencia, cuando tienen a un hijo varón legítimo del Rey.

Alicent miró a su alrededor. Estaba rodeada de hombres que ya habían decidido el destino de Poniente sin consultarla, hombres que usaban su nombre y el de sus hijos para justificar su ambición. En ese momento, la imagen de Valarr entró en su mente: su risa arrogante, la forma en que la protegía entre las sombras de los pasadizos, y la promesa de un futuro donde ella no fuera simplemente una herramienta de su padre.

—Si coronan a Aegon, Valarr vendrá —dijo Alicent, casi para sí misma—. Él no se quedará de brazos cruzados mientras usurpan el derecho de su madre. Y Caníbal no conoce la piedad.

—Por eso debemos actuar rápido —sentenció Otto—. Criston, asegura la ciudad. Maestre, prepare los cuervos. Alicent, ve con tus hijos. Prepáralos para la ceremonia.

Alicent salió de la sala del consejo con el corazón latiendo desbocado. No se dirigió a los aposentos de Aegon, sino a los suyos. Al entrar, encontró a Gaemon despierto, sentado en su cama pequeña, jugando con un dragón de madera que Valarr le había enviado en secreto meses atrás.

—¿Madre? —preguntó el niño, frotándose los ojos—. ¿Dónde está el abuelo Rey?

Alicent se arrodilló ante él y lo abrazó con una fuerza que casi lo asustó.

—El abuelo se ha ido a las estrellas, mi cielo —susurró ella contra su cabello oscuro—. Pero escucha bien lo que te voy a decir. Pase lo que pase hoy, tú eres un dragón. No importa lo que digan los hombres de verde.

Se puso de pie y llamó a una de sus doncellas de mayor confianza, una mujer que no respondía a Otto.

—Lleva a Gaemon a los pasadizos inferiores. Cerca de la salida de las cloacas, donde los barcos de carga atracan. No te detengas por nada. Si ves capas doradas, escóndete. Si ves capas blancas, huye.

—¿A dónde debo llevarlo, mi Reina? —preguntó la mujer, asustada.

—A Rocadragón —dijo Alicent, escribiendo una nota apresurada en un trozo de pergamino—. Busca a Valarr Velaryon. Dile que el Rey ha muerto y que el Consejo Verde ha traicionado la voluntad de su padre. Dile... que su hijo lo espera.

Mientras la doncella se llevaba al niño, Alicent sintió que una parte de su alma se iba con él. Se miró en el espejo, ajustando su vestido verde, el color de la guerra de su casa. Sabía que tenía que desempeñar su papel. Tenía que fingir sumisión ante su padre y ante Aegon para ganar tiempo.

Horas más tarde, la Fortaleza Roja era un hervidero de actividad. Los preparativos para la coronación en Pozo Dragón avanzaban a una velocidad vertiginosa. Alicent encontró a Aegon en sus aposentos, borracho y aterrorizado, tratando de esconderse tras las cortinas.

—No quiero ser Rey, madre —sollozó él mientras ella lo obligaba a ponerse la túnica bordada en oro—. Rhaenyra me matará. Valarr me arrancará la cabeza.

—Cállate, Aegon —le espetó ella con una frialdad que la sorprendió—. Vas a salir ahí fuera, te pondrás la corona de tu padre y actuarás como el hombre que se supone que eres. Si no lo haces por ti, hazlo por tus hermanos.

Pero mientras lo guiaba hacia el carruaje, sus ojos buscaban el cielo. Sabía que la noticia ya debía haber llegado a Rocadragón. Sabía que en algún lugar sobre el mar Angosto, una inmensa sombra negra y verde estaba surcando las nubes.

La ceremonia en Pozo Dragón fue un espectáculo de hipocresía. Miles de personas vitoreaban, ignorantes de que estaban celebrando el inicio del fin de una era. Cuando la corona de Aegon el Conquistador fue colocada sobre la cabeza de su hijo, Alicent no sintió orgullo. Sintió el peso de las cenizas.

De repente, un rugido ensordecedor hizo vibrar los cimientos del gran edificio. El público enmudeció. No era el rugido agudo de Fuegosol, ni el grito metálico de Vhagar. Era algo más profundo, algo antiguo y hambriento.

El techo de Pozo Dragón pareció temblar cuando una silueta colosal oscureció el sol que se filtraba por las aberturas superiores. Las escamas de color carbón y los ojos verdes como el fuego valyrio de Caníbal se hicieron presentes, planeando a una altura que helaba la sangre.

Alicent dio un paso adelante en el estrado, ignorando los gritos de pánico de los nobles. Entre las garras del dragón, o mejor dicho, sobre su lomo, una figura vestida de negro y rojo miraba hacia abajo con un desprecio absoluto.

Era Valarr.

Él no atacó. No todavía. Simplemente dejó que su presencia fuera un recordatorio de la promesa rota. Alicent lo miró fijamente, y por un breve instante, sus ojos se encontraron a pesar de la distancia. En la mirada de Valarr no había odio hacia ella, sino una promesa de fuego para todos los demás.

—¡Arqueros! —gritó Otto Hightower, desenvainando su espada—. ¡Bajen a esa bestia!

—¡No! —gritó Alicent, interponiéndose—. Si disparan, este lugar se convertirá en una pira funeraria para todos nosotros.

Valarr hizo que Caníbal descendiera unos metros más, lo suficiente para que su voz, potenciada por el eco de la caverna, resonara como un trueno.

—¡Habéis coronado a un usurpador! —rugió Valarr—. Habéis escupido sobre la tumba de mi abuelo y sobre el derecho de mi madre.

Miró directamente a Alicent, y su tono cambió sutilmente, volviéndose más bajo, cargado de una advertencia personal.

—Alicent... el niño está a salvo conmigo. Pero por cada hora que esa corona permanezca en la cabeza de tu hijo, una ciudad de este reino arderá. Tienes hasta el anochecer para decidir si eres una Hightower o la madre de un Rey que nunca debió serlo.

Con un movimiento brusco de sus alas, Caníbal se elevó de nuevo, provocando una ráfaga de viento que derribó estandartes y tiró al suelo a varios guardias. En cuestión de segundos, el dragón y su jinete se perdieron entre las nubes, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Aegon temblaba tanto que la corona se le resbaló un poco hacia un lado. Otto estaba lívido de rabia.

—Esto es traición —siseó su padre—. Debemos enviar a Aemond y Vhagar de inmediato. Debemos matarlos a todos.

Alicent se volvió hacia su padre. Ya no era la niña asustada que enviaba a la cama del Rey. Era una mujer que había visto el fuego y había decidido que no permitiría que consumiera lo que ella amaba.

—¿Matarlos, padre? —preguntó ella con una sonrisa amarga—. Valarr tiene a Gaemon. Tiene el reclamo de Rhaenyra. Y tiene al dragón más letal que ha visto Poniente desde Balerion. Si envías a Aemond, estarás firmando su sentencia de muerte.

—¿Y qué sugieres, hija? ¿Qué nos rindamos?

Alicent miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a teñirse de rojo.

—Sugiero que me dejes ir a parlamentar —dijo ella—. Rhaenyra me ofreció una salida antes de que muriera Viserys. Una unión. Si todavía hay una oportunidad de salvar a esta familia de sí misma, la tomaré. Aunque eso signifique que tú pierdas tu poder.

—No te dejaré ir —dijo Otto, agarrándola del brazo—. Eres la Reina Viuda. Tu lugar está aquí.

Alicent se soltó de su agarre con un desprecio que lo dejó mudo.

—Mi lugar está donde esté mi hijo —sentenció ella—. Y mi hijo está con Valarr.

Esa noche, mientras la Fortaleza Roja se sumía en el caos de los preparativos bélicos, Alicent Hightower no buscó refugio en los consejos de los hombres. Se dirigió a los establos, donde un caballo rápido la esperaba. Criston Cole intentó detenerla en la puerta de la ciudad.

—Mi Reina, es peligroso.

—El peligro, Ser Criston, es quedarse aquí esperando a que el fuego nos alcance —respondió ella—. Déjeme pasar. Es una orden de su Reina.

Cole, dividido entre su lealtad al consejo y su devoción personal a Alicent, finalmente bajó su espada y le permitió el paso.

Alicent cabalgó hacia la costa, con el corazón en un puño. Sabía que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno. Al llegar a la playa donde los botes de Rocadragón solían atracar en secreto, encontró una pequeña fogata.

Sentado junto al fuego, con la silueta de Caníbal descansando como una montaña de obsidiana al fondo, estaba Valarr. Sostenía a Gaemon en sus brazos, quien se había quedado dormido arrullado por el sonido de las olas.

Valarr levantó la vista cuando ella se acercó. No había armadura en él ahora, solo la vulnerabilidad de un hombre que amaba a una mujer que se suponía era su enemiga.

—Viniste —dijo él, su voz suave.

—Dijiste que el niño estaba a salvo —respondió Alicent, bajando del caballo y acercándose con cautela—. No podía dejar que creciera sin su madre.

Valarr se puso de pie, entregándole cuidadosamente al niño. Alicent lo tomó, sintiendo el calor de su hijo y el aroma a salitre y dragón que ahora lo envolvía.

—Rhaenyra sabe la verdad —dijo Valarr—. Ella está dispuesta a perdonar la usurpación de Aegon si tú te unes a nosotros. Si traes a tus hijos y aceptamos el pacto. Aegon puede conservar sus tierras, pero la corona pertenece a mi madre.

Alicent miró a Valarr a los ojos. Había tanta historia entre ellos, tanto dolor y tanto deseo.

—Mi padre nunca lo permitirá —susurró ella—. Él preferiría ver el reino arder antes que perder su influencia.

—Entonces deja que arda —respondió Valarr, dando un paso hacia ella y acunando su rostro con una mano enguantada—. Pero tú y yo, Alicent... nosotros seremos las cenizas que den vida a algo nuevo. Casémonos mañana en Rocadragón, ante los ojos de los dioses de Valyria y los Siete. Hagamos que este niño sea el heredero de una paz que nadie creía posible.

Alicent cerró los ojos, inclinándose hacia su toque. El verde de su vestido se sentía pesado, como una armadura que ya no quería llevar.

—¿Prometes que mis hijos estarán a salvo? —preguntó ella.

—Lo juro por mi sangre y por mi fuego —dijo Valarr con una solemnidad absoluta—. Nadie tocará a un Hightower mientras yo respire.

En la distancia, el sonido de las campanas de Desembarco del Rey anunciaba la guerra que acababa de estallar. Pero allí, en la orilla del mar, Alicent Hightower tomó la mano del hombre que amaba y caminó hacia la sombra del dragón, dejando atrás la corona de espinas que su padre le había impuesto, para buscar una que, por primera vez, ella misma elegiría llevar.
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