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Fandom: Kimetsu no yaiba
Criado: 11/04/2026
Tags
RomanceFatias de VidaFofuraHumorCenário CanônicoEstudo de PersonagemCiúmesDor/ConfortoAbuso de ÁlcoolHistória DomésticaDrama
Reflejos Carmesí en el Agua Quieta
El sol de la tarde se filtraba entre las densas copas de los árboles de glicinias, proyectando sombras alargadas sobre el muelle de madera de la Finca de la Mariposa. El aire olía a hierbas medicinales y a tierra húmeda tras una breve lluvia matutina. Giyuu Tomioka, el Pilar del Agua, se encontraba sentado en el borde del muelle, con la mirada perdida en el estanque de carpas koi. Su expresión, como de costumbre, era una máscara de imperturbable calma, aunque en su interior simplemente reinaba el silencio de quien no sabe muy bien qué hacer con su tiempo libre.
Esa quietud, sin embargo, duró poco. Unos pasos ligeros, casi imperceptibles para un oído no entrenado, resonaron detrás de él. Giyuu no necesitó girarse para saber quién era; el aura gélida pero extrañamente reconfortante la delataba.
Tsuki Kokushibyo, la Pilar de la Muerte, se dejó caer a su lado con una agilidad felina. Su largo cabello blanco, atado en una coleta alta, ondeó con el movimiento, y sus ojos rojos, intensos como rubíes bajo la luz del atardecer, brillaron con una chispa de travesura que Giyuu no alcanzó a detectar de inmediato.
—Tomioka-san, pareces una estatua —comentó ella, balanceando sus piernas sobre el agua—. Si te quedas así mucho tiempo, las carpas pensarán que eres un tronco y empezarán a morderte los pies.
Giyuu parpadeó lentamente y la miró de reojo.
—No lo harán —respondió con su voz monocorde—. Y no soy una estatua. Solo estoy pensando.
Tsuki soltó una risita suave, un sonido que siempre lograba descolocar un poco al Pilar del Agua. A sus diecinueve años, Tsuki era una de las cazadoras más letales del cuerpo, pero en la intimidad, y especialmente con él, su reserva habitual se transformaba en una personalidad juguetona que Giyuu no terminaba de comprender, pero que secretamente apreciaba.
—¿Pensando? Qué peligroso —dijo ella, inclinándose hacia él hasta que sus hombros se rozaron—. Yo también he estado pensando mucho hoy. De hecho, tengo que contarte algo importante. He conocido a alguien.
Giyuu sintió una punzada extraña en el pecho, algo parecido a una corriente de agua fría que no lograba canalizar. Se tensó imperceptiblemente, pero mantuvo la mirada en el estanque.
—¿A alguien? —preguntó, intentando que su voz no sonara diferente.
—Sí —asintió Tsuki, fingiendo un suspiro soñador mientras se pasaba una mano por su cabello blanco—. Es alguien realmente encantador. Muy lindo, de hecho. Tiene una forma de ser... especial. Es callado, pero sus ojos dicen mucho, aunque a veces parece que no hay nadie en casa.
Giyuu apretó ligeramente las manos sobre sus rodillas. La idea de que Tsuki, la chica que solía molestarlo solo a él, hubiera centrado su atención en otro cazador o, peor aún, en un civil, le resultaba extrañamente molesta.
—¿Es un cazador de demonios? —preguntó él, tratando de sonar puramente profesional.
—Oh, sí. Y es muy fuerte —continuó ella, observando las reacciones de Giyuu con una sonrisa interna—. Tiene un cabello oscuro muy rebelde, como si nunca se hubiera pasado un peine en su vida. Y siempre lleva un haori que es... bueno, bastante peculiar. Un poco extraño, pero le queda extrañamente bien.
Giyuu frunció el ceño. Se llevó una mano a su propio cabello, intentando recordar si se había peinado esa mañana. Luego miró su haori, el diseño dividido que honraba a Sabito y a su hermana.
—Hay muchos cazadores con cabello oscuro —murmuró Giyuu, negándose a aceptar la obviedad—. Y lo del haori... supongo que cada uno tiene sus gustos.
Tsuki reprimió una carcajada. Le encantaba lo lento que podía ser Giyuu cuando se trataba de sí mismo. Era un genio en el combate, pero un completo analfabeto en el lenguaje del afecto.
—Lo que más me gusta es su personalidad —siguió ella, acercándose un poco más, invadiendo su espacio personal—. Es tan serio que dan ganas de pincharle las mejillas para ver si reacciona. Es muy tierno cuando se confunde, aunque él no se dé cuenta. Y aunque dice que no le gusta a nadie, yo creo que es imposible no quererlo.
Giyuu sintió que sus orejas comenzaban a calentarse. La descripción empezaba a sonar demasiado específica, pero su baja autoestima y su naturaleza introvertida le jugaban una mala pasada. "Seguramente está hablando de algún otro Pilar", pensó. "¿Quizás alguien nuevo?".
—Parece que te agrada mucho —dijo Giyuu, su voz bajando un octavo de tono—. Deberías decírselo a él, no a mí.
—Es que se lo estoy diciendo —replicó Tsuki, ladeando la cabeza con una sonrisa radiante—. Pero es tan distraído que no se entera. ¿Tú qué crees que debería hacer, Tomioka-san? ¿Debería ser más directa?
Giyuu se quedó callado un momento. El silencio se prolongó mientras el sol terminaba de ocultarse, tiñendo el cielo de violetas y naranjas.
—Si es tan... "lindo" como dices —pronunció la palabra con cierta dificultad—, supongo que deberías ser clara. Los hombres pueden ser torpes.
Tsuki no pudo aguantar más. Se echó a reír, un sonido claro y melodioso que hizo que Giyuu se girara por completo hacia ella, desconcertado.
—¡Eres increíble, Giyuu! —exclamó ella, usando su nombre de pila, algo que solo hacía cuando estaban solos—. Estoy hablando de ti, tonto.
El Pilar del Agua se quedó de piedra. Sus ojos azules se dilataron y abrió la boca ligeramente, pero no salió ningún sonido. El mundo pareció detenerse por un instante.
—¿De... mí? —logró articular finalmente.
—¿Ves? A esto me refería con lo de "no hay nadie en casa" —dijo Tsuki, extendiendo una mano para tocarle la mejilla con ternura—. Cabello rebelde, haori extraño, ojos que no dicen nada pero lo dicen todo... ¿A cuántas personas más conoces que encajen en esa descripción y que me gusten tanto?
Giyuu sintió que el calor se extendía desde sus mejillas hasta el cuello. No sabía cómo reaccionar. Su instinto inicial fue negar que él fuera "lindo" o "tierno", pero la mirada de Tsuki era tan sincera y estaba tan cerca que sus defensas se desmoronaron.
—Yo no soy... lindo —murmuró, desviando la mirada hacia el suelo, avergonzado—. Y a la gente no le agrado. Kocho lo dice siempre.
Tsuki soltó un bufido de indignación fingida y lo tomó de la barbilla para obligarlo a mirarla de nuevo.
—Shinobu solo te molesta porque sabe que eres un blanco fácil. A mí me encantas exactamente como eres. Incluso cuando eres un despistado total.
Giyuu sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a este tipo de afirmaciones directas. Con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo frágil, cubrió la mano de Tsuki que estaba en su mejilla con la suya propia. Sus dedos estaban fríos, pero el contacto envió una descarga eléctrica a través de su cuerpo.
—Tsuki... —susurró su nombre, probando cómo sonaba en sus labios.
—¿Sí, Giyuu?
—Yo... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas en su mente desordenada—. No sé qué decir. No soy bueno en esto.
—No tienes que decir nada complicado —respondió ella, suavizando su expresión juguetona por una de pura dulzura—. Solo dime si yo también te parezco "linda".
Giyuu la observó detenidamente. La luz de la luna, que empezaba a asomar, iluminaba su cabello blanco dándole un brillo etéreo. Sus ojos rojos ya no se burlaban; esperaban con una vulnerabilidad que rara vez mostraba como la Pilar de la Muerte.
—Eres... —Giyuu tragó saliva—. Eres la persona más ruidosa, molesta y brillante que conozco. Y no puedo imaginarme estar sentado aquí con nadie más.
Tsuki sonrió de oreja a oreja. No era una confesión poética, pero para Giyuu Tomioka, era el equivalente a un poema épico.
—Eso servirá por ahora —dijo ella, apoyando su cabeza en el hombro del pilar—. Pero la próxima vez que te diga que me gusta alguien, intenta no tardar diez minutos en darte cuenta de que eres tú.
Giyuu dejó escapar un suspiro que terminó en una pequeña, casi invisible sonrisa.
—Lo intentaré. Aunque no prometo nada.
—Con eso me basta.
Se quedaron así, en silencio, mientras la noche caía sobre la Finca de la Mariposa. Giyuu, el hombre que creía que no tenía lugar en el mundo, se dio cuenta de que, al menos en ese muelle y bajo esa luna, había alguien que lo veía exactamente como él necesitaba ser visto. Y Tsuki, la joven que caminaba de la mano con la muerte en cada misión, se sentía más viva que nunca al calor del Pilar más frío de todos.
—Giyuu —dijo ella de repente, rompiendo la paz una vez más.
—¿Qué pasa?
—Sigo pensando que tu haori es muy raro.
Giyuu cerró los ojos, resignado, pero no se alejó.
—Cállate, Tsuki.
—Oblígame.
Giyuu no supo cómo obligarla con palabras, así que simplemente apretó un poco más su mano contra la de ella, un gesto silencioso que decía mucho más de lo que él jamás se atrevería a pronunciar en voz alta.
Esa quietud, sin embargo, duró poco. Unos pasos ligeros, casi imperceptibles para un oído no entrenado, resonaron detrás de él. Giyuu no necesitó girarse para saber quién era; el aura gélida pero extrañamente reconfortante la delataba.
Tsuki Kokushibyo, la Pilar de la Muerte, se dejó caer a su lado con una agilidad felina. Su largo cabello blanco, atado en una coleta alta, ondeó con el movimiento, y sus ojos rojos, intensos como rubíes bajo la luz del atardecer, brillaron con una chispa de travesura que Giyuu no alcanzó a detectar de inmediato.
—Tomioka-san, pareces una estatua —comentó ella, balanceando sus piernas sobre el agua—. Si te quedas así mucho tiempo, las carpas pensarán que eres un tronco y empezarán a morderte los pies.
Giyuu parpadeó lentamente y la miró de reojo.
—No lo harán —respondió con su voz monocorde—. Y no soy una estatua. Solo estoy pensando.
Tsuki soltó una risita suave, un sonido que siempre lograba descolocar un poco al Pilar del Agua. A sus diecinueve años, Tsuki era una de las cazadoras más letales del cuerpo, pero en la intimidad, y especialmente con él, su reserva habitual se transformaba en una personalidad juguetona que Giyuu no terminaba de comprender, pero que secretamente apreciaba.
—¿Pensando? Qué peligroso —dijo ella, inclinándose hacia él hasta que sus hombros se rozaron—. Yo también he estado pensando mucho hoy. De hecho, tengo que contarte algo importante. He conocido a alguien.
Giyuu sintió una punzada extraña en el pecho, algo parecido a una corriente de agua fría que no lograba canalizar. Se tensó imperceptiblemente, pero mantuvo la mirada en el estanque.
—¿A alguien? —preguntó, intentando que su voz no sonara diferente.
—Sí —asintió Tsuki, fingiendo un suspiro soñador mientras se pasaba una mano por su cabello blanco—. Es alguien realmente encantador. Muy lindo, de hecho. Tiene una forma de ser... especial. Es callado, pero sus ojos dicen mucho, aunque a veces parece que no hay nadie en casa.
Giyuu apretó ligeramente las manos sobre sus rodillas. La idea de que Tsuki, la chica que solía molestarlo solo a él, hubiera centrado su atención en otro cazador o, peor aún, en un civil, le resultaba extrañamente molesta.
—¿Es un cazador de demonios? —preguntó él, tratando de sonar puramente profesional.
—Oh, sí. Y es muy fuerte —continuó ella, observando las reacciones de Giyuu con una sonrisa interna—. Tiene un cabello oscuro muy rebelde, como si nunca se hubiera pasado un peine en su vida. Y siempre lleva un haori que es... bueno, bastante peculiar. Un poco extraño, pero le queda extrañamente bien.
Giyuu frunció el ceño. Se llevó una mano a su propio cabello, intentando recordar si se había peinado esa mañana. Luego miró su haori, el diseño dividido que honraba a Sabito y a su hermana.
—Hay muchos cazadores con cabello oscuro —murmuró Giyuu, negándose a aceptar la obviedad—. Y lo del haori... supongo que cada uno tiene sus gustos.
Tsuki reprimió una carcajada. Le encantaba lo lento que podía ser Giyuu cuando se trataba de sí mismo. Era un genio en el combate, pero un completo analfabeto en el lenguaje del afecto.
—Lo que más me gusta es su personalidad —siguió ella, acercándose un poco más, invadiendo su espacio personal—. Es tan serio que dan ganas de pincharle las mejillas para ver si reacciona. Es muy tierno cuando se confunde, aunque él no se dé cuenta. Y aunque dice que no le gusta a nadie, yo creo que es imposible no quererlo.
Giyuu sintió que sus orejas comenzaban a calentarse. La descripción empezaba a sonar demasiado específica, pero su baja autoestima y su naturaleza introvertida le jugaban una mala pasada. "Seguramente está hablando de algún otro Pilar", pensó. "¿Quizás alguien nuevo?".
—Parece que te agrada mucho —dijo Giyuu, su voz bajando un octavo de tono—. Deberías decírselo a él, no a mí.
—Es que se lo estoy diciendo —replicó Tsuki, ladeando la cabeza con una sonrisa radiante—. Pero es tan distraído que no se entera. ¿Tú qué crees que debería hacer, Tomioka-san? ¿Debería ser más directa?
Giyuu se quedó callado un momento. El silencio se prolongó mientras el sol terminaba de ocultarse, tiñendo el cielo de violetas y naranjas.
—Si es tan... "lindo" como dices —pronunció la palabra con cierta dificultad—, supongo que deberías ser clara. Los hombres pueden ser torpes.
Tsuki no pudo aguantar más. Se echó a reír, un sonido claro y melodioso que hizo que Giyuu se girara por completo hacia ella, desconcertado.
—¡Eres increíble, Giyuu! —exclamó ella, usando su nombre de pila, algo que solo hacía cuando estaban solos—. Estoy hablando de ti, tonto.
El Pilar del Agua se quedó de piedra. Sus ojos azules se dilataron y abrió la boca ligeramente, pero no salió ningún sonido. El mundo pareció detenerse por un instante.
—¿De... mí? —logró articular finalmente.
—¿Ves? A esto me refería con lo de "no hay nadie en casa" —dijo Tsuki, extendiendo una mano para tocarle la mejilla con ternura—. Cabello rebelde, haori extraño, ojos que no dicen nada pero lo dicen todo... ¿A cuántas personas más conoces que encajen en esa descripción y que me gusten tanto?
Giyuu sintió que el calor se extendía desde sus mejillas hasta el cuello. No sabía cómo reaccionar. Su instinto inicial fue negar que él fuera "lindo" o "tierno", pero la mirada de Tsuki era tan sincera y estaba tan cerca que sus defensas se desmoronaron.
—Yo no soy... lindo —murmuró, desviando la mirada hacia el suelo, avergonzado—. Y a la gente no le agrado. Kocho lo dice siempre.
Tsuki soltó un bufido de indignación fingida y lo tomó de la barbilla para obligarlo a mirarla de nuevo.
—Shinobu solo te molesta porque sabe que eres un blanco fácil. A mí me encantas exactamente como eres. Incluso cuando eres un despistado total.
Giyuu sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a este tipo de afirmaciones directas. Con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo frágil, cubrió la mano de Tsuki que estaba en su mejilla con la suya propia. Sus dedos estaban fríos, pero el contacto envió una descarga eléctrica a través de su cuerpo.
—Tsuki... —susurró su nombre, probando cómo sonaba en sus labios.
—¿Sí, Giyuu?
—Yo... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas en su mente desordenada—. No sé qué decir. No soy bueno en esto.
—No tienes que decir nada complicado —respondió ella, suavizando su expresión juguetona por una de pura dulzura—. Solo dime si yo también te parezco "linda".
Giyuu la observó detenidamente. La luz de la luna, que empezaba a asomar, iluminaba su cabello blanco dándole un brillo etéreo. Sus ojos rojos ya no se burlaban; esperaban con una vulnerabilidad que rara vez mostraba como la Pilar de la Muerte.
—Eres... —Giyuu tragó saliva—. Eres la persona más ruidosa, molesta y brillante que conozco. Y no puedo imaginarme estar sentado aquí con nadie más.
Tsuki sonrió de oreja a oreja. No era una confesión poética, pero para Giyuu Tomioka, era el equivalente a un poema épico.
—Eso servirá por ahora —dijo ella, apoyando su cabeza en el hombro del pilar—. Pero la próxima vez que te diga que me gusta alguien, intenta no tardar diez minutos en darte cuenta de que eres tú.
Giyuu dejó escapar un suspiro que terminó en una pequeña, casi invisible sonrisa.
—Lo intentaré. Aunque no prometo nada.
—Con eso me basta.
Se quedaron así, en silencio, mientras la noche caía sobre la Finca de la Mariposa. Giyuu, el hombre que creía que no tenía lugar en el mundo, se dio cuenta de que, al menos en ese muelle y bajo esa luna, había alguien que lo veía exactamente como él necesitaba ser visto. Y Tsuki, la joven que caminaba de la mano con la muerte en cada misión, se sentía más viva que nunca al calor del Pilar más frío de todos.
—Giyuu —dijo ella de repente, rompiendo la paz una vez más.
—¿Qué pasa?
—Sigo pensando que tu haori es muy raro.
Giyuu cerró los ojos, resignado, pero no se alejó.
—Cállate, Tsuki.
—Oblígame.
Giyuu no supo cómo obligarla con palabras, así que simplemente apretó un poco más su mano contra la de ella, un gesto silencioso que decía mucho más de lo que él jamás se atrevería a pronunciar en voz alta.
