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Kimetsu no yaiba super

Фандом: Kimetsu no yaiba

Создан: 11.04.2026

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Obsidiana y Jade entre la Nieve Sangrienta

El aire gélido le quemaba los pulmones a Tanjiro con cada bocanada. El peso de la caja en su espalda era lo único que lo mantenía anclado a la realidad mientras sus pies se hundían en la nieve profunda. Todo era un caos de color rojo sobre blanco: la sangre de su familia, el frío punzante y el rastro de una tragedia que aún no terminaba de procesar. Nezuko, su dulce hermana, ahora era algo más. Algo que el mundo temía.

—¡Aguanta, Nezuko! —jadeó Tanjiro, tropezando con una raíz oculta—. ¡Te salvaré, lo juro!

De repente, una figura emergió de entre los árboles, bloqueando su camino. No parecía un cazador de demonios común, ni siquiera parecía alguien de estas tierras. Era un chico joven, de unos doce años, pero con una complexión rústica y robusta que sugería una vida de trabajos pesados bajo un sol diferente al de Japón. Vestía ropas ligeras, de telas extrañas que parecían irradiar un calor propio, y de su cuello colgaban collares de jade que tintineaban suavemente. Lo más llamativo era su rostro: sus rasgos eran marcados, con una mirada profunda y una estructura ósea que recordaba a las tierras lejanas de América, específicamente de los pueblos mapuches. En su cintura, una espada de obsidiana negra como la noche brillaba con un reflejo aceitoso.

—Vaya, vaya... —dijo el chico, cruzándose de brazos mientras observaba a Tanjiro con una mezcla de fastidio y curiosidad—. Corres como si te persiguiera el mismo Pillán, aunque por el olor que sale de esa caja, creo que el problema lo llevas a cuestas.

Tanjiro se detuvo en seco, recuperando el aliento. Sus ojos se abrieron con sorpresa ante el extraño.

—¿Quién eres? —preguntó Tanjiro, poniéndose en guardia—. Por favor, déjame pasar, mi hermana... ella está herida.

—Me llamo Ronder —respondió el chico con un tono sarcástico—. Y no soy ciego, niño. Sé que lo que hay ahí dentro no es precisamente una niña normal. Pero bueno, viendo que estás a punto de desmayarte y que este clima es un chiste comparado con las cordilleras de donde vengo, supongo que te echaré una mano. Total, no tengo nada mejor que hacer que ver cómo termina este desastre.

Ronder no esperó respuesta. Se dio la vuelta y empezó a caminar, haciendo un gesto para que Tanjiro lo siguiera. Sin embargo, la paz duró apenas un suspiro.

Un destello azul y un ráfaga de pétalos de mariposa cortaron el aire. Giyu Tomioka y Shinobu Kocho aparecieron como fantasmas entre la bruma invernal.

Tomioka, con su expresión impasible, reconoció de inmediato la situación. Recordaba a Tanjiro, recordaba la promesa implícita de proteger a la niña demonio. Pero Shinobu... Shinobu sonreía con esa frialdad letal que la caracterizaba.

—Vaya, Tomioka-san —dijo Shinobu, desenvainando su fina espada—. Parece que has estado ocultando algo muy interesante. Un demonio en una caja y... —sus ojos se posaron en Ronder— ¿un extranjero armado ilegalmente? Esto es una violación flagrante del código.

Ronder soltó una carcajada seca, nada impresionado por la presencia de la Pilar del Insecto.

—¿"Violación del código"? —repitió Ronder con sorna—. Escucha, "señorita mariposa", no sé quién te crees que eres con ese disfraz de insecto, pero el chico y la niña vienen conmigo. Si quieres pinchar a alguien con esa aguja tuya, busca a alguien que tenga ganas de jugar. Yo tengo hambre y hace un frío de mil demonios.

—Qué lengua tan afilada para alguien tan pequeño —comentó Shinobu, su sonrisa ensanchándose peligrosamente—. Matar demonios es mi trabajo, y eliminar a los cómplices es una cortesía que ofrezco gratis.

—¡Detente, Shinobu! —intervino Tomioka, colocándose frente a ellos—. Yo me hago responsable.

—No seas ridículo, Tomioka-san —respondió ella—. Por eso nadie te quiere.

En ese momento, una figura pequeña y veloz apareció desde el flanco. Kanao Tsuyuri, la discípula de Shinobu, se lanzó directamente hacia la caja. Nezuko saltó fuera, encogiendo su cuerpo para esquivar los rápidos cortes de la katana de Kanao. La persecución fue un borrón de movimiento en la nieve.

Tanjiro intentó intervenir, pero el cansancio y las heridas lo vencieron. Ronder, al ver que la situación se salía de control, intentó desenvainar su espada de obsidiana para bloquear a Kanao, pero una presión invisible lo golpeó en la nuca.

—Maldita... sea... —masculló Ronder antes de que su visión se oscureciera.

***

El despertar fue rudo. Tanjiro sintió el contacto de los guijarros fríos contra su mejilla. Tenía las manos atadas a la espalda. A su lado, sintió un peso cálido y un gruñido de fastidio.

—Si vuelves a moverte así, te juro que te muerdo —susurró una voz familiar.

Tanjiro giró la cabeza. Ronder estaba atado a él, espalda contra espalda, con una cuerda gruesa que los mantenía unidos como un fardo de leña. El chico mapuche tenía un chichón en la cabeza y su collar de jade estaba desordenado, pero su mirada seguía siendo desafiante.

—¿Dónde estamos? —preguntó Tanjiro en voz baja.

—En el nido de los locos, supongo —respondió Ronder, mirando hacia adelante.

Frente a ellos, en una plataforma elevada y rodeados por un jardín impecable, se encontraban los nueve Pilares de la organización de cazadores de demonios. El poder que emanaba de ellos era abrumador, como una muralla de fuego y acero.

—¡Despierten! —gritó un hombre de cabello extravagante y marcas en la cara, Uzui Tengen—. ¡Están en presencia de los Pilares! ¡Hagan que su ejecución sea extravagante!

—¿Ejecución? —Tanjiro palideció—. ¡Esperen! ¡Mi hermana no ha comido a nadie!

—Un demonio es un demonio —sentenció Sanemi Shinazugawa, cuyas cicatrices parecían vibrar de rabia—. Deberíamos matarlos a los tres ahora mismo y acabar con esto.

Ronder soltó un suspiro exagerado, lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran.

—¿Podrían bajarle un poco al drama? —dijo Ronder, balanceándose ligeramente a pesar de las cuerdas—. Me duele la cabeza y tener a un tipo gritando sobre "extravagancia" no ayuda. Además, tú —miró directamente a Sanemi—, tienes tantas cicatrices que pareces un mapa mal dibujado. ¿Seguro que sabes usar esa espada o solo te cortas a ti mismo por accidente?

El silencio que siguió fue sepulcral. Mitsuri Kanroji se tapó la boca para contener una exclamación de sorpresa, mientras que Iguro Obanai, desde la rama de un árbol, siseó con desprecio.

—¿Cómo te atreves a hablarle así a un Pilar, basura extranjera? —dijo Iguro, su serpiente rodeando su cuello—. Debería cortarte la lengua antes de que sigas escupiendo veneno.

—Adelante, veneno por veneno —respondió Ronder con una sonrisa cínica—. Al menos mi lengua no está escondida detrás de vendas. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que el aire te ensucie los dientes?

—¡Suficiente! —rugió Kyojuro Rengoku, con sus ojos ardientes fijos en los prisioneros—. El joven Tanjiro viaja con un demonio, lo cual es una violación de las reglas. Pero este chico... ¿quién es él y qué técnica utiliza? Su espada no es de acero Nichirin.

—Es obsidiana —dijo Ronder, enderezando la espalda lo más que podía—. Piedra volcánica, forjada con el fuego de la tierra. Algo que ustedes, con sus espaditas de colores, probablemente no entenderían. Se llama cultura, deberían probarla alguna vez entre tanto entrenamiento de respiración.

—Es muy grosero... —susurró Mitsuri, aunque por dentro pensaba que el chico era extrañamente valiente.

—A mí me parece que tiene espíritu —comentó Gyomei Himejima, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras juntaba sus manos en oración—. Pero qué triste es ver a un niño tan joven sumido en la arrogancia y el pecado. Pobre alma.

—¡No me tengan lástima! —exclamó Ronder, empezando a molestarse de verdad—. Vine aquí porque este chico —señaló con la cabeza hacia Tanjiro— tiene más corazón que todos ustedes juntos. Su hermana tiene más autocontrol que ese tipo de las cicatrices que parece que se va a morder la cola en cualquier momento.

Sanemi caminó hacia ellos, desenvainando su espada con una lentitud amenazante.

—Voy a demostrarte lo que es el autocontrol de un demonio —dijo Sanemi, mirando la caja que un subordinado acababa de traer.

—¡No! —gritó Tanjiro, luchando contra sus ataduras—. ¡Nezuko no hará nada!

Ronder, viendo que la situación se tornaba violenta, intentó usar su peso para desestabilizar a Sanemi mientras se acercaba, pero las cuerdas estaban demasiado tensas.

—Escucha, cicatrices —dijo Ronder, bajando el tono pero manteniendo el sarcasmo—. Si tocas esa caja, te juro que cuando me suelte, voy a usar ese jade que tengo en el cuello para hacerte un amuleto de mala suerte que ni tus ancestros podrán quitarte. Mi pueblo no olvida, y yo tengo muy mala memoria para el perdón.

Shinobu, que observaba desde un lado, intervino con su voz melosa.

—Realmente es fascinante. Un chico que no pertenece a este país, defendiendo a un demonio y desafiando a los guerreros más fuertes de Japón. Me pregunto qué tipo de veneno funcionaría mejor en una fisiología como la tuya, Ronder-kun.

—Probablemente uno que sepa a chocolate, porque tengo un hambre atroz —respondió Ronder, sin pestañear—. ¿Tienen comida en este club de disfraces o solo sirven amenazas?

Tokito Muichiro, el Pilar de la Niebla, levantó la vista hacia el cielo, ignorando por completo la tensión.

—¿Cómo se llamaba ese pájaro...? —murmuró para sí mismo.

—¡Tokito, presta atención! —le recriminó Iguro.

—Déjenlo —dijo Ronder—. Es el único que parece tener la mente en paz. Los demás parecen que se tragaron un atizador de carbón encendido. Especialmente tú, el de las joyas —miró a Uzui—. ¿Tanto brillo es para compensar que no puedes moverte sin que te oigan a tres kilómetros? Muy "sigiloso" para ser un ninja, ¿no crees?

Uzui se quedó boquiabierto, indignado.

—¡Mi estilo es la definición de la perfección extravagante! ¡Un mocoso rústico como tú no podría entender la estética del sonido!

—Entiendo que haces mucho ruido y que probablemente asustas más a los pájaros que a los demonios —sentenció Ronder.

Tanjiro estaba sudando frío. Cada palabra que salía de la boca de Ronder era como echar gasolina a una hoguera.

—¡Ronder, por favor, detente! —suplicó Tanjiro—. ¡Estás empeorando las cosas!

—Peor ya están, Tanjiro —respondió el chico mapuche, suavizando un poco el tono—. Estos tipos no te van a escuchar con razones. Solo respetan la fuerza o la locura. Y como estamos atados, la locura es lo único que nos queda de nuestro lado.

En ese momento, la atmósfera cambió. Un silencio absoluto cayó sobre el jardín. Las puertas de la mansión se abrieron y dos niñas pequeñas anunciaron la llegada del patrón.

—El Patrón ha llegado —dijeron al unísono.

Kagaya Ubuyashiki salió lentamente, apoyado por sus hijas. Su sola presencia hizo que todos los Pilares se arrodillaran al instante, forzando a Tanjiro a bajar la cabeza. Ronder, sin embargo, se quedó rígido, mirando al hombre con curiosidad.

—Así que este es el jefe... —murmuró Ronder, aunque esta vez sin sarcasmo, sintiendo la extraña aura de paz que rodeaba al hombre—. Al menos este no parece querer cortarme la cabeza de inmediato.

—Bienvenidos, mis queridos hijos —dijo Ubuyashiki con una voz suave que pareció vibrar en los huesos de Ronder—. Y bienvenidos también ustedes, jóvenes viajeros. Siento que el recibimiento haya sido tan... impetuoso.

Sanemi, aún con la mano en su espada, habló con respeto pero firmeza.

—Patrón, este chico, Tanjiro, viaja con un demonio. Y este otro... este extranjero, ha insultado a los Pilares y despreciado nuestras leyes. No podemos permitir tal falta de respeto.

Ubuyashiki sonrió débilmente.

—El respeto se gana, Sanemi, no se impone. Y el joven Ronder viene de una tierra donde las leyes son diferentes, donde el espíritu se mide por la valentía de decir la verdad frente al peligro. He recibido una carta de Urokodaki-san... pero también he sentido algo en el aire hoy. Una fuerza antigua que no pertenece a estas islas.

Ronder frunció el ceño. Por primera vez, se sintió vulnerable bajo la mirada de aquel hombre ciego.

—Mira, señor —dijo Ronder, tratando de mantener su fachada sarcástica pero fallando un poco—. Solo estoy aquí porque el chico de la frente dura me pareció honesto. Su hermana es un bicho raro, sí, pero no es una asesina. Si quieren matarlos, tendrán que pasar por encima de mi obsidiana. Y créame, mi piedra tiene mucha sed.

—Lo sé —respondió Ubuyashiki—. Por eso, hoy no habrá ejecuciones. Probaremos la voluntad de la pequeña Nezuko, y probaremos la lealtad de ustedes dos.

Ronder miró a Tanjiro y luego a los Pilares, que hervían de indignación contenida.

—Bueno —suspiró Ronder—, supongo que esto es mejor que ser convertido en fertilizante para bonsáis. Pero que conste, sigo queriendo comer algo. Y si el tipo de las cicatrices se acerca a la caja otra vez, no respondo por mis pies.

Tanjiro soltó un suspiro de alivio, aunque sabía que el camino que tenían por delante sería más difícil que cualquier montaña nevada. Con Ronder a su lado, la aventura sería, sin duda, mucho más ruidosa y llena de insultos creativos, pero algo le decía que aquel chico de mirada americana y collar de jade sería el aliado más feroz que jamás podría haber imaginado.

—Gracias, Ronder —susurró Tanjiro.

—No me agradezcas todavía, niño —respondió Ronder, mirando de reojo a Shinobu, que seguía sonriéndole de forma inquietante—. Primero salgamos de este jardín de locos. Tengo la sensación de que esa mariposa todavía quiere diseccionarme para ver de qué color es mi sangre.
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