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Naruto

Фандом: Naruto y el chavo del 8

Создан: 12.04.2026

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La técnica de persuasión del Séptimo Hokage

El sol de la tarde caía con una pesadez inusual sobre el patio de la vecindad. El ambiente, usualmente cargado de gritos por los juegos del Chavo o las discusiones entre Don Ramón y el Señor Barriga, hoy guardaba un silencio cómplice, casi eléctrico. Naruto Uzumaki, sentado en el borde del lavadero, observaba el horizonte mientras jugaba con un pequeño kunai entre sus dedos. Su situación era crítica: el Señor Barriga le había dado un ultimátum. O pagaba los catorce meses de renta que debía (un récord que casi superaba al de "Monchito"), o tendría que empacar sus pergaminos y marcharse de la Ciudad de México para siempre.

Sin embargo, Naruto tenía un plan. No era un plan que hubiera aprendido en la Academia Ninja, ni uno que Kakashi-sensei aprobaría, pero era el único recurso que le quedaba en este mundo sin chakra pero lleno de necesidades insatisfechas.

La primera en acercarse fue Doña Florinda. Salió de su casa con el aire de superioridad de siempre, ajustándose el delantal y acomodándose un tubo que se le estaba soltando.

—Mire, joven Naruto —dijo ella, cruzándose de brazos—, ya sé que el Señor Barriga lo tiene entre la espada y la pared. Y aunque no me gusta mezclarme con la chusma, debo admitir que su presencia... le da un aire diferente a este lugar.

Naruto sonrió de lado, esa sonrisa que solía usar para convencer a los villanos de redimirse, pero esta vez con una intención mucho menos pura.

—Doña Florinda, usted sabe que un ninja siempre paga sus deudas —respondió Naruto, levantándose y acortando la distancia—. Pero como no tengo pesos, pensé que tal vez podíamos llegar a un acuerdo... preferencial.

La mujer de los rulos se sonrojó violentamente. Miró a ambos lados para asegurarse de que Quico no estuviera cerca.

—Pase a tomar una tacita de café, Naruto —murmuró ella con una voz que no era la habitual—. No queremos que los vecinos hablen antes de tiempo.

Una vez dentro de la casa, el ambiente cambió. Naruto no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido de sus dedos, realizó un sello de manos básico para silenciar la habitación. Doña Florinda lo miraba con una mezcla de miedo y deseo contenido.

—Usted es una mujer muy distinguida —susurró Naruto, acercándose a su oído—. Y yo soy un hombre con mucha energía. Si usted habla con el Señor Barriga y le dice que yo soy... un invitado especial de la vecindad, yo me encargaré de que usted olvide por completo al Profesor Jirafales por unas horas.

—¡Oh, Naruto! —exclamó ella, dejándose caer en el sofá mientras el ninja comenzaba a demostrar que su resistencia física no era solo leyenda urbana.

Horas más tarde, Naruto salió de la casa de Doña Florinda con la camisa un poco desaliñada. En el patio, como si hubieran estado haciendo fila, se encontró con Doña Clotilde, la "Bruja del 71". Ella sostenía un plato de churros calientes.

—¡Mi rorro! —exclamó la mujer, con los ojos brillando tras sus gafas—. He oído que estás pasando por problemas económicos. Yo tengo unos ahorritos guardados bajo el colchón...

Naruto soltó una carcajada suave y la tomó de las manos.

—Doña Clotilde, no necesito su dinero. Solo necesito que convenza a las otras mujeres de que soy indispensable aquí. A cambio, puedo mostrarle algunos de mis "jutsus" más privados.

La Bruja del 71 casi se desmaya del júbilo. Lo arrastró hacia su departamento, donde el olor a incienso y gatos era abrumador. Pero Naruto, fiel a su palabra y a su necesidad de techo, se entregó a la tarea con la misma determinación con la que enfrentó a Madara Uchiha. Doña Clotilde descubrió que, a pesar de su edad, todavía podía gritar de placer de una manera que asustaría al mismísimo Satanás.

Al caer la noche, Naruto se encontraba en el segundo patio, cerca de la escalera. Allí lo esperaban Gloria y su sobrina Paty. Gloria, siempre tan refinada, lo miraba con una curiosidad evidente.

—Don Ramón me contó que eres muy... talentoso —dijo Gloria, jugando con un mechón de su cabello—. Y Paty dice que eres el chico más guapo que ha visto.

Paty asintió con entusiasmo, sus mejillas rosadas.

—Es verdad, Naruto. Si te quedas, prometo que te ayudaré con las tareas... de lo que sea.

Naruto se sintió como si estuviera en un genjutsu, pero uno del que no quería escapar.

—Chicas, hay espacio para todas en mi agenda —dijo él, guiñándoles un ojo—. Pero recuerden, la renta debe quedar saldada.

El encuentro con Gloria y Paty fue una danza de juventud y experiencia. Naruto utilizó su capacidad de crear clones de sombra para asegurarse de que ninguna de las dos se sintiera ignorada. Mientras el original se ocupaba de la elegancia de Gloria, un clon mantenía a Paty en un estado de euforia que la hacía olvidar por completo sus muñecas y sus juegos infantiles.

Sin embargo, la noche aún guardaba sorpresas. En un rincón oscuro del pasillo, la Chilindrina y la Popis lo interceptaron. La Chilindrina tenía esa mirada traviesa que indicaba que había tramado algo.

—¡Fíjate, fíjate, fíjate! —chilló la Chilindrina—. Ya sabemos lo que has estado haciendo, Naruto. Y si no quieres que le contemos a todo el mundo, vas a tener que jugar con nosotras también.

Popis, abrazando a su muñeca, asintió con seriedad.

—Es que no me tienes paciencia, Naruto. Pero si nos das un poco de lo que les diste a las viejas esas, guardaremos el secreto.

Naruto suspiró, pero no pudo evitar sonreír. Eran jóvenes, sí, pero en el mundo ninja la madurez llegaba pronto, y en esta vecindad, la picardía no tenía edad.

—Está bien, pequeñas —dijo Naruto, haciendo que sus clones se multiplicaran una vez más—. Pero después de esto, espero que el Señor Barriga ni siquiera se atreva a tocar mi puerta.

La sesión con la Chilindrina y la Popis fue ruidosa y caótica, llena de risas y de esa energía desbordante que solo Naruto podía manejar. La Chilindrina, con sus pecas y sus anteojos, resultó ser mucho más audaz de lo que aparentaba, mientras que la Popis descubrió que había cosas mucho más interesantes que cuidar a su muñeca.

A la mañana siguiente, el Señor Barriga llegó a la vecindad con su maletín, listo para cobrar o desalojar. Se sorprendió al ver a todas las mujeres de la vecindad reunidas en el patio, desayunando juntas en una armonía nunca antes vista.

—¡Buenos días! —dijo el Señor Barriga, limpiándose el sudor—. Vengo por la renta del joven Naruto.

Doña Florinda se levantó, ajustándose el vestido con elegancia.

—Señor Barriga, hemos decidido que el joven Naruto es un activo valioso para la comunidad. Su... mantenimiento... ha sido cubierto por todas nosotras.

—¿Cómo que cubierto? —preguntó el hombre gordo, confundido.

—Exacto —intervino Doña Clotilde—. La renta de Naruto está pagada por los próximos diez años. Y si se le ocurre molestarlo, tendrá que vérselas con todas nosotras.

Naruto apareció en ese momento, estirándose y bostezando, con una expresión de absoluta satisfacción. Miró al Señor Barriga y luego a sus "benefactoras".

—¡De veras! —exclamó el ninja—. Es bueno saber que uno tiene amigos en este lugar.

El Señor Barriga, sin entender absolutamente nada pero feliz de no tener que pelear por el dinero, anotó en su libreta y se marchó rodando.

Naruto se acercó al centro del patio. Sabía que el trabajo no había terminado. Mantener la paz en la vecindad requeriría de muchos más jutsus, mucha más resistencia y, sobre todo, de no olvidar nunca que, en ese pequeño rincón del mundo, el amor (o algo muy parecido) era la moneda más valiosa.

—¿Y bien? —preguntó la Chilindrina con una sonrisa pícara—. ¿Quién sigue para el turno de la tarde?

Naruto solo pudo reír mientras preparaba sus sellos de manos. La vida en la vecindad era mucho más agotadora que cualquier misión de rango S, pero definitivamente, los beneficios valían la pena.
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