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El sol

Фандом: Príncipe cruel, libro d eh olla black

Создан: 12.04.2026

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El susurro de las espinas

La luz de Elfhame siempre tenía una cualidad irreal, como si el sol mismo estuviera filtrado a través de las alas de una libélula. Para (Nombre), el menor de los hermanos Duarte, esa luz era la única que conocía. A diferencia de Jude y Taryn, que guardaban fragmentos de recuerdos sobre sabores artificiales y ruidos de motores, o de Vivi, que recordaba la sangre y el acero, (Nombre) no tenía nada del mundo mortal. Él era un hijo de la Tierra de las Hadas en todo menos en su sangre.

Mientras Jude se entrenaba hasta el agotamiento y Taryn perfeccionaba el arte de la sumisión cortés, (Nombre) se movía por la propiedad de Madoc con una ligereza que a menudo preocupaba a Oriana. Era el más joven, el que aún conservaba una chispa de inocencia que resultaba casi insultante en un lugar tan cruel como la Corte Celestial.

—No deberías alejarte tanto del camino —dijo una voz arrastrada, cargada de una arrogancia que (Nombre) reconocería en cualquier lugar.

(Nombre) se giró, dejando caer la pequeña flor de cristal que estaba examinando. Valerian estaba allí, apoyado contra un árbol de hojas plateadas, observándolo con esos ojos que siempre parecían estar calculando cuánto dolor podría soportar una criatura pequeña antes de romperse. Pero con (Nombre), había algo distinto. Una intensidad que no era puramente malicia.

—El camino es aburrido, Valerian —respondió (Nombre) con una sonrisa suave, carente del veneno que sus hermanas solían usar como armadura—. Y las flores más bonitas crecen donde nadie pisa.

Valerian se acercó, sus pasos silenciosos sobre el musgo. Era más alto, más afilado, una criatura hecha de bordes cortantes. Se detuvo a escasos centímetros de (Nombre), obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Eres demasiado blando para este mundo —murmuró Valerian, extendiendo una mano para rozar la mejilla del muchacho con el dorso de sus nudillos. El contacto fue frío, pero (Nombre) no retrocedió—. Jude pelea, Taryn miente... ¿y tú? Tú simplemente sonríes como si no supieras que cualquiera de los que estamos aquí podría devorarte.

—Tal vez confío en que no lo harás —dijo (Nombre) con una audacia que hizo que las pupilas de Valerian se dilataran.

—Esa confianza te matará algún día. O te hará mío.

Antes de que (Nombre) pudiera procesar el peso de esas palabras, el sonido de cascos se escuchó a lo lejos. Valerian se tensó y recuperó su postura distante justo cuando un grupo de jinetes apareció entre la bruma del bosque. A la cabeza, montado sobre un corcel negro de ojos ardientes, estaba el Príncipe Dain.

Dain, el futuro Rey Supremo, el hombre que Jude admiraba y servía en secreto. Para (Nombre), Dain era una figura de autoridad absoluta, pero también alguien que lo miraba con una atención que iba más allá del interés por un posible espía.

—Valerian —saludó Dain, su voz resonando con el poder de su linaje. Sus ojos se posaron de inmediato en (Nombre)—. Y el joven (Nombre). Me alegra encontrarte fuera de los muros de la fortaleza de Madoc.

—Mi señor —(Nombre) hizo una reverencia impecable, tal como Taryn le había enseñado, aunque sus ojos brillaban con una curiosidad que no podía ocultar.

Dain desmontó con una gracia felina y caminó hacia ellos. Valerian hizo una inclinación de cabeza apenas perceptible, su mandíbula apretada. Era evidente que no disfrutaba de la interrupción.

—Tu padre me ha dicho que tienes un don natural para entender los ritmos de la isla —dijo Dain, ignorando por completo a Valerian—. Me vendría bien alguien con tu... sensibilidad en la corte. Alguien que no vea solo enemigos, sino posibilidades.

—Solo soy un humano, mi señor —respondió (Nombre) con humildad—. No tengo la magia de Elfhame.

—Oh, pequeño (Nombre) —Dain sonrió, y por un momento, se pareció demasiado a una criatura del bosque, hermosa y peligrosa—. Elfhame te ha reclamado como suyo. No necesitas magia cuando la tierra misma parece querer protegerte.

Valerian soltó una risa seca, cargada de desprecio.

—La tierra no protege a los débiles, príncipe. Solo los oculta hasta que algo más grande decide alimentarse de ellos.

Dain miró a Valerian con una frialdad que habría hecho temblar a cualquiera, pero el joven noble solo sostuvo la mirada. (Nombre) se sintió de repente como el centro de una cuerda que dos fuerzas poderosas estaban tensando.

—Deberías volver a casa, (Nombre) —dijo Valerian, su tono ahora casi posesivo—. El aire se está volviendo frío y no quiero que te enfermes antes de la próxima fiesta. Tengo planes para ti.

—Yo mismo lo escoltaré —intervino Dain, ofreciendo su mano enguantada a (Nombre)—. Tengo asuntos que discutir con Madoc y sería un placer contar con tu compañía en el camino.

(Nombre) miró la mano de Dain y luego a Valerian, quien lo observaba con una furia contenida. Sabía que su vida en Elfhame siempre había sido precaria, una danza sobre el filo de una navaja, pero por primera vez, sentía que el peligro no venía de los cuchillos, sino de las intenciones.

—Acepto la escolta del príncipe —dijo (Nombre) finalmente, colocando su mano sobre la de Dain.

Valerian no dijo nada, pero sus ojos prometieron una conversación mucho más oscura para la próxima vez que estuvieran solos.

El trayecto hacia la casa de Madoc fue silencioso pero cargado de una tensión diferente. Dain no era un hombre de palabras vacías. Mientras cabalgaban —(Nombre) sentado frente a él en el caballo, sintiendo el calor del cuerpo del príncipe y la fuerza de sus brazos rodeándolo para sostener las riendas—, Dain habló en voz baja, casi un susurro al oído.

—Valerian es un animal, (Nombre). Un animal hermoso, pero carente de visión. No permitas que sus juegos te distraigan de lo que realmente importa.

—¿Y qué es lo que importa, mi señor? —preguntó (Nombre), sintiéndose extrañamente seguro a pesar de estar rodeado de depredadores.

—El poder. Y aquellos que son capaces de inspirarlo —Dain apretó ligeramente el agarre—. Tú tienes una pureza que es rara en este lugar. No dejes que la ensucien. Deja que yo sea quien la guarde.

Al llegar a la fortaleza, Jude estaba en el patio, practicando con la espada. Se detuvo en seco al ver a su hermano menor bajar del caballo del príncipe. Su rostro, siempre tenso por la desconfianza, se ensombreció aún más.

—(Nombre) —llamó Jude, acercándose rápidamente—. ¿Qué haces con el príncipe?

—El príncipe Dain fue tan amable de escoltarme —respondió el muchacho, tratando de sonar casual.

Dain asintió hacia Jude, recuperando su máscara de futuro rey.

—Tu hermano es un tesoro que Madoc debería vigilar mejor, Jude. Hay muchas sombras en este bosque que querrían llevárselo.

Con una última mirada cargada de significado hacia (Nombre), Dain espoleó a su caballo y se dirigió hacia el gran salón donde Madoc lo esperaba.

Jude tomó a (Nombre) del brazo y lo arrastró hacia un rincón apartado del patio.

—¿En qué estás pensando? —siseó ella—. Dain no es un amigo, (Nombre). Es un príncipe de la Gente Gentil. Y Valerian... te vi hablando con él antes. Es un monstruo.

—Todos aquí son monstruos de alguna manera, Jude —respondió (Nombre), soltándose suavemente—. Incluso Madoc. Incluso tú cuando peleas.

—Yo peleo para protegernos —dijo Jude con amargura—. Tú caminas por ahí como si el mundo fuera un jardín de flores. Tienes que despertar. Valerian te ve como un juguete, y Dain... no sé qué ve Dain en ti, pero me asusta más que Valerian.

(Nombre) miró hacia las torres de la fortaleza, donde las luces empezaban a encenderse. Recordó la frialdad de los dedos de Valerian y el calor firme de los brazos de Dain.

—Quizás no soy un juguete, Jude. Quizás soy la única persona en este lugar que no tiene miedo de ser lo que es.

Esa noche, durante la cena, la atmósfera estaba cargada. Madoc hablaba con Dain sobre la coronación, mientras Oriana intentaba mantener una conversación trivial con Taryn sobre telas y encajes. Oak jugaba con su comida, ajeno a las corrientes subterráneas que sacudían la mesa.

Vivi, que siempre parecía estar a medio camino entre Elfhame y el mundo humano, observaba a (Nombre) con una ceja levantada.

—Pareces distraído, hermanito —comentó Vivi, su voz cortando el murmullo general—. ¿Has encontrado algún secreto nuevo en el bosque?

—Solo preguntas sin respuesta, Vivi —respondió él, sintiendo la mirada de Dain clavada en él desde el otro extremo de la mesa.

—Las respuestas en Elfhame suelen ser sangrientas —añadió Madoc, interviniendo en la conversación—. Pero (Nombre) siempre ha tenido una suerte inusual para evitar el conflicto. Es el más amistoso de mis hijos, Dain. A veces dudo que lleve mi sangre.

—A veces la diplomacia es más efectiva que la espada, Madoc —dijo Dain, levantando su copa hacia (Nombre)—. Una lección que muchos en esta corte aún deben aprender.

Al terminar la cena, (Nombre) se retiró a sus aposentos, pero no llegó a entrar. Una figura lo esperaba en las sombras del pasillo. Valerian.

—No creas que el interés del príncipe te hace intocable —dijo Valerian, bloqueándole el paso. Sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un gato—. Él quiere una joya para su corona. Yo quiero algo mucho más real.

—¿Y qué es lo que quieres, Valerian? —preguntó (Nombre), su corazón latiendo con fuerza, pero su voz manteniéndose firme.

Valerian se acercó tanto que (Nombre) pudo oler el aroma a vino de bayas y peligro que siempre lo rodeaba.

—Quiero ver si esa inocencia tuya es real o si es solo una máscara más —susurró Valerian, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de (Nombre)—. Quiero ser el que te enseñe que el dolor y el placer son la misma cosa en este reino.

—Tendrás que esforzarte más que con tus amenazas habituales —respondió (Nombre), sorprendiéndose a sí mismo por su propia audacia.

Valerian soltó una carcajada baja y peligrosa antes de desaparecer por el pasillo, dejando tras de sí un rastro de inquietud.

(Nombre) entró finalmente en su habitación y se asomó al balcón. Elfhame se extendía ante él, un mar de sombras y luces mágicas. Sabía que Jude tenía razón: estaba caminando por un sendero peligroso. Entre el deseo gélido de Valerian y la ambición cálida de Dain, el menor de los Duarte se encontraba en el centro de un juego que apenas empezaba a comprender.

Pero a diferencia de sus hermanas, (Nombre) no quería luchar contra Elfhame. Quería vivir en ella, sentir su pulso, y si para ello tenía que jugar con fuego, lo haría con una sonrisa en los labios.

—Que vengan —murmuró para sí mismo, mirando a las estrellas—. Veamos quién se quema primero.

En la distancia, el grito de un ave nocturna pareció responderle, un eco de la salvaje y hermosa crueldad que era su hogar. (Nombre) cerró los ojos, sintiendo el aroma de los jazmines nocturnos, y por primera vez, se sintió completamente despierto. El niño que no recordaba el mundo mortal había muerto; en su lugar, algo nuevo y mucho más interesante estaba naciendo bajo la luz de la luna de Elfhame.
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