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L.1

Фандом: Twisted Wonderland

Создан: 12.04.2026

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ФэнтезиДрамаАнгстРомантикаРевностьПсихологияДаркCharacter studyНеожиданная/нежелательная беременностьТрагедия
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El Eco de las Alas de Fénix en el Jardín de Espinas

El jardín del Castillo del Valle de las Espinas era un santuario de silencio, interrumpido únicamente por el suave murmullo de las fuentes de agua oscura y el batir ocasional de las alas de algún insecto nocturno. Bajo la luz plateada de la luna, Freiliana Drakonus caminaba con la ligereza de un ciervo, sus pasos apenas rozando la hierba perfectamente cuidada. Su pequeña estatura, de apenas un metro cuarenta y nueve, la hacía parecer casi una niña perdida entre los setos monumentales, pero la dignidad con la que sostenía a la pequeña Aurora en sus brazos revelaba su verdadera esencia como Reina Consorte.

Freiliana acarició la mejilla de su hija, quien dormitaba plácidamente envuelta en sedas finas. Aurora había heredado la calidez de su madre, un contraste vibrante en aquel reino de sombras y magia antigua. La pequeña fénix oscuro era el único sol en el cielo de Freiliana, la razón por la que sus alas, usualmente de un azul eléctrico y profundo, no se habían marchitado por la tristeza que cargaba en el pecho.

Hacía meses que el amor que sentía por Malleus se había transformado en algo frío y distante, similar a una estatua de mármol que se admira pero no se toca. Ella recordaba con una punzada de amargura el momento en que la verdad se reveló ante sus ojos, apenas siete meses después del nacimiento de Aurora. No hubo gritos, ni escenas de celos, ni platos rotos. Freiliana, fiel a su naturaleza gentil y pacífica, simplemente cerró la puerta de su corazón con una llave de hielo. Si Malleus buscaba consuelo en los brazos de otra, ella no sería quien se interpusiera en su camino, pero tampoco sería quien le entregara su alma de nuevo.

Un cambio en la presión del aire le indicó que ya no estaba sola. No necesitaba girarse para saber quién era; el aura de poder absoluto, esa carga eléctrica y gélida que siempre acompañaba al Rey de Briar Valley, era inconfundible.

— Es una noche inusualmente cálida para estar fuera, Freili —la voz de Malleus resonó como el tañido de una campana de bronce, profunda y rica en matices arcaicos.

Él se detuvo a unos pasos de ella. Con sus dos metros treinta y siete de estatura, Malleus Draconia era una figura imponente que proyectaba una sombra larga sobre su esposa. Sus cuernos negros se curvaban hacia el cielo nocturno, y sus ojos de jade brillaban con una intensidad que Freiliana prefería no analizar.

— El aire fresco le sienta bien a Aurora —respondió ella con suavidad, manteniendo la vista fija en el rostro de su hija—. Ayuda a que sus sueños sean tranquilos.

Malleus dio un paso más, acortando la distancia. Para cualquier otro, su presencia habría sido aterradora, pero para Freiliana, él era simplemente el hombre con el que había crecido, el niño que una vez le prometió el mundo y el rey que ahora la observaba con una devoción que rayaba en la obsesión.

— Te he buscado en nuestras estancias —dijo Malleus, y hubo un deje de reproche melancólico en su tono—. Pareces preferir la compañía de las flores y las sombras a la mía últimamente.

Freiliana finalmente levantó la mirada. Sus ojos marrón oscuro, tan expresivos y cálidos, se encontraron con el verde gélido de él. No había odio en su mirada, solo una cortesía impecable que a Malleus le resultaba más dolorosa que cualquier insulto.

— He estado ocupada con los deberes de la corona y la crianza de nuestra heredera, Malleus —contestó ella, su voz tan ligera como una pluma—. No sabía que mi presencia fuera requerida para algo en particular.

Malleus frunció levemente el ceño. Odiaba esa distancia. Odiaba la forma en que ella se movía ahora, con una gracia que parecía alejarse de él a cada segundo. Él la amaba; la amaba con una intensidad que lo consumía, una obsesión que había nacido cuando apenas eran unos niños y que solo se había fortalecido con los siglos. Ella era su ancla, su conexión con una humanidad que su propio poder le negaba.

— Tu presencia siempre es requerida —declaró él, extendiendo una mano pálida para rozar el hombro de Freiliana. Ella no se alejó, pero su cuerpo no se inclinó hacia su toque—. Eres mi reina. Mi esposa. La madre de mi hija.

Freiliana sonrió, una sonrisa pequeña y triste que no llegó a sus ojos.

— Lo soy. Y cumplo con cada uno de esos roles con dedicación, ¿no es así?

— Lo haces —admitió Malleus, sintiendo un nudo de frustración en la garganta—. Pero siento que caminas a través de estos pasillos como un fantasma. Estás aquí, pero tu corazón... parece estar en otro lugar. ¿He hecho algo que te haya disgustado?

La pregunta era casi irónica. Malleus, el ser más poderoso del reino, el dragón que podía reducir ciudades a cenizas, se sentía como un niño perdido ante la indiferencia de la pequeña fénix. Freiliana guardó silencio un momento, ajustando la manta de Aurora. Recordó la fragancia del perfume de otra mujer en la túnica de su esposo, las ausencias injustificadas, las miradas que ya no eran solo para ella. Pero no dijo nada. La confrontación era algo que ella evitaba por instinto, y además, ya no importaba. El cristal se había roto.

— Eres el Rey, Malleus —dijo finalmente—. Tus acciones son tuyas y de nadie más. No soy quién para juzgar el camino que eliges seguir.

— Hablas como si fueras una extraña —espetó él, y el aire a su alrededor se volvió notablemente más frío, una manifestación física de su agitación—. Crecimos juntos. Nos unimos ante los ojos de nuestros ancestros. No aceptaré esta frialdad de tu parte.

— ¿Frialdad? —Freiliana soltó una risa suave, desprovista de alegría—. Solo soy la esposa que siempre has conocido, Malleus. Amable, gentil... y silenciosa. Tal vez es que ahora prestas más atención porque el silencio se ha vuelto demasiado ruidoso para tu gusto.

Malleus se inclinó hacia ella, su imponente figura envolviéndola. A pesar de la diferencia de estatura, Freiliana no retrocedió. Ya no le temía a su poder; había descubierto que el poder de la indiferencia era mucho más fuerte que cualquier hechizo de fuego verde.

— Dime qué quieres, Freiliana —suplicó él en un susurro, su voz perdiendo parte de su formalidad real—. Joyas, tierras, artefactos humanos... te daré lo que desees. Solo deja de mirarme como si fuera un mueble más en este castillo.

— No quiero objetos, Malleus —respondió ella con calma—. Lo que yo valoraba no se puede comprar ni se puede recuperar una vez que se pierde. Ahora, si me disculpas, Aurora está empezando a inquietarse. Es hora de llevarla a su cuna.

Ella hizo un amago de pasar por su lado, pero Malleus la detuvo sujetándola suavemente del brazo. Sus dedos eran largos y fuertes, pero la apretó con una delicadeza extrema, como si temiera que ella pudiera romperse.

— No te vayas —pidió él—. Quédate un momento más. Extraño nuestras conversaciones... extraño la forma en que solías buscar mi mano cuando caminábamos por aquí.

Freiliana miró la mano de Malleus sobre su brazo. Recordó cómo solía sentirse protegida por ese toque. Ahora, solo sentía el peso de una obligación.

— El tiempo cambia a las personas, Malleus. Incluso a las hadas que viven milenios. Tú has cambiado, y yo también.

— Yo no he cambiado en lo que siento por ti —insistió él, sus ojos de jade brillando con una luz posesiva—. Eres mía. Siempre lo has sido. No permitiré que te alejes, ni física ni emocionalmente. Si es necesario, cerraré las puertas del valle para que nadie más pueda verte, para que solo existas para mí.

Freiliana sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de cansancio. La obsesión de Malleus era un peso que ella ya no quería cargar. Él hablaba de amor, pero su amor era una jaula de oro. Ella sabía de su amante, sabía que él buscaba fuera lo que ella ya no podía darle debido a su propia decepción, y sin embargo, él seguía reclamándola como su posesión más preciada. Era una contradicción que solo un dragón tan orgulloso como él podía mantener.

— Puedes cerrar todas las puertas que quieras, Malleus —dijo ella, su voz volviéndose inusualmente seria y firme—. Puedes encadenarme a este castillo y rodearme de tus mejores guardias. Pero nunca podrás obligar a un fénix a cantar si su canción se ha apagado.

Malleus soltó su brazo como si se hubiera quemado. La seriedad en el tono de Freiliana era algo raro de ver. Ella, que siempre era la pacificadora, la que ofrecía abrazos y bebidas calientes a cualquiera que estuviera triste, ahora le mostraba una faceta de acero.

— ¿Tan poco valgo para ti ahora? —preguntó él, su orgullo herido sangrando a través de sus palabras.

— Vales lo que tú mismo has decidido valer —respondió ella con una elegancia final—. Ahora, por favor, déjanos pasar. Mi hija necesita descansar.

Malleus se hizo a un lado, su rostro una máscara de dolor contenido y majestad herida. Observó cómo la pequeña figura de su esposa se alejaba por el sendero de piedra, su silueta recortada contra las flores nocturnas. Ella se movía con una gracia tranquila, sin mirar atrás ni una sola vez.

Él quería gritar, quería desatar su magia y reducir el jardín a cenizas solo para que ella se girara y lo mirara con miedo, con odio, con lo que fuera, siempre que no fuera esa cortesía vacía. Pero se contuvo. Sabía que si hacía eso, la perdería para siempre.

Freiliana entró en el castillo, el calor de Aurora contra su pecho dándole la fuerza que necesitaba. Al cruzar el umbral, sus alas de fénix oscuro vibraron bajo su ropa, un destello azul que nadie vio. En su mente, ella ya no era la niña que se enamoró del príncipe de las espinas. Era una madre, una reina y, sobre todo, una mujer que había aprendido que el fuego de un fénix puede arder intensamente, pero también puede convertirse en cenizas frías si el viento sopla con demasiada crueldad.

Mientras subía las escaleras hacia la habitación de la niña, Freiliana se permitió un único pensamiento de debilidad. Recordó a Malleus cuando eran jóvenes, antes de que la corona y las tentaciones del poder lo cambiaran. Suspiró, besando la frente de Aurora.

— No te preocupes, pequeña —susurró para sí misma—. Tú nunca tendrás que mendigar un amor que sea solo para ti. Yo me encargaré de eso.

En el jardín, Malleus permaneció inmóvil bajo la luna. Sus ojos verdes seguían fijos en la puerta por la que ella había desaparecido. La obsesión en su pecho ardía con una fuerza renovada. Si ella no quería darle su amor voluntariamente, él pasaría los próximos mil años intentando recuperarlo. No importaba cuántas amantes tuviera para llenar sus momentos de aburrimiento o soledad; al final del día, Freiliana era la única que poseía su alma, aunque ella ya no quisiera tener nada que ver con ella.

El Rey del Valle de las Espinas apretó los puños, y a su alrededor, las flores comenzaron a marchitarse por la intensidad de su magia desbordada. Él era un dragón, y los dragones nunca renunciaban a sus tesoros. Y Freiliana, con su pequeña estatura y su corazón de hielo, era el tesoro más valioso que jamás había poseído.

— Volverás a mirarme como antes, Freili —prometió al viento nocturno—. Aunque tenga que reconstruir el mundo entero para lograrlo.

Pero el viento no le devolvió respuesta, y en lo alto de la torre, la luz de la habitación de la Reina se apagó, dejando al Rey solo en su reino de sombras y espinas.
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