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Murmullos

Фандом: Originales

Создан: 13.04.2026

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Bajo la Sombra de los Tiburones y el Murmullo de los Pasillos

El bullicio del receso en la secundaria siempre era una amalgama de sonidos estridentes: el rechinar de los tenis sobre el suelo de linóleo, el cierre de los casilleros golpeando el metal y el eco de cientos de conversaciones cruzadas. Sin embargo, para Ricky, el mundo se había reducido al espacio de un metro cuadrado donde se encontraban sus dos personas favoritas.

Ricky agitaba sus manos con una energía eléctrica, sus dedos moviéndose en patrones rápidos que acompañaban la intensidad de su voz. Su cabello castaño, con esas puntas azules que tanto cuidaba, rebotaba con cada movimiento entusiasta de su cabeza.

—¡Y entonces, Galletita, tienes que entender que el tiburón de Groenlandia es literalmente un milagro biológico! —exclamó Ricky, con su voz chillona elevándose un poco más de lo habitual debido a la emoción—. ¡Pueden vivir hasta cuatrocientos años! ¿Te imaginas? Podrían haber estado nadando mientras se construían pirámides o algo así. ¡Son cápsulas del tiempo con aletas!

Antonio, a quien Ricky llamaba cariñosamente "Galletita", mantenía una sonrisa suave y serena. Sus ojos color marrón claro brillaban con una paciencia infinita mientras observaba a Ricky. Aunque era más bajo que el castaño por unos centímetros, su presencia transmitía una calma que solía anclar la hiperactividad de su novio. Se ajustó las mangas de su suéter oscuro y acarició uno de los anillos de su mano derecha.

—Eso suena fascinante, Esmeralda —respondió Antonio con su tono pausado, disfrutando de cómo los ojos verdes de Ricky evitaban el contacto directo pero brillaban con una chispa inconfundible—. Cuatrocientos años es mucho tiempo para estar bajo el agua fría. ¿No se aburren?

—¡Para nada! —Ricky dio un saltito, sus manos ahora simulando el nado de un pez—. Tienen un metabolismo súper lento. Son como... como los perezosos del océano, pero más geniales. ¿Verdad, Zerzy?

Zerpthyt, que permanecía un poco más retraído, asintió con una seriedad casi solemne. A pesar de sus escasos catorce años y su corta estatura, tenía un aire de madurez que a menudo intimidaba a quienes no lo conocían. Su piel blanca, casi translúcida, contrastaba con su cabello castaño desordenado. Llevaba una camisa que, aunque holgada, se veía impecable, un recordatorio silencioso de las estrictas normas de su tío Universe.

—Es una longevidad impresionante, Esperada —dijo Zerpthyt con su voz educada—. Aunque dudo que tengan una vida social muy activa a esas profundidades. Supongo que la soledad es el precio de la inmortalidad biológica.

—¡Exacto! —Ricky se iluminó, encantado de que Zerpthyt hubiera usado una palabra tan elegante—. Pero no están solos, tienen parásitos en los ojos que... bueno, eso es un poco asqueroso, ¡pero es simbiótico!

Ricky continuó hablando, saltando de un dato curioso a otro, perdiéndose en la seguridad de su hiperfijación. Para él, el resto del pasillo no existía. No sentía la humedad del ambiente que tanto detestaba, ni el roce de la gente que pasaba demasiado cerca, porque estaba envuelto en su propia burbuja de seguridad.

Sin embargo, para Antonio y Zerpthyt, la realidad era distinta.

A pocos metros de ellos, un grupo de estudiantes de grados superiores se había detenido cerca de los casilleros. No intentaban ser discretos. Sus risas tenían un filo cruel y sus miradas se clavaban en la espalda de Ricky, recorriendo sus curvas suaves y su ropa colorida llena de logos de caricaturas.

—¿Viste eso? —susurró una chica, lo suficientemente alto para que Antonio lo escuchara—. Es el chico que se cree niño pero tiene caderas de mujer. Qué asco.

—Y no solo eso —añadió un chico con una mueca de desprecio—, está con otros dos. ¿Qué son, una especie de experimento raro? Es antinatural. Tres tipos juntos, y uno de ellos ni siquiera es un tipo de verdad.

Antonio sintió una punzada de rabia fría en el pecho. Sus manos, antes relajadas, se cerraron en puños dentro de los bolsillos de su suéter. Sus pecas parecieron oscurecerse bajo su piel morena mientras su mandíbula se tensaba. Odiaba los conflictos, prefería la paz de un libro y el sonido de la lluvia, pero su ceticismo natural se transformaba en una protección feroz cuando se trataba de Ricky.

Zerpthyt, por su parte, no cambió su expresión facial, pero sus ojos miel se volvieron gélidos. Había crecido en una mansión rodeado de expectativas y disciplina rígida; sabía reconocer la basura humana cuando la escuchaba. Suspiró levemente, acomodándose el cuello de su camisa.

—...y por eso el tiburón blanco no es realmente un asesino, ¡es solo curioso! —seguía Ricky, totalmente ajeno, moviendo sus manos con gracia—. Usa su boca para explorar porque no tiene manos, ¿entienden? Es como un bebé gigante con muchos dientes.

—Lo entiendo perfectamente, Esmeralda —dijo Antonio, forzando su voz a mantenerse dulce para no alertar a Ricky—. Eres muy inteligente al explicarlo.

—Es una analogía muy acertada —secundó Zerpthyt, aunque su atención se desvió por un segundo hacia el grupo de idiotas que seguían murmurando.

—Mira cómo se mueve —dijo el chico del grupo, soltando una risita burlona—. Parece un fenómeno. ¿Por qué no puede hablar como una persona normal en lugar de gritar sobre pescados?

Ricky se detuvo un segundo. Sus orejas, sensibles a los cambios de tono en el ambiente, captaron algo. Su expresión alegre flaqueó por un instante y sus manos dejaron de moverse con tanta libertad. Empezó a juguetear con el dobladillo de sus mangas largas, un signo claro de que el ruido externo estaba empezando a filtrarse en su burbuja.

—¿Dije algo malo? —preguntó Ricky en un susurro, su voz perdiendo parte de su brillo—. ¿Estoy hablando muy fuerte otra vez?

Antonio dio un paso adelante, acortando la distancia física para ofrecerle a Ricky una barrera contra el mundo. No lo tocó —sabía que a Ricky no le gustaba el contacto físico repentino cuando estaba nervioso—, pero su presencia era sólida como una roca.

—No, Esmeralda. Estás perfecto —dijo Antonio, girando la cabeza apenas lo suficiente para lanzar una mirada gélida al grupo de detrás. Sus ojos finos, usualmente tranquilos, ahora prometían consecuencias si no se callaban—. Zerzy y yo queremos saber más sobre los tiburones. Ignora el ruido de fondo; solo son estática.

Zerpthyt se adelantó también, colocándose al otro lado de Ricky. A pesar de ser el más bajo, su postura era imponente.

—Esperada, el mundo está lleno de personas con un vocabulario limitado y una capacidad intelectual aún menor —dijo Zerpthyt con una calma cortante—. No permitas que su mediocridad interrumpa tu explicación. Por favor, continúa. ¿Qué decías de la presión hidrostática?

Ricky parpadeó, sus grandes ojos verdes buscando la seguridad en los rostros de sus novios. Al ver la determinación en Antonio y la devoción en Zerpthyt, su sonrisa regresó, un poco más pequeña pero genuina.

—¡Oh! ¡Sí! ¡La presión! —Ricky retomó el hilo, aunque con un volumen más controlado—. Es increíble cómo sus órganos no se colapsan...

Mientras Ricky volvía a sumergirse en su relato, Antonio decidió que ya había escuchado suficiente. Sin dejar de prestar atención a Ricky, se giró parcialmente hacia los que murmuraban. No gritó, no hizo una escena. Simplemente los miró con un cinismo tan puro que los murmullos murieron en las gargantas de los agresores.

—¿Tienen algún problema de audición? —preguntó Antonio en un tono que solo ellos podían oír, pero que goteaba veneno—. Porque si necesitan que les explique por qué deberían cerrar la boca y seguir su camino, puedo hacerlo de una forma que no olvidarán.

El chico que había estado liderando las burlas tragó saliva. Había algo en la calma de Antonio, en la forma en que sus ojos marrones no parpadeaban, que lo hizo sentir pequeño. La diferencia de altura no importaba cuando alguien emanaba esa clase de autoridad protectora.

Zerpthyt añadió un último toque, mirando al grupo con un desprecio aristocrático.

—Sería una lástima que mi tío tuviera que hacer una llamada a la junta escolar por el acoso constante que se respira en este pasillo —comentó Zerpthyt, ajustándose los puños de la camisa—. Mi familia valora mucho la... privacidad y el respeto.

El grupo de estudiantes, sintiéndose repentinamente fuera de su elemento, se dispersó rápidamente, fingiendo que tenían prisa por llegar a clase.

Ricky, ajeno a la confrontación silenciosa pero efectiva, seguía hablando, ahora haciendo gestos sobre el tamaño de un tiburón ballena.

—...y son tan grandes, ¡pero solo comen plancton! Es como si yo solo comiera migas de pan, ¿no es loco, Cuernitos?

Zerpthyt sintió que el calor subía a sus mejillas ante el apodo. A pesar de su actitud seria frente a los extraños, Ricky siempre lograba desarmarlo.

—Es... una comparación aceptable, Cuernitos —respondió Zerpthyt, bajando la mirada un momento para ocultar su timidez—. Aunque tú necesitas mucho más que migas para mantener toda esa energía.

Antonio soltó una risita suave y se permitió relajarse. El peligro había pasado, y su prioridad volvía a ser el bienestar del chico de cabello castaño y puntas azules.

—Oye, Esmeralda —interrumpió Antonio con dulzura—, ¿qué te parece si después de la escuela vamos a esa cafetería que te gusta? La que tiene los asientos de madera lisa, sin texturas raras.

Ricky se detuvo en seco, sus ojos brillando con renovada intensidad.

—¡¿En serio, Galletita?! ¿Podemos? ¡Tienen un libro de ilustraciones oceánicas en la estantería del fondo!

—Podemos —confirmó Antonio—. Y Zerzy puede venir también, si sus clases de piano no se lo impiden.

Zerpthyt suspiró, pero había una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios.

—Haré que Universe entienda que tengo asuntos más importantes que atender —dijo con convicción—. La educación sobre la fauna marina es, claramente, una prioridad nacional.

Ricky soltó una carcajada vibrante, un sonido que llenó el pasillo y borró cualquier rastro de la negatividad anterior. Se sentía seguro, amado y comprendido. No necesitaba mirar a nadie a los ojos para saber que, entre Antonio y Zerpthyt, estaba exactamente donde pertenecía.

—¡Son los mejores novios del mundo! —exclamó Ricky, agitando sus manos con tanta fuerza que parecía que iba a salir volando—. ¡Zerzy, te va a encantar la sección de los cefalópodos! ¡Aunque no son tiburones, tienen tres corazones! ¿Pueden creerlo? ¡Tres!

—Con uno solo ya nos tienes completamente a tu merced, Esperada —murmuró Zerpthyt, sintiendo de nuevo ese cosquilleo de vergüenza y afecto—. No quiero imaginar qué harías con tres.

Antonio asintió, mirando a Ricky con una devoción que no necesitaba palabras.

—Uno es más que suficiente si es el tuyo, Esmeralda.

El timbre sonó, anunciando el fin del receso. Ricky hizo un pequeño puchero porque aún le quedaban al menos diez datos curiosos sobre los dientes de los tiburones mako, pero el entusiasmo por la salida de la tarde lo mantuvo animado.

—¡Nos vemos en la salida! —se despidió Ricky, dándose la vuelta para ir a su salón, caminando con ese saltito rítmico que lo caracterizaba.

Antonio y Zerpthyt se quedaron un momento más en el pasillo, observándolo alejarse. Cuando Ricky estuvo fuera de vista, la suavidad en sus rostros desapareció por un instante, reemplazada por una mirada de entendimiento mutuo.

—Si vuelven a decir algo... —empezó Antonio, su tono sereno volviendo a ser serio.

—No lo harán —interrumpió Zerpthyt con frialdad—. Me encargaré de que entiendan que el silencio es su mejor opción.

—Bien —dijo Antonio, ajustando su mochila—. Nos vemos luego, Zyzy. Cuida tus manos en esa clase de piano.

—Y tú cuida tu paciencia, Cuernitos.

Ambos se separaron, cada uno hacia su destino, pero unidos por el mismo propósito: proteger la luz de Ricky de un mundo que a menudo era demasiado ruidoso, demasiado áspero y demasiado pequeño para alguien con el corazón del tamaño de un océano.
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