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Subasta de place
Фандом: Kengan ashura
Создан: 13.04.2026
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Cicatrices de Obsidiana
El aire en la habitación de hotel se sentía pesado, cargado con el olor metálico de la sangre seca y el aroma rancio de una humillación que no podía lavarse solo con agua. Ohma Tokita permanecía de pie, con los puños apretados de tal manera que sus nudillos estaban blancos. Ver a Kiryu Setsuna así, el hombre que una vez lo persiguió con una devoción aterradora y una fuerza desmedida, reducido a un cascarón vacío, le revolvía el estómago de una forma que ningún golpe en el Kengan Match había logrado jamás.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Tomoko entró, cargando un conjunto de ropa limpia y una palangana con agua tibia. Su habitual energía burbujeante y su obsesión por el "amor entre hombres" habían desaparecido por completo, reemplazadas por una mirada de profunda lástima y una seriedad que rara vez mostraba.
—He traído esto —susurró Tomoko, evitando mirar directamente a los ojos de Setsuna—. Necesita cambiarse.
Ohma asintió en silencio. Hizo un ademán para salir de la habitación y darles privacidad, pero antes de que pudiera dar el primer paso, sintió una presión débil en su muñeca. Era la mano de Kiryu. Sus dedos, antes capaces de perforar carne con el *Rakshasa's Palm*, ahora temblaban violentamente.
—Ohma... por favor... —La voz de Setsuna era apenas un hilo, quebrada y ronca—. No te vayas. Ayúdame.
Ohma se tensó. Miró a Tomoko, quien asintió con tristeza y dejó la ropa sobre la cama antes de retirarse al pasillo para vigilar la puerta. Ohma se quedó solo con el hombre que solía llamar su "Dios".
—Está bien —dijo Ohma, su voz más suave de lo habitual—. Te ayudaré.
Con una paciencia que nadie hubiera esperado del "Ashura", Ohma comenzó a retirar los restos de la ropa de subasta. Al quitarle el bóxer, la magnitud del daño se hizo evidente. Setsuna tenía marcas de mordiscos en los hombros, moretones violáceos en los muslos y restos de fluidos que daban testimonio de la brutalidad de la noche anterior. Pero lo peor eran sus ojos: estaban fijos en un punto inexistente, como si su mente hubiera decidido abandonar su cuerpo para no sentir más dolor.
Ohma tomó un paño, lo sumergió en el agua tibia y comenzó a limpiar las heridas. Cada vez que el paño tocaba una zona sensible, Setsuna soltaba un respingo involuntario, un pequeño gemido de dolor que hacía que Ohma apretara los dientes.
—Ese maldito gordo... —gruñó Ohma entre dientes mientras limpiaba una marca de mordida especialmente profunda en el cuello de Kiryu.
—No importa, Ohma —murmuró Setsuna, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaban a caer—. Esto es lo que soy ahora. Un objeto. Un juguete que alguien compró.
—Cállate —le interrumpió Ohma, poniéndole una camisa limpia—. No eres un objeto. Eres un luchador. Eres Kiryu Setsuna.
Terminó de vestirlo con movimientos torpes pero cuidadosos. Tomoko volvió a entrar, su rostro aún sombrío.
—Debemos llevarlo con el Dr. Hanafusa —dijo ella—. Está en la suite médica del piso inferior. Nogi-san ha pedido que todo se maneje con discreción.
El trayecto por los pasillos fue un suplicio de silencio. Ohma prácticamente cargaba a Setsuna, cuyo cuerpo parecía haber olvidado cómo sostener su propio peso. Al llegar a la enfermería improvisada, el Dr. Hanafusa los recibió con su habitual expresión de curiosidad clínica, aunque esta vez no hizo ninguna broma sobre disecciones.
—Déjenlo en la camilla —ordenó Hanafusa, ajustándose los guantes—. Las lesiones externas son tratables, pero parece que hay daño interno y un trauma psicológico severo. Necesitará descanso absoluto y sedantes.
Después de una hora de revisión y curaciones, Hanafusa salió de la sala de examen.
—Está dormido ahora —informó el doctor—. Le he dado algo para el dolor y para ayudarlo a dormir sin pesadillas. Pero Ohma, las heridas del alma tardan más en cerrar que las de la carne.
Tomoko se acercó a Ohma y le tocó el brazo.
—Ohma, ¿puedes venir conmigo un momento? —preguntó ella—. Hay algo que... que tienes que ver. Shion-san me pidió que lo guardara, pero creo que tú necesitas saber a qué nos enfrentamos.
Ohma la siguió hasta su habitación. Tomoko cerró la puerta con llave y sacó una tableta digital. Sus manos temblaban ligeramente mientras buscaba un archivo de video.
—La habitación donde estuvo Setsuna tenía cámaras ocultas —explicó Tomoko con voz temblorosa—. Shion quería las grabaciones para extorsionar al comprador, el señor Tanaka, y asegurarse de que no hablara sobre la subasta ilegal. Pero lo que hay aquí... es inhumano.
Le entregó la tableta a Ohma. Al principio, la imagen era borrosa, pero pronto se aclaró. Ohma vio a Tanaka, un hombre cuya opulencia solo era superada por su crueldad. Vio a Setsuna de rodillas, con la cabeza baja, recibiendo el primer golpe.
—¡Muévete, basura! —gritaba Tanaka en el video, propinándole una bofetada que arrojó a Setsuna al suelo—. ¡He pagado una fortuna por ti, así que vas a actuar como la perra que eres!
Ohma observó, con una furia sorda creciendo en su pecho, cómo el hombre tiraba del cabello de Setsuna, obligándolo a realizar actos que lo hacían vomitar en la grabación. Escuchó los ruegos de Setsuna, los "por favor, basta" que eran respondidos con más golpes y risas burlonas. Vio cómo Tanaka mordía la piel de Kiryu como si fuera un trozo de carne en un banquete, y cómo Setsuna, finalmente, dejaba de luchar, permitiendo que sus ojos se volvieran vidriosos mientras el abuso continuaba durante horas.
Ohma devolvió la tableta con tal fuerza que casi rompe la pantalla. Su respiración era errática, y el aura de su *Advance* amenazaba con estallar por pura rabia.
—Ese hombre... Tanaka —dijo Ohma, su voz era un susurro peligroso—. Sigue vivo, ¿verdad?
—Nogi-san lo tiene bajo vigilancia —respondió Tomoko, asustada por la intensidad de Ohma—. Pero Ohma, no puedes hacer nada ahora. Si lo matas, la asociación Kengan se verá envuelta en un escándalo que nos destruirá a todos.
—No me importa la asociación —replicó Ohma, dándose la vuelta para salir—. Pero ahora mismo, Setsuna me necesita más que mi venganza.
Regresó a la enfermería. Setsuna seguía dormido, su rostro pálido bajo la luz fluorescente. Ohma se sentó en una silla al lado de la camilla. Se quedó mirando sus propias manos, las manos que habían matado y herido a tantos, y luego miró las de Setsuna, vendadas y débiles.
Horas más tarde, Setsuna despertó con un grito ahogado, agitando los brazos como si intentara alejar a un atacante invisible.
—¡No! ¡Aléjate! ¡No me toques! —gritaba, con los ojos desorbitados.
—¡Setsuna! ¡Soy yo! —Ohma lo sujetó por los hombros, tratando de no lastimarlo—. Estás a salvo. Estás conmigo.
Kiryu se detuvo, su respiración agitada golpeando el pecho de Ohma. Al reconocer los rasgos del Ashura, su resistencia se desmoronó. Se aferró a la camiseta de Ohma y comenzó a sollozar, un llanto desgarrador que parecía provenir de lo más profundo de su ser.
—Me rompió, Ohma... —sollozaba Kiryu—. Me quitó lo único que me quedaba... mi dignidad como guerrero. No soy nada. Solo soy basura usada.
Ohma no era un hombre de palabras, ni de consuelo. Siempre había vivido por y para la lucha. Pero en ese momento, recordó lo que Niko le había enseñado sobre la fuerza: que no solo servía para destruir, sino también para proteger.
—Escúchame bien —dijo Ohma, obligando a Setsuna a mirarlo—. Lo que ese tipo te hizo no te define. Él es el débil. Él necesitó dinero y cadenas para someterte porque nunca podría ganarte en un combate real.
Setsuna negó con la cabeza, las lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Mírame, Ohma. Estoy sucio. Siento su olor en mi piel, siento sus manos...
—Entonces lo limpiaremos —respondió Ohma con firmeza—. No vas a volver a esa subasta. No vas a volver a ser un esclavo. Yo me encargaré de eso.
—¿Por qué? —preguntó Setsuna, su voz quebrada—. Después de todo lo que te hice... después de intentar matarte para que te convirtieras en mi "Dios"... ¿por qué me ayudas?
Ohma guardó silencio por un momento, mirando hacia la ventana donde el sol comenzaba a salir, marcando el inicio de un nuevo día que Setsuna nunca pensó que vería con esperanza.
—Porque eres un luchador de Kengan —dijo finalmente Ohma—. Y porque, a pesar de todo, eres el único que entiende lo que es vivir en el infierno. No voy a dejar que te quedes ahí solo.
Setsuna se quedó en silencio, procesando las palabras. Por primera vez en años, la obsesión retorcida que sentía por Ohma fue reemplazada por algo diferente: una gratitud genuina, humana y vulnerable.
—Gracias... Ohma.
—No me agradezcas todavía —dijo Ohma levantándose—. Tienes que recuperarte. Tienes que volver a ser el hombre que me dio una pelea digna. Y cuando estés listo, buscaremos a Tanaka. No para que lo mates, sino para que vea que no pudo destruirte.
Tomoko observaba desde la rendija de la puerta, con lágrimas en los ojos. Sabía que el camino hacia la recuperación sería largo. Cosmo, Himuro y Ren Nikaido también estaban sufriendo sus propios traumas en otras habitaciones, cada uno lidiando con la sombra de la subasta a su manera. Pero ver a Ohma, el hombre más solitario y testarudo que conocía, cuidando de su antiguo enemigo, le dio una chispa de esperanza.
Esa noche, Ohma no se movió del lado de Setsuna. Vigiló su sueño, listo para ahuyentar cualquier pesadilla, mientras en su mente juraba que nadie volvería a ponerle una cadena a un luchador mientras él tuviera aliento en el cuerpo. La subasta había terminado, pero la verdadera batalla por recuperar sus almas apenas estaba comenzando.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Tomoko entró, cargando un conjunto de ropa limpia y una palangana con agua tibia. Su habitual energía burbujeante y su obsesión por el "amor entre hombres" habían desaparecido por completo, reemplazadas por una mirada de profunda lástima y una seriedad que rara vez mostraba.
—He traído esto —susurró Tomoko, evitando mirar directamente a los ojos de Setsuna—. Necesita cambiarse.
Ohma asintió en silencio. Hizo un ademán para salir de la habitación y darles privacidad, pero antes de que pudiera dar el primer paso, sintió una presión débil en su muñeca. Era la mano de Kiryu. Sus dedos, antes capaces de perforar carne con el *Rakshasa's Palm*, ahora temblaban violentamente.
—Ohma... por favor... —La voz de Setsuna era apenas un hilo, quebrada y ronca—. No te vayas. Ayúdame.
Ohma se tensó. Miró a Tomoko, quien asintió con tristeza y dejó la ropa sobre la cama antes de retirarse al pasillo para vigilar la puerta. Ohma se quedó solo con el hombre que solía llamar su "Dios".
—Está bien —dijo Ohma, su voz más suave de lo habitual—. Te ayudaré.
Con una paciencia que nadie hubiera esperado del "Ashura", Ohma comenzó a retirar los restos de la ropa de subasta. Al quitarle el bóxer, la magnitud del daño se hizo evidente. Setsuna tenía marcas de mordiscos en los hombros, moretones violáceos en los muslos y restos de fluidos que daban testimonio de la brutalidad de la noche anterior. Pero lo peor eran sus ojos: estaban fijos en un punto inexistente, como si su mente hubiera decidido abandonar su cuerpo para no sentir más dolor.
Ohma tomó un paño, lo sumergió en el agua tibia y comenzó a limpiar las heridas. Cada vez que el paño tocaba una zona sensible, Setsuna soltaba un respingo involuntario, un pequeño gemido de dolor que hacía que Ohma apretara los dientes.
—Ese maldito gordo... —gruñó Ohma entre dientes mientras limpiaba una marca de mordida especialmente profunda en el cuello de Kiryu.
—No importa, Ohma —murmuró Setsuna, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaban a caer—. Esto es lo que soy ahora. Un objeto. Un juguete que alguien compró.
—Cállate —le interrumpió Ohma, poniéndole una camisa limpia—. No eres un objeto. Eres un luchador. Eres Kiryu Setsuna.
Terminó de vestirlo con movimientos torpes pero cuidadosos. Tomoko volvió a entrar, su rostro aún sombrío.
—Debemos llevarlo con el Dr. Hanafusa —dijo ella—. Está en la suite médica del piso inferior. Nogi-san ha pedido que todo se maneje con discreción.
El trayecto por los pasillos fue un suplicio de silencio. Ohma prácticamente cargaba a Setsuna, cuyo cuerpo parecía haber olvidado cómo sostener su propio peso. Al llegar a la enfermería improvisada, el Dr. Hanafusa los recibió con su habitual expresión de curiosidad clínica, aunque esta vez no hizo ninguna broma sobre disecciones.
—Déjenlo en la camilla —ordenó Hanafusa, ajustándose los guantes—. Las lesiones externas son tratables, pero parece que hay daño interno y un trauma psicológico severo. Necesitará descanso absoluto y sedantes.
Después de una hora de revisión y curaciones, Hanafusa salió de la sala de examen.
—Está dormido ahora —informó el doctor—. Le he dado algo para el dolor y para ayudarlo a dormir sin pesadillas. Pero Ohma, las heridas del alma tardan más en cerrar que las de la carne.
Tomoko se acercó a Ohma y le tocó el brazo.
—Ohma, ¿puedes venir conmigo un momento? —preguntó ella—. Hay algo que... que tienes que ver. Shion-san me pidió que lo guardara, pero creo que tú necesitas saber a qué nos enfrentamos.
Ohma la siguió hasta su habitación. Tomoko cerró la puerta con llave y sacó una tableta digital. Sus manos temblaban ligeramente mientras buscaba un archivo de video.
—La habitación donde estuvo Setsuna tenía cámaras ocultas —explicó Tomoko con voz temblorosa—. Shion quería las grabaciones para extorsionar al comprador, el señor Tanaka, y asegurarse de que no hablara sobre la subasta ilegal. Pero lo que hay aquí... es inhumano.
Le entregó la tableta a Ohma. Al principio, la imagen era borrosa, pero pronto se aclaró. Ohma vio a Tanaka, un hombre cuya opulencia solo era superada por su crueldad. Vio a Setsuna de rodillas, con la cabeza baja, recibiendo el primer golpe.
—¡Muévete, basura! —gritaba Tanaka en el video, propinándole una bofetada que arrojó a Setsuna al suelo—. ¡He pagado una fortuna por ti, así que vas a actuar como la perra que eres!
Ohma observó, con una furia sorda creciendo en su pecho, cómo el hombre tiraba del cabello de Setsuna, obligándolo a realizar actos que lo hacían vomitar en la grabación. Escuchó los ruegos de Setsuna, los "por favor, basta" que eran respondidos con más golpes y risas burlonas. Vio cómo Tanaka mordía la piel de Kiryu como si fuera un trozo de carne en un banquete, y cómo Setsuna, finalmente, dejaba de luchar, permitiendo que sus ojos se volvieran vidriosos mientras el abuso continuaba durante horas.
Ohma devolvió la tableta con tal fuerza que casi rompe la pantalla. Su respiración era errática, y el aura de su *Advance* amenazaba con estallar por pura rabia.
—Ese hombre... Tanaka —dijo Ohma, su voz era un susurro peligroso—. Sigue vivo, ¿verdad?
—Nogi-san lo tiene bajo vigilancia —respondió Tomoko, asustada por la intensidad de Ohma—. Pero Ohma, no puedes hacer nada ahora. Si lo matas, la asociación Kengan se verá envuelta en un escándalo que nos destruirá a todos.
—No me importa la asociación —replicó Ohma, dándose la vuelta para salir—. Pero ahora mismo, Setsuna me necesita más que mi venganza.
Regresó a la enfermería. Setsuna seguía dormido, su rostro pálido bajo la luz fluorescente. Ohma se sentó en una silla al lado de la camilla. Se quedó mirando sus propias manos, las manos que habían matado y herido a tantos, y luego miró las de Setsuna, vendadas y débiles.
Horas más tarde, Setsuna despertó con un grito ahogado, agitando los brazos como si intentara alejar a un atacante invisible.
—¡No! ¡Aléjate! ¡No me toques! —gritaba, con los ojos desorbitados.
—¡Setsuna! ¡Soy yo! —Ohma lo sujetó por los hombros, tratando de no lastimarlo—. Estás a salvo. Estás conmigo.
Kiryu se detuvo, su respiración agitada golpeando el pecho de Ohma. Al reconocer los rasgos del Ashura, su resistencia se desmoronó. Se aferró a la camiseta de Ohma y comenzó a sollozar, un llanto desgarrador que parecía provenir de lo más profundo de su ser.
—Me rompió, Ohma... —sollozaba Kiryu—. Me quitó lo único que me quedaba... mi dignidad como guerrero. No soy nada. Solo soy basura usada.
Ohma no era un hombre de palabras, ni de consuelo. Siempre había vivido por y para la lucha. Pero en ese momento, recordó lo que Niko le había enseñado sobre la fuerza: que no solo servía para destruir, sino también para proteger.
—Escúchame bien —dijo Ohma, obligando a Setsuna a mirarlo—. Lo que ese tipo te hizo no te define. Él es el débil. Él necesitó dinero y cadenas para someterte porque nunca podría ganarte en un combate real.
Setsuna negó con la cabeza, las lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Mírame, Ohma. Estoy sucio. Siento su olor en mi piel, siento sus manos...
—Entonces lo limpiaremos —respondió Ohma con firmeza—. No vas a volver a esa subasta. No vas a volver a ser un esclavo. Yo me encargaré de eso.
—¿Por qué? —preguntó Setsuna, su voz quebrada—. Después de todo lo que te hice... después de intentar matarte para que te convirtieras en mi "Dios"... ¿por qué me ayudas?
Ohma guardó silencio por un momento, mirando hacia la ventana donde el sol comenzaba a salir, marcando el inicio de un nuevo día que Setsuna nunca pensó que vería con esperanza.
—Porque eres un luchador de Kengan —dijo finalmente Ohma—. Y porque, a pesar de todo, eres el único que entiende lo que es vivir en el infierno. No voy a dejar que te quedes ahí solo.
Setsuna se quedó en silencio, procesando las palabras. Por primera vez en años, la obsesión retorcida que sentía por Ohma fue reemplazada por algo diferente: una gratitud genuina, humana y vulnerable.
—Gracias... Ohma.
—No me agradezcas todavía —dijo Ohma levantándose—. Tienes que recuperarte. Tienes que volver a ser el hombre que me dio una pelea digna. Y cuando estés listo, buscaremos a Tanaka. No para que lo mates, sino para que vea que no pudo destruirte.
Tomoko observaba desde la rendija de la puerta, con lágrimas en los ojos. Sabía que el camino hacia la recuperación sería largo. Cosmo, Himuro y Ren Nikaido también estaban sufriendo sus propios traumas en otras habitaciones, cada uno lidiando con la sombra de la subasta a su manera. Pero ver a Ohma, el hombre más solitario y testarudo que conocía, cuidando de su antiguo enemigo, le dio una chispa de esperanza.
Esa noche, Ohma no se movió del lado de Setsuna. Vigiló su sueño, listo para ahuyentar cualquier pesadilla, mientras en su mente juraba que nadie volvería a ponerle una cadena a un luchador mientras él tuviera aliento en el cuerpo. La subasta había terminado, pero la verdadera batalla por recuperar sus almas apenas estaba comenzando.
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